Julio 27, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
La magia del niño me inundó los poros y la mente, de nuevo pude ver mariposas amarillas en el aire, que buscaban y luego se besaban con cuervos azules y adquirió sentido como nunca antes lo había hecho, veía los escenarios en tonalidades más brillantes y me di cuenta, ya solo faltan seis días, con sus seis noches. Salí a la proa, donde el rostro del sol me sonrió y me señaló hacia el otro lado, donde las nubes todavía eran grises y el mar de Yunén seguía contaminado. Alcé mis manos creyéndome Dios y tomé las nubes grises entre mis manos y las apreté para dispersarlas, abrí la noche con todas sus estrellas y hasta creí escuchar grillos, soy el Inventor.
El delfín saltó y dibujó su silueta a la luz de una luna completa. Esto es la magia y la magia ha cambiado mi entorno. Sin embargo, no ha completado mi destino. Ahora que soy Magia y Ciencia, Espíritu y Materia, debo preguntar a la Anciana. Soy un ser completo.
Caminé a la popa, donde busqué a la anciana y me encontré su mecedora, moviéndose sola, iluminada en azul por la luna. Caminé a la proa donde los rayos del sol le daban vida a mi barco Mojalnir y después, me metí a mi habitación. Siluetas de cuervos y mariposas parecían seguirme, me sentí mareado. Todavía no me acostumbraba. Soy Dios.
Tambaleándome en el pasillo de los Cuartos descubrí que El Cuarto de Juegos había desaparecido, el niño ha cumplido su destino. Seguían escuchándose gritos en el Cuarto de Trofeos: Yasmín todavía no ha terminado de hacer lo que hace con el súcubo. Toqué la puerta y grité el nombre de la ciega, ella no me respondió pero los gritos cesaron.
—¡Ya fue suficiente, Yasmín! ¡Es hora de que me respondas! —grité. ¿Qué me respondiera qué? Estaba confundido, la magia no acababa de adentrarse en mi sistema.
Yasmín entreabrió la puerta un poco, se veía algo de su rostro que estaba manchado en sangre, su ojo blanco de ceguera se veía siniestro y las arrugas, marcaban el espacio donde piel que no era suya, estaba ahí enterrada.
—Todavía no termino, Simón —dijo la adivina seria y cerró la puerta. Los gritos regresaron en cuanto lo hizo, busqué en los bolsillos de mi pantalón y descubrí la tercera llave de Beatriz. ¿Debía usarla? ¿Debía aceptar que todo terminara? No, Beatriz no es el fin de éste viaje… de haber sido así, entonces el Árbol Tsef Thaed no hubiera evitado que me colgara.
Hubiera muerto hace mucho tiempo, si todo fuera por Beatriz.
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Julio 24, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Querido Diario:
Ocho días, con sus ocho noches.
Ya me morí.
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Julio 21, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
Colores. Todo es a colores. Escribiré eso en mi diario si tengo tiempo, debo primero salvar al Árbol Tsef, ¿por qué? ¿por qué él? El niño y la vieja, no hay rastro de ellos, uno debe estar atrapado por el súcubo, si no es que muerto ya, y la otra por el sueño, con el aura azul apartándola de la realidad. No tengo a nadie para ayudarme más que al Árbol Tsef y él ya no puede, está bajo el embrujo de una mariposa negra que debe ser mi culpa, ¡pues claro! Yo soy el receptor de culpas. Si quieren a alguien a quien culpar, contráteneme, no cobro caro… tan sólo les pido el alma.
No estoy hablando con nadie, pero debo asegurarme de escribir esto en el Diario. Así al menos hablaré con alguien y no con mi propia mente.
Caminemos hacia la voz que habló con la voz de Beatriz, necesito saber si ha sucedido algo más. En mi cuarto no hay nadie, mi Diario está descansando en la mesita, el hacha está acostada en la cama, ocupando mi lugar. Espera… una fragancia conocida, una fragancia que me atrae. ¿Podrá ser posible? No, no es cierto. La voz y el olor. Alguien me está jugando sucio, el súcubo quiere volverme loco.
Caminaré hacia los cuartos. El Cuarto del Jardín está cerrado, el súcubo debe estar descansando o debe estar en algún lugar observándome, disfrutando de mi locura y mi paranoia. Dios mío… colores, lo puedo ver en colores: No es su fragancia, no es su voz, también es su presencia. Aquí estuvo ella. Cuando ella caminaba, jalaba la fábrica de la realidad con sus suaves movimientos y transformaba todo… le daba colores, con la maestría de un pintor clásico y con la osadía de un niño que pinta con crayolas. Todo adquiría sentido.
Caminé por donde estuvo ella, pero que digo… si ella ha estado conmigo en todas partes. Se siente diferente, los colores son diferentes, el olor es diferente. Pero debe ser ella, ¿no? ¿No crees, mi querido Diario? Espero no se me olvide escribir esto. Seguimos en el pasillo de los cuartos, no hay nadie, los cuartos están cerrados. Miremos hacia el cuarto de Beatriz… ¿no hay cuarto de Beatriz? ¡Dónde está el Cuarto de Beatriz! ¡Carajo! ¡Aquí estaba la puerta!
Me detengo a mirar la puerta que ya no está, buscándola con mis ojos. Paciencia, todo se resuelve con paciencia. Debe estar ahí la puerta, a menos que el súcubo esté utilizando la magia del niño para volverme loco. Razonemos, la razón siempre da respuestas inmediatas y sensatas. Mi vida que siempre ha sido así, nunca tomo más de dos segundos para decidir cuando tengo dos opciones importantes que seguir. En eso tiene razón el Árbol Tsef (y a su vez, tengo razón yo porque él me lo robó): Lo que pasará, pasará.
No hay puerta, no hay Beatriz. Así de sencillo. Ya no hay Beatriz, la he perdido, sólo debo esperar a que termine el viaje para descansar en una sillita y después recurrir a su imagen. ¡Pero su presencia inunda los pasillos! ¡Ellá debe estar aquí! Es ella, pero no es ella… o no es ella, pero es ella. ¡Tiene qué ser! ¡Todo tiene colores y pareciera como si ella hubiera pasado, derramando un bote de pinturas combinadas sobre todo esto! La realidad, realizándose y des-deformándose. Tiene que ser Beatriz, por eso ya no hay puerta. Ella ha decidido dejarlo y salir aquí conmigo.
El Árbol, debo ayudar al Árbol. No estés aquí mucho tiempo, regresa a escribir en el Diario antes que lo olvides. Unas manos en mi pecho, las miro, me quito el cigarrillo de los labios y observo las manos vivas. Manos blancas, pequeñas y suaves que me tocan el pecho. Tiemblo, reconozco las manos. Un rostro se recarga en mi espalda, unos pechos suaves se pegan contra mí. Abro los ojos. Colores, muchos colores.
Está amaneciendo, lo siento en mi pecho. Sólo queda un día para el Árbol. Otros once días con sus once noches. Escucho la respiración contra la tela de mi camisa, el calor de su rostro. Tengo miedo de voltear, pero ella parece no tener prisa. Me estoy derritiendo, ahora entiendo porque no hay puerta, ella ha venido a rescatarme… ella ha venido a quererme, a amarme. Finalmente, no habrá necesidad de más sufrimiento. Está ella aquí conmigo y tengo miedo de mirar sus ojos brillando con vida.
No tiene prisa. El tiempo pasa. No puedo mirar más y todos los pensamientos que tuve, se me deslizan inutilmente. No habrá necesidad de escribir en el diario ya. Un cigarro se consume, dos cigarros, tres… hasta llegar al séptimo, el número de la perfección. Tiene que ser ella. Volteo y miro sus ojos, su rostro me golpea violentamente y en vez de derretirme, imploto. Me duele el corazón y las entrañas. Ella está viva y me está sonriendo. Viva y sonriendo, una sonrisa amplia. No puede ser ella, pero es ella. Le tomo sus manos, aunque blancas como el marmol, son cálidas y puedo sentir la sangre circulando en ellas. Viva.
Vestido azul veraniego que se ajusta maravillosamente al cuerpo, sólo faltaría el viento, un jardín y un café donde pudieramos sentar a mirarnos, y declararnos de nuevo. Decido declarármele con un beso, estoy arreglando el pasado en el presente, un sacrilegio. No me importa, ella esta aquí, ella está viva y está conmigo. El sacrilegio no se cobra con lenguas de fuego, esto es perfecto. Mis labios con los suyos, está respirando, está latiendo. ¡Es ella!
Caminando en los contornos de su cuerpo, me estoy perdiendo. Mis manos recorren caminos que fueron pocos explorados. El tiempo no nos dio tiempo y ésta vez, no permitiré que se me vaya. Sus ojos profundos y negros me están tragando en el vacío infinito. Hermosa frase cursi que acabo de pensar, pero no la escribiré en el diario. Sólo quiero sentirla y ella está de acuerdo. Nos enredamos en el pasillo de los cuartos y permitimos que el cuerpo haga lo que deba hacer para de nuevo, ser uno. Espíritu y Materia, Magia y Ciencia.
Susurro su nombre: Beatriz, Beatriz. Y ella no responde, no habla. Jadea y suspira… escucho mi nombre. Le repito el suyo y ella se vuelve más agresiva. Es ella y no es ella. Beatriz, le digo, Beatriz, una y otra vez. No me permite tocarla. ¿No es esto lo que querías? Está cayendo la noche y seguimos forcejeando, me está robando el alma entera. Finalmente, ella está viva y yo estoy con ella. Entrelazando el cuerpo, nos mordemos y nos chupamos, marcamos los dientes y las uñas. No estamos bailando tango, Beatriz. Ella empuja su cuerpo enojada contra el mío y también grita mi nombre. Se me está yendo el alma.
Por un momento me la imaginé con un niño en brazos, el niño se me hace conocido. Pero ahora no importa… es Beatriz de nuevo. Tan sólo fue mi paranoia. La ropa se ha perdido y mi vejez desnuda contra la juventud de ella. El deseo me consume y el amor me está matando. Entre tropezones y empujones, acabamos en el Cuarto de Trofeos, haciendo todavía de las nuestras. No habrá final para descubrir todo su cuerpo.
Se hace de noche y pronto, de madrugada. Como lombrices Beatriz y yo, nos entrelazamos. Tan sólo restan diez días y diez noches. ¿Árbol?
¡TSEF THAED!, escucho, alguien ha gritado Tsef Thaed. ¿Qué es Thaed? No importa, cállate barco. Estoy con Beatriz, ¿verdad qué me extrañaste Beatriz? Ella me sonríe maliciosamente: “Me llamo Ludiah”, responde. Me desafía, ¿qué quiere decir Ludiah? Le acaricio los pechos, le muerdo el cuello. “No, te llamas Beatriz. Jamás tendrás otro nombre”. Ella se enfurece y nos amamos con más fuerza, sus ojos iracundos, como nunca antes los había visto. Sus labios carmín, brillando con fortaleza interna, sexual reprimido.
Se hace un silencio intenso, ¿por qué? Antes escuchaba el viento, cuando había un árbol… el árbol… algo que debía hacer, pero ya no importa. El tiempo se siente, y puede que me pierda para siempre aquí, pero ya no importa. El tiempo se desliza, diez días con sus diez noches. ¿El Árbol? ¿Quién es el Árbol? Nadie, me dice Beatriz, me besa y continuamos jugando. Creo en ella, siempre he creído en ella. El alma se me está perdiendo entera. No he de olvidarla, esta vez he de perderme en el infierno para recuperarla como la tengo ahora.
Pero ya no importa.
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Julio 16, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
El último súcubo llegó durante la media noche de Yasmín a las dieciseis noches y evitó a toda costa el medio día del Árbol Tsef, a los dieciseis días. Éste súcubo, había aprendido de sus hermanas: Galloria lo había intentado por medio del cuerpo ofrecido, Mama Esirasaft lo había intentado con el cuerpo negado, la más estúpida había sido Zalic Luia que intentó ganárselo desde el mismo infierno, con la promesa de las vírgenes y escondiendo el reflejo en el espejo. No, ninguna de ellas supo como, pero Ludiah Sartdac era muy lista y la única forma de verdaderamente ganar a Simón, era utilizándolo a él mismo. Sólo pervirtiendo completamente el barco donde viajaba.
Yasmín alzó su cara y olió el viento, supo de la presencia del súcubo.
—Vete de aquí —dijo la Anciana Ciega—. Eres la más maldita de todas. Si no quieres que te arroje yo misma del barco, lárgate ya.
—Madre Lilith…
—Madre Lilith mis ovarios. Soy Yasmín Molina de Jesús, háblame con respeto jovencita. Lárgate ahora.
El súcubo sonrió y acercó su mano a la frente de Yasmín. La ciega lo sintió de inmediato y le detuvo la mano, sin tentarse el corazón, la dobló enteramente, quebrando los huesos de Ludiah Sartdac.
Ludiah Sartdac sonrió y se mordió los labios hasta que le sangraron. Aprovechando la agresividad de Yasmín, puso la palma de la mano restante en la frente de Yasmín, quien abrió los ojos intensamente… el azul que los cubría salió en forma de aura. El aura dibujaba la silueta de una mujer desnuda quien se sentó en las piernas de Yasmín y se acurrucó en ella, haciéndola dormir profundamente.
—Gracias por atender a mis súplicas, Madre Lilith.
Se escuchó un ruido seco… era Ludiah, reacomodando sus huesos.
—Has aprendido bien, Árbol Tsef —dijo Simón—. Creo que no tengo nada más que enseñarte.
—Lo dices porque no quieres enseñarme nada más. ¿Cuánto tardaste con sensei Gorostiza?
Simón se acomodó la boina y el chaleco, se acostó para recargar su cabeza en las raíces del Árbol y no respondió. Miró hacia arriba, donde las luces del sol jugaban a entrar entre las hojas verdes y secas que había en el Árbol.
—¿Sientes eso? —preguntó el Árbol Tsef.
—No.
—¿El niño? ¿dónde está el niño?
Simón se acomodó la boina encima de la cara, no le importaba saber nada más.
—Debe estar jugando a las mariposas en el Cuarto del Jardín —se animó a responder Simón.
—Creo que tienes razón —dijo el Árbol. Los dos callaron y miraron el horizonte.
El niño mago corrió rápidamente en el pasillo, huyendo de la presencia oscura que le perseguía. Se metió rápidamente al Cuarto del Jardín, donde había un sol falso y nubes que más bien parecían pintadas. No había sonido del viento, puesto el Árbol había abandonado esa habitación hacía tiempo, desde que se escondió ahí de polizonte. Se alejó de la puerta y suspiró, no le quedaba más que esperar y tratar de enfrentarle el solo. Se quedó mirando la puerta, que parecía instalada en medio de un jardín sin ningún propósito.
La puerta se abrió y una mujer de piel gris azulada, de cabello plateado y que llegaba a media espalda y un vestido negro que le cubría del cuello a los tobillos, entró sonriendo.
—No vengo a lastimarte. A menos que eso quieras… también los niños tienen esos pensamientos, ¿no es cierto?
El niño mago pasó una mano por su cabello.
—Te sería imposible, súcubo. Cuando nací me pusieron una moneda de plata en la frente.
—Increíble, entonces tendré que hacer lo que tú quieras, ya que no puedo tocarte hasta que me des permiso.
—Lárgate. Conmigo no tienes oportunidad.
El súcubo sonrió y se acercó caminando, su rostro se veía tranquilo y amoroso. El niño dio pasos atrás por cada paso que avanzó Ludiah Sartdac.
Bobby Mindar ladró. Nadie le hizo caso. Buscó con la mirada la pistola de McGonnagal. Se apresuró, alzó su cabeza y la tomó en el hocico junto con las tres semillas del Árbol, aunque éste le ardía por el poder mágico del arma. Buscó el Libro de Mamá Esirasaft, dejó la pistola a un lado y abrió la cubierta de cuero. Con los dientes hizo un agujero donde podría guardar la pistola y la metió ahí. Una de las semillas se deshizo en su hocio, una quedó entera y pudo salvar un pequeño pedazo de la número tres. Acomodó la media semilla y la semilla en el mismo agujero de la pistola y después cerró el libro.
Siguió ladrando, pero nadie le hizo caso.
Y después sonrió, en la única forma que sonríen los rottweilers.
—Simón, el niño. Algo está pasando. Él y Yasmín están silenciosos. ¿Podrías revisar?
Simón prendió un cigarrillo y gritó—. ¡Yasmín! ¿Has robado el alma de un hombre llamado Rafael Arlequín? ¡Era un payaso que lloraba por dentro y le gustaba hacer reír a la gente para no morir de tristeza!
La voz de Yasmín respondió—. ¡Calla cabrón! ¡No blasfemes! ¡Bien sabes que a él nunca pude robarle el alma!
Simón sonrió.
—¿Lo ves? Yasmín está descansando del niño y seguramente lo mandó al Cuarto del Jardín.
El Árbol Tsef asintió lentamente y trató de no preocuparse.
El niño dibujó mariposas en el aire, mariposas violentas que volaron furiosas contra el súcubo gris. Ella se sorprendió en un principio, sin decidirse qué hacer en contra de un remolino amarillo con el número tremendo de mariposas. Se sintió débil y se arrodilló, sintiéndose confundida por el aroma que las mariposas llevaban consigo y el cielo irreal y falso de aquel Cuarto del Jardín.
—No sigue siendo mas que Magia —se dijo Ludiah Sartdac, metió una mano en el muro de mariposas amarillas que se había formado a su alrededor y sacó tres entre los dedos. Las frotó cariñosamente y éstas oscurecieron, se las puso en el cabello, como adornos. Después, alzó su cara al cielo y gritó, destruyendo y dispersando a todas las mariposas restantes.
Ludiah Sartdac dirigió su mirada al frente, donde estaba el niño mirando sin esperanzas a las mariposas amarillas caer, como pétalos de cerezo.
—Me has dado lo que necesito. Ya no tengo necesidad de tí —dijo Ludiah Sartdac.
El niño la perdió de vista y no supo del súcubo hasta que sintió unas uñas oscuras rasgarle el corazón y dejarlo sin sentido. La vista se le nubló, se miró el pecho que estaba sangrando.
—Aquí te quedarás… mi querido. Me costarás un día, pero valdrá la pena.
Al niño mago le temblaron las rodillas y después cayó, con los ojos abiertos y vacíos. El súcubo se arrodilló y puso su cabeza en sus piernas, le acarició el cabello y le cantó una canción de cuna.
Día 77.
Querido Diario:
He ido con Yasmín y la he encontrado dormida. Un aura azul le protege mientras tanto. Nunca te recomiendo lidiar con adivinas, siempre tienen magia rara bajo la manga.
Ante la insistencia del Árbol Tsef, busqué al niño. Al entrar al pasillo, los ladridos del rottweiler se escuchaban fuertemente. Me apresuré a entrar al Cuarto de Trofeos y lo encontré con los ojos abiertos y jadeando espantado. Aún así, su boca parecía como en una sonrisa. Noté preocupado que la pistola de McGonnagal no se encontraba en su lugar. Hay alguien aquí en el barco que todavía no desea mostrarse.
Después me dirigí a los otros cuartos.
Cuando me acerqué al de Beatriz, las máquinas rugieron de una manera potente y escandalosa, con la voz de ella resquebrajando la madera de Mojalnir. No hay duda, es un súcubo escondido. Le grité a Beatriz que se calmara, que me encargaría de ello. Ella no me tuvo fé, siguió gritando la misma pregunta una tras otra vez. Traté de ignorarle, no estoy dispuesto a gastar mi última llave en un regaño.
Me metí al Cuarto de Juegos y éste se encontraba solitario, igual que el Cuarto de Fest.
El Cuarto de los Espejos sigue cerrado con llave.
Fui al Cuarto del Jardín y al abrir la puerta, encontré pétalos amarillos cubriendo el suelo. Un jardín muy a la manera del Árbol Tsef, pintado como un cuadro de Monet. Al acercar mi mirada a los petalos, descubrí que eran las alas arrancadas de mariposas, ¿pero qué demonios pasó? ¿el niño habrá decidido irse? No, no lo creo. El niño trató de enfrentársele al súcubo, eso fue lo que sucedió… el niño no podía estar muerto, pero sí en poder del súcubo. Deberé tener cuidado con lo que vea de ahora en adelante, podría ser la Magia del niño utilizada en mi contra.
Evité el Cuarto del Laberinto, y cuando pasé por la puerta de los Trofeos, escuché al rottweiler que seguía ladrando. Salí a mi habitación y después a la proa, donde me encontré con el Árbol.
—El súcubo tiene al niño —dije yo.
—¿Súcubo? Entonces si fue lo que sentí.
—No duermas sólo esta noche, ven a la habitación. Tendremos que tener cuidado.
El Árbol accedió. Hemos decidido no dormir esta noche.
Y pronto salió el día…
Faltan quince días, con sus quince noches.
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Julio 14, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Querido Diario:
El día de antier fue maravilloso. Vi a Beatriz y me sentí joven de nuevo, platicamos lo que pareció una eternidad y me enseñó a bailar tango. Soy malo con el cuerpo, no te lo voy a negar, aunque sensei Gorostiza procuró que siempre tuviera un balance y un equilibrio a la hora de pelear, aún tengo dos pies izquierdos cuando se refiere al baile.
Me preocupa, solo resta una llave. La que está perdida en el Laberinto es mejor darla por perdida, no creo poder recuperarla. Es fácil intuirlo, mi querido Diario, y te diré por qué: Las semillas que recuperé, sólo fueron tres… y eso es porque los muros del Laberinto se mueven constantemente, las semillas restantes seguro fueron aplastadas por los muros de niebla cuando estos se reorganizaron. Lo mismo pudo suceder con la llave que perdí ahí, no debe ser más que metal aplanado.
Debo ser cuidadoso con la llave que todavía queda. Una vez más para ver a Beatriz. Una solamente.
Ver a Beatriz me ha hecho evaluar el viaje, en éste mar oscuro de Yunén. El viaje en éste barco Mojalnir. ¿Por qué lo hago? Ya, ya… mi querido Diario, sé que tienes dos respuestas muy sencillas: Quiero morir o quiero ser inmortal. Así lo vi los primeros días de mi viaje y así me lo hizo ver cuando se subió la anciana ciega como una carga. Quiero morir para alcanzar a Beatriz o quiero ser inmortal para nunca olvidarla. Nadie sabe qué pasa después de muerto y sólo siendo inmortal, podría conservar su memoria eternamente. Éste viaje, éste viaje ha funcionado en torno a Beatriz… ¿pero por qué me dio tres llaves? ¿Sólo tres?
Es de pensarse, mi querido Diario. Quiere decir que Beatriz es un recurso secundario, ¿no? Tres veces en éste viaje. Aunque mi vida ha girado en torno a ella, no necesariamente éste viaje tiene que hacerlo. ¿En torno a quién gira el viaje? ¿Quién fue el momento impulsor, qué me hizo abandonar mi tierra para someterme a esta dura prueba? ¿Es mi muerte o mi inmortalidad lo que de veras me importa? No, no lo es. Todo fué porque Fest conoció a su unicornio negro, el amor que nació y no fue satisfecho. Entonces él se encerró y a mi me dejó libre.
Eso lo explicaría todo.
Lo que Fest no sabe, es que yo tengo vida propia y yo puedo decidir en cualquier momento detener o seguir, avanzar o saltar. A grandes zancos saltaré hacia el pasillo de la muerte o bien, podría cumplir yo mi inmortalidad. Beatriz no quiere ser olvidada, y francamente, yo no quiero dejar de existir. Me extrañaría demasiado… aunque he dicho en días anteriores que si dejo de existir será por un evento de caos, finalmente yo tengo la decisión sobre mi propia existencia, al menos, en lo que resta del viaje. Yo decidiré cuando morir y así romperemos el viaje.
El problema es que se ha complicado. Ya no sólo se trata de mí. También está aquí el Árbol Tsef, La Anciana Ciega y el Niño Mago (mi pasado que quiere ser como yo, para evitar que Beatriz suceda). ¿Qué hacen aquí? Eso cambia dramáticamente la función del viaje, así ya no sería en función de Fest, ni en función de mí, ni en función de Beatriz y menos, en función del unicornio negro (que aunque fue el detonador, no es el desarrollo). ¿Por qué estoy viajando? ¿Qué es lo que tengo que descubrir? ¿Habrá algo más importante detrás de todo esto?
Tal vez no, Diario. Tú no tienes las respuestas y tampoco me ayudas mucho, solo me preparas más preguntas. Es muy probable que el único propósito de éste viaje es que me marchite algún día, pensando todavía en cuestiones inútiles y existenciales, cuando bien debería vivir lo poco que resta de mi vida en alguna banca, mirando las faldas de las colegialas y sonriendo mientras me tomo café del Jarocho.
Extraño sus piernas.
En fin, hablé con el niño mago el día de ayer, se veía menos animado que de costumbre. Estaba tirado en la proa, recargado en el Árbol Tsef y mirando el cielo. Le pregunté qué hacía.
—Estoy imitándote Simón.
—Déjalo ser, el pasado ya está hecho y aún convirtiéndote en mí, lo único que harías es deformar los bonitos recuerdos que poseo, no cambiar los eventos.
—Déjame amargarme en paz —dijo el niño.
—Cómo quieras… matemos la Magia, niño, vamos… ¡Tú puedes! Te echaré porras desde aquí.
Hice gestos de peleador entrenando y el niño me miró entrecerrando los ojos, se dio la vuelta para evitarme.
—¡Uno, dos! ¡Uno, dos! ¡Matemos a las mariposas y demos nacimiento a los cuervos! Vamos Niño, vamos. ¡Tú puedes! ¡Uno, dos! ¿Para qué quiero bonitos recuerdos de todas formas, ah? ¡No los necesitamos!
El niño me volteó a ver, se limpió unas lágrimas con el puño, se levantó y se fue corriendo a la popa. Le seguí con la vista.
Iba a seguirle cuando el Árbol Tsef puso una rama en mis hombros y me detuvo.
—Ya fue suficiente, Simón. No seas cruel.
—Él es peor.
El Árbol Tsef sonrió.
—Él es un niño, los niños son crueles con su sabia inocencia. Los niños nos golpean con los detalles más insignificantes.
Saqué un cigarrillo y lo prendí, miré al Árbol Tsef.
—¿Cómo vas con tu nombre?
En la corteza, había cinco letras que cambiaban constantemente de lugar, no había notado el hecho hasta el día de ayer. Las letras eran: A H T D E. Aunque el Árbol no las cambiaba frecuentemente de lugar, lo hacía lentamente y por lo general, no formaban nada. Después miré sus hojas de nuevo, había algunas cafés y algunas de ellas, ya estaban secas.
—Voy bien, Simón.
—No lo estás buscando, eso es lo que pasa. Por eso te estás marchitando.
El Árbol se rió (¿Alguna vez has escuchado reír a un Árbol? Es lo más bello que he escuchado), cerró sus ojos y como aquella vez, volvió a explotar sus ramas con nuevas hojas. Se apretó la boca de dolor.
—Eres muy listo, pero no te sabes la historia completa y no es hora de contártela. ¿Quieres una manzana?
—No, gracias.
—Simón, enséñame a pelear.
Me le quedé mirando al Árbol, lo miré desde la raíz hasta la rama más alta, le eché el humo de mi cigarrillo en su corteza.
—No creo que pueda, de veras —le dije.
—¡Anda! Creo que me haría bien y me mantendría ocupado.
Suspiré y ante la insistencia, cedí. Le dije que mañana empezaríamos.
El niño regresó, muy entrada la noche a mi habitación. Entró en silencio y me abrazó.
—Quiero que recuerdes, que Beatriz te quiere mucho y también, quiero que sepas… que ella ya está muerta, Simón.
Luego se fue y me dejó una mariposa revoloteando en mi habitación.
Diecinueve días, con sus diecinueve noches.
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Julio 11, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Simón salió del Cuarto de Fest y se dirigió al Cuarto de Trofeos, en él, depositó el reflejo en el espejo del súcubo Zalic Luia y también sacó de sus bolsillos las tres semillas que pudo recuperar del Cuarto del Laberinto. Se acercó al mueble donde estaban las llaves y la pistola de McGonnagal, y sin perderse en decisiones, sacó una de las llaves del llavero y la mantuvo firme en sus manos. Esta vez, no se perdería.
Salió del Cuarto de Trofeos y se dirigió a la puerta del Cuarto de Máquinas. Cerró los ojos y la mano que sostenía la llave se sabía el camino de memoria para entrar a la cerradura.
CLICK.
La puerta se abrió, Simón Dor empujó la puerta y entró. No había marcha atrás, en el amanecer número veintiuno.
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Julio 10, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Querido Diario:
¿Has seguido el número? Restan veintidós días con sus veintidós noches. Es hora de hacer un rito, no volveré a cometer la misma estupidez de desperdiciar una llave, esta vez, he de esperar serenamente en el Cuarto de Fest el día número veintiuno. No pensaré en tequila, no pensaré en cigarros, no pensaré en el árbol, en el niño, en el delfín, en la vieja, en el cielo o el infierno.
Limpiaré mi cuerpo antes de verla. Sólo tengo tres oportunidades (en realidad, dos, si no consigo recuperar esa llave que he perdido en el maldito Laberinto). Es terrible cuando sientes la noción del desperdicio… cuando tienes contado el número de veces que puedes alcanzar la dicha extrema de ver a alguien que has perdido, de poder platicar con ella, de quererle. Es terrible, nunca debí hacer el viaje. Cuando estaba en casa, tan sólo pensarla me permitía imaginarme su figura y platicar con ella. Un auto-engaño dulce y venenoso, que me consumía como un cáncer.
El fantasma de Beatriz también ha guardado silencio o eso quiero yo creer: Que también se está preparando para verme. ¿Qué sucederá cuando me mire? ¿Estallarán fuegos artificiales en el cielo? ¿Se abrirán las puertas de Dante? ¿Irrumpirán mariposas amarillas y haremos el amor, como si los dos fueramos aire? Es la primera vez que la voy a ver, desde aquel incidente en el Cuarto de Máquinas.
Aunque he escuchado su voz, o me la he imaginado. Su voz que se lanza como una cuerda que se decide a perderme. Me pregunto, por qué cuando estaba en el Infierno el día de ayer, soñando, no vino a rescatarme. ¿Será porque sabe que no necesito de nadie, más que de mi mismo, para negarme los infiernos o los cielos? Para adentrarme en el eterno desarrollo. Mi magia corrupta.
Pobre Árbol, he ido a verle después del Juego del Infierno, estaba tranquilo y sonriente, aunque todavía un poco nervioso, se nota que no apuesta su alma todos los días. Me ofreció de las frutas sanas (manzanas, peras), no de las frutas azules que parecen berenjena y contienen tequila. Platicamos un poco y no dijimos nada. Noté que algunas de sus hojas estaban un poco cafés. Le pregunté que si se estaba marchitando. El Árbol enarcó la ceja, miró las hojas cafés y luego cerró sus ojos. En un santiamén estaba lleno de nuevas hojas verdes. Le dí una palmada en el tronco y le pregunté como iba con la búsqueda del restante de su nombre.
Bien, me dijo. Quitó la sonrisa y se puso serio. Sonrió de nuevo y me dijo que le daba gusto que iría a ver a Beatriz. Yo me despedí de él, no quería preguntarle más.
El niño mago me miró caminar, estaba muy serio también. No le quise preguntar porque entendía bien la mirada: “Irás a ver a Beatriz, y seguro lo arruinarás. Más te vale recordar la magia que te ofrezco, grandísimo hijo de puta”. El último hijo de puta, lo puse como una libertad literaria. No creo que el niño lo utilice tan elegantemente como yo.
Por último, me restaba la vieja Yasmín. Estaba murmurando y meciéndose en su silla. Le acompañé en silencio y le escuché contar las almas.
Yasmín: El alma de Gerardo Tierra, que tendría que comer tierra una vez al día para conservar su inmortalidad. Y la de aquella mujer, Jimena Montes, que debería correr por los montes durante toda su vida, con un niño sangrando en sus brazos por la Tifus. Así también, el bebé Gonzalito, conservaría su inmortalidad por siempre, sangrando en los brazos de su madre.
Cuando me proponía a dejar a Yasmín, ella guardó silencio y me dijo—: No seas pendejo.
El mejor consejo que escucharán de ella. El mejor consejo, jamás.
Finalmente, me metí al Cuarto de Fest y aquí he estado escribiéndote mi querido Diario. Así me despejo y dejo que suceda el tiempo, gota tras gota, antes de que llegue el día número veintiuno. Puedo sentir el tiempo corriendo a través de la sangre en mis venas.
El monolito donde se graban los mensajes en piedra que Fest me manda, ha estado balbuceando. Se vislumbran letras sin sentido y una que otra oración: “Puede que sea ella”. “No tengo motivos”. “T-aed”. “Hun”. “Alicia en el país de las maravillas”. “Síguelo”.
“Brincando la sanja, la sanja, la sanja”. “Montón”. “Eipor”.
Me he quedado mirando el monolito. En un trance, descubro que Fest y yo, a veces pensamos lo mismo. Aunque el sea un joven, y yo un viejo…
“Somos la misma persona”. “Esperamos lo mismo”. “¿Se habrá arreglado?”. “Yo puedo mirarla todavía”. “Estás encerrado en un viaje”.
En eso, él tiene razón. Fest puede pensar en su Cecilia cuando quiera, puede perderse en el rumbo, puede perderse todo lo que sucede. ¿Y yo? Yo me he quedado con tres llaves y no se que haré cuando sólo me quede la última. La noción del desperdicio.
“Deja de pensar”. “Mírala ya”. “La respuesta esta en el reloj”. “-haed”. “La sanja”. “¡Las tres! ¡Las tres! ¡Ya son más de las tres!”.
Tengo que vivirlo todo intensamente hasta que lleguen los momentos. Tengo que cargar con el pasado de seres a los cuáles no les he pedido que me acompañen, pero están aquí. Sin embargo están aquí. ¿Por qué? ¿Por qué van a dónde yo voy? ¿Y qué harán cuando también tengan que preguntarse, dónde estás Simón?
“Es hora”.
Lo siento en mi cuerpo y éste mar gris de Yunén cubre un amanecer, el amanecer del día número veintiuno.
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