Ludiah Sartdac III

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 40 de 48


La segunda mariposa negra fue utilizada a las trece noches de que Simón terminara su viaje. Durante el día, Simón y el Árbol Tsef se dedicaron a recorrer los cuartos y todos estaban vacíos. El súcubo había dejado de utilizar la magia para confundirlos, ya que había declarado abiertamente que estaba en El Cuarto del Jardín al sellarlo magicamente.

—Esto no me gusta nada —dijo Simón, y recargó el mango del hacha en su hombro, mientras miraba la puerta del Cuarto del Jardín—. Es demasiado discreta y definitivamente, es mucho más inteligente que las otras al jugar diferente.

—A mi me preocupa el niño —susurró el Árbol Tsef—. Tenemos que recuperarlo.

Simón contuvo sus pensamientos: “El niño se dejó atrapar por estúpido”, porque sabía que le haría daño al Árbol si le escuchaba decir eso. También pasó por su cabeza que extrañaba al pequeño, pero no quería admitirlo. Después de todo, era Simón.

—Tenemos que matar al perro del Laberinto —dijo el Árbol Tsef—. No quisiera, pero tenemos que hacerlo.

—No Árbol Tsef —dijo Simón—. El perro está esperando algo. No debemos preocuparnos por él todavía. Primero el súcubo, que es el más fuerte.

Al decir eso, se escuchó la risa del perro en el laberinto confirmando lo que Simón dijo. En un intento, hizo ademán al Árbol Tsef que se hiciera para atrás, tomó impulso y golpeó la puerta con el hacha. El golpe se escuchó seco, pero no hizo ningún daño a la puerta de madera. El viejo suspiró y lo dejó así, volvió a ponerse el hacha en el hombro y prendió un cigarrillo.

—Tenemos que recuperarlo —susurró el Árbol Tsef y miró como Simón caminó al Cuarto de Trofeos, no quiso seguirlo, algo le llamaba en la proa. Caminó hacia allá, dejando hojas marchitas en el camino y moviendo sus raíces, una delante de otra.

El Árbol Tsef que siempre hubo de caminar, el Árbol Tsef que algún día se había de plantar en algún lugar… el Árbol Tsef que habría de empezar a marchitar.


Simón recogió la llave de Beatriz, se la puso en el bolsillo. Prefería resistir la tentación a perderla en alguna artimaña de Ludiah. Cuando salió del Cuarto de Trofeos, se encontró en el Cuarto de Fest y cuando salió del Cuarto de Fest, se encontró en el Cuarto de Juegos.

—¿Qué? —se preguntó Simón— ¡Árbol! ¡Árbol Tsef! ¿Estás ahí?

Nadie le respondió y Simón siguió caminando de cuarto en cuarto, esperando que la magia de Ludiah terminara pronto y no tuviera efectos graves.


La luz del sol se extinguió en la proa de Simón Dor y no habría de regresar.


Día 78.

Querido Diario:

El súcubo está jugando sucio. Muy sucio. Se las ha arreglado para cubrir el sol del cual se alimentaba el Árbol Tsef. Parece una gran mariposa negra, que con su sombra cubre el pequeño espacio que se había formado entre las nubes para que él pudiera reverdecer cada vez que quisiera.

Cuando me dejó salir de las ilusiones, corrí a mi cuarto y después a la proa. Ahí vi al Árbol Tsef, alzando sus ramas con grandeza… aunque su cuerpo ya estaba sufriendo los estragos. Su tronco parecía más viejo y los frutos estaban madurando más rápido. Estaba sonriendo, aún así estaba sonriendo.

—¿Qué ha pasado aquí? —pregunté, me le acerqué con el rostro rígido. El súcubo está jugando sucio.

¿Sabes qué me respondió, mi querido diario? “Lo inevitable”. Me reí, eso es algo que yo contestaría, definitivamente. El me sonrió en respuesta.

—No me queda mucho tiempo Simón —me dijo el Árbol—. A menos que mates esa cosa que esta ahí volando. Tienes que matarla.

—¿Todavía puedes moverte? —le pregunté.

—Si, tengo tres días como mucho. Después me marchitaré. Es el tiempo suficiente para encontrar lo que resta de mi nombre.

—¿Y después?

—Lo que tenga que pasar, pasará.

Yo nunca le pedí al Árbol Tsef que me acompañara en el viaje, pero él lo hizo. Al igual que el niño mago y al igual que Beatriz, en cierta forma. Y es molesto, es molesto que un amigo tenga que pagar por algo que sólo estaba reservado para tí. ¿No lo crees, mi querido Diario? Si, si que lo es. Y aún así, siguen aquí, por voluntad propia. Amigos y fantasmas que me acompañan, el pasado, el presente, el futuro y los muertos, siempre los arrastras contigo aunque no quieras y éstos han de auxiliarte, aunque les cueste otra vida. Son pocos los amigos que conservo y ellos, ellos se han acercado a mi porque quisieron. Nadie les obligó, nadie les forzó. Lo que les suceda por algo que solo debió pasarme a mí, es enteramente su culpa y también, no lo olvides, mi querido Diario, también su decisión.

Me asomé a ver al delfín y éste seguía nadando y brincando, en contra del mar oscuro. Debe ser el que más ha sufrido de todos, corrompiendo su cuerpo en el agua sucia para llevarme el paso. Llevaba una sonrisa estúpidamente similar a la del Árbol Tsef. Es su culpa, es su maldita culpa, su maldito libre albedrío, su maldita decisión.

¿Y si es así, por qué me dolerá tanto, mi querido Diario?

Ludiah Sartdac II

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 39 de 48


En el día número quince, seguido por su noche. Simón y el Árbol Tsef salieron a buscar al súcubo. Y no sabían que sería imposible encontrarle hasta que este se dejara ver, ya que utilizaba al niño para esconderse entre ilusiones e irrealidades. Cuando Simón pasaba por el Cuarto del Jardín, se descubría saliendo del Cuarto del Laberinto. Y cuando el Árbol miraba la puerta de Beatriz, despertaba de un largo letargo para darse cuenta que se encontraba en el Cuarto de Fest.

En el monolito, el Árbol Tsef leyó: “Th-ed”, “Perdóname”, “Pronto le hará daño y ni siquiera habrá de importarle”, “¡Sálvalo!”. Se aprendió los mensajes para dárselos a Simón más tarde, pero les olvidó, ya que cuando salió del monolito, se encontró en la proa y escuchó los ronquidos de la vieja durmiendo.


Ludiah Sartdac se había encerrado en el Cuarto de Trofeos, con el niño en brazos. La cabeza del rottweiler dejó de ladrar y abrió los ojos, no jadeó, no respiró. Miró, ya que era lo único que podía hacer. El súcubo paseó su mirada alrededor del Cuarto de Trofeos, después dejó al niño en una esquina, alzó una mano y un velo oscuro le mantuvo flotando y encerrado en una nube oscura.

—Simón no fue muy listo al conservarlo todo, ¿verdad, mi querido? ¿Cómo te llamas?

—Bobby Mindar —respondió la cabeza del rottweiler.

—Muy bien. No pudo ser otro que Simón el que te nombrara. Bobby, el diminutivo, un nombre ridículo para aminorizar el temor que te tiene. Mindar, el nombre oscuro y misterioso, la naturaleza de tu ira. Ahora ven querido, haremos que Simón conozca la extensión de tu verdadero ser.

—Debo proteger a Simón.

—Ya no.


El Árbol Tsef y Simón Dor, en lados opuestos del barco, escucharon el aullido del perro que estremeció los cielos e hizo retumbar a los relámpagos. Simón salió del pasillo y encontró que el Árbol Tsef ya se encontraba en su habitación. El Árbol Tsef y Simón acordaron mantenerse unidos, el primero amarró una rama alrededor de la cintura del segundo, para que las ilusiones los llevaran al mismo lugar. El viejo tomó el hacha que había dejado en su habitación la noche que salió del Laberinto y los dos caminaron por el pasillo hacia el Cuarto de Trofeos.


Ludiah Sartdac se lamió la sangre que salía de los ojos del perro, el cual, ya no tenía manera de mirar. Buscó entre las cosas del Cuarto de Trofeos y encontró los ojos de Galloria. Con sumo cuidado, los acomodó dentro del perro y éste volvió a abrir los ojos.

—¿Todavía quieres protegerlo?

—Ya no.

—Muy bien.

Llevó la cabeza hacia el esqueleto metálico, abrió el cuello del perro y sin vacilación… metió la cabeza en un solo empujón que hizo aullar al perro de nuevo.


Simón y el Árbol Tsef miraron el Cuarto de Trofeos. Simón alzó su hacha y el Árbol empujó la puerta, los dos caminaron y se dieron cuenta que estaban en el Cuarto del Jardín. El viento cantó, la presencia del Árbol modificaba enteramente al cuarto haciendo que el cielo pintado, las nubes pinceladas y el pasto brochado cobraran vida.

El viento manipuló lo que quedaba de las alas de las mariposas y las hizo volar a través del jardín, hasta que se perdieron en un cielo que no existía.

—Esa puta nos hará caminar en círculos. ¿Qué demonios está haciendo? ¿Qué fue lo que le hizo al perro?

El Árbol Tsef se encogió de ramas, y caminaron juntos por la puerta.


—Te ves más bonito así —Dijo Ludiah Sartdac, después, utilizó la piel del súcubo Mama Esirasaft y ésta se adhirió sola, cubriendo por completo el esqueleto. Minocino, se dijo en silencio Bobby Mindar. El perro bajó la mirada para ver su cuerpo y notó que no podía su propio cuerpo como otros lo harían… Ludiah lo resolvió con el reflejo de Zalic Luia y completó al monstruo—. Tan sólo nos resta darte vida, para que odies a Simón y no dudes en matarle cuando se meta al Laberinto.

Ludiah Sartdac se quitó una de las mariposas del cabello y la puso en la boca de Mindar. Este la tragó. Al hacerlo, pudo mover su cuerpo y se acostumbró a los cambios.

Ya no extrañaba ser una cabeza, y tampoco extrañaba proteger a Simón.

—Transformación, transmutación.


El Árbol Tsef y Simón salieron del Cuarto del Jardín para encontrarse simultáneamente en el Cuarto de Juegos. Se miraron y suspiraron cansados.

Escucharon una risa rasposa que no habían escuchado antes. Y los dos dedujeron lo mismo. El perro había cambiado.


Ludiah Sartdac abrió la puerta del Cuarto de Trofeos y dirigió a Bobby Mindar al Laberinto.

—Tienes un nuevo hogar, recuerda quedarte ahí… han de entrar, tarde o temprano. Si todo falla, eres el único que puede ayudarme.

El perro con cuerpo de hombre asintió, y se metió riendo al Cuarto del Laberinto, donde habría de perderse.

Ludiah regresó al Cuarto de Trofeos y miró que ya no necesitaba nada más ahí, miró el Libro de Mamá Esirasaft y le escupió encima, nunca le agradó su hermana ni su ridículo libro con tono de Biblia. Por ella, Simón podría quedárselo. Se llevó al niño en brazos al Cuarto del Jardín y volvió a sellarlo con una magia que no era suya.


El Árbol Tsef y Simón, aún cargando el hacha, caminaron por el pasillo de los cuartos. El perro ya no ladraba, pero la pregunta de Beatriz inundaba el ambiente. Intentaron una vez más en el Cuarto de Trofeos y pudieron entrar, Simón miró con atención y se dio cuenta que el esqueleto metálico y los trofeos recuperados de los súcubos, se habían ido. Igual que la cabeza de Bobby Mindar.

También miró el mueble donde solía estar la pistola de McGonnagal y las tres semillas del Árbol. Pero se sintió inusualmente tranquilo cuando encontró que la llave de Beatriz seguía ahí.

El súcubo planeaba algo.

—¿Qué sucede Simón?

Simón alzó una ceja y después prendió un cigarrillo.

—Que nos esperan días muy divertidos, eso es lo que pasa.

El viejo miró de reojo el Libro de Mama Esirasaft, que descansaba tranquilamente. La cubierta estaba en cierta forma oscurecida, medio húmeda. Parece ser que al súcubo no le interesaba lo que anotó su hermana en lo absoluto y la verdad es que a Simón, tampoco. Salieron del Cuarto de Trofeos y se dirigieron a la habitación, donde otra vez, no conciliaron el sueño.

Simón y el Árbol Tsef miraron el brillo del hacha, hasta que tan solo restaban catorce días, con sus catorce noches.

Bobby Mindar II.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 37 de 48


(ojos moviéndose, izquierda a derecha) Estoy en la oscuridad. Un cuarto de Trofeos. En él, hay una pistola. Con una sola bala. (ojos moviéndose, arriba a abajo) Me sacrificaron, un tal Simón Dor. Fue con un cuchillo. De un tajo me rebanó la cabeza. (jadeo) (jadeo) (parpadeo). Proteger a Simón. Un esqueleto de metal. La piel de Mama Esirasaft. El reflejo de Zalic Luia. Los ojos de Galloria. (sangre) (sangre). Debo alimentar, odio. Una llave. Tres semillas. Una pistola. (bostezo) (alzando orejas) (alarma). No debe venir el último. Transformación. Transmutación. Proteger a Simón. (sonrisa).

Bobby Mindar I.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 34 de 48


No tengo cuerpo. (jadeo) (jadeo) (parpadeo). Tengo ojos, tengo hocico. Tengo dientes. (sangre) (sangre). Proteger a Simón. Piratas. Debo alimentar, odio. Soy un sacrificio. (jadeo) (jadeo) (parpadeo). Proteger a Simón. El último súcubo, vendrá pronto. No debe. Transformación. Transmutación. No tengo cuerpo. (wof) (wof) (sonrisa). Todos mis dientes se ven… …en una sonrisa. Sangre seca. Debo alimentar. Lengua sedienta. (sangre) (sangre). Proteger a Simón.

Diario de Simón Dor. Día 73.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 29 de 48


Querido Diario:

Estoy cansado y con sueño. Desde que perdí la llave de Beatriz, no quiero salir ya. El Árbol Tsef ha estado llamándome. El Niño Mago a veces me envía una mariposa, sin importar que las mate. A veces me asomo por la ventana y miro al delfín sonriéndome. El Cuarto de Máquinas no ha hecho ningún sonido. Bobby Mindar está inusualmente silencioso. El Cuarto de Fest también ha estado insinuando que le visite.

Querido diario, sólo quiero descansar ya. Dormir y no saber nada más. Espero que al abrir los ojos, me descubra finalmente ardiendo en el infierno, donde debería estar.

Veinticinco días, con sus veinticinco noches.