No tengo miedo de enloquecer.

No. creo. que. no.

El amor no es una negación.

Risa.

Si la niña ríe, es porque debe ser divertido.

Impulso por estrellar la cabeza de alguien contra la ventana.

Cansado de la falsedad, salió un día y mató a un hombre. Quería verlo muerto. Recordó, entonces, cómo pensaba en la muerte más a menudo cuando era joven, específicamente el asesinato. Ríos de sangre corrían por la ventana, después de haber estrellado su cara y que los vidrios se enterraran en la yugular. Cuanta violencia, pensó después, un poco aturdido. Puede ser la cantidad de hormonas las que provocan el pensamiento asesino todo el tiempo, y entonces, chiquillo como fue, escribió poemas consagrados a la muerte, del asesinato, la desolación, la incomprensión. Cosas que se olvidan en la adultez y el movimiento social, la educación, y la moral ayudan a olvidar. —Nunca confesé que me habría gustado verte morir —le dijo al cuerpo, a la cabeza bañada en sangre—. No sabía, que se sentiría tan bien.

La sopa de champiñones.

Leí: “En este video, puedes apreciar como se come la sopa de champiñones”. Entonces me imaginé que la mujercita en cuestión, se acercaba a la mesa, tomaba una cuchara, la hundía en un plato hondo y se llevaba un poco de sopa de champiñones a los labios. Para evitar quemarse su bella lengua, su paladar, sus anginas, su garganta, entonces hacía lo que toda una dama y caballero podían hacer: soplaba y soplaba, despacito, para que la sopa se secara en la cuchara. Así haría dos o tres cucharadas, antes de acostumbrarse a lo caliente, a la consistencia. La mujercita bajaba su cuchara para seguir comiendo sopa. Una sopa blanca y espesa, con trocitos de hongo desperdigados a lo largo de todo el plato. Se acicaló un poco el cabello antes de la siguiente cucharada, acercó su cara al plato, y continuó comiendo. Sus ojos se miraban satisfechos. Su boca una sonrisa muy discreta. Un vestido de tirantes para el calor de verano, y la sombrilla a un lado de la silla por si las lluvias. El camarógrafo indiscreto, se movía 180 grados alrededor de ella, para tomar todos los momentos en que ella tragara más sopa. Un vestido verde, no estaría nada mal, con hojitas estampadas en patrones. Su cabello largo y rizado. Nada mal.

Mi sorpresa fue, que el video era otra cosa.

Breve del Viernes.

Cuando traigas prisa por entrar a una oficina y quieres pasar de la recepción, actúa como tal: pasa rápido, ni saludes, pon cara de “chingada madre les urge”, camina pasando recepción y balbucea algo como: “Me esta esperando el paco”. A no ser que la recepcionista tenga un cargo de conciencia respecto a su chamba, el plan es perfecto.

Adjetivos.

Leyendo a Frida, me acordé de los adjetivos. Eventualmente, si devoras libros, te das cuenta que en la literatura hay gustos para diferentes necesidades (oh, sorpresa). La imagen comercial de un libro, en México, es la necesidad de la cultura. Compro un libro para “culturizarme”, compro un libro para leer porque leer es una acción para personas cultas, interesantes, inteligentes y educadas. Un libro, en México, rara vez se le toma como un artículo de ocio o entretenimiento, a no ser que sean las fórmulas probadas, como Lovecraft y Poe para el terror.

Si esperamos que un libro nos haga “cultos”, esperamos de él un vocabulario extenso, que pueda sorprendernos, y el castellano es un idioma de adjetivos. Estamos acostumbrados a ellos para adornar nuestras palabras, y por supuesto, los hay bellísimos, así construimos nuestra lengua debido al contexto… pero terminan por convertirse en un vicio, se puede abusar facilmente del recurso y el texto parece tropezar en ocasiones. Deja poco espacio para la acción, un verbo que esta esperando ligar tu oración con la otra. Para describir, la necesidad de utilizarlos se vuelve frecuente y descuidada. “Cultas, interesantes, inteligentes y educadas”, por ejemplo, es una numeración innecesaria para extender el texto.

El truco de los adjetivos, es usar los necesarios. Ni más, ni menos. Tenemos tantos adjetivos, que es imposible saberlos todos, pero seguro tenemos uno para cada cosa que necesitamos decir.

Últimamente, procuro utilizar más verbos para que el texto continue fluyendo… sin embargo, cuando leí el texto de Alberto Chimal, me di cuenta que apenas soy un niño. Tan sólo de leer el título del libro reseñado: “Si te comes un limón para hacer muecas”, me quedé embelezado. Creo que es uno de los títulos más bonitos que he leído, jamás. No utiliza ningún adjetivo. La imagen es preciosa. El título en sí, es perfecto, es un cuento chiquitito. Te imaginas el reto de un amigo, que te ofrece a chupar el limón y aunque sabes de antemano el fracaso, lo intentas por la diversión. Las consecuencias, la travesura, el ingenio, en pocas palabras. Breve y conciso.

Aprender a utilizar la brevedad y sólo los adjetivos necesarios. Eso, es un reto.