Pensaba en mí. Que al despertar siempre me gusta caminar hacia una luz.

El último cuervo.

El cuervo, en su soledad, olvidó los tres puntos y como quebrar las líneas. Cuando estaba con sus hermanos era más fácil. Entre todos observaban el mundo, se reían de él y procedían a mancharlo con sus alas, sus graznidos, sus ojos traviesos. ¿Pero por qué ya no tenía hermanos? —Oh —dijo en voz baja—, yo maté a los últimos. Les enterró en la misma cueva donde se escondían, y esperaban la muerte mientras recitaban poesía, bebían y fumaban. Jugaban antes de morir.

Ya habían pasado tres años, viviendo de su humor pestilente y algunas lágrimas de medio día. Se comió primero los gusanos que nacieron del cuerpo de sus hermanos y dependía de un pequeño manzano que sentía lástima por él y le ofrecía sus manzanas gustoso para que comiera. El cuervo estaba solo, aún cuando era el más joven parecía el más viejo. El cuervo no tenía con quien jugar. Se asomaba por la boca de la cueva, para que le golpeara un poco el sol y admiraba sus alaz de ceniza y polvo. Daba al manzano los buenos días por educación y luego se volvía a esconder. No quería nada que ver con el mundo.

El manzano le contaba a veces de sus hijos mientras él guardaba silencio. El cuervo tenía cinco hijos: el jabalí de fuego, el ruiseñor de agua, el delfín de la tierra, el árbol de aire y la madre vacía. Fenómenos monstruosos que hacían destrozos y que ya eran adorados por la humanidad como dioses. Tres años con el mismo problema, que simplemente crecía y adquiría fuerza con cada día. El problema ya había echado raíces y se había adueñado del mundo. El cuervo, cuando su consciencia estaba de rebelde, pensaba que el genocidio de sus hermanos había sido en vano e inmediatamente después se lamía las heridas, pensando que nunca tendría la fortaleza que tuvo aquella noche donde mató a los sobrevivientes. El cuervo, es y será, siempre su peor enemigo. Es esa consciencia la que los ha permitido vivir a lo largo de los años.

Otro día se asomó y miró, indiferente, como el jabalí de fuego quemó su manzano.

—Gracias —gritó el cuervo malhumorado mientras el jabalí de fuego corría hacia el horizonte—, gracias.

Escuchó al manzano gritarle: “Pensé que éramos amigos, ¡Haz algo!”, mientras se reflejaba su madera en llamas en los negros ojos del cuervo, de alas de ceniza y corazón muerto. El cuervo simplemente respondió: “Los cuervos sólo somos amigos de los cuervos” y se metió a su cueva. El manzano le dijo alguna vez que a sus hijos no les interesaba matarle ya porque era uno solo y sabían lo patético y destruído que estaba. Así que el cuervo, tres años después de sus ansias y su temor a la muerte, mejor decidió suicidarse. Como era poco práctico y sofisticado, lo que hizo fue romperse las alas y tirarse por la boca de la cueva, caer como unos tres metros al vacío y a ver que pasaba.

Después de golpear el piso y achatarse el pico, alzó la mirada y miró que aún estaba vivo. Le dolía todo, un ardor que estremecía cada una de sus extremidades, pero estaba vivo. El hombre de jeans y chamarra negra, con la capucha puesta, estaba frente a él.

—Estoy vivo —dijo el cuervo, evidentemente frustrado.

—Sí, sí que lo estas —respondió el hombre de chamarra negra.

—Pero si me acabo de suicidar.

—Eso hiciste.

—Es aquí dónde se supone que tú me llevas a una vida mejor.

—Se supone.

—¿Y luego?

—Pues no quiero.

—Oh, muy bien. Gracias ¿eh? Muchas gracias.

El hombre de chamarra se encogió de hombros.

—La verdad no puedo llevarte porque gracias a tus hijos mal educados tengo mucho trabajo.

—Ah… Así que decidiste hacer enseñarme una lección. Ya veo.

—Eso, y qué la verdad la distancia de la que te tiraste no provoca la muerte.

El cuervo escupió sangre. Parecía que se había quebrado algo.

—¿De verdad?

—Sí, pero como quebraste tus alas, no creo que puedas intentarlo de nuevo.

—Puedes arreglarlas.

—Sí, pero no se me antoja.

El cuervo asintió indiferente, con su pico chato y sus alas quebradas. Después de un gran esfuerzo que el hombre de chamarra negro miró divertido, logró ponerse en pie. El hombre lo siguió con la cabeza, como el cuervo agarró camino y se fue a algún lugar, cuando el cuervo desapareció de su vista, tronó los dedos (siempre había querido tronarlos) e hizo lo mismo. El cuervo caminó un largo trecho, donde un par de niños traviesos le arrancaron las plumas de la cola y un perro intentó orinarle encima. Sin embargo, el sol de otoño y las hojas secas que se escapaban con los árboles, le hizo pensar que otros estarían teniendo un excelente día. Si caminaba lo suficiente, llegaría a una carretera donde un trailer podría atropellarle y entonces tendría un día tan hermoso como ellos.

Pero pasó algo. Lo que usualmente pasa con las caminatas.

Se puso a pensar.

Se le ocurrió la más loca de las teorías: Los cuervos nunca pensamos individualmente porque siempre estuvimos volando juntos, ¿será por eso que los hombres son tan promiscuos con la idea de la individualidad? ¿porque se dedican a caminar? Los cuervos nunca pensamos en banalidades, siempre estuvimos cerca de la banalidad, del aire y del cielo. Siempre estuvimos arriba de todos los demás. Pero la individualidad de los hombres, ¿es realmente individualidad? ¿Quiere decir, qué soy un hombre porque ya puedo caminar? ¿Querré comprarme ropa de marca y coches iguales a los otros para ser como los demás?

El cuervo no pensaba bien. Estaba caminando. Cuando se dio cuenta de eso, se detuvo y murmuró—. Gracias, gracias —la idea de suicidarse, con cada paso, le parecía aburrida. Debía hacer otra cosa. Al menos vengar a sus hermanos, matar a sus hijos y procrear otra vez. Seguro que con eso, no vendría la muerte a mofarse otra vez de él y se lo llevaría a un lugar mejor. Algo que no había olvidado el cuervo, después de todo, es que las cosas se hacían siempre para su beneficio personal, incluso salvar al mundo. Sólo que había un pequeño problemita: No había más cuervas para procrear agusto.

—Es hora de tener una audiencia —dijo el cuervo convencido—. Es hora de hablar con Dios. Gracias, ¿eh? Sí, muchas gracias. Lo que me faltaba.

Caminando

Pensaba escribir una larga carta, como una de las que no he escrito en mucho tiempo. Tal vez nunca las he escrito. A Santa Claus, sólo le pedía lo que quería y no me traía, así como a los Reyes Magos. Escribí otras cartas a una puta que tenía, pero en ese tiempo de mi vida sentía que no era yo. Otro tomaba mi lugar y ponía las palabras indicadas para recibir el bien necesitado, un poco de sexo y algo de cariño, después una sana indiferencia y caminar. He escrito e-mails largos, procurando contar los pormenores de mi día. A mi mujer, de temporada en temporada, siento la necesidad de escribirle y encadenar hechos, sucesos, platicarle mi contexto y lo vacío todo. Es una de las mejores cosas que puedes hacer: escribir a alguien que lo quieres, y como lo quieres, y qué tanto quieres, y qué posiciones quieres, y puro querer. Puedes inventar tantas cosas en una carta, por ejemplo que vienes de un lugar lejano y te has desviado un poco mientras caminabas. El desvío puede durar años, puede abarcar muchos kilómetros, y rostros desconocidos que sigues aprendiendo a identificar.

¿Qué pasaría si…?

Caminaba yo sobre Xola, que es una avenida grande y bastante trancitada, y la puerta de una casa estaba abierta. Una mocosa de quince años, como anzuelo de prisión, caminaba frente a mí oleando suavemente su falda escolar. Suspiré y miré a otra parte. Ella se metió a la casa y cuando pasé frente a ella, miré de reojo: cachivaches por ahí, cachivaches por allá, libros viejos, libreros como le gustarían a Sol, poca luz, las cortinas mataban todo. Continué caminando para comprarme mi coca pero pensaba que cualquier gañán hubiera podido entrar a esa casa y enamorar a la jovencita, como el jicotillo de doña blanca. Un ranchero que llegara con su caballo, y a la vieja usanza mi cielo, alza tu faldita de Britney Spears porque te llevo. O peor aún, un grupo de ladrones y bandoleros, que entraran por la fuerza a la casa, para formar ahí su última resistencia, aprovechando a la hija y a su madre para recibir de mujeres el último consuelo. Una cogida antes de morir, humedece tus entrañas que yo crezco mi tercer ojo, el cíclope, la cornucopia del burro, mi coso. No desperdiciemos el tiempo en habladas, ni edades, ni en que vamos a morir en unas horas, bueno… al menos yo, hagamos como si estuviéramos enamorados y como perros nos atoramos hasta el primer sonido de las balas.

Por eso, es divertido ir a la tienda.

Gutreb

—Me convierto en lluvia y hago que nazcan las plantas.
—Ganaste, me sentiré muy sólo el día que no estés.

Me sentiré muy sólo el día que no estés. Las noches son un poco solitarias por acá. Antes no me importaba la soledad nocturna, ahora me importa un poco más… será porque estaré enamorado, será por eso. El sentido común se desliza como gotas de agua (tu sonrisa se fue) que se van por el fregadero. Y uno escucha el blip blip blip, el monitor me roba el alma poco a poco y aquí me encuentro, escribiendo una vez más. ¿A poco no es bonito estar enamorado? Pueque si. Una de las cosas que más deben de llamar la atención en este weblog, o una de las cosas que los lectores más en cuenta tienen, es que todavía estoy creciendo. Todavía estoy a tiempo de hacer muchas cosas. Supongo que ustedes, como yo, tal vez esperan el día en que publique un libro. Lo leen en las letras, leen esa espera y créanme, cuando yo me releo, también lo espero. Supongo que otra de las cosas que llaman la atención es mi relación con Du y esperan el momento en que estemos juntos.

Son dos viajes alternos y ambos esperan una resolución. Prestamos atención a eso, ustedes y yo. Otro de los viajecitos puede ser el fin de mi neurosis, de mis problemas económicos, que un día escriba que todo fueron imágenes, que el tiempo pasó tan rápido que ya me estoy riendo de ello. Muchas veces se preguntarán porque ya no hablo tan intenso de una cosa o de la otra y la respuesta es sencilla—: No es el tiempo. Lo que no escribo, se desarrolla en la cabeza y eso basta. Algunos sentimientos han cambiado y tal vez, es hora de virar el barco a otra parte. Esto se puede aplicar a cualquiera de las tres anteriores, o a ninguna. (Con Duducita las cosas no han cambiado, no se preocupen… tan sólo me acoplo a su ritmo lento, a su manera de hacer las cosas… yo soy distinto, si se lo que quiero, actuo por impulso y eso me ha llevado a darme unos buenos putazos. Putazos que me han hecho quien soy, al fin y al cabo. Putazos que me hicieron un hombre independiente, con capacidad de decisión. Y después de todo, tengo 23, ¿no lo puedo saber todo, cierto?).

Odio la espera. Pero no debemos angustiarnos, ¿verdad Bob? Como dice Simón—: lo que pasará, pasará.

La chambita de comer grátis, es la neta del planeta. Parece que lo haré dos veces por semana. Es un extra que no le hace daño a nadie y menos a mi, en mis condiciones. Al contrario, a tragar… a tragar… ¡A tragar! En un ratón voy a Plaza Galerías, al siguiente restaurante de la lista. Yum… yum…

Pensaba ayer que esto merecía la pena ser vivido. Que mi vida valía la pena. Pensaba ayer en cuanto había aprendido y crecido en el camino que elegí. No me arrepiento y finalmente, sigo siendo el mismo. En los días que estoy más tenso, siento arrepentimiento, siento cobardía y siento que las cosas no debieron ser así… cuando se acaba esa nube de confusión, un caos fractálico, me cae el veinte. Sigo siendo el mismo. No me arrepiento por nada. Tuve mis momentos de tranquilidad, de vida relajada, y lo único que hice con ello fue desperdiciarla pensando y escribiendo. Lo único que hice con ello fue dejar que se fuera. So, no importa si consigo de nuevo esa estabilidad o ese relax cotidiano… así seré: siempre pensando, siempre escribiendo. Bleh.

No cuida ni su alma. Mambo. Malbicho.

Así es como te ves. Todos te dicen que sos.

Iba a escribir más, pero se me ha olvidado.

Cuando te busco y no te encuentro… (Lista 4)

Este post es parte de una serie, llamada “Listas”. Anotación 4 de 13


  • Camino sin saber a donde.
  • Le falta intensidad al sentimiento.
  • Ni ganas de fumar me dan, me desespero.
  • La comida se vuelve insípida.
  • La televisión me hace ojitos, ya la deseo.
  • Escucho música y así te recuerdo.
  • Trabajo y trabajo, me distraigo un segundo.
  • El siguiente, ya te tengo en mis ojos.
  • Imagen difusa se disuelve. Mal, mal, mal. Siguey leyendo →

ATT: Descubriendo a los doppelgangers

El Árbol resistió las ganas de llamar a Tito, ya que la gente de mediodía estaba paseando por la calle. A pequeños impulsos cuando no le miraban, pudo llegar a la fachada lateral de las escaleras de una casa que le permitiría engañar a los transeuntes y hacerles creer (a primera vista), que era un adorno más. Sin embargo, capoTiTo (Se corrigió así mismo, Árbol Tsef Thaed, ya que recordaba su nombre) sabía que si alguien se paraba a mirarlo, notaría la extravagante maceta compuesta por un carrito de plomo que pronto se oxidaría por el agua que le había puesto Tito.

Se quedó callado y paciente, miró a la gente caminar de un lado a otro. Los árboles, nacían con la paciencia por naturaleza, la necesitaban mucho en invierno. El Árbol Tsef Thaed, lentamente, fue descubriendo esa virtud que era innata en su naturaleza y la disfrutó enormemente. En tan solo unas horas, apreció también que la paciencia le permitía observar con más detalle lo que sucedía a su alrededor.

La gente que mira el reloj, en realidad no mide el tiempo, solo está aburrida de vivir y que no suceda nada.
Los enamorados, no sólo se toman la mano, también cambian sus ojos.
Aunque hay otros tantos, que se toman la mano y siguen mirando el reloj. Sus ojos no sienten hambre.

El Árbol Tsef Thaed suspiró, no sabía porque asociaba el hambre con los enamorados tan facilmente, hizo una anotación mental de investigar más al respecto.

Contó ocho perros, dos callejeros y seis con dueño, que le miraron con un deseo intenso de marcar su territorio, sin embargo el Árbol se encargó de espantarlos. Miró fascinado los coches, había un sin fin de ellos de manera estática en la calle y otros tantos, que sólo se movían unos cuantos centímetros y con gritos, chillaban que deseaban seguir moviéndose. El Árbol Tsef Thaed miró después, tres cuervos, los más negros que jamás hubiese visto.

Pensó en El Señor de Todas las Respuestas. Simón le había hablado de él. ¿Serían esos sus cuervos? Levemente (para que la gente no se diera cuenta), se rascó hojas con hojas y se dijo para sus adentros—: Todos los cuervos son de la muerte.

Fue observando más, cuando los escuchó por primera vez.

—El Árbol que Camina puede esperar —escuchó el Árbol y miró hacia un obrero, de quien creyó que pertenecía la voz—. Aquí no se encuentra, vamos a tomar una cerveza… una y nos vamos, ahora sí.

El Árbol miró con atención al obrero, un hombre moreno apenas llegando a sus treinta, llevaba un overol y la camisa remangada, sus facciones eran duras y tenía varias cicatrices en el rostro.

—Una cerveza, y ya… el dinero es para usarse, no lo necesitas en tu mujer. ¡No lo ha pedido!

El Árbol miró con más atención, ya que el hombre no movía los labios para hablar. Movió levemente el tronco y enfocó toda su paciencia en observar a aquel obrero.

Y descubrió al primero.

En algo similar a una sombra, una copia perfecta del obrero lo seguía. Un duplicado exacto que se las arreglaba para entrar y salir de la realidad, como en un salto, y perseguir constantemente al hombre donde este no pudiera verlo y hablarle al oído con una voz duplicada a la perfección. La copia era curiosa, porque a veces salía de las mismas entrañas del hombre y se le enredaba en el cuerpo hasta que su cabeza coincidía con él, como una gran boa que le asfixia, o a veces surgía de sus hombros, como un gran siamés que no era visto por los demás, o tal vez surgía de las espaldas, como un bebé que es cargado por su madre con un rebozo o como la mochila de un estudiante de medicina.

Así era el doppelganger del obrero y fue cuando se le abrió la vista al Árbol y con mucho esfuerzo mantuvo la boca cerrada. Miró los doppelgangers de toda la gente y escuchó infinidad de cosas que sugerían a los demás al oído. Le atacaron todas las cosas que decían al mismo tiempo, descubrió espantado que uno de ellos, había incendiando el Parque de los Árboles Olvidados y tuvo que contenerse el coraje de llorarle a SYA y a sus amigos árboles, porque los doppelgangers siempre estaban atentos, mirando a todas partes.

Muchos doppelgangers miraban curiosamente al árbol en el carrito, pero no lo consideraban más que una excentrecidad. Habían grupos enteros de doppelgangers que hablaban entre sí del Árbol que Camina y sugerían ya rutas para perseguirle y buscarle.

Todos estaban unidos.

Y todos estaban buscándole a él.

Por el susto y el asombro de haberlos visto, no se dio cuenta que su carrito ya se estaba moviendo otra vez. Era Tito, que había llegado con una nueva bolsa de cemento y aspiraba tranquilamente, su perdición a la realidad y la magia. El Árbol notó alegre y a la vez, triste… que el doppelganger de Tito colgaba muerto de su corazón.