Diario de Simón Dor. Día 72.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 27 de 48


Árbol Tsef: Es bueno tener un nombre más corto, escribirás menos cuando hables de mí en alguna otra historia. Hacía mucho que no me visitabas… ¿qué ha pasado con la vieja? ¿Te ha aburrido?
Niño mago: Tiempos de descanso. Los buenos contrincantes de una guerra saben cuando hacer una tregua para reorganizar y después empezar de nuevo.
Árbol Tsef: Hablas como Simón. Y conociéndote a ti y a Yasmín, nunca han de terminar. Será una guerra eterna que durará poco.
Niño mago: Así sea. ¿Y tú? ¿Puedo robarte una fruta?
Árbol Tsef: Las cosas, para usarse.
Niño mago: Y dices que soy yo el que habla como Simón. Esto es peor que una quijotización.
Árbol Tsef: Pero nadie como el Maestro Cervantes.
El niño se rió, estiró su mano para alcanzar una manzana del Árbol Tsef.
Niño mago: Nadie como él. ¿No fuiste tú el que me dijo que no habíamos de intervenir en el viaje y sólo debíamos observar?
Árbol Tsef: Simón me ayudó a redescubrir mi nombre, se lo debo. ¿Y tú? Tu no has hecho nada por mí, más que crearme para maldecirme.
El niño mago abrazó el tronco del Árbol Tsef y le besó.
Niño mago: Perdóname… perdóname. Tu maldición todavía no termina. Todavía falta que encuentres esa otra parte de tu nombre.
El Árbol sonrió.
Árbol Tsef: Hay una parte de mi historia que todavía no he dicho.
Niño mago: Eventualmente haz de decirla y así, conocerás el destino. El destino final del Árbol que ha caminado durante centurias para encontrar su nombre. ¿Estás seguro que de veras quieres buscar el faltante? Puedo recoger mi cuaderno y buscarlo por tí.
Árbol Tsef: No lo hagas. He de hacerlo yo, a mi debido tiempo. ¿Por qué no acompañas a Simón? Está triste porque ha perdido una llave.
Niño mago: ¿Crees que deba intervenir? Todavía tengo mucho que escribir, mucho que inventar, mucho que crear.
El Árbol Tsef miró al niño durante largo rato y el niño correspondió con una sonrisa.
Niño mago: Lo tendré que hacer eventualmente, también. Encontrar mi destino. ¿Entre tú y yo, mi querido Árbol, quién lo encontrará primero?
El Árbol no respondió, observó al niño morder la manzana y alejarse a la habitación de Simón Dor.

Querido Diario:

No he querido salir desde que perdí la llave de Beatriz en el Laberinto. Regresé una última vez, durante la madrugada (o lo que mi cuerpo siente que es madrugada, ya que es difícil decir cuando las nubes son grises y la única referencia del tiempo es la noche en la popa y el día en la proa) y recogí las semillas que encontré. El temor me embargó cuando me di cuenta que el Laberinto había cambiado de forma y sólo pude recuperar tres de las semillas, ya que los pasillos por los que había pasado el día anterior habían cambiado de lugar. Los muros de niebla dentro del Laberinto se comportan caprichosamente cuando no estoy adentro y todavía no sé, que criterio es el que siguen para hacerlo.

Hacerme sufrir, tal vez.

Ya solo restan veintiseis días con sus veintiseis noches y he perdido una llave por un temor estúpido. Ni siquiera valió haber visto a Beatriz. Sólo perdí la llave. Un temor idiota que bien pudo surgir por la borrachera de aquel día. ¿Sabes el dolor que me causa? ¿Lo inepto qué me hace sentir perder una llave que ni siquiera he utilizado? ¡Imbécil, imbécil, imbécil!

El niño mago ha entrado a la habitación y me está mirando llorar. ¿Llevará ahí mucho tiempo? No hemos cruzado palabra y creo que a diferencia del Árbol Tsef, a éste no le interesa hablar conmigo. ¿De qué podría servirle yo, al niño creador de historias? ¿Al inventor qué no ha encontrado el punto donde se conjuntan todos los universos, si no que más bien se dedica a hacer otros nuevos? Mal, mal, mal. El niño mago sigue mirando el curso de mis lágrimas.

Alcé mi mirada y confronté la suya. Sonreí lentamente, esperando ahuyentarlo como lo he hecho con otros niños. Olvidé que este niño no es normal, me correspondió la sonrisa y mordió su manzana.

—¿Quieres que te regale una mariposa, Simón?

Congelé mi sonrisa. Esperé. El niño dibujó una mariposa en el aire y ésta voló hacia a mí, para después disolverse en la realidad.

—Muy bonito. Desde que te conozco, me has dañado. Vivía feliz en mi oscuridad y mi amargura. Tenías que aplastarlo todo con tu sabiduría inocente. ¿Sabes cuál fue el peor crimen qué cometiste? Iniciar tu trabajo conmigo y luego abandonarme. Así como hiciste con el Árbol. Empiezas las historias o intervienes en unas ya hechas para nunca darles final, cabrón malnacido. Eres el constante inicio, el constante infinito. Haz de empezar una para dar nacimiento a varias y nunca terminarlas. Esperas que los que has dañado lo hagan por tí, pero nunca es así.

—Así es la magia, Simón. La magia no está en el final, ni en el inicio. La magia está en como correspondes a la ilusión. La magia estará en el eterno centro. El desarrollo eterno.

—Que metafísico estás.

El niño mordió la manzana.

—Es el hambre —respondió—. ¿Recuerdas cuándo nos conocimos?

—¿Importa hablar de eso? La consecuencia fue una temporada en el manicomio, con todo y mi cordura.

—¡Pero mira todo lo que lograste! —exclamó el niño y extendió sus manos para caminar alrededor de la habitación.

—Una prisión que me llevará a mi muerte.

—No seas tan duro. Lo que importa es que aceptaste la magia.

—La he corrompido.

—Nadie dijo que fuera fácil.

Callé, fue cuando pude ver a través de los ojos del niño mago.

Le sonreí de lado.

—¿Cuál es tú destino? —pregunté.

El niño me miró extrañado. No esperaba la pregunta y como un espadanchín que tiene la ventaja, le presioné.

—Tú también estás aquí por algo. Todos vamos al mismo lugar, en cierta forma. O el camino ha de dirigirnos a otros destinos, pero es el mismo camino. ¿Cuál es el tuyo? Vamos, no te pretendas el tímido. Lo de niño sólo te queda por la estatura. ¡Y yo qué creí que estabas aquí satisfaciendo un mero capricho infantil! Soy un imbécil triple al no observarte con atención antes.

El niño mordió su manzana y sus ojos, sus ojos se volvieron oscuros, tenebrosos. Metió una mano en el bolsillo de su pantalón, se paró recto y cabizbajo, siguió mirándome. Parpadeó siete veces antes de responderme. La sonrisa de él se perdió en algún momento.

—¿No sabes, quién soy yo, Simón?

—Por supuesto que sí, Simón Dor.

Pasado y futuro.

Prendí un cigarrillo.

—Más claro no podía ser. ¿En qué momento de la vida…?

—Cuando murió Beatriz.

—Pero a tí todavía no se te ha muerto. ¿Por qué insistes? ¿Por qué me lastimas con la magia y el idealismo que existía antes de que me golpeara la realidad? No, no seas así. Lárgate y sé feliz. Vete y sálvala antes de que ocurra. Insístele que no se vaya en ese coche con su hermana y con su padre. Enférmala de gripa para que no se levante ese día.

El niño sonrió y perdió la oscuridad. Volvía a ser el mismo niño mago. Miró la manzana y notó que ya no le quedaba más que morder.

—Es que… es inevitable Simón. Yo me convertiré en tú. Beatriz fue nuestro momento cumbre, el que nos ha separado en personas que caminan en el mismo camino y no sabemos si con el mismo destino o no. A mi me hizo Fé, a ti te convirtió en Razón. Espiritu y Materia. Magia y Ciencia. ¿No era Beatriz todo ello? ¿No era Beatriz el balance?

—Vete ya, sálvala. Eres el pasado, todavía estás a punto. Eres el niño que puede dibujar historias y narrarlas. Eres el niño que lee por contar, no para escapar. Vamos ya, pinche chamaco, lárguese a vivir.

—Si me puedo convertir en tú antes de perderla, será mejor. No habrá ruptura. Seremos un sólo ser.

—¿Estás dispuesto a sacrificar la Magia por ello? —pregunté, me senté y reí. Reí tanto.

—Lo estoy. Si eso ha de salvar nuestro futuro.

Reí más.

—¡Tienes tantas historias que completar!

—Es mejor si todo lo cortamos de raíz.

—Inevitablemente te haz de convertir en mí porque nunca estuviste ahí para detenerla. ¡Pudiste detenerla! ¡Pasado miserable! —reí más—. ¡Pudiste decirle, rogarle, llorarle, amarle, reírle, sonreírle, quererle, que no fuera! Que no se suba… que no se suba a aquel coche.

—¿Sabes qué eres tú, hoy, Simón?

—Un muerto que camina —mi risa se transformó en llanto, y luego regresaba a risa.

—Si puedo convertirme en tú, en mi pasado… entonces lo lograré. No habrá Beatriz. Mi magia no basta, necesito tu razón. Necesito que me apoyes Simón. Haz decidido negarme, entonces yo te acepto como eres. Seamos lo que tú quieras. Estoy cansado de jugar y de alegrarte la vida, estoy cansado de enseñarte lo hermoso que es sentir y me dolió más cuando el sentimiento renació para no ser satisfecho. ¿Qué hiciste tú? Saliste a gritarlo a los cuatro vientos y a caminar con bandera oscura. Me volviste a relegar, en vez de ayudarme.

—¿Hablas de…?

—Aquella mujer.

—La de Fest.

—Esa misma.

—Las circunstancias no podían ser bellas, mi querido niño mago. La vida no es un cuento de hadas.

—Tal vez no. Pero no necesito que me dificultes la vida. Beatriz ha muerto y aquella otra, dijo que no. Este pasado ha decidido convertirse en tú, con todo lo que significa. He de morir, Simón, y sólo quedarás tú. ¿No es lo que siempre has querido? ¿No me has negado siempre? Si no quieres abrazar el Eros que te ofrezco, si no me permites que te ayude a mirar más allá… entonces a tu manera Simón. De veras que estoy muy cansado…

El niño se sentó y bajó la mirada.

—Regrésate por favor, todavía estás a tiempo. Todavía estás a tiempo de salvarla, de decirle que no se suba a aquel coche. De pegarle la gripa. Todavía estás a tiempo de quererla, amarla, sentirla, vibrarla, adorarle viva.

Todavía faltan veintiseis días, con sus veintiseis noches.

Laberinto I.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 26 de 48


Día 71.

Querido Diario:

27 días / 27 noches.

Después de pasar un rato ameno con el Árbol Tsef, (creo que estamos convirtiéndonos en amigos, o al menos, eso piensa él). He ido por una de las llaves del Cuarto de Beatriz. Una de las frutas azules me nubló los sentidos y me hizo hacerlo. Eso y recordar a las mujeres. Recordar a la mujer de mi vida. La mujer muerta de mi vida. Eso hice. Fui por una de las llaves del cuarto de Beatriz (oficialmente, El Cuarto de Máquinas, dentro de éste barco) y me quedé de pie ante la puerta. De pie ante la puerta me imaginé que esta era grande y yo muy pequeño. Yo muy pequeño ante Beatriz.

Acerqué la llave al picaporte y escuché sonidos en el cuarto de la derecha, el cuarto del monolito. El Cuarto de Fest. ¿Era una advertencia o una excusa? No lo sé, traté de ignorarle pero me fue imposible.

El Árbol Tsef cerró sus ojos y entró en un estado similar al sueño, se meció suavemente con la brisa marítima. Le sentaba bien, a pesar de ser un mar inmundo y un cielo gris. Despertó al sentir algo sólido dentro de su boca, la abrió y dejó salir lo que había. Eran semillas pequeñas. El Árbol parpadeó y cerró sus ojos, concentrando su atención en esas semillas que había expulsado, éstas se movieron como una extensión de su cuerpo, metiéndose a la habitación de Simón y luego adentrándose al pasillo. Llegaron al extremo, donde se juntaban tres de los cuartos: El de Máquinas, el del Monolito y el del Laberinto. Ahí aguardaron el uso que habría de darles el Árbol. De Simón, ya no había rastro.

Guardé la llave en mi bolsillo y entré al Cuarto de Fest. En el monolito estaban escrito los siguientes mensajes: “He querido verla”. “No debí decirle”. “¿Recuerdas a Beatriz?”. “No se qué hacer”. “Tengo ganas de caer”. “Estoy brincando la zanja, la zanja, la zanja”. “No me atrevo a llamar”. “Ya no se que sigue”. “La zanja, la zanja, la zanja”. “Solo puedo existir, hasta el final”.

Los repasé tranquilamente con la mirada, sabía lo que querían decir pero yo no podía hacer nada al respecto. Suspiré y me salí del Cuarto de Fest, una mera distracción. Cuando salí, la puerta del Laberinto estaba abierta.

Los laberintos me son irresistibles, mi querido Diario. Hice mal cuando entré a este y la razón la sabrás pronto.

Me despedí del Cuarto de Máquinas con una mirada, agradeciendo mi buen juicio de no desperdiciar una llave. Entré al laberinto como un juego. ¿Cómo te lo imaginas, mi querido Diario? ¿De pasillos blancos, con luces en lugares insospechados? ¿De ladrillo rojo, marmol en los pisos y puertas metálicas? No, mi querido Diario, éste era un laberinto de niebla, donde en cada muro había imágenes representando escenas.

Escenas de personas que yo no conocía y se me hacían familiares. El lugar era una copia de aquel otro lugar del que he escuchado hablar y tal vez, ese sea el propósito de su existencia. Este laberinto, si es resuelto, me llevará al pasillo de la muerte. Las imágenes estaban estáticas, a diferencia del Pasillo, donde me han dicho que se mueven y son como espejos a otros mundos. Las imágenes del laberinto parecen como talladas en piedra, sobre la niebla gris y profunda. Un lugar muy interesante y que me gustaría analizar más profundamente, tal vez, en un futuro.

Después de todo, así llegaré a La Muerte, mi querido Diario.

Me perdí en el laberinto. Pues claro está, para eso son construidos. En el camino me encontré un hacha y la miré durante largo tiempo. ¿Qué hacía un hacha ahí? La tomé y me di la media vuelta. Escuché ruidos de algo que rodaba sobre el piso… no estaba solo dentro del laberinto, tal vez me convenía llevar el hacha después de todo.

Y me convencí más, al escuchar jadeos. Jadeos familiares. Después fueron ladridos. Bobby Mindar también estaba adentro. Me paralicé del susto. ¿Estaba aquí adentro para ayudarme o matarme? No lo sabía, no podía asegurar si la cabeza del perro había enloquecido, aunque me hubiera ayudado contra los piratas. Corrí buscando salidas. El sonido del perro y el sonido rodante se hacían más distantes o cercanos, dependiendo a donde fuese. Tuve el hacha alzada, preparado para todo.

Me tropecé, encontré el origen del sonido de los rodantes. Eran semillas puestas cuidadosamente una después de otra. El jadeo del rottweiler parecía ya estar más cerca. Me levanté rápidamente y seguí a las semillas, como hubieran hecho el estúpido de Hansel y la estúpida de Gretel si no hubieran sido cuentos de hadas… tardé en llegar a la entrada/salida del laberinto, pero lo logré. Salí y cerré la puerta.

Imagina, mi querido Diario, mi cuerpo lleno de sudor y el dolor en todas mis articulaciones. Yo no tengo la culpa de ser viejo.

Descansé un rato y luego me dirigí al Cuarto de Trofeos, ya después me iría a la cama. El rottweiler estaba adentro, con los ojos cerrados, haciéndose el dormido… o probablemente lo estaba y todo me lo inventé como una alucinación. Busqué en mis bolsillos la llave de Beatriz y no la encontré.

La he perdido en el laberinto.

He perdido una llave en el Laberinto.

No sabes cómo grité y como lloré y como golpee todo lo que estaba a mi alcance.

Restan todavía veintisiete días con sus veintisiete noches. Me he llevado el hacha a mi habitación… no quiero sorpresas nocturnas.