Final del Viaje de Simón Dor y Epílogo.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 48 de 48


La magia del niño me inundó los poros y la mente, de nuevo pude ver mariposas amarillas en el aire, que buscaban y luego se besaban con cuervos azules y adquirió sentido como nunca antes lo había hecho, veía los escenarios en tonalidades más brillantes y me di cuenta, ya solo faltan seis días, con sus seis noches. Salí a la proa, donde el rostro del sol me sonrió y me señaló hacia el otro lado, donde las nubes todavía eran grises y el mar de Yunén seguía contaminado. Alcé mis manos creyéndome Dios y tomé las nubes grises entre mis manos y las apreté para dispersarlas, abrí la noche con todas sus estrellas y hasta creí escuchar grillos, soy el Inventor.

El delfín saltó y dibujó su silueta a la luz de una luna completa. Esto es la magia y la magia ha cambiado mi entorno. Sin embargo, no ha completado mi destino. Ahora que soy Magia y Ciencia, Espíritu y Materia, debo preguntar a la Anciana. Soy un ser completo.

Caminé a la popa, donde busqué a la anciana y me encontré su mecedora, moviéndose sola, iluminada en azul por la luna. Caminé a la proa donde los rayos del sol le daban vida a mi barco Mojalnir y después, me metí a mi habitación. Siluetas de cuervos y mariposas parecían seguirme, me sentí mareado. Todavía no me acostumbraba. Soy Dios.

Tambaleándome en el pasillo de los Cuartos descubrí que El Cuarto de Juegos había desaparecido, el niño ha cumplido su destino. Seguían escuchándose gritos en el Cuarto de Trofeos: Yasmín todavía no ha terminado de hacer lo que hace con el súcubo. Toqué la puerta y grité el nombre de la ciega, ella no me respondió pero los gritos cesaron.

—¡Ya fue suficiente, Yasmín! ¡Es hora de que me respondas! —grité. ¿Qué me respondiera qué? Estaba confundido, la magia no acababa de adentrarse en mi sistema.

Yasmín entreabrió la puerta un poco, se veía algo de su rostro que estaba manchado en sangre, su ojo blanco de ceguera se veía siniestro y las arrugas, marcaban el espacio donde piel que no era suya, estaba ahí enterrada.

—Todavía no termino, Simón —dijo la adivina seria y cerró la puerta. Los gritos regresaron en cuanto lo hizo, busqué en los bolsillos de mi pantalón y descubrí la tercera llave de Beatriz. ¿Debía usarla? ¿Debía aceptar que todo terminara? No, Beatriz no es el fin de éste viaje… de haber sido así, entonces el Árbol Tsef Thaed no hubiera evitado que me colgara.

Hubiera muerto hace mucho tiempo, si todo fuera por Beatriz.

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Ludiah Sartdac II

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En el día número quince, seguido por su noche. Simón y el Árbol Tsef salieron a buscar al súcubo. Y no sabían que sería imposible encontrarle hasta que este se dejara ver, ya que utilizaba al niño para esconderse entre ilusiones e irrealidades. Cuando Simón pasaba por el Cuarto del Jardín, se descubría saliendo del Cuarto del Laberinto. Y cuando el Árbol miraba la puerta de Beatriz, despertaba de un largo letargo para darse cuenta que se encontraba en el Cuarto de Fest.

En el monolito, el Árbol Tsef leyó: “Th-ed”, “Perdóname”, “Pronto le hará daño y ni siquiera habrá de importarle”, “¡Sálvalo!”. Se aprendió los mensajes para dárselos a Simón más tarde, pero les olvidó, ya que cuando salió del monolito, se encontró en la proa y escuchó los ronquidos de la vieja durmiendo.


Ludiah Sartdac se había encerrado en el Cuarto de Trofeos, con el niño en brazos. La cabeza del rottweiler dejó de ladrar y abrió los ojos, no jadeó, no respiró. Miró, ya que era lo único que podía hacer. El súcubo paseó su mirada alrededor del Cuarto de Trofeos, después dejó al niño en una esquina, alzó una mano y un velo oscuro le mantuvo flotando y encerrado en una nube oscura.

—Simón no fue muy listo al conservarlo todo, ¿verdad, mi querido? ¿Cómo te llamas?

—Bobby Mindar —respondió la cabeza del rottweiler.

—Muy bien. No pudo ser otro que Simón el que te nombrara. Bobby, el diminutivo, un nombre ridículo para aminorizar el temor que te tiene. Mindar, el nombre oscuro y misterioso, la naturaleza de tu ira. Ahora ven querido, haremos que Simón conozca la extensión de tu verdadero ser.

—Debo proteger a Simón.

—Ya no.


El Árbol Tsef y Simón Dor, en lados opuestos del barco, escucharon el aullido del perro que estremeció los cielos e hizo retumbar a los relámpagos. Simón salió del pasillo y encontró que el Árbol Tsef ya se encontraba en su habitación. El Árbol Tsef y Simón acordaron mantenerse unidos, el primero amarró una rama alrededor de la cintura del segundo, para que las ilusiones los llevaran al mismo lugar. El viejo tomó el hacha que había dejado en su habitación la noche que salió del Laberinto y los dos caminaron por el pasillo hacia el Cuarto de Trofeos.


Ludiah Sartdac se lamió la sangre que salía de los ojos del perro, el cual, ya no tenía manera de mirar. Buscó entre las cosas del Cuarto de Trofeos y encontró los ojos de Galloria. Con sumo cuidado, los acomodó dentro del perro y éste volvió a abrir los ojos.

—¿Todavía quieres protegerlo?

—Ya no.

—Muy bien.

Llevó la cabeza hacia el esqueleto metálico, abrió el cuello del perro y sin vacilación… metió la cabeza en un solo empujón que hizo aullar al perro de nuevo.


Simón y el Árbol Tsef miraron el Cuarto de Trofeos. Simón alzó su hacha y el Árbol empujó la puerta, los dos caminaron y se dieron cuenta que estaban en el Cuarto del Jardín. El viento cantó, la presencia del Árbol modificaba enteramente al cuarto haciendo que el cielo pintado, las nubes pinceladas y el pasto brochado cobraran vida.

El viento manipuló lo que quedaba de las alas de las mariposas y las hizo volar a través del jardín, hasta que se perdieron en un cielo que no existía.

—Esa puta nos hará caminar en círculos. ¿Qué demonios está haciendo? ¿Qué fue lo que le hizo al perro?

El Árbol Tsef se encogió de ramas, y caminaron juntos por la puerta.


—Te ves más bonito así —Dijo Ludiah Sartdac, después, utilizó la piel del súcubo Mama Esirasaft y ésta se adhirió sola, cubriendo por completo el esqueleto. Minocino, se dijo en silencio Bobby Mindar. El perro bajó la mirada para ver su cuerpo y notó que no podía su propio cuerpo como otros lo harían… Ludiah lo resolvió con el reflejo de Zalic Luia y completó al monstruo—. Tan sólo nos resta darte vida, para que odies a Simón y no dudes en matarle cuando se meta al Laberinto.

Ludiah Sartdac se quitó una de las mariposas del cabello y la puso en la boca de Mindar. Este la tragó. Al hacerlo, pudo mover su cuerpo y se acostumbró a los cambios.

Ya no extrañaba ser una cabeza, y tampoco extrañaba proteger a Simón.

—Transformación, transmutación.


El Árbol Tsef y Simón salieron del Cuarto del Jardín para encontrarse simultáneamente en el Cuarto de Juegos. Se miraron y suspiraron cansados.

Escucharon una risa rasposa que no habían escuchado antes. Y los dos dedujeron lo mismo. El perro había cambiado.


Ludiah Sartdac abrió la puerta del Cuarto de Trofeos y dirigió a Bobby Mindar al Laberinto.

—Tienes un nuevo hogar, recuerda quedarte ahí… han de entrar, tarde o temprano. Si todo falla, eres el único que puede ayudarme.

El perro con cuerpo de hombre asintió, y se metió riendo al Cuarto del Laberinto, donde habría de perderse.

Ludiah regresó al Cuarto de Trofeos y miró que ya no necesitaba nada más ahí, miró el Libro de Mamá Esirasaft y le escupió encima, nunca le agradó su hermana ni su ridículo libro con tono de Biblia. Por ella, Simón podría quedárselo. Se llevó al niño en brazos al Cuarto del Jardín y volvió a sellarlo con una magia que no era suya.


El Árbol Tsef y Simón, aún cargando el hacha, caminaron por el pasillo de los cuartos. El perro ya no ladraba, pero la pregunta de Beatriz inundaba el ambiente. Intentaron una vez más en el Cuarto de Trofeos y pudieron entrar, Simón miró con atención y se dio cuenta que el esqueleto metálico y los trofeos recuperados de los súcubos, se habían ido. Igual que la cabeza de Bobby Mindar.

También miró el mueble donde solía estar la pistola de McGonnagal y las tres semillas del Árbol. Pero se sintió inusualmente tranquilo cuando encontró que la llave de Beatriz seguía ahí.

El súcubo planeaba algo.

—¿Qué sucede Simón?

Simón alzó una ceja y después prendió un cigarrillo.

—Que nos esperan días muy divertidos, eso es lo que pasa.

El viejo miró de reojo el Libro de Mama Esirasaft, que descansaba tranquilamente. La cubierta estaba en cierta forma oscurecida, medio húmeda. Parece ser que al súcubo no le interesaba lo que anotó su hermana en lo absoluto y la verdad es que a Simón, tampoco. Salieron del Cuarto de Trofeos y se dirigieron a la habitación, donde otra vez, no conciliaron el sueño.

Simón y el Árbol Tsef miraron el brillo del hacha, hasta que tan solo restaban catorce días, con sus catorce noches.

Ludiah Sartdac I

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El último súcubo llegó durante la media noche de Yasmín a las dieciseis noches y evitó a toda costa el medio día del Árbol Tsef, a los dieciseis días. Éste súcubo, había aprendido de sus hermanas: Galloria lo había intentado por medio del cuerpo ofrecido, Mama Esirasaft lo había intentado con el cuerpo negado, la más estúpida había sido Zalic Luia que intentó ganárselo desde el mismo infierno, con la promesa de las vírgenes y escondiendo el reflejo en el espejo. No, ninguna de ellas supo como, pero Ludiah Sartdac era muy lista y la única forma de verdaderamente ganar a Simón, era utilizándolo a él mismo. Sólo pervirtiendo completamente el barco donde viajaba.

Yasmín alzó su cara y olió el viento, supo de la presencia del súcubo.

—Vete de aquí —dijo la Anciana Ciega—. Eres la más maldita de todas. Si no quieres que te arroje yo misma del barco, lárgate ya.

—Madre Lilith…

—Madre Lilith mis ovarios. Soy Yasmín Molina de Jesús, háblame con respeto jovencita. Lárgate ahora.

El súcubo sonrió y acercó su mano a la frente de Yasmín. La ciega lo sintió de inmediato y le detuvo la mano, sin tentarse el corazón, la dobló enteramente, quebrando los huesos de Ludiah Sartdac.

Ludiah Sartdac sonrió y se mordió los labios hasta que le sangraron. Aprovechando la agresividad de Yasmín, puso la palma de la mano restante en la frente de Yasmín, quien abrió los ojos intensamente… el azul que los cubría salió en forma de aura. El aura dibujaba la silueta de una mujer desnuda quien se sentó en las piernas de Yasmín y se acurrucó en ella, haciéndola dormir profundamente.

—Gracias por atender a mis súplicas, Madre Lilith.

Se escuchó un ruido seco… era Ludiah, reacomodando sus huesos.


—Has aprendido bien, Árbol Tsef —dijo Simón—. Creo que no tengo nada más que enseñarte.

—Lo dices porque no quieres enseñarme nada más. ¿Cuánto tardaste con sensei Gorostiza?

Simón se acomodó la boina y el chaleco, se acostó para recargar su cabeza en las raíces del Árbol y no respondió. Miró hacia arriba, donde las luces del sol jugaban a entrar entre las hojas verdes y secas que había en el Árbol.

—¿Sientes eso? —preguntó el Árbol Tsef.

—No.

—¿El niño? ¿dónde está el niño?

Simón se acomodó la boina encima de la cara, no le importaba saber nada más.

—Debe estar jugando a las mariposas en el Cuarto del Jardín —se animó a responder Simón.

—Creo que tienes razón —dijo el Árbol. Los dos callaron y miraron el horizonte.


El niño mago corrió rápidamente en el pasillo, huyendo de la presencia oscura que le perseguía. Se metió rápidamente al Cuarto del Jardín, donde había un sol falso y nubes que más bien parecían pintadas. No había sonido del viento, puesto el Árbol había abandonado esa habitación hacía tiempo, desde que se escondió ahí de polizonte. Se alejó de la puerta y suspiró, no le quedaba más que esperar y tratar de enfrentarle el solo. Se quedó mirando la puerta, que parecía instalada en medio de un jardín sin ningún propósito.

La puerta se abrió y una mujer de piel gris azulada, de cabello plateado y que llegaba a media espalda y un vestido negro que le cubría del cuello a los tobillos, entró sonriendo.

—No vengo a lastimarte. A menos que eso quieras… también los niños tienen esos pensamientos, ¿no es cierto?

El niño mago pasó una mano por su cabello.

—Te sería imposible, súcubo. Cuando nací me pusieron una moneda de plata en la frente.

—Increíble, entonces tendré que hacer lo que tú quieras, ya que no puedo tocarte hasta que me des permiso.

—Lárgate. Conmigo no tienes oportunidad.

El súcubo sonrió y se acercó caminando, su rostro se veía tranquilo y amoroso. El niño dio pasos atrás por cada paso que avanzó Ludiah Sartdac.


Bobby Mindar ladró. Nadie le hizo caso. Buscó con la mirada la pistola de McGonnagal. Se apresuró, alzó su cabeza y la tomó en el hocico junto con las tres semillas del Árbol, aunque éste le ardía por el poder mágico del arma. Buscó el Libro de Mamá Esirasaft, dejó la pistola a un lado y abrió la cubierta de cuero. Con los dientes hizo un agujero donde podría guardar la pistola y la metió ahí. Una de las semillas se deshizo en su hocio, una quedó entera y pudo salvar un pequeño pedazo de la número tres. Acomodó la media semilla y la semilla en el mismo agujero de la pistola y después cerró el libro.

Siguió ladrando, pero nadie le hizo caso.

Y después sonrió, en la única forma que sonríen los rottweilers.


—Simón, el niño. Algo está pasando. Él y Yasmín están silenciosos. ¿Podrías revisar?

Simón prendió un cigarrillo y gritó—. ¡Yasmín! ¿Has robado el alma de un hombre llamado Rafael Arlequín? ¡Era un payaso que lloraba por dentro y le gustaba hacer reír a la gente para no morir de tristeza!

La voz de Yasmín respondió—. ¡Calla cabrón! ¡No blasfemes! ¡Bien sabes que a él nunca pude robarle el alma!

Simón sonrió.

—¿Lo ves? Yasmín está descansando del niño y seguramente lo mandó al Cuarto del Jardín.

El Árbol Tsef asintió lentamente y trató de no preocuparse.


El niño dibujó mariposas en el aire, mariposas violentas que volaron furiosas contra el súcubo gris. Ella se sorprendió en un principio, sin decidirse qué hacer en contra de un remolino amarillo con el número tremendo de mariposas. Se sintió débil y se arrodilló, sintiéndose confundida por el aroma que las mariposas llevaban consigo y el cielo irreal y falso de aquel Cuarto del Jardín.

—No sigue siendo mas que Magia —se dijo Ludiah Sartdac, metió una mano en el muro de mariposas amarillas que se había formado a su alrededor y sacó tres entre los dedos. Las frotó cariñosamente y éstas oscurecieron, se las puso en el cabello, como adornos. Después, alzó su cara al cielo y gritó, destruyendo y dispersando a todas las mariposas restantes.

Ludiah Sartdac dirigió su mirada al frente, donde estaba el niño mirando sin esperanzas a las mariposas amarillas caer, como pétalos de cerezo.

—Me has dado lo que necesito. Ya no tengo necesidad de tí —dijo Ludiah Sartdac.

El niño la perdió de vista y no supo del súcubo hasta que sintió unas uñas oscuras rasgarle el corazón y dejarlo sin sentido. La vista se le nubló, se miró el pecho que estaba sangrando.

—Aquí te quedarás… mi querido. Me costarás un día, pero valdrá la pena.

Al niño mago le temblaron las rodillas y después cayó, con los ojos abiertos y vacíos. El súcubo se arrodilló y puso su cabeza en sus piernas, le acarició el cabello y le cantó una canción de cuna.


Día 77.

Querido Diario:

He ido con Yasmín y la he encontrado dormida. Un aura azul le protege mientras tanto. Nunca te recomiendo lidiar con adivinas, siempre tienen magia rara bajo la manga.

Ante la insistencia del Árbol Tsef, busqué al niño. Al entrar al pasillo, los ladridos del rottweiler se escuchaban fuertemente. Me apresuré a entrar al Cuarto de Trofeos y lo encontré con los ojos abiertos y jadeando espantado. Aún así, su boca parecía como en una sonrisa. Noté preocupado que la pistola de McGonnagal no se encontraba en su lugar. Hay alguien aquí en el barco que todavía no desea mostrarse.

Después me dirigí a los otros cuartos.

Cuando me acerqué al de Beatriz, las máquinas rugieron de una manera potente y escandalosa, con la voz de ella resquebrajando la madera de Mojalnir. No hay duda, es un súcubo escondido. Le grité a Beatriz que se calmara, que me encargaría de ello. Ella no me tuvo fé, siguió gritando la misma pregunta una tras otra vez. Traté de ignorarle, no estoy dispuesto a gastar mi última llave en un regaño.

Me metí al Cuarto de Juegos y éste se encontraba solitario, igual que el Cuarto de Fest.

El Cuarto de los Espejos sigue cerrado con llave.

Fui al Cuarto del Jardín y al abrir la puerta, encontré pétalos amarillos cubriendo el suelo. Un jardín muy a la manera del Árbol Tsef, pintado como un cuadro de Monet. Al acercar mi mirada a los petalos, descubrí que eran las alas arrancadas de mariposas, ¿pero qué demonios pasó? ¿el niño habrá decidido irse? No, no lo creo. El niño trató de enfrentársele al súcubo, eso fue lo que sucedió… el niño no podía estar muerto, pero sí en poder del súcubo. Deberé tener cuidado con lo que vea de ahora en adelante, podría ser la Magia del niño utilizada en mi contra.

Evité el Cuarto del Laberinto, y cuando pasé por la puerta de los Trofeos, escuché al rottweiler que seguía ladrando. Salí a mi habitación y después a la proa, donde me encontré con el Árbol.

—El súcubo tiene al niño —dije yo.

—¿Súcubo? Entonces si fue lo que sentí.

—No duermas sólo esta noche, ven a la habitación. Tendremos que tener cuidado.

El Árbol accedió. Hemos decidido no dormir esta noche.

Y pronto salió el día…
Faltan quince días, con sus quince noches.

Cuarto de Máquinas III.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 33 de 48


Simón salió del Cuarto de Fest y se dirigió al Cuarto de Trofeos, en él, depositó el reflejo en el espejo del súcubo Zalic Luia y también sacó de sus bolsillos las tres semillas que pudo recuperar del Cuarto del Laberinto. Se acercó al mueble donde estaban las llaves y la pistola de McGonnagal, y sin perderse en decisiones, sacó una de las llaves del llavero y la mantuvo firme en sus manos. Esta vez, no se perdería.

Salió del Cuarto de Trofeos y se dirigió a la puerta del Cuarto de Máquinas. Cerró los ojos y la mano que sostenía la llave se sabía el camino de memoria para entrar a la cerradura.

CLICK.

La puerta se abrió, Simón Dor empujó la puerta y entró. No había marcha atrás, en el amanecer número veintiuno.

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Diario de Simón Dor. Día 74.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 32 de 48


Querido Diario:

¿Has seguido el número? Restan veintidós días con sus veintidós noches. Es hora de hacer un rito, no volveré a cometer la misma estupidez de desperdiciar una llave, esta vez, he de esperar serenamente en el Cuarto de Fest el día número veintiuno. No pensaré en tequila, no pensaré en cigarros, no pensaré en el árbol, en el niño, en el delfín, en la vieja, en el cielo o el infierno.

Limpiaré mi cuerpo antes de verla. Sólo tengo tres oportunidades (en realidad, dos, si no consigo recuperar esa llave que he perdido en el maldito Laberinto). Es terrible cuando sientes la noción del desperdicio… cuando tienes contado el número de veces que puedes alcanzar la dicha extrema de ver a alguien que has perdido, de poder platicar con ella, de quererle. Es terrible, nunca debí hacer el viaje. Cuando estaba en casa, tan sólo pensarla me permitía imaginarme su figura y platicar con ella. Un auto-engaño dulce y venenoso, que me consumía como un cáncer.

El fantasma de Beatriz también ha guardado silencio o eso quiero yo creer: Que también se está preparando para verme. ¿Qué sucederá cuando me mire? ¿Estallarán fuegos artificiales en el cielo? ¿Se abrirán las puertas de Dante? ¿Irrumpirán mariposas amarillas y haremos el amor, como si los dos fueramos aire? Es la primera vez que la voy a ver, desde aquel incidente en el Cuarto de Máquinas.

Aunque he escuchado su voz, o me la he imaginado. Su voz que se lanza como una cuerda que se decide a perderme. Me pregunto, por qué cuando estaba en el Infierno el día de ayer, soñando, no vino a rescatarme. ¿Será porque sabe que no necesito de nadie, más que de mi mismo, para negarme los infiernos o los cielos? Para adentrarme en el eterno desarrollo. Mi magia corrupta.

Pobre Árbol, he ido a verle después del Juego del Infierno, estaba tranquilo y sonriente, aunque todavía un poco nervioso, se nota que no apuesta su alma todos los días. Me ofreció de las frutas sanas (manzanas, peras), no de las frutas azules que parecen berenjena y contienen tequila. Platicamos un poco y no dijimos nada. Noté que algunas de sus hojas estaban un poco cafés. Le pregunté que si se estaba marchitando. El Árbol enarcó la ceja, miró las hojas cafés y luego cerró sus ojos. En un santiamén estaba lleno de nuevas hojas verdes. Le dí una palmada en el tronco y le pregunté como iba con la búsqueda del restante de su nombre.

Bien, me dijo. Quitó la sonrisa y se puso serio. Sonrió de nuevo y me dijo que le daba gusto que iría a ver a Beatriz. Yo me despedí de él, no quería preguntarle más.

El niño mago me miró caminar, estaba muy serio también. No le quise preguntar porque entendía bien la mirada: “Irás a ver a Beatriz, y seguro lo arruinarás. Más te vale recordar la magia que te ofrezco, grandísimo hijo de puta”. El último hijo de puta, lo puse como una libertad literaria. No creo que el niño lo utilice tan elegantemente como yo.

Por último, me restaba la vieja Yasmín. Estaba murmurando y meciéndose en su silla. Le acompañé en silencio y le escuché contar las almas.

Yasmín: El alma de Gerardo Tierra, que tendría que comer tierra una vez al día para conservar su inmortalidad. Y la de aquella mujer, Jimena Montes, que debería correr por los montes durante toda su vida, con un niño sangrando en sus brazos por la Tifus. Así también, el bebé Gonzalito, conservaría su inmortalidad por siempre, sangrando en los brazos de su madre.

Cuando me proponía a dejar a Yasmín, ella guardó silencio y me dijo—: No seas pendejo.

El mejor consejo que escucharán de ella. El mejor consejo, jamás.

Finalmente, me metí al Cuarto de Fest y aquí he estado escribiéndote mi querido Diario. Así me despejo y dejo que suceda el tiempo, gota tras gota, antes de que llegue el día número veintiuno. Puedo sentir el tiempo corriendo a través de la sangre en mis venas.

El monolito donde se graban los mensajes en piedra que Fest me manda, ha estado balbuceando. Se vislumbran letras sin sentido y una que otra oración: “Puede que sea ella”. “No tengo motivos”. “T-aed”. “Hun”. “Alicia en el país de las maravillas”. “Síguelo”.

“Brincando la sanja, la sanja, la sanja”. “Montón”. “Eipor”.

Me he quedado mirando el monolito. En un trance, descubro que Fest y yo, a veces pensamos lo mismo. Aunque el sea un joven, y yo un viejo…

“Somos la misma persona”. “Esperamos lo mismo”. “¿Se habrá arreglado?”. “Yo puedo mirarla todavía”. “Estás encerrado en un viaje”.

En eso, él tiene razón. Fest puede pensar en su Cecilia cuando quiera, puede perderse en el rumbo, puede perderse todo lo que sucede. ¿Y yo? Yo me he quedado con tres llaves y no se que haré cuando sólo me quede la última. La noción del desperdicio.

“Deja de pensar”. “Mírala ya”. “La respuesta esta en el reloj”. “-haed”. “La sanja”. “¡Las tres! ¡Las tres! ¡Ya son más de las tres!”.

Tengo que vivirlo todo intensamente hasta que lleguen los momentos. Tengo que cargar con el pasado de seres a los cuáles no les he pedido que me acompañen, pero están aquí. Sin embargo están aquí. ¿Por qué? ¿Por qué van a dónde yo voy? ¿Y qué harán cuando también tengan que preguntarse, dónde estás Simón?

“Es hora”.

Lo siento en mi cuerpo y éste mar gris de Yunén cubre un amanecer, el amanecer del día número veintiuno.

Laberinto I.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 26 de 48


Día 71.

Querido Diario:

27 días / 27 noches.

Después de pasar un rato ameno con el Árbol Tsef, (creo que estamos convirtiéndonos en amigos, o al menos, eso piensa él). He ido por una de las llaves del Cuarto de Beatriz. Una de las frutas azules me nubló los sentidos y me hizo hacerlo. Eso y recordar a las mujeres. Recordar a la mujer de mi vida. La mujer muerta de mi vida. Eso hice. Fui por una de las llaves del cuarto de Beatriz (oficialmente, El Cuarto de Máquinas, dentro de éste barco) y me quedé de pie ante la puerta. De pie ante la puerta me imaginé que esta era grande y yo muy pequeño. Yo muy pequeño ante Beatriz.

Acerqué la llave al picaporte y escuché sonidos en el cuarto de la derecha, el cuarto del monolito. El Cuarto de Fest. ¿Era una advertencia o una excusa? No lo sé, traté de ignorarle pero me fue imposible.

El Árbol Tsef cerró sus ojos y entró en un estado similar al sueño, se meció suavemente con la brisa marítima. Le sentaba bien, a pesar de ser un mar inmundo y un cielo gris. Despertó al sentir algo sólido dentro de su boca, la abrió y dejó salir lo que había. Eran semillas pequeñas. El Árbol parpadeó y cerró sus ojos, concentrando su atención en esas semillas que había expulsado, éstas se movieron como una extensión de su cuerpo, metiéndose a la habitación de Simón y luego adentrándose al pasillo. Llegaron al extremo, donde se juntaban tres de los cuartos: El de Máquinas, el del Monolito y el del Laberinto. Ahí aguardaron el uso que habría de darles el Árbol. De Simón, ya no había rastro.

Guardé la llave en mi bolsillo y entré al Cuarto de Fest. En el monolito estaban escrito los siguientes mensajes: “He querido verla”. “No debí decirle”. “¿Recuerdas a Beatriz?”. “No se qué hacer”. “Tengo ganas de caer”. “Estoy brincando la zanja, la zanja, la zanja”. “No me atrevo a llamar”. “Ya no se que sigue”. “La zanja, la zanja, la zanja”. “Solo puedo existir, hasta el final”.

Los repasé tranquilamente con la mirada, sabía lo que querían decir pero yo no podía hacer nada al respecto. Suspiré y me salí del Cuarto de Fest, una mera distracción. Cuando salí, la puerta del Laberinto estaba abierta.

Los laberintos me son irresistibles, mi querido Diario. Hice mal cuando entré a este y la razón la sabrás pronto.

Me despedí del Cuarto de Máquinas con una mirada, agradeciendo mi buen juicio de no desperdiciar una llave. Entré al laberinto como un juego. ¿Cómo te lo imaginas, mi querido Diario? ¿De pasillos blancos, con luces en lugares insospechados? ¿De ladrillo rojo, marmol en los pisos y puertas metálicas? No, mi querido Diario, éste era un laberinto de niebla, donde en cada muro había imágenes representando escenas.

Escenas de personas que yo no conocía y se me hacían familiares. El lugar era una copia de aquel otro lugar del que he escuchado hablar y tal vez, ese sea el propósito de su existencia. Este laberinto, si es resuelto, me llevará al pasillo de la muerte. Las imágenes estaban estáticas, a diferencia del Pasillo, donde me han dicho que se mueven y son como espejos a otros mundos. Las imágenes del laberinto parecen como talladas en piedra, sobre la niebla gris y profunda. Un lugar muy interesante y que me gustaría analizar más profundamente, tal vez, en un futuro.

Después de todo, así llegaré a La Muerte, mi querido Diario.

Me perdí en el laberinto. Pues claro está, para eso son construidos. En el camino me encontré un hacha y la miré durante largo tiempo. ¿Qué hacía un hacha ahí? La tomé y me di la media vuelta. Escuché ruidos de algo que rodaba sobre el piso… no estaba solo dentro del laberinto, tal vez me convenía llevar el hacha después de todo.

Y me convencí más, al escuchar jadeos. Jadeos familiares. Después fueron ladridos. Bobby Mindar también estaba adentro. Me paralicé del susto. ¿Estaba aquí adentro para ayudarme o matarme? No lo sabía, no podía asegurar si la cabeza del perro había enloquecido, aunque me hubiera ayudado contra los piratas. Corrí buscando salidas. El sonido del perro y el sonido rodante se hacían más distantes o cercanos, dependiendo a donde fuese. Tuve el hacha alzada, preparado para todo.

Me tropecé, encontré el origen del sonido de los rodantes. Eran semillas puestas cuidadosamente una después de otra. El jadeo del rottweiler parecía ya estar más cerca. Me levanté rápidamente y seguí a las semillas, como hubieran hecho el estúpido de Hansel y la estúpida de Gretel si no hubieran sido cuentos de hadas… tardé en llegar a la entrada/salida del laberinto, pero lo logré. Salí y cerré la puerta.

Imagina, mi querido Diario, mi cuerpo lleno de sudor y el dolor en todas mis articulaciones. Yo no tengo la culpa de ser viejo.

Descansé un rato y luego me dirigí al Cuarto de Trofeos, ya después me iría a la cama. El rottweiler estaba adentro, con los ojos cerrados, haciéndose el dormido… o probablemente lo estaba y todo me lo inventé como una alucinación. Busqué en mis bolsillos la llave de Beatriz y no la encontré.

La he perdido en el laberinto.

He perdido una llave en el Laberinto.

No sabes cómo grité y como lloré y como golpee todo lo que estaba a mi alcance.

Restan todavía veintisiete días con sus veintisiete noches. Me he llevado el hacha a mi habitación… no quiero sorpresas nocturnas.

Diario de Simón Dor. Día 67.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 21 de 48


Querido Diario:

Han pasado muchas cosas. La vieja Yasmín se ha instalado en mi barco… ¿La recuerdas? He escrito poco de ella, pasajes muy breves donde me imagino que consejo me daría, porque a pesar de amargada y maligna, es una señora muy sabia que ha sabido cargar los años. A diferencia de mí, que juego con ellos, los arrastro, los mal-interpreto.

Hay días que no se si son años y hay minutos que se me resbalan como segundos. Yasmín, que es inmortal, ha sabido sentir el tiempo… cada grano de arena, lo ha sentido y su piel está lo suficientemente curtida como para comprobarlo.

Yasmín: Robé el alma de Heriberto Jiménez, al decirle que jamás podría sentarse de nuevo. Robé el alma de Ana Mendoza, al empujar las circunstancias para que amara las estrellas tan intensamente…

El peso de Mojalnir ha crecido considerablemente, porque ya no arrastro solo mi pasado… sino también el de la vieja. No estoy acostumbrado a cargar desgracias ajenas pero ésta vez, es necesario. Necesito saber si la muerte me ha preparado alguna fórmula para la inmortalidad, antes de morir.

Si Yasmín no funciona, la empujaré al mar.

El árbol de los mil nombres y el niño mago, son distintos ahora, más callados. El niño ha sacado un cuaderno y ha empezado a escribir algo que me es incomprensible… lo importante es que está escribiendo y tiene que hacerlo. Ha dejado de dibujar cosas. No sé si es algo pasajero o tal vez dure eternidades, después de escuchar lo que dijo Yasmín de él… no dudaría en que fuese así.

El árbol, al menos ya me mira. Desde que escuchó el nombre de Matías me conserva cierto respeto, como si yo tuviera la clave de su nombre verdadero… y la verdad es que no tengo idea de cual pueda ser, no me interesa que ande mil años o mil centurias buscándole.

Me agrada el árbol, aunque esa manzana le haga parecer el Árbol de los tiempos del Génesis. Me gustaba más cuando estaba completamente marchito, ahora se ve ridículo con el tronco pelado y esa rama seca colgando la manzana del bien y el mal.

No se animan todavía a platicar conmigo.

Árbol de los mil nombres: Josué, Lucas, Mateo, Job…
Niño mago: He olvidado como hacer los Newton-Rhapsons… lo he olvidado, ¡Así podría conseguirte el nombre!
Árbol de los mil nombres: ¿Por qué el nombre de Matías? ¿Por qué lo has olvidado? Vamos, no me dejes sólo. No te pierdas en la magia, ¡ayúdame!
Niño mago: Tengo muchas historias que escribir… espérame un segundo, ¡se me ha ocurrido una maravillosa!
Árbol de los mil nombres: ¡NO! ¡No lo hagas! Podrías inventarme más nombres falsos. ¿Por qué él de Matías? ¡Tan siquiera dime eso antes!
Niño mago: Erase una vez…
El árbol de los mil nombres calló y miró al niño mago suplicante, pero sabía que no tenía otra opción más que plantar sus raíces y buscarlo por su cuenta.

He pensado en el Cuarto de Fest, en el monolito que decía: “Le he dicho. Estoy tranquilo”. Odié la frase tan corta y extraño sus cartas donde detallaba todo. ¿Esa carta para su muerte habrá sido su despedida? ¿La despedida definitiva para Simón de su parte? No, si somos amigos. No me puede dejar así.

O tal vez lo mejor sea que nos olvide a todos nosotros de una buena vez.

Bajé al Cuarto de Fest una vez más y encontré un escrito más largo que me agradó y me dio consciencia de que todavía no me ha olvidado. Me ha hecho recordar mi juventud, cuando pelaba todas esas cuestiones literarias tal vez inútiles:

Fest: En un punto, inexorablemente, se han de conjuntar todas las historias del mundo. De forma simultánea han de ocurrir todas al mismo tiempo, quebrando los límites que presentan el inicio y el final.

Me acordé de lo que decía Yasmín y cuando lo leí de Fest, sentí que estaba más claro. Yasmín suele tropezar con el lenguaje y confundirlo todo para hacer enigmas. Mientras leía, el Cuarto de Máquinas donde se esconde el espíritu de Beatriz, empezó a emitir el sonido de suaves vibraciones.

Fest: Si así fuese, quedarían claras las relaciones existentes entre una y otra historia. La gente que encuentre ese punto, inevitablemente se preguntará: “¿dónde inicia y dónde termina?”. Sólo encontrando el punto y más allá de la fragilidad del tiempo de vida de un ser humano, la gente notará o intuirá la existencia del omniverso, el cuál es la suma de todos los universos paralelos posibles.

Escuché la risa de Beatriz y su voz preguntaba animada—: ¿Otra vez con los universos paralelos?

Fest: Posibilidades infinitas de sucesos, que dependen de cuestiones climatológicas, divinales o tal vez el más (o menos) importante de todos, el ser humano actuando sobre su entorno. La relación de los eventos y su desarrollo son como un fractal (el caos ordenado o el orden del caos). Ésto debe descubrirnos que cada suceso que pasa —sin importar su magnitud— forma parte de un universo y habrá un universo paralelo donde éste evento no suceda del todo. O tal vez la posibilidad de que éste evento ocurra en dos o más universos y presente consecuencias diferentes.

Fest: En el punto donde sucedan todos estos eventos de manera simultanea, comprenderemos el alcance que poseen los hechos y sus consecuencias. Existe la remota posibilidad, de que dentro de todos los universos paralelos, el hecho que sucede dentro de uno, traspase las fronteras para afectar a otro o varios más. Más allá del clásico verbo pretérito pendejo: “Hubiera”, siempre habrá un universo donde no existe este (aunque se desarrollen otros a partir de evitar el verbo). La solución que propongo es escribir todas las historias del mundo, con todas sus variantes posibles.

Estás loco, pero me agrada.

Fest: Sólo tendré una noción de la cantidad de historias, si me propongo a buscar mi “Aleph”, —como lo llamaría Borges— y resistir la tentación de “Beatriz”.

Diablos… ¿sabes de lo que estás hablando cabrón? ¡Si yo que tengo doscientos veintiún años, no he podido dejar mi fantasma atrás! ¿Comprendes? ¿Tan siquiera comprendes lo que te has propuesto?

Fest: Se que es una tarea que a nadie pudiera interesarle. ¿Pero no se han imaginado su vida si hubiese sido de tal o cual manera? Muy aparte del verbo ya descrito (el hubiera), todos tenemos el morbo de conocer las ramas que se forman en el árbol organizacional de nuestras vidas. Siempre habrá algún suceso que nos marque de manera definitiva y nos haga preguntarnos en el menos adecuado de los momentos: “¿Qué hubiera pasado?”. Yo tengo claro mi momento y para poder escribir las historias del mundo, debo vencer entonces la tentación de “Beatriz”, de otra manera sólo escribiría los eventos-consecuencias que me han sucedido a mí… aunque si tenemos en cuenta que todo sucede simultáneamente dentro del “Aleph”, no sería trillado que mi evento haya desencadenado una serie de reacciones (dentro de mi universo) que hasta el más mínimo detalle en una historia que no tiene nada que ver con la mía, haya girado en torno de mi evento principal. Y es obvio decir que otras reacciones, hicieron que existiera mi evento… de tal forma, sólo mirando todo al mismo tiempo, entrenando los sentidos y venciendo mi tentación para poder apreciar los detalles de todo lo que acontezca en el omniverso, podré apreciar en toda su extensión todas las historias del mundo en todas sus variantes y así podré escribirlas.

No mames. No mames… No… no… no mames.

Fest: Se que la vida no me alcanzará para esta colosal tarea y es inevitable. Todavía no he resuelto como extender mi vida lo suficiente para escribirlo todo. Sólo tengo la esperanza que estas palabras puedan tocar a alguien más, éste es un suceso que se extenderá a alguien que tenga el valor para buscar su “Aleph”, y pueda también intentarlo. También otra cuestión que es imposible de resolver, es el estallido constante de nuevos universos. Aún habiendo un omniverso, éste crece constantemente a medida que el tiempo pasa y aunque haya un universo en los paralelos que irremediablemente muera, nacerá otro donde las circunstancias puedan ser totalmente distintas. Sin más que decir… Agustín D. Fest.

Um. Mi madre… y yo, preocupándome por éste viaje al que todavía le restan treintaiún días, con sus treintaiún noches.