Apaga la luz.

El domingo en la madrugada, mientras me acostaba después de una noche de insomnio… estaba pensando en que mi hermano se iría a vivir a otra parte.

La televisión estaba prendida y la lampara de noche de mi hermano también, el dormía y de repente medio abría los ojos por el ruido que yo hacía, le hacía gestos para que se fuera a dormir y el asentía y cerraba sus ojos.

Me acomodé y me puse a ver la televisión sin observarla, incosncientemente me chupé como tres episodios de “As told by Ginger” y el reloj seguía corriendo, corriendo… Nickelodeon es una distracción visual potente, pero no para aquellos que tienen bien entrenado el ensimismamiento nostálgico como yo.

Pensé como a todo mundo le gusta Bob Esponja “porque es diferente”, pensé como a mi hermano le aburría Bob Esponja y prefería cambiarle a Doug o a Rugrats. Lo que me dio la idea que probablemente “Bob Esponja” estuviera enfocado a la población adolescentil, me sonreí con el pensamiento absurdo y di un par de vueltas en la cama.

Hugo se levantó en algún momento, medio despierto y no recuerdo que preguntó. Yo le dije que no pasaba nada, que por favor apagara la televisión. Lo hizo medio dormido y no escuchó cuando le dije: “Apaga la luz”.

En algo similar a los tonos sepias me quedé todavía pensando, el reloj todavía corriendo y todavía pensando en que debería dormir un poco. Tantos todavía… abuso del recurso.

Y me puse a pensar en lo beneficios y los no-beneficios de tener a mi hermano lejos de mi. Es cuando los pensamientos más estúpidos se presentan y me dije: “Bueno, al menos me iré de vacaciones más seguido”. Lo estúpido por lo regular se confunde con ingenuidad y es por ello que algunas veces lo que creemos estúpido, resulta ser lo correcto.

Hugo se volvió a levantar, en medio del onírico y le dije: “Apaga la luz”. El apagó la luz y así se cerró otro telón.