Octubre 19, 2007 — Cuentos, FotoCuento.
Escrito por Agustin Fest.

Mira como las hojitas se resquebrajan entre tus dedos y las varas secas se rompen. Tus manos son tan pequeñas que aún no pueden guardar el polvo de los muertos. Se extienden tus dedos para tocar la tierra y siento un gozo discreto, una sonrisa pequeña, sabiendo que tus ansias de anclar raíces y procurar vida tal vez no son intencionales. El instinto primitivo que nos delata, como aquel cuervo que mató a sus hermanos porque deseaba vivir el último día de juerga. Los caracoles en el tallo de un girasol muerto, buscando en el pasado el sol que los benefactores jamás buscaron… sus corazas vacías hace tiempo ya. Eres una hermosa imagen.
También te marchitarás, ¿te imaginas bebito, que formarás parte de esa tierra y alimentarás a los gusanos? Así pasa, mira mis manos y entenderás que la piel también se seca. Mis manos son grandes, mis manos son el polvo de los muertos, los dedos son como palillos que hacen un gesto con la artritis para invitar a la muerte a que se acerque, y se acerque, paso a paso. Mis dedos son los del titiritero que jalan con su punta el hilo del tiempo. Soy mi propio muñeco que cambia con los años y expulsa el agua que le faltó a los caracoles, a los girasoles, a las hojas que arrastras con tus manos y el pecado de la casualidad.
Compartimos el mismo destino. Que se nos escape todo entre las manos y el aire. Nacemos con manos débiles sin poder sostenerlo todo. Morimos con nada en las manos. No debes temer. Si caminas como yo, si aprendes como yo, entenderás que es nuestro destino. El destino de todos nosotros. El temor no vale nada cuando te haces polvo y te confundes con la tierra.
Foto: Gabs.
Este es uno de los fotocuentos que escribo en Árbol de los Mil Nombres. Si quieres enviar una foto, antes lee: Acerca de los FotoCuentos.
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con la tierra.
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Noviembre 9, 2003 — Cuenta-Cuentos.
Escrito por Agustin Fest.
Caminó, con los pies arrastrándose y el sol pegándole en la frente. Se quitó la camisa por el sudor y se la amarró en la cintura. Su piel estaba bronceada, igual que la de su padre. También era delgado y de músculos fuertes. Había trabajado cargando cajas y el esfuerzo se vio recompensado en un cuerpo estético, agradable. Heber no era feo, tenía facciones finas y un rostro ligeramente redondo, espalda ancha y piernas fuertes, quienes podían todavía con los pantalones de lana que estaban pegados contra su piel por un sudor frío.
Llevaba el diario, apenas sosteníendolo con la punta de los dedos. Decidió ponérselo en la cabeza, para hacer una débil sombra que apenas refrescaba. Podía sentir el calor del asfalto, atravesándole la suela de los zapatos. Y aún así, caminaba. Esperaba que de un momento a otro, apareciera un coche que lo llevara a cualquier parte. Extrañó, con una sonrisa sarcástica, a Jaramillo. Deseaba regresar ahí.
No había ningún señalamiento, ningún poste. Nada que le dijera donde caminar. Y en el transcurso de los minutos, de las horas, de los días… el sol seguía arriba. Era como si un cruel dios hubiera dejado el escenario así, para castigarle. ¿Habría redención?, se preguntó Heber e inmediatamente después vino otra pregunta: ¿Por qué estaba siendo castigado?
Por su padre. Por ser el hijo de Dor. No había otra respuesta y en un espasmo de sinceridad se dijo que no la quería. Había prometido buscar una cura para la enfermedad, pero ya no quería compartirla. Quería regresarle a su padre todo el sufrimiento. Todos los jadeos por el calor y toda la pesadez de su cuerpo, que parecía verse atraído por su propia sombra. Tan fácil sería dejarse tirar y descansar.
Y morir…
y que el sol consumiera toda la humedad de su cuerpo…
y desaparecer, solo desaparecer…
Por los siglos de los siglos, amén.
En los lados de los asfaltos, había árboles muertos y secos, varios ya se habían convertido en arena. Tal vez eso sucedió en una batalla, hacía mucho tiempo. ¿Qué tipo de pelea, habría sucedido en una carretera que no lleva a ningún lugar? Anotó en su mente aquella pregunta, habría de algún día responderla. ¿Contra qué pelean los árboles? ¿Contra qué luchó aquel pequeño arbolito en su carrito? Se puso a filosofar al respecto, le ayudaba a distraerse del calor y a olvidar que estaba poniendo un pie después del otro. Los árboles seguramente pelean contra la muerte, por eso crecen hacia el cielo. Por eso duermen mucho en invierno y se desvisten, dejan que el clima les azote para obtener fortaleza.
Sucedió algo extraño, algo que no había visto antes. Había una bifurcación en el camino y también había un letrero. Se acercó a él y leyó.
- El Circo de las Vidas Pasadas.
- El Sembradío de Almas.
Miró hacia el camino que llevaba el Circo y, muy a lo lejos, se levantaba una gran carpa a lo lejos. El viento le respondió a Heber, llevándole la música y el olor de los animales. Sus pies le llevaron hacia allá, respondiendo a una necesidad infantil. Descubriría después el sembradío… el circo le ofrecía más curiosidad que debía ser satisfecha. Y le ayudaría a pensar menos. Se palpó las bolsas del pantalón, no tenía dinero para pagar una entrada. Sin embargo, tan sólo de ver la carpa multicolor, le daban ganas de intentarlo. Sonrió suavemente, como un hombre que acepta el destino.
Tenía que hacerlo.
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Junio 25, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
Credo in Deum Patrem omnipotentem; Creatorem coeli et terrae.
Capítulo 17.
El viaje de Simón.
Simón 17:1 Hubo en tierra de hombres un hombre llamado Simón Dor, y él era injusto y cruel, discutía con Dios la existencia de Dios y a pesar de ello, por Él era querido, ya que era su hijo que sólo necesitaba enmedar su camino.
Simón 17:2 Decidió hacer un viaje de cuarenta días y cuarenta noches.
Simón 17:3 Con inspiración enteramente humana, construyó un barco al que habría de llamar “Mojalnir” mientras dormía y al amanecer entendió que debía partir en él, para buscarse así mismo…
Simón 17:4 …o tal vez la inmortalidad…
Simón 17:5 …o tal vez la muerte…
Simón 17:6 Ofreció un sacrificio para sí mismo, matando a un perro y llevándose su cabeza. La sangre la ofreció a la noche y bautizó su sagrada cruzada con el nombre de “El viaje”. Besó tierra antes de partir y blasfemando contra Dios y contra Satán, decidió navegar en el mar oscuro que es el puente entre la Tierra de Nod y el Río del Aqueronte.
Simón 17:7 Simón blasfemó, llamando al mar Yunén
(Nota de Mama Esirasaft, rayada en el canto de la hoja—: en algunos textos, Yenén).
Simón 17:8 Los piratas le asaltaron durante el viaje. Arrancó los ojos de una súcubo hermana al robarle su alma. Dios jugó ajedrez contra él.
Simón 17:9 También ha descubierto la capacidad de ver a los muertos.
Simón 17:10 Un delfín, un árbol de mil nombres, un niño mago que nació antes de los tiempos de Cristo y madre Lilith habrían de acompañarle en su viaje.
Simón 17:11 Simón hizo que se partieran las nubes grises del cielo para que iluminara el sol al árbol de los mil nombres, el cual conservaba una manzana de propiedades paganas colgando de una rama seca.
Simón 17:12 Y para Madre Lilith, partió las nubes grises del cielo para que le iluminara la luna, una débil estrella y así, ella representase la noche.
Simón 17:13 Entonces llegué yo, Mama Esirasaft, un súcubo hija de éL y de Madre Lilith, a treintaitrés días para que Simón terminara su viaje.
Simón 17:14 Se me ha enviado para detener a Simón y Simón me ha llamado a mí.
Simón 17:15 Así está escrito en el capítulo número diesiciete del Libro de Mama Esirasaft. Que estas palabras queden sembradas en las espigas negras que crecen en el campo de Uz, por los siglos… de los siglos.
Et in Jesum Christum, Filium ejus unicum, Dominum nostrum; qui conceptus est de Spiritu Sancto, natus ex Maria virgine;
Simón había olvidado al súcubo, después de lo sucedido con Yasmín que se había instalado en su barco. Notaba divertido que el peso de la vieja era tal, que el barco se hundía un poco del lado de la popa. Cuando acabó de asombrarse y se aburrió de escuchar los murmullos de Yasmín (los cuales enumeraban todas las almas que había robado), caminó a la proa e ignoró al árbol de la manzana y al niño mago, ya que ellos continuaban ignorándole —aún después del episodio tan importante con la vieja—.
Miró los restos de los piratas metálicos, no se decidía a tirarlos por no contaminar más el agua del delfín. Los restos eran pocos y ligeros, así que decidió ponerlos en el cuarto de trofeos. Al entrar, los restos tuvieron un efecto extraño: se hicieron metal líquido y después se juntaron para solidificarse y construir la forma de un esqueleto humano y sus pulmones.
Simón Dor se carcajeó, probablemente la muerte le estuviera advirtiendo acerca de su adicción a la nicotina. Luego acercó su mirada a las llaves de Beatriz que estaban colgadas en uno de los tantos ganchos que había en el vasto cuarto de trofeos. Tres llaves y la tentación de utilizar la primera era tan fuerte, que Simón se descubrió metiéndolas en los bolsillos de sus pantalones de lana.
—No —se dijo. Puso las llaves en el ganchito, se despidió de la pistola de McGonnagal y miró con miedo supersticioso la cabeza de Mindar.
Mindar le regresó la mirada y su horrible rostro de rottweiler muerto, parecía sonreírle.
¿Qué razón de ser tendrían los trofeos?, se preguntó en silencio mientras cerraba el cuarto. De reojo miró una mujer de vestido negro que caminaba por los pasillos y cuando volteó para mirarle completa, ya no estaba ahí.
Entonces recordó al súcubo y escuchó al silencio susurrarle su nombre: Mama Esirasaft.
passus sub Pontio Pilato, crucifixus, mortuus, et sepultus; descendit ad inferna; tertia die resurrexit a mortuis; ascendit ad coelos;
El silencio dirigió a Simón por un pasillo que no sabía que existía dentro de su barco. Estaba preguntándose como lograba el barco ser más grande, de lo que realmente era y la respuesta sencilla le provocó una sonrisa mientras prendía un cigarrillo.
—Nada de mamadas del omniverso, ni la conjunción del principio y el fin que hacen estragos en la realidad. No… es tan sencillo como que yo hice mi prisión tan grande como quise.
Escuchó la risa del súcubo, una risa adolescentil a contrario de lo que esperaba por el nombre del súcubo. Decidió seguirle el juego y continuó caminando por el pasillo hasta topar con dos puertas laterales, una de ellas le llevaba al Cuarto de Fest y la otra le llevaba al Cuarto del Laberinto.
—Era de esperarse —dijo Simón y se encogió de hombros—. ¿Por cuál te has ido Esira? ¿Te importa qué te llame Esira? Ya que Mama Esirasaft se me hace demasiado grande y tal vez, hasta un anagrama ridículo.
—Puedes llamarme como quieras —respondió el silencio del súcubo.
—Oh, lo olvidaba… —susurró Simón—. Los súcubos no respetan su nombre con tal de que uno se las coja.
sedet ad dexteram Dei Patris omnipotentis; inde venturus (est) judicare vivos et mortuos.
Abrió la puerta del Cuarto de Fest y se asomó. Un cuarto donde un monolito descansaba. El viejo no resistió la curiosidad y entró al cuarto… en el monolito había un mensaje que decía—Ya estoy tranquilo, le he dicho.
Simón Dor se sonrió, después de todo, el viaje de Fest estaba avanzando rápidamente y también entendió otra cosa… ya no recibiría de él más cartas. Sólo mensajes en forma de enigmas.
—¿Ahora es tu turno de tenerme a mí en ascuas, tratando de descifrarte? Zarahuato imberbe… está bien, jugaré contigo.
El monolito borró la frase y se quedó hecho piedra. Simón salió de la habitación y el súcubo volvió a tentarle por la comisura del ojo.
Cuando el viejo volteó, otra vez, ella ya no estaba ahí y escuchó su risa, que provenía del Cuarto del Laberinto… se lamentó por no traer el hilo que había usado Ariadna para Teseo. Tal vez no sería necesario, a menos que algún minotauro llamado Hör le estuviera esperando del otro lado.
—No me tengas miedo —dijo la voz adolescentil.
—Me has encantado con tan sólo medio observarte —confesó Simón—… acabemos con esto de una buena vez, acerca esas hermosas caderas que tienes y esas nalgas divinales, que este viejito quiere acción.
—Yo soy diferente.
—Como todas las mujeres del mundo.
El súcubo se rió.
Credo in Spiritum Sanctum; sanctam ecclesiam catholicam; sanctorum communionem; remissionem peccatorum; carnis resurrectionem; vitam oeternam.
—Dios te ha mandado su credo para protegerte.
—Dios y tu padrE harían bien en no intervenir —dijo Simón—. Yo acabaré decidiendo lo que yo quiera… demonios, tu maldita imagen, tan sólo me ha dado una erección por querer poseerte y tan sólo he visto, tan poco de tí. Tu voz adolescente, tu andar de mujer… maldita eres.
—Te dije que yo era diferente.
Simón se llevo una mano a la entrepierna sin voluntad y aunque la hubiera tenido, no lo hubiera evitado. Abrió el zipper de su pantalón y buscó adentro lo que tenía unas ganas inmensas de acariciar, su piel estaba tan caliente y las arrugas formaban ríos de sudor. Descubrió que entrecerrando los ojos y mirando a la lateral, podía ver la imagen de Mamá Esirasaft de una forma mas nítida.
Se recargó en la puerta cerrada del Cuarto del Laberinto y se deslizó suavemente donde se sintió más cómodo para masturbarse. El súcubo eficazmente se instaló a su lado, pero cuando Simón le quería mirar a los ojos o volteaba bruscamente para verla mejor, ella desaparecía.
—¿Qué tipo de súcubo eres? —dijo Simón, con la voz entrecortada y aumentando el ritmo de su mano.
—No lo sé, pero si quisiera te tendría ladrando como un perro ahora.
El perro le recordó a Mindar y Mindar le recordó las llaves del cuarto de Beatriz. Había un silencio espantoso que sólo era interrumpido por los jadeos de Simón, el sonido de la piel y la risa del súcubo. Algo no cuadraba y realmente, no le importaba. Tan no le importaba que descubrió que le importaba mucho.
Mama Esirasaft no le dejaría detener la mano, con la risa, la sonrisa, su piel blanca, sus caderas, sus nalgas. Se le estaba metiendo en la mente y sentía como se le estaba metiendo en el alma. Pronto ya no habría viaje y sólo quedaría esta imagen de Simón, masturbándose en la entrada del laberinto. Cuando sus nietos preguntaran ¿dónde está mi abuelo Simón? les darían una fotografía del anciano en la posición que se encontraba ahorita. Se reirían de él y preguntarían a sus padres que era esa cosa que estaba en su mano, esa cosa marchita pero que todavía peleaba como gallo.
El viejo lo comprendió, apretando los dientes y con el dolor artítrico atacándole los dedos por detener su ánimo onanista, jadeo más fuerte y quiso detenerse recordándose la pregunta que le había salvado del primer súcubo: ¿Dónde estás Simón?
—Estoy aquí. Sigo aquí. ¿Creías poder detener a Beatriz, Esirasaft? ¿Creías poder borrar la pregunta que está marcada en mi corazón? Eres igual de pendeja que tu hermana antes de ti.
—¿Cómo pudiste vencer la ilusión?
—Igual de pendeja —Simón jadeó exhausto y pudo soltarse así mismo. Se levantó cansado y con la piel hecha pergamino por el sudor—. Dame lo que me corresponde, que te he vencido… lárgate, lárgate ya. Súcubo maldito, te expulso de éste mar manchado de sangre y conocimientos, no sin antes dejarme tu alma para asegurarme de que no has de regresar, que tu estirpe y las almas que te robes sean benditas por los siglos de los siglos y que tus hijos recuerden con amor tu nombre, puta infeliz, lárgate ya…
Amen.
El súcubo le dio a Simón la piel de su cuerpo y también, el Libro de Mama Esirasaft que copiaría en su diario, a los treintaidos días y treintaidos noches de terminar su viaje.
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Abril 3, 2003 — Arbol.
Escrito por Agustin Fest.
Porque si el árbol fuere cortado,
aún queda de él esperanza;
Retoñará aún, y sus renuevos no
faltarán.
Si se envejeciere en la tierra su raíz
Y su tronco fuere muerto en el polvo,
Al percibir el agua reverdecerá
Y hará como planta nueva.
Cuando releo el Poder Gris, me doy cuenta de la diferencia de personas hace cuatro años y el día de hoy. Hasta me da vergüenza postearlo en ocasiones, sintiéndome como niño avergonzado. Luego me doy tinta de todos los errores que tiene o todas las fallas en los personajes… y vaya, me desagrada en ocasiones… en otras me alegro que hacía cuatro años todavía podía soñar.
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Febrero 25, 2003 — Escuela.
Escrito por Agustin Fest.
Hoy, al salir de mi clase, Ariadna y yo nos despedimos pronto… y en general, no tardé en despedirme de la gente cuya convivencia hace mi estadía más grata. Me dio gusto ver a la gran mayoría, excepto a mi archienemigo… no se porque no me agrada, es una persona inteligente, pero tiene ese tipo de semblante que hace que los demás lo escuchen y lo crean sacerdote (debió de serlo, anyway, tiene una voz profunda).
En fin, me despedí pronto de ella y me dio la repentina certeza de que será así. Despedidas furtivas, no habra convivencia, no hará el agradable desmadre al que siempre estoy dispuesto. Sin querer, incluso en la escuela, me estoy convirtiendo en adulto (¿Podrás perdonarme?). La verdad, no es el desmadre el que extraño, sino la persona que esta ahí para reirse de tus chistes malos o el humor negro.
Caminé hacia el metro Copilco y pasé de largo una heladería “La Michoacana”, primer impulso fue comprar un helado de chocolate. La decisión se veía frustrada por unos dos segundos de: “¿Qué pensará la gente de un niñodonte de 1.87 comiendo un helado de chocolate?” Claro, solo fueron dos segundos y pedí mi helado de chocolate.
Tengo la mala suerte de seguir los instintos.
10 pesos por dos bolas de chocolate y una de capuccino. Un helado común como cualquier otro que no sea Hägen Dasz (¿así se escribe?), menos cremoso, más agua. Me desvíe a un parque donde Anya y yo nos dimos el primer beso y me senté en una de las bancas a mirar gente con mi helado.
Me di cuenta que no lo estaba disfrutando, el reloj, el trabajo. So, me autohipnotizé para disfrutar el bendito helado y funcionó, los cinco minutos de descanso se transformaron en quince. Mi mirada siguió las piernas de una que otra chica, mala costumbre yo creo.
Una niña se sentó en una banca a lo lejos, nos volteamos a mirar y sostuve la mirada hasta que ella la bajó. Me gusta ese juego, sonreí y mi helado cada vez se hacía menos. En la heladería noté que vendían de pistache. ¿Se acuerdan de los Muppets Babies? Cuando iba con mi abuela al puesto en el mercado, ella me solía dar dinero para comprar helado. Me gustaba el de Rufo, obvio, porque era de chocolate. Sin embargo, la Rana René (Pistache), no tenía comparación.
Hice un breve recuento de por qué me gustaba el de pistache si el color no se me hacía tan atractivo. Encontré la razón en el show de los muppets babies, cuando miraba en la presentación a René disfrazado de Indiana Jones… y yo era fan de Indiana Jones, hace tanto que vi las películas que no puedo asegurar que lo sigo siendo.
Helado de Pistache = Rana René = Indiana Jones. ¿Tiene sentido?
Empecé a hacer un plan diario de comprar un helado y sentarme en las bancas… y después eso se transformó a no necesariamente comprar el helado. Sólo sentarme en ellas y dejar que la mente vuele. Cuando suelo ir a un parque, me siento incómodo… sin embargo, ésta vez se dio natural. Sentarme y observar. Just like that.
Cuando decidí irme, me encontré a un compañero de la prepa que no veía desde hacía tres años. Mauricio Ituarte. Todavía recuerdo su nombre y no me sorprendería que él no recuerde el mío, obvio, me recordaba como el Árbol.
Ituarte solía hacer un Lectio Divina en clase de religión. Elegía una lectura de la Biblia y la comentábamos en clase. Siempre me cayó bien. Un poco ingenuo y simpático por naturaleza. Inevitablemente fresa. En el hoy, Mauricio Ituarte parece haber cambiado o la verdad, es que él y yo, nunca nos dimos tiempo para forjar una amistad que no fuera la que la colectividad y el último año de prepa, otorgan. So, me sentí un poco incómodo platicándole de las personas que había visto y lo que estaba haciendo en la UNAM.
Precisamente, esos días he estado pensando en el Lectio Divina que hacíamos en clase. ¿Será una señal divina?
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