Cansado impulso.

Este post es parte de una serie, llamada “Fotocuentos”. Anotación 56 de 60


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No es un accidente que me encuentre aquí, entre tanta gente, para buscar al tipo que te tocó. Prometí que te cuidaría. Las bocinas lastiman mis oídos, el hombre de la cadena casi no me deja entrar si es que no le doy el billete de quinientos. No buscó en mis bolsillos, no me quitó la pistola, no sabe que estoy aquí para protegerte. Te tocó más de la cuenta. Aprovechó la oportunidad que le diste y que yo estaba distraído… no… aprovechó la debilidad en mi juramento. Siempre había jurado que estaría ahí para protegerte, pero ya ves. Uno promete, y promete, yo velaré tus sueños, yo te lavaré los pies cuando los ensucies, cuidaré que nada te falte… y promete y promete… y me equivoqué, cerré los ojos un momento y estuvo encima de tí, se aprovechó de mi ceguera, de la falta de compromiso en las promesas, de … no lo sé. Creo que no estaba lo suficientemente consciente cuando hice la promesa. Es muy fácil hablar de compromisos y juramentos, y también es muy fácil darte cuenta que se rompieron porque no prestaste la suficiente atención… los accidentes pasan, diría mi difunta esposa… pues sí, pero también es de nosotros corregir los errores.

Por eso estoy aquí, para corregir el mío… Ya la edad no me ayuda a distinguir tan bien como antes, incluso con mis lentes miro mal. Los niños voltean cuando los empujo y me abro paso. Han de pensar que soy el padre de alguien. No se equivocan, pero no saben que mi hija no esta aquí, y que ella tiene quince años más que tú. Me suda la mano, sigo empuñando la culata de la pistola. Cuando te ví, no imaginaba que llegaríamos a esto, pero hoy te vas a enterar de lo que soy capaz. Me imaginarás frente a él, con la pistola alzada y él rogando por su vida. Me imaginarás joven, con fortaleza, digno… me imaginarás como un rey. Hay tanta gente, miro las mesas, las caras de los hombres, aún no veo sus cejas espesas, su nariz afilada, sus ojitos azules… Hace tiempo que lo sigo y no me da buena espina, ¿lo sabías?, no debió tocarte. Me acaricip el rostro, cierro fuertemente los ojos, las luces me estan haciendo daño, estoy sintiendo el corazón que se me escapa por la gabardina. Algún estúpido comenta-. ¡Mira como rebotan las luces en su pelona! -Risas. Acelera mi pulso. Hoy vas a saber lo que soy capaz por tí.

Un niño me entierra el codo en una de las costillas y grito de dolor. -Perdón abuelito -me sonríe y alza su vasito, para decir salud. Me dejó sin aire. -No soy tu abuelo.

-Ya le pedí disculpas, ¿qué más quiere? ¿Le invito algo? Véngase con nosotros.

Lo hago a un lado con mis manos y escucho sus disculpas, y sus risotadas poco después. Una jovencita ebria se acerca y me acaricia la calva. Le aparto las manos, pero ella parece más fuerte, me las hace a un lado fácilmente, me toma de las orejas y me jala para besarme exáctamente en la frente. -Le dejé marcadito viejito -exclama y ríe. Prometí que te cuidaría, pero ni siquiera pude defenderme del ataque de ebriedad y euforia de una chamaca. ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Por eso le preferiste a él? ¿Por qué podía hacer tus manos a un lado y besarte? ¿Por su actitud despreocupada y divertida? Tomé asiento, mientras me hacía todas estas preguntas y pensaba en tu rostro.

Te conocí en casa de tus padres hace dos años. Desde entonces he velado por tí en silencio. He encargado a mi asistente que te cuide en las buenas y en las malas. He sabido de tus novios, he logrado apartarte de los que no te convienen, he logrado cuidar tus estudios y que tus padres no se enteren de tus malas calificaciones. He sido muy discreto, pero desde hace tiempo quise confesarte mi amor. Pero se acercó él… se acercó él con su juventud, sus dientes aún blancos, su cabello negro y sus manos sin manchas. Un hombre así no puede tener buenas intenciones.

Uno de los niños golpea mi cabeza y la dentadura se cae al piso…

Ni siquiera intento recogerla, cuando miro que la pisan y rompen los dientes de porcelana. Mi amor… Ibas a casa, a cuidarme, a tenerme paciencia y escuchar mis anécdotas viejas. Ibas a casa a confesarte, a hablarme muy reservada de tus amores, con tus ojos jóvenes y tus piernas lisitas. La dentadura… el pulso… el corazón… todo se me rompe esta noche. No estoy joven para cumplir mis promesas. ¿Tu novio? Ya lo encontré, esta frente a mí y me observa, me reconoce. No hacemos nada, sólo nos miramos. Él alza su vaso diciéndome salud, su gesto serio y galante. La gente de aquella mesa se aparta, como una cortina, y te miro, caminando hacia él. No debí venir esta noche. El pulso… el corazón, las promesas se rompen esta noche.

Este maldito impulso del amor viejo.


Foto: Ester Escobar.

Este es uno de los fotocuentos que escribo en Árbol de los Mil Nombres. Si quieres enviar una foto, antes lee: Acerca de los FotoCuentos.

Si quieres leer los que llevo a la fecha, entra a la categoría de FotoCuento.

Más de una foto es bienvenida. Si ya mandaste una y quieres repetir, adelante. Si eres una nena y quieres enviar una fotografía de tus piernas, mucho mejor :)

Dun dun dun.

Hoy empezó a llover bastante tempranito, y hace frío como si iniciara el invierno. Se acaba el verano, inicia el otoño, friíto como de invierno. Las hojas caerán de los arbolitos, las nenas se pondrán ropita que les esconda mejor la piel y los conejitos sexosos, dormilones, buscarán sus madrigueras para esconderse. El otoño es la temporada café y naranja, la temporada de la muerte bella.

La red inalámbrica esta fallando, quien sabe porque extraña razón. Siento una pesadez en la cabeza, como la del que siempre duerme mal. Eso, o tengo un tumor en el cerebro. No me sorprendería lo del tumor, con tanta grosería que digo de repente y lo rápido que se dispara mi humor cuando me molestan. Sin embargo, no hay que ser mamón y aceptar que simplemente duermo mal. Mis párpados pesados me lo estan recordando. Entre ayer y hoy, era un día para dormir profundamente, seguir de corrido hasta descansarlo todo. Pero pues no. Estuve abriendo los ojos desde las nueve de la mañana, checando el reloj del celular, durmiendo de nuevo, media hora después repetía el proceso.

Lo curioso es que mi sueño fue como una película a la que se ponía en pausa cada que abría los ojos. Incluso, recuerdo que este hecho me sorprendió dentro del sueño. Aún cuando ya no recuerdo de qué trataba. Vagamente tengo la memoria de una escuela, un pupitre, una profesora, y yo de niño. Probablemente, el sueño fue provocado porque encontré una fotografía de mi niñez dónde me veía, no sólo asustado, sino serio, delgado, medio nórdico… algo así.

En fín…

Yo les dije que ayer me veía fatal. Y supongo que hoy también.

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Diario de Simón Dor. Día 73.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 29 de 48


Querido Diario:

Estoy cansado y con sueño. Desde que perdí la llave de Beatriz, no quiero salir ya. El Árbol Tsef ha estado llamándome. El Niño Mago a veces me envía una mariposa, sin importar que las mate. A veces me asomo por la ventana y miro al delfín sonriéndome. El Cuarto de Máquinas no ha hecho ningún sonido. Bobby Mindar está inusualmente silencioso. El Cuarto de Fest también ha estado insinuando que le visite.

Querido diario, sólo quiero descansar ya. Dormir y no saber nada más. Espero que al abrir los ojos, me descubra finalmente ardiendo en el infierno, donde debería estar.

Veinticinco días, con sus veinticinco noches.

Cuarto de Máquinas I.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 8 de 48


Simón Dor dejó a su Diario descansar, todavía faltaban treintaiocho días con sus treintaiocho noches y ya se sentía cansado. Aunque eso rayaba en la obviedad: Simón Dor siempre estaba cansado. Cansado de arrastrarse por la vida y cansado de deslizarse inevitablemente a su muerte. Se asomó por la pequeña ventana de su cuarto y se perdió en el mar oscuro al que curiosamente había llamado Yenén.

Fue despertado de su trance por el ruido del cuarto de máquinas, sobre todo aquella pregunta insistente que decía: “¿Dónde estás Simón? ¿Dónde estás Simón? ¿Dónde estás Simón? ¿Dónde estás Simón? ¿Dónde estás Simón?”, martillándole lo que restaba de su cabeza, de su corazón y de su alma.

El Señor Dor se levantó de su asiento y entró al cuarto de trofeos, agarró la pistola que el pirata McGonnagal le había dado en un arranque suicida y se la ciñó al lazo que sostenía su pantalón. La cabeza de Mindar, la cual también descansaba en el cuarto de trofeos, lo miró atento con ojos grandes de Rottweiler (siempre tranquilos y al mismo tiempo, furiosos). Naturalmente, Simón Dor evitó su mirada, porque a él le daban muchísimo miedo los perros… inclusive éste que le había protegido de los piratas.

Salió del Cuarto de Trofeos y bajó al Cuarto de Máquinas de su barco Mojalnir. El ruido mecánico se hacía estridente, pero no importaba, el ruido era opacado con la voz preguntándole constantemente: ¿Dónde estás Simón? ¿Simón? ¿Simón?

-Mi cabeza está flotando -respondió Simón distraido a la pregunta del fantasma que moraba el Cuarto de Máquinas. Había escuchado durante la noche más ruidos y más gente escondida en su barco, pero el fantasma era el que más insistía ésta noche y era al primero al que tenía que conocer (y que irremediablemente, le había perseguido desde el momento en que nació).

¿Dónde estás Simón?

Los otros estaban en El Cuarto de Juegos y El Cuarto del Jardín. Nunca les había visitado y la verdad, es que no deseaba visitarlos todavía… ya sabía de quienes se trataban. Uno se reía durante el día y el otro emulaba el ruido del viento… había pasado por los cuartos ya antes, sin querer abrirlos. Primero debía hacerse cargo del fantasma.

¿Dónde estás Simón?

El pasillo le llevó a la puerta del Cuarto de Máquinas, Simón Dor en movimientos involuntarios, sacó la pistola del cinturón y se la puso en la sién, como en un trance inevitable y hasta cierto punto, congruente con su existencia. La mano derecha se acercó temblorosa al picaporte de la puerta y los ojos se le abrieron más, haciéndose notar entre todas las arrugas de su vejez.

¿Dónde estás Simón?

La mano se cerró alrededor del picaporte y lo giró. Se hizo un silencio terrible donde Simón podía escuchar los propios latidos de su corazón que no tardaría en quebrarse o explotar. Se lo imaginó como una pulpa sanguiñolenta, arrastrándose como una babosa en el interior de su cuerpo hasta llegarle a la vejiga.

Había leído por ahí que lo peor que podía hacer era orinarse o cagar, que debía controlar su esfinter antes de morir tan sólo por conservar la elegancia, y eso es lo que iba a hacer.

Simón Dor abrió la puerta… …y la miró.

Día 47.

Este post es parte de una serie, llamada “El diario de Simón Dor”. Anotación 40 de 47


Querido diario:

Estos días han sido de extremo estrés, no puedo decir que lo disfruto, a pesar de que me intento convencer de ello. Creo que es una de las grandes mentiras del ser humano. Convencerse de que el estrés es “Delicioso”, que lo hace sentirse a uno V-I-V-O. Una vez un hombre al que respeto sobremanera, me dijo que eso era el significado de la felicidad: no ser feliz durante mucho tiempo, para que los sentimientos fueran más intensos. Como una montaña rusa de emociones.

Yo me siento viejo y cansado, no quisiera sentirlo ya. Tal vez me convendría meterme a un asilo, ¿pero qué demonios haría yo en un ásilo te has de preguntar? Discutiría con los ancianos del lugar, sin duda alguna. Sería una constante batalla por el control de la televisión, por el radio de alguno o por quién es más hábil en el poker.

¿Qué se yo de los asilos?

Que me cuide una enfermera jovencita, para yo mirar su carne fresca y deleitarme, lamerme los labios al mirar como mueve las curvas, los contornos. Como se ensombrecen los lugares indicados y sus ojos atentos a los míos, profiriendo groserías en silencio por mi absurda intromisión a su piel desnuda-vestida. Me cambiarían la enfermera a menudo, de eso no hay duda.

Quisiera estar en un asilo en alguna zona millonaria de esta ciudad, para que así me visitaran las jovencitas de escuelas católicas y aunque me hicieran gestos por mi amargura y rabo-verdería; me sonreiría y les acariciaría la mejilla fingiendo mi paternalismo. Como quisiera estar en uno de esos asilos.

¿A quién quiero engañar si moriré como un anciano solo? Con el corazón fortalecido por la soledad y la decepción humana. Ahí está la fuente de mi delicia, mi montaña rusa de emociones. El stress se puede ir al diablo cuando lo que quiero es estar hundido en lo más bajo.

En lo más bajo… si ya llevo mucho tiempo hundido en mi infierno. En un ásilo no estaría tan mal, conviviría con “gente”, sobreviviría todos los días, me alimentarían, me visitarían las personas “compasivas y caritativas”, las enfermeras me hablarían bonito y habrá una entre ellas que seguro será comprensiva de mi estado y querrá, a pesar de que la mire con toda esa lujuria, estar al pendiente de mí y cuidarme.

A mi edad y preguntándome todavía lo que es correcto. Con tantas dudas, creyendo que son ciertas. En eso tiene razón aquel hombre respetable, nos ponemos esas dudas esperando que por medio de ellas, se descomponga la rutina en la que nos metemos y llamamos con placer inconsciente: Infierno.

Crisis de los veinte.

Hace una semana, creo que fue Sara la que me preguntó: “¿Cómo pasaste tu crísis de los veinte?”… mi respuesta probablemente sería: “No la he pasado”.

Estos días he estado más apático de lo normal y es cuando surgen pensamientos como: “¿Para qué voy a la escuela, si puedo trabajar?”. Es un pensamiento no tan válido, de hecho, he visto como sufren las personas que no tienen un título para ganar dinero. Aunque mi carrera no es lo máximo para producir dinero… al menos me permite estudiar lo que me gusta: Las letras.

Así después viene el pensamiento: “¿Por qué trabajo, si puedo ser un mantenido por mi madre y estudiar al 100%?”, ese pensamiento es muy válido… Tengo veinte años y cuando llego a casa, llego el triple de cansado que mis compañeros. Mi trabajo no es fácil, la publicidad puede ser glamorosa y todo es fashion, lleno de gente bonita, de gente hermosa, de gente interesante, de artistas y modelos guapos(as) que se enfocan a la plática del peinado, el fotógrafo, en dónde han ido por trabajo.

Eso puede ser la publicidad, pero les falta la cara horrorosa que dice: “No duermo hasta entregarlo”, “Tengo dos horas para entregar esta edición siendo que normalmente la haría en cuatro”, “Me faltan teens de 15 a 20 años para este proyecto” y un clásico: “El cliente dice que el set se siente muy sólo, dice que quiere un bebé o si no, no continua la filmación. ¿Dónde consigo un bebé que acepte 1000 pesos de presupuesto sin previo aviso?”

Es sencillamente hermoso y me está matando de estrés, pero sigue siendo un medio interesante, me gusta desenvolverme en él. Plus: Tengo la escuela y estoy estudiando lo que me gusta.

Pero algo me falta, siento que algo me falta, sino no tendría esos pensamientos. Hay algo perdido, algo que no cuadra, un pensamiento que está martillando el alma y desea salir. No es un impulsivo “Voy a mandar a la chingada todo”, no es un espiritualismo de “Voy al Tibet con nada más una prenda de ropa y me iré caminando y dejar que el destino me lleve a donde sea (es un mandar a la chingada todo más elegante)”.

Algo me falta… ¿Qué será, qué será?

Diario de Simón Dor. Día 38 y Día 39.

Este post es parte de una serie, llamada “El diario de Simón Dor”. Anotación 29 de 47


Día 38

Querido diario:

Si pudiera transmitirte el cansancio que siento y la cantidad en que mi alma se ha consumido en nocturna eterna, llenaríamos las hojas de aquí hasta la semana trescientos cuarenta y siete.

Quisiera olvidar la pesada carga que traigo sobre mis hombros y tirarme sobre la arena, inconsciente. Purificarme con el agua salada, que escurra entre mis dedos y mis poros, que las estrellas de mar me tomen como una roca más y que los cangrejos hagan en mi su hogar.

Las tortugas me acariciarían con sus aletas y a lo lejos, se escucharía el canto de las sirenas llamando a los viejos marineros que fuman su pipa y tienen los ojos nostálgicos de Marcela, Mariana o María de la Paz. Abandonar toda esperanza y enterrarme los kilómetros necesarios, para que un niño me recuerde con un castillo de arena que pronto será demolido por las olas.

Que los delfines se burlen de mi y me hablen en su idioma secreto y yo me burlaría de ellos al ver la orca gigante que está esperándole con los dientes afilados. La naturaleza pasaría, la brisa correría a toda velocidad por toda la playa y las gaviotas cagarían sobre mi cuerpo recién limpio. Así, así que pasé el tiempo, así quiero olvidar.

¿Qué será, qué será?

Día 39

Ayer conocí a Nadie, él me saludó, yo lo saludé, nos dimos un fraternal abrazo como amigos que se conocen de años y platicamos de política, cine y rock’n’roll. Nos fuimos a tomar un café en la colonia Condesa y escuchamos a los Papel Arroz cantando con armoniosa voz y talento. Disfrutamos también de un par de cervezas y luego fuimos a caer a todos esos lugares de moda en dónde las jovencitas visten tops y minifaldas y se dedican a divertirse tal vez inocentes o con alguna idea de que los pescadores silbaban nerviosos en silencio esperando alguna que mordiera la carnada.

Así pasamos nuestro día Nadie y yo. Y por la angustiosa necesidad me di cuenta que Nadie me abrazó y me besó.