Febrero 6, 2003 — Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Querido diario:
Tengo una preocupación bastante válida. La gente que me lee por este medio electrónico cree que no existo y que soy un alter-ego de mi estimado amigo, el Arbol Tsef o bien dícese, Agustín Fest, o bien dícese, Carlos Bohrs, o bien dícese, Boris Santiel. Yo recuerdo bien que el primer día de este diario, escribí y cito lo siguiente:
He tenido días difíciles, ¿quién no los tiene? Mi amigo debe estar loco por haber accedido a publicar esto.
De hecho, está loco… ¿censurará estas palabras? no lo se, ¿y si piensa la gente que soy un alter-ego de él? no lo se tampoco. No me importa, ya que ustedes me leen, pero yo jamás sabré de ustedes. Sabrán tal vez de mi amigo, que decidió publicar esto en algún acceso de compasión y/o amabilidad por mi persona, al cual deben referirse en caso de que tengan un comentario que hacer. A mi, su inseguro servidor, me vale un pimiento. (Casi puedo escuchar a la primera mojigata decir, “¡Ohh! ¡dijo pimiento! ¡le valgo un pimiento!” y así será la primera molestia ocasionada a mi buen colega, que decidió escribir estas palabras en su moderno website).
Y aún así, después de tan avasalladora introducción, tienen la injusticia de confundirme con él. Es imposible decir que me vale un pimiento (de hecho la palabra correcta es pito, me vale un pito, pero mi amigo que es un mojigato como las mojigatas, me comentó que debería cambiar la palabra y yo le dije está bien, adelante, nada más publicalo. Nunca debí acceder a esa no-libertad literaria, porque ahora se toma toda clase de libertades con mi nombre. ¡Cómo si fuera un personaje inventado! Eso, mis amores, no debe ser posible)
¡No señor!, tal vez debería registrar mi nombre como lo ha hecho German Dehesa, de esa forma, la próxima vez que me confundan con él señor Fest, les mandaré un abogado vestido de gris y fumando un puro.
Odio los abogados. Mejor debería visitar a Fest y tener una charla con él. Una larga plática donde expongamos nuestros argumentos y bebamos tequila para relajar la lengua.
Y ya que lo tenga tranquilito, sacaré la daga y entonces daremos sangre a los cuervos del Aqueronte.
Nada más, no le digan a nadie. Éste será un secreto entre ustedes y yo.
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Noviembre 7, 2002 — Un tal Simon Dor, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
Día 23
Hace un momento reflexionaba acerca de varias cuestiones y ahora no puedo recordar ni una sola. Es común, mi querido diario, sobre todo mi mente que está carente de orden. No soy de los que guardan las chispas creativas en cajones, como lo hace el pato en el país de las matemáticas. Por supuesto que algunas veces, sonrío divertido y me imagino mi cerebro lleno de cajones, con papeles desordenados, cuadros de Dalí en el fondo y delicioso helado de chocolate derretido en cada mesita profesional.
Mi mente es un chiquero y lo que es peor, me agrada.
Todavía estoy en ese proceso, pero ya hay veces en las que puedo sentarme y escribir, y escribir y no escuchar, no leer. Sencillamente escribir. Como si un pulpo estuviera en el cerebro y acomodara las ideas a mi antojo, como yo las quiero escuchar, sus tentáculos moviéndose entre filas de papeles y ordénandolos en mis dedos. Adelante, escriban, no nos importa el tiempo, pueden pasar las horas y yo envejecer un poco más cada día, pero estoy escribiendo. No dejar que las manos descansen, no dejar que la mente detenga la imaginación.
Ya tengo parte de mi mente en las manos, parte de mi alma y parte de mi sentimiento. Ahora debo darlos completos, ¡Carajo no!, ¡Debo darlos más! ¡Mucho más!
No me dejes caer. No ahora. ¿Creen en los fantasmas? Yo si, como ferviente escéptico, creo en los fantasmas. Manifestaciones de energía ectoplásmica que vuelan alrededor con una sábana blanca tapándoles el verdadero rostro. Ojos, ojos que miran. Cada quien imagina a sus fantasmas. Yo me imagino a los míos devorando mi pasado y adueñandose solo de momentos específicos. Son fantasmas que rompen el contexto del yo y se vuelve su yo. Arrastro todos los días, preguntandome mis recuerdos y los fantasmas ponen los candados en el momento justo que yo quiero entrar.
“Lo siento, ya está cerrado joven”, responden burlonamente.
Y todos los días me prometo que otro día voy a regresar a ver si dejan abierto.
Recuerdo ahora uno de mis flashes del día de hoy. Hay circunstancias de las que me lamento, pero cuando estoy de buen humor y mi autoestima es alta, me pongo a pensar en los universos paralelos, en el número infinito que debe haber de estos y en esos otros yo que deambulan en el mundo. Por ejemplo, puede que en algún universo exista un yo que sea adolescente, apenas descubriendo su maniaca depresión ó… en otro universo yo hubiese nacido en España y mi nombre sería Boris Santiel. O probablemente en Alemania y sería Karl Bohrs (Carlitos). Universos paralelos donde él léxico fuera distinto, o los perros evolucionaron primero y nos tratan de sus esclavos. En otros universos pudimos haber desarrollado alas, pero no el lenguaje escrito. Nuestro mayor sueño no sería volar, sino querer contarlo al mundo Ícaro. Contarle al mundo que volamos.
Universos en donde hubiera tenido un hermano que hubiera sido raptado por desobedecer y en el que yo me hubiese sentido responsable. Universos donde no fue raptado y yo, me daba cuenta de estos universos paralelos. Esto sería de tremenda utilidad si tuviera un hermano, me alzaría la moral.
Universos donde yo me hubiera criado en un asilo de viejos, en compañía de un cocinero que me descubrió en Lyon un día de verano. Las moscas volando sobre mi indefenso cuerpo y el cocinero dispuesto a aventar agua puerca sobre mi, cuando un rayito de felicidad se ve en sus ojos y aún no lo sabe, pero querrá ser mi padre.
Universos donde yo soy un dinosaurio de cerebro grande y escribo con los troncos de los árboles. Las posibilidades son hermosas y como dije, infinitas. Y estoy seguro que cualquier Simon Dor, Karl Bohrs o Boris Santiel está sonriendo en este momento.
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