Antojo vs. Deseo.

Los antojos cumplen funciones. Un antojo ayuda a mermar un deseo contenido… es decir, comer unas pasitas de chocolate puede evitar que comamos chocolate todos los días, o bien, tener un plantío de cacao para tener su disponibilidad casi al momento. Los antojos pueden ser buenos o malos. Siguiendo la lógica de la fábrica, puede haber una retribución económica, pero comerlo sin falta, todos los días, además de provocar enfermedades a largo plazo, puede restar el efecto de bienestar que provoca comer uno solo de vez en cuando.

Tengo antojo, por ejemplo, de escribir otras cosas, de intentar otros proyectos o aprender algo nuevo. Son antojos que todos tenemos, para no sentirnos estancados, en una rutina o sencillamente que las cosas que nos vemos forzados a hacer, no estan rompiendo nuestra independencia. Si tengo que trabajar, para mantenerme y mantenerte, puedo entonces tener un tiempo exclusivamente para mí. Si tengo que ir por los niños a la escuela, puedo en el camino quedar a tomarme un café con un amigo. Si bien, es ya un ejercicio y disciplina actualizar este weblog todos los días, debo tener algún lugar donde pueda actualizar de vez en cuando, sin sentir algún tipo de obligación o trabajo. Las obligaciones, por supuesto, también pueden complacer… de hecho, deben dar una especie de recompensa (a corto o largo plazo) para su inclusión natural a la rutina. De no ser así, entonces esta la posibilidad de que seas un masoquista metafísico o vives en un sopor continuo, perpetuo.

Pero los antojos cruzan una línea delgada a convertirse en caprichos, no es lo mismo al deseo… el antojo contiene la personalidad y procura una sensación de balance y estabilidad inmediata. El deseo, en cambio, es un potente catalizador para cambiarlo todo. Una disposición a navegar en tierras desconocidas, cambiar los cimientos de la personalidad y quebrar la perspectiva común. Cuando leer un buen libro puede modificar tu percepción… vivir lo desconocido, un deseo impulsivo, lo hará de manera más rápida y duradera. Al menos, eso es lo que se espera.

En el catorceavo sueño, la duda que pudo haber salvado los sueños…

Este post es parte de una serie, llamada “La Torre de los Sueños”. Anotación 14 de 16


En la Torre de los Sueños, el pulpo de los tentáculos interminables sostenían a un guerrero con fuerza y lo apretaban tan duro que pronto lo harían explotar. Pero el guerrero no estaba solo, con él se encontraba un gigante quien sonreía recordando viejos tiempos. Pulpos como esos los atrapaba su mamá con las dos manos, les quitaba los tentáculos uno por uno y después los echaba a una enorme cacerola donde tenían suficiente para comer en una tarde y cenar un poco en la noche. Así lo recordaba Chocolate, el gigante, quien rara vez recordaba con exactitud las cosas. La memoria de los gigantes, igual que su capacidad de soñar, era tan confiable como lo es una pesadilla que dura cinco minutos más después del despertar.

Haciendo gala de su fuerza y la agilidad, la cual era mucho mayor que la del pulpo, Chocolate utilizó su gran martillo de bronze para golpear los tentáculos que sostenían a Vort Wunden. Cuando observó que el guerrero caía libremente y que el pulpo movió todos sus tentáculos contra él, soltó su martillo de bronze y con ambas manos detuvo las extremidades que se disponían a atacarlo. Con los pies repelía los tentáculos que intentaban liberar a sus compañeros y Chocolate, como recordó su mamá que hacía, dominó al pulpo de tal manera que pudo alzarlo con toda su fuerza, quebrando así varias de sus articulaciones. Sin dudarlo, lo azotó varias veces contra una de las paredes.

Recogió su martillo, sin tiempo que perder, y se fue directamente contra los ojos del pulpo quien estaba aturdido. Primero los quebró, como cristales, y después agarró su martillo por la cabeza para meterlo como una vara contra una burbuja de agua. Empujó rápidamente, para llegar a su cerebro.

—¡Ya tenemos la comida lista, señor Vort! —exclamó Chocolate contento.

Vort se encontraba tirado en el piso, sosteniéndose la cabeza con su única mano y jadeaba constantemente. Nunca escuchó la exclamación del gigante y tampoco pudo distinguir el rostro de Miriod, quien se encontraba arrodillado ante él.

El gigante observó como el pulpo se retorcía y lentamente se esfumaba, en una nube morada… varias esferas de cristal cayeron, como canicas y se distribuyeron a lo largo del pasillo. Chocolate se sintió frustrado… ¿había peleado todo este tiempo con un sueño? Si eran tan fáciles de dominar los sueños, pensó Chocolate, se prometió soñar más a menudo aunque no supiera como hacerlo. Suspiró y se encogió de hombros, se giró para encontrarse de nueva cuenta con el guerrero pero en su lugar, descubrió a Miriod quien sonreía con los ojos entrecerrados. Chocolate hizo una mueca al mirar que tenía un ojo de millares de ojos en los hombros, sus manos tenían uñas largas y torcidas, sus pies estaban deformes como los de un monstruo y seguía sonriendo, sonriendo…

—Señor Miriod… ¿dónde había estado? ¿Y dónde está el Señor Vort? —preguntó el gigante cautelosamente.

—El Señor Vort no tiene más que hacer aquí y lo he mandado a descansar. Sin embargo tú, todavía tienes un sueño que soñar. ¿Querías encontrar a Dom? Te llevaré a ella que necesita de tu ayuda. ¿Lo harás? ¿Soñarás por ella?

Chocolate olvidó su desconfianza y sonrió enormemente.

—¡Si! ¡Lléveme a Dom-bi-Dom! ¡La extraño muchísimo! Escuché que gritaba mi nombre… por favor, lléveme a ella.

Miriod, el mago oscuro, sonrió siniestramente. Caminó hacia Chocolate y le tomó la mano. El gigante cerró los ojos contento, sonrió con la boca cerrada y se acarició la cabeza. Por fin, sentía que habían sido años desde la última vez que Dom le había acariciado el cabello.


Cuando Vort Wunden despertó, se encontraba ante el portal de madera de la Torre de los Sueños, era de día y el sol le calentaba el rostro. Se sentó un momento y contempló la torre, metió la mano en el bolsillo de su pantalón para buscar la esfera que encerraba su sueño y en su lugar, encontró varias. ¿En qué momento habían llegado a la bolsa de su pantalón? Trató de recordar… y sólo podía ver la figura difusa de un mago oscuro quien le alzaba la cara y le daba de beber. Sacó todas las esferas y contó que eran siete en total, incluyendo la de su sueño.

En el otro bolsillo de su pantalón, se encontraban algunos fragmentos que había robado al quetzalcoatli muerto. Esos los podría vender por buen dinero al herrero, un solo pedazo podía fortalecer una armadura con magia.

Siguió mirando la Torre de los Sueños, todavía no quería ponerse en pie y regresar a casa. Quería regresar a la Torre, sentía que se lo debía al gigante. Después de todo lo apreciaba —y también, hablaba su sangre guerrera—, quería llevárselo a casa aunque no encontrarán a la niña, quería darle la taza de chocolate caliente que le debía, quería seguir viviendo aventuras con él en la Torre. Si, mientras los ojos de Vort miraban con intensidad el portón de madera de la torre, su mano restante jugaba con las esferas de los sueños. Quería regresar y dudaba… dudaba que debiera hacerlo… entonces recordó la voz del mago que le dijo—: No regreses hoy, Vort Wunden, o tus sueños te matarán…

Mientras Vort pensaba, el cielo encima de la torre se oscurecía y luces, de todos colores, traspasaron sus ventanas. Ese fue el día en que todos los sueños dejaron de existir gracias a la duda de Vort Wunden.

Chocolates

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A mi me gusta el chocolate, no saben cuanto. De niño, demasiado chocolate me ponía como aquella vez que tomé mi primera copita de vino rojo (a los cuatro años), corría alrededor, gritaba, bailaba y reía como zarahuato imberbe, hasta que me tiraba a dormir en un sillón. Oh si, los rulos voladores caían como changuito después de su dósis de bananas.

Hoy en día, todavía sigo pensando que un día me voy a atascar de chocolate para ver si es cierto que me puede dar un orgasmo (no nada más a las mujeres, ¿qué creían?). Ya lo tengo todo preparado, será un fin de semana, en vacaciones, porque los estragos al estómago y a la mente serán increíbles. Chocolate, tras chocolate, hasta que se me atrofie el sentido del gusto y tenga una estúpida sonrisa de satisfacción.

Para mi el chocolate es como escribir, nunca es suficiente. Sea chocolate amargo, chocolate blanco, chocolate con arroz inflado, chocolate en pastelito. Dame de beber y comer chocolate, y me harás el niño más feliz sobre la tierra, y también diabético y con sobre-peso exagerado, y me verás correr y caer dormido en el sillón, con la cara llena de chocolatosa baba.

(Ya casi me acabo los chocolates que me regalaste ¬¬, tendré que ir por más… ahhh… y si, si me costó trabajo regalarle uno a cada uno de los monos de la oficina…)

¿Y qué pasa si no hay chocolate?

Pues… entonces me compraré mi bolita de queso oaxaca en la merced. 64 pesos por dos kilos del mejor queso que hay.

Helado de Chocolate.

Hoy, al salir de mi clase, Ariadna y yo nos despedimos pronto… y en general, no tardé en despedirme de la gente cuya convivencia hace mi estadía más grata. Me dio gusto ver a la gran mayoría, excepto a mi archienemigo… no se porque no me agrada, es una persona inteligente, pero tiene ese tipo de semblante que hace que los demás lo escuchen y lo crean sacerdote (debió de serlo, anyway, tiene una voz profunda).

En fin, me despedí pronto de ella y me dio la repentina certeza de que será así. Despedidas furtivas, no habra convivencia, no hará el agradable desmadre al que siempre estoy dispuesto. Sin querer, incluso en la escuela, me estoy convirtiendo en adulto (¿Podrás perdonarme?). La verdad, no es el desmadre el que extraño, sino la persona que esta ahí para reirse de tus chistes malos o el humor negro.

Caminé hacia el metro Copilco y pasé de largo una heladería “La Michoacana”, primer impulso fue comprar un helado de chocolate. La decisión se veía frustrada por unos dos segundos de: “¿Qué pensará la gente de un niñodonte de 1.87 comiendo un helado de chocolate?” Claro, solo fueron dos segundos y pedí mi helado de chocolate.

Tengo la mala suerte de seguir los instintos.

10 pesos por dos bolas de chocolate y una de capuccino. Un helado común como cualquier otro que no sea Hägen Dasz (¿así se escribe?), menos cremoso, más agua. Me desvíe a un parque donde Anya y yo nos dimos el primer beso y me senté en una de las bancas a mirar gente con mi helado.

Me di cuenta que no lo estaba disfrutando, el reloj, el trabajo. So, me autohipnotizé para disfrutar el bendito helado y funcionó, los cinco minutos de descanso se transformaron en quince. Mi mirada siguió las piernas de una que otra chica, mala costumbre yo creo.

Una niña se sentó en una banca a lo lejos, nos volteamos a mirar y sostuve la mirada hasta que ella la bajó. Me gusta ese juego, sonreí y mi helado cada vez se hacía menos. En la heladería noté que vendían de pistache. ¿Se acuerdan de los Muppets Babies? Cuando iba con mi abuela al puesto en el mercado, ella me solía dar dinero para comprar helado. Me gustaba el de Rufo, obvio, porque era de chocolate. Sin embargo, la Rana René (Pistache), no tenía comparación.

Hice un breve recuento de por qué me gustaba el de pistache si el color no se me hacía tan atractivo. Encontré la razón en el show de los muppets babies, cuando miraba en la presentación a René disfrazado de Indiana Jones… y yo era fan de Indiana Jones, hace tanto que vi las películas que no puedo asegurar que lo sigo siendo.

Helado de Pistache = Rana René = Indiana Jones. ¿Tiene sentido?

Empecé a hacer un plan diario de comprar un helado y sentarme en las bancas… y después eso se transformó a no necesariamente comprar el helado. Sólo sentarme en ellas y dejar que la mente vuele. Cuando suelo ir a un parque, me siento incómodo… sin embargo, ésta vez se dio natural. Sentarme y observar. Just like that.

Cuando decidí irme, me encontré a un compañero de la prepa que no veía desde hacía tres años. Mauricio Ituarte. Todavía recuerdo su nombre y no me sorprendería que él no recuerde el mío, obvio, me recordaba como el Árbol.

Ituarte solía hacer un Lectio Divina en clase de religión. Elegía una lectura de la Biblia y la comentábamos en clase. Siempre me cayó bien. Un poco ingenuo y simpático por naturaleza. Inevitablemente fresa. En el hoy, Mauricio Ituarte parece haber cambiado o la verdad, es que él y yo, nunca nos dimos tiempo para forjar una amistad que no fuera la que la colectividad y el último año de prepa, otorgan. So, me sentí un poco incómodo platicándole de las personas que había visto y lo que estaba haciendo en la UNAM.

Precisamente, esos días he estado pensando en el Lectio Divina que hacíamos en clase. ¿Será una señal divina?

En alguna navidad, antes de que esta se manchara de sangre.

Recuerdo de niño a Santa Claus, el abuelo ideal, en saco rojo y con la barba de siglos. Sabiduría en el brillo de los ojojojojos. Como lo quiero.

Aunque dejé de ser niño, la importancia de Papá Noel es esencial, la necesidad de tener el abuelo/padre ideal. A diferencia de Dios, que lo conocemos por inventar algo terrible llamado el infierno, tenemos a Papá Noel, que tiene una esposa encantadora la cual nos prepararía un chocolate y nos regalaría galletas.

Miles le han dado connotaciones sexuales y negativas al pobre Papá Noel, que surgió hará un milenio, con un viejo millonario llamado Nicolás que regalaba juguetes en los orfanatos. Sin importar las preferencias sexuales o la mamá, el papá y los testigos en su acta de nacimiento, no es lo que se debe tomar en cuenta, es el símbolo. El símbolo de Padre Noel.

De niño, miraba a Santa Claus… y sabía que en algún lugar tenía un padre, riéndose a carcajadas preparando el siguiente regalo: “Para el Sr. Fest”.

Ayer que yo nací…

Ayer que yo nací, había un cielo más sencillo y un aire más líquido. Nací sonriendo, recuerdo bien, y viendo las calles tapizarse de inocencia como los europeos imaginaban America tapizada de oro. Las nubes eran rosas y los hombres no se afeminaban por ello. Las mujeres más hermosas, aunque le faltaran dos cabellos.

Ayer que yo nací. la canción predilecta era de cuna. El ruido de los pavorreales y las gallinas, coqueteaban con los zorros pianistas. El loco del futuro se tomó su coca cola, los indígenas le vieron indignados con su chocolate de olla.

Ayer que yo nací. Los prometidos se amaban con solo una promesa, las viudas de estricta espesura, los caballeros de interesante escritura. Aventurero era imaginarse, con promiscuidad y gran ternura, los paises que solo se cantaban escritos. La vida era una aventura.

Odiosamente cursi era la vida, ayer que yo nací.