El actor principal de una película de madrazos

Estar en los zapatos de Simón Dor, le hizo descubrir una nueva vida. Así que caminando, como parte de su entrenamiento de peleador, llegó a Hollywood. Tardó un poco en llegar, pero tenía el tiempo del mundo… tenía toda una vida. En el camino, su físico se compuso de nueva cuenta: se hizo más alto, perdió la barba y el cabello le decreció, hasta casi estar rapado. Se almendraron un poco los ojos y cambió el color de su piel. El rostro se le hizo más duro.

A unos pasos, le seguía una sombra. Una sombra que deseaba saber si era aquel que cambiaba de vida en vida y finalmente cobrar su venganza.

Llegó casi al amanecer y pudo apreciar las letras gigantescas, en aquel montecito, que decían H O L L Y W O O D. Wow, se dijo, ¡estaba a punto de convertirse en la estrella de una película de madrazos! Se inscribió a cuanto dojo hubiera por ahí y se consiguió un agente, una pelirroja llamada Molly, quien le cambió la vestimenta. Como no estaban bien seguros qué tipo de madrazos daba; si de karate, judo, kenpo, tae kwan do, kick boxing, a la mexicana o uñas y mordidas; le consiguió unos pantalones negros, zapatos de vestir, una playera negra pegadita y unos anteojos oscuros. Se veía bien cool en los castings.

En los dojos demostraba que era el mejor de todos y en los castings también. Aunque ganaba mil trofeos y reconocimientos de: “Bueno si, peleas bien chido y nos madreaste a todos los alumnos”, en los casting era distinto: los directores bien mamones —pues claro, es que el señor director, ES EL SEÑOR DIRECTOR—, ni oportunidad de hacer el casting le dejaban. Se estaba deprimiendo y Molly ya no sabía que hacer con él. El poco dinero que ganaba, lo hacía en exhibiciones y en concursos locales de artes marciales. No era suficiente, no descansaría hasta verse así mismo en la pantalla grande.

Creció un resentimiento en esta vida.

Es la suerte la que permite a uno quedarse en esas cosas, tan intrigosas y misteriosas, llamadas casting. A menos que seas una modelo aspirante a actriz, cocainómana, dispuesta a hacerlo todo, bien divertida y chichona, no hay de otra. Y la suerte le tocó al actor, cuando le dieron el guión unos tales hermanos Wamasky. Lo leyó y se emocionó cada vez que decía: —PELEA—, ¿qué importaba qué no existiera la pinche cuchara? ¿qué diablos querían decir con Mión? Ah, no… Zion. Lo importante, era la cantidad de veces que decía —PELEA—. Hizo el casting y pues, PELEÓ (es que así decía el guión), destrozando sin querer a cuanto stunt estuviera a su alcance. Los directores se quedaron con la boca abierta y Molly estaba orgulloso de su muchachito que pronto sería artista.

Se presentó tempranito al set, con el vestuario elegante que consiguió los primeros días. (Los directores dijeron que estaba per-fec-to). Le dieron el mejor camerino, con baño personal y un espejo muy grande para él. La maquillista lo seguía a todas partes, para ponerle polvo en la carita y no le brillara su nariz tan feo. Cuando salió del camerino, las fans ya estaban gritando cuánto le amaban y cuántos hijos querían para su familia. Y él nada más sonrió, esa sonrisa que había practicado tantos días de haber estado en Hollywood. Su sonrisa, quien siempre esperó este momento.

Salió en periódicos y revistas. Era la sensación de las calles, pero la vergüenza de los dojos que se tomaban el arte un poquito en serio. Eso no le importaba a él, naturalmente: pronto estaría en el cine. Hizo todas las tomas que le pidieron y unas cuántas extra, sin cobrarles nada porque era nuevo en esto de la artisteada. Se hizo adicto a la cocaína, porque es que casi todos se la metían. Al extasis, las pastas y el alcohol. Así salía en las noches, con tres o cuatro mujeres a su lado. Molly lo miraba decepcionada, es que él ya no era el mismo y se negó a seguir siendo su agente.

No importaba, ya había otros veinte en su puerta.

Cuando borracho y drogado, destrozaba cuánto bar, cuánto club y cuánto antro. Dejaba a un par en el piso y sangrando. Lo metían a la carcel. A los Wamasky no les importaba, pagaban fianza y lo sacaban —Necesitaban hacer otra toma, esta será publicidad… negativa, pero publicidad al fin y al cabo—. Su camerino estaba lleno de botellas de vodka vacías y se miraba al espejo, sonreía. Finalmente, se estaba haciendo una estrella y estos, eran pequeños sacrificios.

El día de la última toma, festejaron todos y al siguiente mes, estreno en cartelera. Un hitazo, la película recaudó casi treinta millones de dólares y el actor, ya estaba firmando para otras dos secuelas, mientras la nariz le sangraba y los ojos se le dilataban.

A empezar la rutina, al día siguiente, en el set a las siete de la mañana. Cinco líneas blancas, dos tragos absolutos. Vamos, estoy listo para la siguiente pelea. Y es que el actor no estaba consciente de sus poderes como artista marcial, ni del resentimiento adquirido, ni de la furia contenida. Ese mismo día, el desbalance del ying y del yang, acumuló toda la energía contenida en sus puños y fue peor que un Kamehame Ha de Neo y un Exploding Star a la Vegeta de Mr. Smith.

Acabó con medio Hollywood.

A huevo.

Medio Hollywood, derruído como si le hubieran tirado una bomba atómica. El actor despertó y miró el desastre, suspiró triste y miró el cielo. Al menos había una película de él en el cine. Se miró las manos, se dio cuenta del error de su camino y lentamente, en el alma, se le fue forjando el propósito de su siguiente existencia—: sería monje budista.

Regresó caminando a México, con una sombra siguiéndole los pasos y escuchando en los noticieros que la caída de Hollywood había sido culpa de Allí-Queda, un grupo terrorista musulmán.