Un poco como niño emocionado y un poco más como viejito amargado, esperé con ansias la magia de una lluvia de estrellas, aquí, en esta ciudad de mierda donde el cielo está contaminado.
Me levanté de mi cama a las 4 de la mañana (y los amargados como yo dirán, ¿cómo se atreve a esa hora levantarse?) y salí al estacionamiento, a mirar el cielo. La luna se veía clarita y daba tonalidades azules a los edificios naranjas. Me sonreí y con el frío poniendo duras pruebas sobre mi cuerpo, me dirigí a donde se pudiera ver el cielo más despejado.
Y ahí me quedé, mirando al cielo y esperando que mis ojos pudieran penetrar las nubes grises, las cuales eran pocas por ser madrugada, y observar uno de esos fenómenos mágicos que a muchos puede restaurar la fé. Pero vamos, vamos, vamos… es sólo una lluvia de estrellas.
Cuando salí, esperaba ver gente como yo asomándose para ver el cielo y me di cuenta que era el único observador en esta película de bajo presupuesto. Sólo era yo y me pertenecía el cielo.
Me estaba desanimando, puesto esperaba ver una lluvia de estrellas como en las películas, donde me tuviera que cubrir con las manos por los efectos especiales de poderes mágicos y fenomenales. Sin embargo, no había más que estrellas acostumbradas en ciudades contra la ecología y la luna tan azul, que podría jurar estaba vestida para algún amante.
Fue al distraer la mirada cuando observé un pequeño ratón celestial. Viré hacia allá esperando ver otro con ansías y pasó que otro ratón celestial se asomó por la comisura del ojo del lado opuesto de dónde estaba mirando. Así estuvimos jugando las estrellas y yo, las perseguía con la mirada y con la paciencia que Dios me dio a entender.
diez ratitas celestiales, para mí sólo, en esta cajita llamada Memoria, donde los tengo a base de queso y leche.
Escuchando: Nobuo Uematsu - Maybe I’m A Lion.






