Abril 30, 2007 — Una absurda historia de amor..
Escrito por Agustin Fest.
Pues el día siguiente que va la Matilda a conocer al Borneos. Yo estaba tratando de explicarle a Borneos como era la jugada, algo un tanto difícil, porque si Borneos jugaba… siempre era en la banca. En la preparatoria, sabes que hay dos tipos de ñoños… los normalitos, que de alguna manera pueden integrarse a la sociedad e incluso su ñoñez es bien recibida… y los über ñoños, que son muy inteligentes, pero su rareza los separa totalmente del grupo. Borneos era el über ñoño de toda la preparatoria: siempre llevaba su bufanda y sus cuellos de tortuga, aún cuando hacía calor. Tenía unos ojos grises, profundos. Delgado, casi hasta los huesos. Su cara alargada y su nariz aguileña. Supe de algunas niñas que quedaron prendadas de él, por su inteligencia, por su porte de héroe byroniano y sus cejas espesas, pero nada más prendadas. Borneos nunca se interesó lo suficiente como para darles entrada. Era un chavo complicado.
Cuando lo invité a trabajar conmigo, ya tenía nuevas manías. Una de ellas es que no podía hablar directamente con cualquiera. Necesitaba un teléfono celular para hacerlo. Si quería preguntarle o pedirle algo, debía acercarme mi celular a la oreja y decirle, por ejemplo—. Borneos, necesito un par de cafecitos, no seas mala onda y ve por ellos… ¿va? —entonces Borneos me respondía usando su celular—. Ok, Agustín. Voy por ellos —al principio era muy extraño, hartante, desgastante… pero la creatividad de Borneos, había ayudado a que mantuviera su trabajo. De vez en cuando, trabajaba como freelance en las agencias de publicidad para escupir una idea tras otra. Borneos, el del celular, así le conocían. No sé porque trabajaba conmigo, si bien podía ubicarse dónde quisiera. En juntas había visto como se desenvolvía—. Callado, expectante, pero cuando era su turno, era muy insistente con sus ideas y era hábil con las palabras, siempre y cuando tuviera el celular pegado a la cabeza. Vi cómo vendió dos ideas. Un comercial para un insecticida y otro de, je, celulares. Siguey leyendo →
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Agosto 13, 2003 — Arbol.
Escrito por Agustin Fest.
El Árbol se quedó plantado lo que parecieron eternidades frente a la puerta (tan sólo habían pasado unos minutos, pero había heredado el fatalismo del anciano Dor). Se rascó las hojas con las hojas y parpadeó un par de veces, mirando el picaporte. Fue cuando quiso aplicar una de las cosas que había visto que Simón Dor hacía y que misteriosamente funcionaba, o parecía funcionar porque le alegraba y hacía parecer como si todos los problemas estuvieran solucionados.
—Soy la gran puerta —se dijo el pequeño Árbol—. Soy la gran puerta y me abriré. Soy la gran puerta y me abriré.
Sucedió lo inesperado: la puerta se negó rotundamente. El Árbol Tsef Thaed se rascó de nuevo las hojas con las hojas y por primera vez entendió la diferencia entre sentirse estúpido y serlo realmente.
—Bien, ya entendí. No soy la gran puerta, pero si te abrirás. ¿Verdad?
La puerta respondió con una amarga indiferencia.
—¿Por favor?
Groucho Marx hacía reír al público en el departamento vecino. El viento cantaba tranquilo, mientras el día se hacía noche. Los coches hacían ruido y la gente enmudecía frente a los claxonazos. Y el Árbol Tsef Thaed miraba con sus ojos a una puerta muy viva, que nunca se movería porque estaba muerta. Pequeño Árbol versus Gran Puerta, y la Puerta iba ganando por mucho.
El Árbol Tsef Thaed rascó hojas con corteza.
—Muy bien —dijo el Árbol sin perder la compostura, caminó de espaldas hasta que juzgó suficiente la distancia que le daría el impulso necesario—. Si tú eres malvada, yo también. ¿Sabías que mi papá se entrenó en las artes marciales con Simón Dor? Lo llevo en mis ramas y en mis raíces. Señorita Puerta, usted me obligó.
La puerta se quedó estática del miedo.
El señor Ramirez cargaba las bolsas de su esposa y pasó frente a la puerta de Simón Dor. Le miró durante un segundo e hizo una mueca, nunca le agradó su vecino raro y menos cuando había regresado de su viaje. Su esposa y él lo observaban por la mirilla cuando salía del departamento y escuchaban como platicaba con un pequeño árbol en una maceta. Pensaban que estaba loco. Aunque la locura le hacía más agradable. Antes del viaje, el hombre era sencillamente insoportable. Los Ramirez (y la gran mayoría de los vecinos), seguían sin tolerarlo.
Ramirez se acercó a la puerta y se decidió escupirle a la entrada, cuando escuchó un golpe seco que le espantó seguido de una voz aguda que decía: “¡OUCH! ¡OUCH! ¡ME HA LASTIMADO!”. Ramirez se alejó rápidamente y se metió a su departamento de un portazo. Definitivamente, Simón Dor estaba loco.
El Árbol frunció la corteza y se racó las hojas con las hojas. Había resultado muy frustrante que no todo saliera bien al principio y todo se lo debía a que quería echar a correr, cuando apenas estaba aprendiendo a caminar. Así que después de echarse a llorar como haría un niño de su edad (lágrimas que bajaban de los ojos rajados en su corteza y regresaban a sus raíces), decidió plantarse y pensar las cosas.
Aplicando un poquito de sentido común, caminó por su macetita, la volteó y la empujó hasta la puerta. Se subió y giró el picaporte apenas alcanzándolo con sus ramas, la puerta se abrió y el Árbol se rió. ¡Qué tonto había sido! Desde entonces se prometió no buscar salidas fáciles para resolver los problema fáciles. Por lógica, decidió que no buscaría salidas difíciles para resolver los problemas difíciles. Eso pensaba mientras salía a las luces amarillentas del pasillo de los departamentos y caminó.
¿Dónde habría de iniciar su búsqueda? No tenía ni la menor idea, pero estaba libre al fin para poder caminar como su padre había hecho. Y querría recorrer todo, hasta llegar a cumplir la difícil misión que le habían dejado. Se sentía tan contento, que saludó a la señora Ramirez que entraba a su departamento y ella, sorprendida, correspondió el saludo del Árbol.
No había quien le detuviera, pensó el Árbol muy contento, y en pequeños saltos caminó el pasillo y bajó con cuidado las escaleras hasta llegar a la entrada del edificio y mirar la calle, donde la gente apresurada por mirar el reloj, no le prestó atención. Respiró aire nuevo y alzó las ramas como un caballero valiente. El pobrecito no sabía de los muchos doppelgangers, que ya sabían de su misión y habían sido enviados a detenerle.
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Mayo 23, 2003 — Padre Taxi.
Escrito por Agustin Fest.
El cabo Chucho Domínguez siempre hacía guardia fuera de la puerta de El General mientras esperaba a que terminara de jugar con La Muda. Miró la noche por la ventana y el frío de su corazón era acompañado por una luz tenue y amarillenta. Se mantuvo de pie, como una armadura de tiempos medievales, en el pasillo de la Casa Militar escuchando mientras el cerdo poseía a la que fue su prometida en tiempos pasados y tragándose el deseo de entrar a matarlo.
El cabo Chuy Fernández, miró gravemente a Chucho. Se llevó su cigarro a la boca, acarició sus patillas largas y las acomodó debajo de su boina. Sus dedos salieron con un cerillo que prendió con ayuda de su rostro mal afeitado.
—¿Por qué tan serio, patrón? —preguntó Chuy burlón, echó una bocanada de humo y sonrió.
—No quiero pelear el día de hoy.
—No importa, debe ser suficiente con lo que está pasando cabrito. Le apuesto una mula a que imagina con detalle las manos gordas y grasosas de Mi General acariciándole el cuerpo a tu yegua.
Chucho Domínguez puso una mano alrededor del cinto de su pistola, Chuy hizo lo mismo, se miraron a los ojos expresándose la rabia contenida que sentían desde hacía años.
—Aquí no patrón, no amenace con su pistola. Sea hombrecito y resolvamos esto a golpes, como aquél día en la hacienda.
—Yo no tengo nada que resolver contigo Chuy, ¿de dónde me agarraste tanta envidia?
—Hazte buey. Esa pregunta tú solito te la respondes —dijo Fernández, se recargó en la pared y Chucho hizo lo mismo, un sudor frío le recorrió la espalda, fijó su atención al péndulo del reloj, la marcha se hacía lenta y los segundos eran devorados ávidamente tan pronto se daba la oportunidad. Ambos cabos escucharon la respiración del otro, estudiando quien iba a dar el primer golpe y se voltearon a mirar cuando escucharon la voz de El General.
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Marzo 31, 2003 — Poder Gris.
Escrito por Agustin Fest.
Documento: La Creación (Resumido por Jayli, omitiendo así la partición de la Tierra y los Dioses, la primera guerra de Lagrim y Hurton, la guerra de la nuevas criaturas de Gansby; la primera, segunda y tercera guerra de Dragones; entre otras magnas hazañas que dieron nacimiento a grandes héroes y siempre odiados enemigos)
Al principio del tiempo no había nada, sólo una oscuridad insistente que a veces se transformaba en luz pura.
Entonces existió Pensante, por que el Gran Pensamiento se inicia con la oscuridad que nace de la luz de día y con la explosión de luz que muere con la noche.
Y Pensante creó un mundo llamado Lagrim, donde siempre había luz tanto de día como de noche, hizo las montaña y los ríos, a cada uno les dio su nombre, y los bosques y las piedras, ocupando días enteros en darle su nombre a cada árbol y cada piedra.
Después que hubo terminado, Pensante hizo las razas de humanos, elfos, enanos y gnomos. Después creo a los ángeles y las hadas y hados, y les dio el nombre de criaturas de la luz. Y entonces creó a los dioses claros, para que vigilaran, cuidaran y protegieran a sus hijos.
Y los humanos lo llamaban Creador.
Y los elfos lo llamaban Naturaleza.
Y los gnomos lo llamaban Inventor.
Y los enanos lo llamaban Herrero.
Y las hadas y los hados y los ángeles y los dioses claros lo llamaban Máximo.
Quinientos años de felicidad y paz, hasta el veintiuno de Diciembre del año Quinientos antes del Poder Gris.
Y Pensante creó a la oscuridad y creó un mundo llamado Hurton donde siempre estaba oscuro, tanto de día como de noche. Hizo la lava y ríos de sangre, hizo los cráteres de cadáveres y la maleza.
Y entonces Pensante hizo las razas: orcos, troles, goblins y ogros. Después creó a los demonios y a los súcubos y a los incubos, y les dio el nombre de criaturas de la oscuridad. Y entonces creo a los dioses oscuros, para que sacrificaran, castigaran y mataran a sus hijos.
Y los orcos lo llamaban Peste
Y los troles lo llamaban Cazador
Y los goblins lo llamaban Tirano
Y los ogros lo llamaban Maldito
Y los súcubos y los íncubos y los demonios y los dioses oscuros lo llamaban Inferior.
Así se hicieron Lagrim y Hurton. Tierras de luz y oscuridad.
Y hubieron 500 años de guerra: héroes y villanos, ejércitos defensores de vida, escuadrones inclinados a la muerte.
Quinientos años de guerra y muerte, hasta el veintiuno de diciembre del año primero antes del Poder Gris.
Pensante dejó de crear hermosos sueños y horribles fantasías. Vino a nuestro mundo para representar el papel de Señor de la Capa de la Muerte y el Dueño del Reloj de la Vida, el poder que regula a la oscuridad y a la luz, al blanco y al negro. El Poder Gris, ese día dio paso al nuevo calendario. Siendo así el año 1, después del Poder Gris (abreviado d.P.G.).
Y así sin querer, antes de dejar su trono creador en el cielo, nacieron un nuevo tipo de magia, tierras y criaturas.
La Magia Gris, que invoca la voluntad de aquél que hace el conjuro y no la de un dios.
La Tierra Gris, llamada Gansby y se convirtió en la división de Lagrim y Hurton separando a estos dos continentes por completo y al mismo tiempo uniéndolos por medio de un océano.
Criaturas Grises; vampiros, hombres lobo, minotauros, unicornios, centauros, duendes de los sueños, cíclopes, dragones, entre otros.
Criaturas que nacieron de los sueños más alegres y más terribles de Pensante.
Sus últimas fantasías, sus últimas creaciones.
Fin de Documento: La Creación (Resumido por Jayli.)
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