Septiembre 12, 2007 — Los cuervos. Escrito por Agustin Fest.
Los cuervos…
los 21 restantes,
alzaron la mirada,
leyeron el título,
y pensaron:
“Cortázar”.
Los cuervos…
bueno, el uno,
de los veintiuno,
dijeron—. Nos quiere
quemar otra vez.
Guardaron silencios.
Esperaron a su hijo,
un jabalí de fuego.
Y no pasó nada.
Suspiraron de alivio,
sacaron las cartas,
y jugaron póker,
como quien no morirá
el día de mañana.
Los cuervos…
bueno, otro dellos,
dijo—. Cortázar es
un maestro. ¿Leyeron
autopista al sur?
—Espera, espera
—interrumpió el más joven—.
Estamos muriendo.
Necesitamos salvarnos.
No es hora de pensar en Cortázar.
Los cuervos…
bueno, los veinte
más viejos, se rieron.
—Somos cuervos.
Si morimos no importa.
Estaremos con mamá
en el cielo.
Cinco dellos prendieron un cigarrillo.
—Somos cuervos.
Si morimos, no importa.
Habremos reído, fumado,
leído como idiotas,
como hedonistas salvajes,
habremos quemado
cada una de nuestras plumas
antes de extinguirnos
por completo.
Moriremos en vano.
Moriremos felices.
Moriremos y ya.
Porque así es la muerte
jovencito,
cuando te lleva, te lleva
y quienes te reemplazan,
son tus hijos.
Los cinco monstruos
que ahora destruyen el mundo,
se convertirán en cuervos
como nosotros.
Padre e hijos,
reflejo y contrarreflejos.
Los cuervos…
bueno, uno dellos,
aquel de voz más bonita,
afinaron la voz y cantaron—:
Los demonios aún atormentan,
y los cielos todavía truenan,
pero estaré ahí, velándote,
dormir y despertar, besándote.
—Mamá nos canta desde el cielo.
Es hora de morir chavalín,
no te sientas triste.
En el cielo hay un payaso
que nos hará reír.
Se llama Dios.
—Rieron, rieron, rieron los cuervos.
—No pediremos a Dios, ni al cordero,
ni al hombre que escribe, ni al hijo,
ni al señor de los muertos,
el perdón de todos nuestros pecados.
Los cuervos…
bueno, el más joven dellos,
se volvieron locos de desesperación.
—¡No quiero morir! ¡No quiero morir!
—¡Es inevitable!
¡Siéntate y juega con nosotros!
¡Siéntate y fuma con nosotros!
¡Lee poesía de verdad con nosotros!
¡Eventualmente llegarán…
nos desharán por completo!
¡No seas estúpido, quédate con nosotros!
Los cuervos cantaron—:
Cierra tus ojitos, dulce amor,
con mi canción olvidaré tu dolor,
las penas que te acosan
y los fantasmas que se asoman.
Los cuervos…
bueno, solamente los viejos,
reanudaron su juego.
El cuervo más joven les miraba,
receloso, angustiado, ansioso.
Presa de tantos demonios,
encarcelado en sus ganas
de vivir
hizo lo que no hicieron otros.
Furioso, iracundo, los atacó
con su pico.
Les arrancó los ojos,
les penetró el pecho,
les quebró el cuello,
y ellos no opusieron resistencia.
Después de matar a uno,
otro gritaba—. ¡Ahora yo! ¡ahora yo!
—¡Se quema Alexandría!
—¡Se quema Roma!
—¡Se quema Uz!
—¡Se quema, me quema, nos quema!
Riendo y fumando murieron
los veinte cuervos.
El cuervo,
despertó de su
impulso de sangre.
Miró a sus hermanos.
Sabía, en su ego,
que había hecho
lo correcto.
¿Por qué, entonces,
lloraba como un becerro?
Agosto 30, 2007 — Los cuervos. Escrito por Agustin Fest.
Los cuervos…
deciden.
Los cuervos
cobardes,
no podían matar
a sus cinco hijos
monstruosos.
Tan sólo de pensar
en la sangre
que habría
de manchar
sus plumas
sentían
asco, vergüenza, escalofríos, dolor, miedo, incomodidad, deseo, justicia, amor, venganza
y la muerte
de su madre.
Los cuervos…
se miraron unos a otros.
—Tiremos los dados,
quien tenga el número
más pequeño,
será el afortunado
que habrá de limpiarnos
a todos.
Los dados trucados
con imanes y pesos distintos
abundaron esa noche.
Los cuervos…
se soltaron a carcajadas,
—Quien saque la paja más corta
—sugirió un cuervo
ingenuo y pendejo—, debemos decidir.
Porque ya estuvo
bueno.
El espantapájaros,
divertido por el problema de los cuervos,
les ofreció todas las pajas
de su brazo derecho.
—Así dejé de tocar el piano —exclamó
el espantapájaros—,
valió la pena…
…ahora soy pintor.
Los cuervos,
tramposos como eran
cortaban las pajas con sus picos
o las trozaban bajos sus alas
o robaban las más pequeñas
del trigal más hermoso.
Los cuervos…
y sus hijos,
con sus juegos destruían al mundo.
Los visitó esa noche,
un cadillac rojo,
que viajaba al sur,
siempre al sur.
El rey Satán,
de traje blanco
y rostro difuso,
bajó del auto.
—Me llevaré a sus hijos,
si me dan su alma.
Mis buenos señores,
no lo piensen mucho
o ya no habrá mundo
donde puedan seguir jugando
—Satanás hizo una cara
de perro triste.
—Baal —respondieron
los cuervos—.
¿Te acuerdas
de nuestra
canción?
Los cuervos siniestros
sonrieron y cantaron
como borrachos a media luna
andariegos por la calle.
La canción de Baal y el orígen de los cuervos.
Hace muchos años
cuando no había cuervos,
ni tres puntos, ni Satanás,
ni Dios, ni Bob el Cacto,
ni Mamá Cuerva, ni el espantpájaros,
o Simón Dor, o Matías Elizondo,
o el Árbol de los Mil Nombres.
Hace muchos años
cuando no existían los árboles
ni los cielos, ni las piedras
las bacterias, las moscas
los sentimientos, los documentos,
el ruido de los arroyos,
los susurros de los monjes
o el titiritar de las estrellas
Antes que existieran
atrocidades como el libro
de los niños muertos,
o la crueldad de las divinidades
las indecisiones, las injusticias,
el amor no correspondido,
el juego de azar.
Había
un hombre
de alas negras.
Él un día pensó:
Quisiera escribir algo hermoso.
Nacieron nuestras alas.
Luego pensó
Necesito alguien
que hable conmigo.
Y nacieron nuestros picos.
También debería
ser necesitado
siempre.
Así completó nuestros cuerpos.
Y cuando nos vió a su lado
oscureciendo su capullo
ahh, dios pequeño y jodido,
exclamó—.
Me equivoqué.
Así nos creció la cola
y aprendimos a defecar.
Urgido, temeroso y ahogado
en su capullo,
por su error:
Los cuervos.
Temeroso de matarnos
inventó a alguien con el poder
de arreglar sus errores.
Te llamó Baal.
Y desde entonces
te llevas a los pecadores
y haces bromitas,
como nosotros,
a los inocentes.
¿Quién crees
que te enseñó
el oficio, pequeño niño?
Nosotros somos el mundo,
nosotros somos Baal,
nosotros somos el tiempo,
somos el pecado original.
Somos el capullo oscuro,
el primer error de la Muerte.
Nosotros existiremos,
aún si el mundo desaparece.
Somos los cuervos.
Lo siguiente, es la confesión de como trabajo algo incompleto. Específicamente, un poema.
Título tentativo, Canción Popular. Gracias a Ehecatl - Me agradó que Ehecatl diera esa opción, porque es precisamente la idea de este texto, una canción popular para el uso de los niños de Jaramillo… lo que me lleva al propósito de la canción.
Propósito de la canción: Una ronda para los niños del Jaramillo después de Padre Taxi. (Estoy pensando en la época de Betsabé Dor). Se canta en escuelas, en parques. Probablemente se deba inventar un juego alrededor de éste, para hacerlo más familiar. La canción, a como yo la imaginé, es cantada por niños de 6-10 años.
La canción, por lo mismo, contiene alusiones a personajes que alrededor de Jaramillo, son casi míticos. Casi como se le trata a una leyenda.
¿Quién escribió la canción dentro del microcosmos de Jaramillo? Probablemente Guadalupe Espártaco o Francisco Zaldivar, aún no lo decido. Lo mejor será Guadalupe, ya que este personaje es un protector natural de los niños, los cuales adquirirán más importancia cuando Jaramillo vaya envejeciendo a los ojos de los Dor.
¿Qué me hizo escribirla? Una plática con Du y que traía uno de los poemas de William Blake en mente. Eso, y la canción de Café Tacuba (Las Flores - Unplugged). Quiero conseguir en alguna parte del poema (canción), un ritmo similar al estribillo que cantan al final. Probablemente, no lo consiga —por la naturaleza misma de la canción— así que esto está sujeto a cambiar.
Juega en la ronda, la ronda, la ronda
y brinca la sanja, la sanja, la sanja.
No hagas caso a la vieja gorda y ciega,
a nuestra sombra gustosa se apega.
¡Los maderos y los cuchilleros!
¡Pan y agua!
Cristo convierte al agua en vino
Y el pan se corta con dos cuchillos
en mesas hechas de tres maderas.
El hombre hace una mesa,
Una mesa hace la cena,
la cena llena al panzón,
¡Panzón ríe con televisión!
La comida contenta al corazón,
corazón contento busca otro igual,
se juntan los dos poquito a poco
¡y mañana la cigüeña llegará!
¡Jaja Jaja Ja-jajá!
El chocolate hace como si fuera amor,
vemos al cielo y hay turrón,
volamos en nubes de algodón,
¡mucho vino bebió este señor!
Juega en la ronda, la ronda, la ronda
y brinca la sanja, la sanja, la sanja.
No hagas caso a la vieja gorda y ciega,
a nuestra sombra gustosa se apega.
Día de muertos, de chamarra y jeans,
Fue ayer, si mal no recuerdo, ¡Billy Jean!
Michael tiene parque de diversiones,
¡cuidado o nos mete a trompicones!
No se le da pan a un perro hambriento,
¡dice mamá, dice mamá!
Que se lo quede, si cuida al esperpento,
¡dice papá, dice papá!
Al rato tendrá hijos y será el escarmiento,
¡dice pamá, dice pamá!
¡Ay qué correr o se nos va el camión!
No se puede correr, si sos caracol.
¡Ay que arrastrarse, viejo barbón!
Déjenme en paz, ¡soy Simón Dor!
¡Jaja Jaja Ja-jajá!
¡Simoleón, Salomón, el fundador!
Puertas de oro, los ángeles cantan
canciones viejas para niños perdidos.
Puertas del cielo, escalera interminable.
Portaos bien, dice la vieja.
Comed bien, dice el panzón.
Escarmiento, dice mi mapá.
¡Pan y vino!, dijo Dios.
Juega en la ronda, la ronda, la ronda
y brinca la sanja, la sanja, la sanja.
No hagas caso a la vieja gorda y ciega,
a nuestra sombra gustosa se apega.
¿Cuándo debe terminar la canción?
¿Tiene ritmo, o evoca una pasión?
¿Está medido, tiene alguna relación?
Relaciones tienen los adultos,
evitan la cigueña, juegan a los ritos.
Niños buenos van al cielo.
Adultos malos siempre en celo.
El viejo amargado mira en un rinconcito,
al diablo y al infierno, su hermoso cielo.
Escarmiento te dijimos, jo jo jo.
Se une a nosotros y bailamos danzón.
En el atardecer, las puertas del cielo…
la cena está puesta, en mesa madera
el pan y el vino, están en la tierra
Cristo mira, esperando en las puertas.
Damos vueltas, el tiempo se ha perdido
el panzón se ríe, el viejo amargado sonríe,
juguetón el perro salta y nos persigue.
Mapá relajado, en la hamaca se mece.
Los angeles cantan y estrellas disparan,
el atardecer se alza, los adultos se aman.
La vieja ciega nuestra sombra vigila.
El sol se esconde, la risa está en vigilia.
Juega en la ronda, la ronda, la ronda
y brinca la sanja, la sanja, la sanja.
No hagas caso a la vieja gorda y ciega,
a nuestra sombra gustosa se apega.
Simón salió del Cuarto de Fest y se dirigió al Cuarto de Trofeos, en él, depositó el reflejo en el espejo del súcubo Zalic Luia y también sacó de sus bolsillos las tres semillas que pudo recuperar del Cuarto del Laberinto. Se acercó al mueble donde estaban las llaves y la pistola de McGonnagal, y sin perderse en decisiones, sacó una de las llaves del llavero y la mantuvo firme en sus manos. Esta vez, no se perdería.
Salió del Cuarto de Trofeos y se dirigió a la puerta del Cuarto de Máquinas. Cerró los ojos y la mano que sostenía la llave se sabía el camino de memoria para entrar a la cerradura.
CLICK.
La puerta se abrió, Simón Dor empujó la puerta y entró. No había marcha atrás, en el amanecer número veintiuno.
La luna en estos días, está como la sonrisa de aquel gato que no sabes cuando te arañará la espalda, confunde con enigmas y habla farisaico. Esperando en la rama te observa y te sonríe, enormemente…
Tal vez en eso se inspiró el señor Dodgson.
—Pero yo no quiero visitar a los locos —observó Alicia.
—Eso no lo puedes evitar —dijo el Gato—. Aquí todos estamos locos. Yo estoy loco. Tú estas loca.
—¿Cómo sabes que yo estoy loca?
—Debes estarlo —dijo el Gato—; Si no, no estarías aquí
—Alicia en el País de las Maravillas, Lewis Carroll.
de mirar dulce, de hablar lento
y de pelo más blanco que la nieve.
Era su cara semejante a la del cuervo,
y sus ojos cenizas fulgurantes;
parecía perturbado de dolor;
mecía su cuerpo a compás;
murmuraba entre dientes por lo bajo
como si tuviera la boca llena,
y a veces resoplaba como un búfalo…
En aquella tarde estival,
hace ya mucho tiempo,
sentado en una reja.
—Al otro lado del espejo, Lewis Carroll.
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