Niño I.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 28 de 48


Simón Dor tomó un trago de tequila y observó al niño, que continuaba sentado y cabizbajo. Guardaron silencio para no molestarse mutuamente, el viaje en ese instante no importaba. El niño y el viejo. Pasado y futuro. Medio observándose, sin querer mirarse a los ojos, porque bien sabían que el uno era la consecuencia del otro y viceversa. La habitación de Simón Dor, se había convertido en el lugar donde el presente estaba prohibido y maldito.

Voy a tomar por vos, otro trago para olvidar
Que el miedo te comió los pies
Y que ahora sos un tipo más, y que poco a poco te fuiste yendo
Y que poco a poco te fuiste yendo de nuestro lugar

—El satánico Dr. Cadillac, Los Fabulosos Cadillacs.

El niño levantó la mirada y enfrentó a Simón Dor. Se acercó a la mesa y tomó asiento, arrebató el tequila y también probó un trago. Cerró los ojos con fuerza, estremeció su cabeza y dejó el tequila en la mesa con un golpe. Simón Dor sonrió. Continuaron mirándose a los ojos. Simón lo hacía con un odio profundo y el niño mago, le respondía con furia incendiando su mirada.

Te sienta bien el sol, te sienta bien ser cool,
Te sienta bien el mal, te sienta bien ser Dios,
Te sienta bien mentir y decir
Que te fuiste yendo de nuestro lugar

—El satánico Dr. Cadillac, Los Fabulosos Cadillacs.

Simón Dor levantó un dedo y dibujó en el aire la silueta de un cuervo, esta voló por la habitación durante unos segundos, antes de perderse. El niño entonces, dibujó en el aire la silueta de una mariposa del tamaño del cuervo… la mariposa logró sobrevivir al olvido y se hizo real. Simón Dor alzó su diario y la aplastó entre las páginas. No le gustaban los bichos.

Que es lo que ha pasado con tu corazón,
Ya no marca el paso que marcaba ayer
Nunca fuiste libre y esa es la razón,

—El satánico Dr. Cadillac, Los Fabulosos Cadillacs.

El niño le robó uno de los cigarrillos a Simón, el viejo le dio cerillos para que lo prendiera. Le observó divertido cuando dio la primera bocanada de humo y se rió cuando toció y toció. Después, como sincroonizados, se recargaron en el respaldo del asiento al mismo tiempo, cruzaron la rodilla derecha y mantuvieron el cigarrillo en la misma mano, fumaron al mismo tiempo y se miraban con la misma mirada.

Misma mirada de tristeza.

Siempre hay un idiota para convencer
Hablas toda la noche como un boy scout,
Hablas sobre mi vida como tu papá

—El satánico Dr. Cadillac, Los Fabulosos Cadillacs.

Fue cuando Simón volteó a la derecha, que el niño volteó de lado opuesto. Alzaron el cigarro al mismo tiempo y con la mano que estaba libre, dibujaron en el aire más siluetas de cuervos y mariposas tan lento, que estas se acumulaban y brotaban rápidamente. Los cuervos y las mariposas se unían y salían creaciones extrañas, como cuando un pintor junta dos o tres colores, modificaban la realidad y el pequeño espacio de la habitación. Al final, fue cuando Simón y el niño alzaron las manos, que todos los bicharajos fueron destruidos y disueltos.

—Vete de aquí —dijo Simón—. Prometo pensar en lo que me has dicho.

El niño mago se levantó, tiró el cigarrillo y lo apagó con sus pies. Simón se sintió más tranquilo cuando escuchó los gritos de la vieja y el niño, que andaban de un lado a otro como pelotas de ping-pong.

Diario de Simón Dor. Día 66.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 18 de 48


Arbol de los mil nombres: Tamal, taco, tortilla…
Niño mago: ¿Acaso tienes hambre?
Arbol de los mil nombres: ¿Se nota?
El niño rió.
Arbol de los mil nombres: Mira, allá… es otro barco.
Niño mago: Si, son más piratas.
Arbol de los mil nombres: ¿Crees qué debamos avisarle a Simón?
Niño mago: No lo sé.

Los he visto por la ventana, son piratas…


¡Declaramos éste barco nuestra propiedad! No tomaremos prisioneros, ahora mismo el viejo debe estar bailando con la muerte y serán estas las últimas palabras de su diario que ha de perderse en el mar!


Querido Diario:

Disculpa la interrupción, Mindar no salió como de costumbre a defenderme y al niño y al árbol les importó un comino que los piratas crearan un caos en mi barco Mojalnir. Bien por ellos, no me sirven para nada… debería tirarlos por la borda. Pero no, eso sería hacerle una injusticia al delfín.

Le estaría contaminando su agua, de por sí, ya contaminada.

Estos piratas venían a vengar a sus hermanos que Mindar mató en los primeros días de mi viaje, eso me hace pensar porque el cobarde no salió y se la pasó chillando en el cuarto de trofeo, aunque no le culpo… éstos parecían más rudos y sanguinarios que de costumbre. Eran diecisiete piratas y cada uno de ellos poseía una parte metálica en su cuerpo, el menos creativo era el capitán que tenía un garfio en vez de una mano.

Los dieciséis restantes habían salidos de alguna mala película de ciencia ficción… algunos llevaban tentáculos metálicos en vez de piernas, otros más poseían armas enteras (exageraría en escribir de destrucción nuclear, aunque no estaría tan alejado de la realidad) en los brazos, y había uno enorme cuyo cuerpo estaba, casi en su totalidad, compuesto de circuitos y el detalle que le hacía verse como un pirata, era la pañoleta oscura cubriéndole el metálico cráneo. Lo único conservado de su humanidad eran sus grotescos genitales, que por elegancia me abstendré de describir con detalle.

La palabra grotesco es más que suficiente.

Arbol de los mil nombres: ¿Cuántos días faltan?
Niño mago: Treintaitrés días, con sus treintaitrés noches.
Arbol de los mil nombres: ¿Cuándo encontraré mi verdadero nombre?
Niño mago: No lo sé, esa una buena pregunta.
Arbol de los mil nombres: Si te lo sabes, dímelo.
Niño mago: Lo sabré cuando lo escuche.
Arbol de los mil nombres: Tummmm, Tleeeeemp, Tiaaayyyy
Niño mago: Estás afectado por los efectos de sonido de la pelea de Simón Dor contra los piratas.

No estaba de ánimos para pelear así que intenté lo que todo estúpido optimista haría en una situación así, —suponiendo que no se muriese de un infarto—. Traté de diálogar con ellos y ¿saben cómo respondieron? Se rieron en mi cara. Con justa razón, entre el enojo y el pesimismo que acostumbra a acompañarme, me sonreí y entrecerré mis ojos. Acomodé mis puños como sensei Gorostiza me había enseñado (¡Recuerda tu centro de gravedad!, ¡Recuérdalo!) y esperé al primero.

Los hombres pobres de mente no saben a lo que es capaz de hacer un ser humano que lo ha perdido todo, tampoco respetan la sabiduría de los ancianos. Sobre todo los ancianos amargados, que combina lo mejor de ambos mundos: experiencia y desesperanza.

Esos piratas tecnocráticos fueron afortunados por el hecho de que no uso bastón todavía… les hubiera podido empalar.

Arbol de los mil nombres: Truhán, Trompeta, Trabajo.
Niño mago: Esas son palabras de las más comunes… ¿dónde habrá aprendido a pelear?
Arbol de los mil nombres: No tengo la menor idea. No le hagamos enojar.
El niño y el árbol asintieron

Pero claro está que yo soy un pobre viejo y cómo esta no es una realidad donde la cuchara se dobla con el dominio del código binario, con tres que se me aventaron encima pudieron someterme… gracias al azar, el de los genitales colgando se abstuvo de participar en la primera reyerta.

El capitán fue a explorar —Ende ahí, la ridícula exposición de marcar mi diario con sus orinadas palabras, como si fuese un perro— en lo que los otros me maniataban y me aventaban, jugando conmigo como si fuese una pelota.

Como me hicieron enojar. Debieron atarme las piernas.

Centro de gravedad, arrugas de enojo, eso les espantó un poco como para expresar todos una risa nerviosa. Recordé la agilidad de mis viejos días y mis piernas se movieron tan rápido que parecían duplicadas, triplicadas, tetraplicadas en cuestión de segundos. Lo sé, no es una realidad donde se modifique el código binario, pero escuchen una cosa: Nada me detendrá en éste viaje.

El pirata de los ocho tentaculos en vez de piernas, trató de someterme, pero no contaba que yo fuera más rápido, destruyendo cada una de sus extensiones metálicas sin compasión. Lo tiré por la borda. Hubo disparos, si que los hubo… pero no cuentan con la fórmula básica: enojo + experiencia de la vejez + amargura = algo parecido a Satanás cuando le echan agua bendita.

El de los genitales fue el más sencillo, creo que sobra decir donde le di sesenta y tres patadas bien acertadas.

Al último, el capitán salió de mi cuarto y vio los restos metálicos de muchos de sus hombres con ojos muy abiertos. Le señalé el mar y me comprendió perfectamente, prefirió tirarse solito por la borda… le seguí con la mirada y sonreí como el delfín cuando lo miramos hundirse.

Después… espera diario un súcubo y una isla donde una vieja sentada en una silla de madera se mece suavemente escribiré más tarde.

Diario de Simón Dor. Día 61.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 12 de 48


Querido Diario:

Hoy el cuarto de máquinas hizo un escándalo inusual, la cabeza de Mindar comenzó a ladrar asustada, el árbol de los mil nombres se meció de una manera violenta y el niño mago mantuvo la cabeza gacha. Se hizo una tormenta de relámpagos en los mares y yo, borracho y crudo de cigarro, sólo estuve mirando las nubes grises esperando lo que habría de seguir.

Las tres llaves en el cuarto de trofeos estaban repiqueteando como el campanario de una iglesia. Indudablemente, ésto era una señal.

Allá en el cielo, se veía un punto oscuro (mas negro, que la naturaleza gris de las mismas nubes) que se acercaba lentamente. Yo me sonreí, finalmente Dios había decidido mandar un meteorito para destruir mi existencia sacrílega. Así tenía que ser, no podía ser de otra manera… aunque, no, hay algo que deben saber tanto ustedes, como yo: Dios no juega sucio.

Ni siquiera habíamos discutido desde que salí en este viaje, no era Dios el origen del punto negro. A medida que se fue acercando… descubrí a una mujer con alas de murciélago. Una mujer de ojos grandes y oscuros, morena, un poco pasada de peso, poseía unos dientes muy blancos que se notaban con su sonrisa.

Mojalnir, mi barco, se detuvo para recibirla y la mujer descendió a la proa con gracia.

Árbol de los mil nombres: Sairun, mondeley, somariono.
Niño mago: No es ninguno de esos tu verdadero nombre. Mírala… ha venido la primera. Es la reina sumisa, esperando siempre las órdenes del amo… a la que no le importa que dañen su cuerpo, pero como se cobra después con la mente.
Árbol de los mil nombres: ¿Cuántas faltan?
Niño mago: Tal vez tres o cuatro, escucha como Beatriz llora, ¿crees que debería regalarle una mariposa?
Árbol de los mil nombres: Joriondos, turath, merasnik.
Niño mago: No, no es ninguno de esos tu verdadero nombre.

Estaba vestida de shorts y una playera suelta, un poco más grande de su tamaño. Las alas sobresalían por una abertura en la espalda de su playera, pero ella, con una mirada… hizo que las alas desaparecieran sin ningún dolor, como si nunca hubiesen existido.

Un súcubo.

Súcubo de ojos tan profundos como la noche que con su sonrisa me invitaba a jugar. La recibí con los brazos abiertos y ella me abrazó: era increible, casi me sentía nuevamente enamorado.

—Me llamo Galliora —dijo la mujer y la invité a pasar unos días en mi barco. Inevitablemente, tendríamos que conocernos y jugar.

Recuerden ese casi (que puede confundir al hombre y arrastrarlo hasta el extremo) y también recuerden, como el ruido del cuarto de máquinas se hizo más potente.

Carta de Agustín Fest para Simón Dor. Siguey leyendo →