Radcliff se sentó a mirar la noche, contempló tristemente el velo oscuro mientras una lluvia de estrellas cayó del cielo, este era un presagio más de los dioses, habría guerra y los hijos de la luz debían unirse inclusive si la oscuridad les cubría y les robaba la esperanza.
Esperanza, una palabra que mantuvo unida la cordura del niño mudo. Hacía un mes que mató a su padre en un enfrentamiento que no pudo ser evitado. Recordó los relámpagos con tanta intensidad, sintió que vivía todo de nuevo.
Su padre y su sonrisa de reconocimiento, una sonrisa tierna y después una mancha de locura que corrió con el machete levantado, las lágrimas no le dejaban ver bien aquél rostro, no lo deseaba. Recordó en esos breves instantes que le quedaban al padre amoroso, estricto en el campo pero tan suave como una caricia en el hogar, un padre que le cuidó y le abrigó, no se le hacía justo que aquél demonio ocupara su lugar.
Lo mató.
En honor a aquél hombre que amó y que fue su padre, decidió guardar silencio, ya no se permitía así mismo hablar a nadie y había descubierto que no tenía que poner mucho esfuerzo en hacerlo, ya que cuando intentaba hablar con alguna persona las palabras no salían de su garganta.
El niño se privó del placer y la necesidad de la voz.
Miró la lluvia de estrellas con fascinación, le gustaba la soledad de la noche, las tonalidades verdiazuladas del campo oscurecido, los sonidos y los susurros de estos que hacían con el danzar del viento.
Se limpió un par de lágrimas recién nacidas con la manga de su ropa y sin aviso alguno las lágrimas le ahogaron en un llanto solitario.
En la distancia, un hombre de cabello azul cerraba los ojos y lloraba como el niño.






