De compras en Navidad.

Salí de compras el día de hoy, siempre pongo cara de protesta cuando tiene que ser, siempre hago ruidos quejumbrosos cuando me levantan y yo esperaba despertarme tarde. Pero no importa, al fin trato de relajarme y pedirme que no sea tan intransigente con mi madre en esos menesteres.

Odio las compras en temporada navideña, no por esas mamadas del consumismo y que ya no buscamos regalos más sencillos para conseguir sonrisas más sinceras, no, eso es una mamada. Odio las compras por la cantidad de gente que se encuentra uno. Es exorbitante, es ridículo. Sencillamente no soporto grandes cantidades de gente, no lo sé… yo crecí siendo sedentario.

Primero fuimos a tirar unas cosas de la casa de mi tío Ángel a la basura, entre ellas se encontraba un árbol de navidad de esos de plástico. Me miró y me dijo, “Al fin que ya no lo ponemos”. Yo estuve de acuerdo, después de todo, nos llenamos de porquerías. El segundo pensamiento fue: “Es un árbol de navidad… ¿cómo podemos tirar un árbol de navidad?”

¿Cómo podemos?

Esto me hace recordar a mi abuela, cuando hace unos cinco años, en un intento por salvar la navidad y no comprar un árbol de plástico, consiguió un árbol humilde que más bien eran ya varas. Yo siempre fui el que alzaba la mano para adornar el árbol, pero cuando vi ese me asaltó un sentimiento mezquino, ¿cómo se atreve a darme esa pendejada? Pero no se lo dije.

Mi tío Daniel se encargó de decirlo. Ella, naturalmente, se puso a llorar. Entonces aprendí a querer ese árbol que ella había conseguido por quien sabe que medios, lo adorné como pude y traté de hacerlo bonito. No soy un hombre que exprese sus sentimientos con palabras, si lo hubiera hecho, mi abuela se hubiera sentido mejor.

Somos tan idiotas.

Llegamos a la Comercial Mexicana y lo primero que vi fue dos niñas que tenían la playera del Centro Universitario México o tal vez del Instituto, no tenían más de 17 años. Werillas las dos, bonitas. Pensé en la decadencia del CUM por haber metido mujeres… no piensen mal, no es el machismo. El CUM ya estaba en decadencia desde años anteriores, pero con las alumnas nuevas, se metieron nuevos sistemas, como que los profesores deben conservar su trabajo y mantener buenas calificaciones…

Si no, pregúntenle a Fautsch, le puso nueve a un niño que se mató en una carretera y que ya no debía estar en listas. (O eso dicen por ahí). Después de que hizo eso, se salió de la institución marista y se dedicó a hacer cosas más de su calibre, después de todo, es una de las mentes más brillantes de México, dicen también.

Afortunadamente me tocaron sus últimos años.

Mi mamá compró cosas de más, como siempre, pero al rato estaré agradeciéndole en secreto esa Sidral Mundet cuando falte agua de sabor o Coca Cola y tenga mucha flojera de preparármela.

Estuvimos buscando las cosas que comprar… en una de esas, que andaba solo con mi carrito mata-gente, encontré una niña con sindrome de Down. Pensé muchas cosas al respecto, me hubiera gustado sonreírle y animarle el día a la niña, pero seguramente a ella no le importaría del todo. Hubiera sido como un juego. A la que hubiera animado probablemente era a su abuela o a su madre, que estaba sentada junto a ella, mirando con recelo a las personas que pasaban junto a ella.

Ya no sabe uno lo que es políticamente correcto en estos días.

Pagamos las cosas, la cerillo estaba haciéndose pendeja. Creo que estaba peleando su lugar con otra cerillo. Ya cuando me vio con mi cara de enojado guardando las cosas en la bolsa se puso a chambearle. Mi tío Ángel se vio muy tranquilo al respecto, mi mamá no. Ya cuando le tocó el turno a ella, echaba unas miradas y unos comentarios a la cerillo que ni yo le hubiera deseado a mi peor enemigo.

Me puse a pensar porque trabaja ella, yo trabajo porque necesito en algún momento hacerme independiente. Yo trabajo por mis gustos. Yo trabajo porque necesito pagar muchas cosas en la escuela. En fin. Si no trabajara, le agregaría un porcentaje más al gasto de mi madre y eso significaría cederle control sobre mi vida. Es una historia muy larga.

Mañana trabajo por cierto, así que el que tenía que tener la carota, era yo… no la pobre cerillo. Así que al final, me dio un poco de espíritu navideño y le di en una moneda lo que le hubieran dado diez o quince personas. Me sentí bien en un principio, pero después pensé que así saldría yo siendo un mejor hombre.

Orgulloso es el ser humano por las cosas más estúpidas.

Cuando me preguntó mi madre cuánto le dí, mentí, le dije mucho menos… ella se me quedó mirando y me dio en la mano la cantidad que le había dicho.

Dos pesos. Odio las compras en Navidad.