IV

No hemos tenido proyectos esta semana. Más bien, hemos tenido pocos. No he visto a Ayer en estos días, ni en la escuela, ni me lo he encontrado misteriosamente cerca de dónde vivo. Tampoco lo he vuelto a ver en algún sueño. Es como si él estuviera esperando o bien, como si yo le huyera. O viceversa. No entiendo nada de lo que está sucediendo, pero me esta gustando el misterio. Seré paciente y esperaré, rara vez me doy el lujo de dejarme vencer por mis impulsos.

Ayer, al llegar a casa, escuché un rato a la vieja platicar con su hija Natalia (la primera muerta). Estefanía (la segunda) no fue nombrada en esta ocasión. Ella misma le dijo al sillón rojo manchado de mugre—: Creo que te he estado prestando poca atención Natalia, de haber sabido antes, jamás te hubieras metido con ese drogadicto, pero para eso es el presente, ¿verdad, mi niña? Si ahora estas conmigo aquí puedo cuidarte y protegerte.

La vieja miraba al canto de la puerta, donde yo estaba recargado, pero como si yo fuese aire. Ayer no existía. Uno debe preguntarse como una vieja “loca” como ella me cobra la renta del cuarto: sencillo, su hijo Ulises viene cada quince días a cobrarme las michas. Es un hombre de cuarenta años, paciente, muy amable. En mi ha visto un muchacho noble, honesto y trabajador. Por eso me deja solo. Sabe que en cierta forma le hago compañía y le cuido a la madre.

La señora de las hijas muertas, a veces recuerda mi presencia y a veces no. No está loca, no señor, ella esta más cuerda que todos nosotros juntos. Siento que actua y que algo está escondiendo, detrás de todas esas pláticas con sus hijas muertas. Probablemente estas ni existan, jamás le he visto ninguna fotografía de ellas, aunque bien… tampoco he visto ninguna de Ulises. Él debe ser el mejor de sus hijos, o digo eso porque me permite tener a mi amiga en la casa, siempre y cuando sea callado, discreto…

Mi amiga se llama Geraldine, ella lo pronuncia Yeraldin, yo le llamo Geraldina o Geralda. Cuando le cambio el nombre, se sonroja un poco y se queja debilmente. Es mucho menor que yo, como unos seis o cinco años. Nunca me he molestado en pedirle la edad pero según las leyes, ella ya tiene decisión para acostarse conmigo. Es un juego tierno el de nosotros, empieza lento y suave. Es como convencer a una virgen, empezando con los muslos o acariciándole el vientre. Es pervertir al angel. Hablándole bajito al oído y advertirle que no tenemos que hacer mucho ruido… porque abajo, esta la vieja hablando al sillón rojo y manchado de mugre, o al sillón purpura muerto por algún gato. No querríamos que ningún gemido nos interrumpiera, le digo jugando y ella los contiene deliciosamente. Me los entrega a medias o a cuartos, mordiendo la sábana o mi hombro.

Cuando terminamos una vez, Geraldine me dijo que se sentía incómoda porque sentía la presencia de las muertas. A mi no me importó, continué el juego de convencer a la niña siempre virgen. Le convencí de que dejara de rezarle a los santos y que sintiera un poco de calor conmigo. Me olvidé de hermanos muertos, de trabajos difíciles y de ayeres…

III

No lo tuve que buscar. Él me encontró.

Los fines de semana son lentos. Son tranquilos para una persona como yo. En ellos me dedico a leer los textos que me dejan en la Universidad. A veces paso por la oficina para empezar algún trabajo, comentar algo o navegar en Internet. La oficina es como mi base de operaciones, mi sede computarizada. Los sábados en la noche, por mi carencia de amigos (curioso… me viene a la mente la imagen de mi hermano Agustín, quien era muy sociable), salgo al supermercado y hago las compras. Alguna vez leí uno de esos estudios ridículos, donde dicen que es en las noches cuando la mayoría de los adultos jóvenes (hombres) hacen sus compras. Supongo que es por el trabajo, porque el día lo ocupamos para las obligaciones más extenuantes o bien, porque a los hombres nos avergüenza que nos vean comprando y metiendo cosas en un carrito, sin ninguna pareja que nos acompañe o que elija la fruta por nosotros. A mi, mi madre me enseñó a escoger los aguacates y con eso me basta.

Hace cuatro o cinco años de esta rutina en los fines de semana.

Hoy fui a la Universidad. Mis clases son diurnas-nocturnas, con enormes separadores de tiempo libre. Hoy, por ejemplo, tengo un descanso de tres horas entre clase y clase. Descanso que ocupo para ir a la biblioteca, pasear entre facultades, buscar algo que comer o nada más sentarme en algún lugar y ver como la gente pasa, en fast forward o en slow rewind. Los miro y les envidio los cinco o siete años menos que tienen. No es nada fácil crecer, no es nada fácil ser adulto. Eso quisiera decirles con una sonrisa burlona. Y la dificultad crece exponencialmente con cada año. De ello deberían hacer algún estudio, me sacaría una enorme carcajada.

En eso estaban mis pensamientos cuando el hombre del cabello castaño claro, casi rapado, se acercó a la banca donde estaba sentado y esperando que el tiempo pasara segundo por segundo. Tres horas así pueden ser muy largas, pero soy muy paciente y sucesos extraños como ese me pueden animar el día.

—Mi nombre es Ayer, ¿cómo te llamas tú? —Me preguntó, un tanto extrañado. Le noté una cicatriz en la ceja que se le marcaba cuando fruncía el ceño. Saqué mi cajetilla de cigarros y le ofrecí uno. Él lo negó, señalando su garganta. Yo también estaba nervioso.

—Ayer es un nombre un tanto extraño —sonreí—, pretendamos que me llamo Hoy.

—Estoy aquí esperando a mi novia —dijo Ayer—, en verdad no pensaba encontrarte. Es más, nunca esperé encontrarte.

—¿De plano? —pregunté, como si tuviera idea de lo que estaba pasando. Traté de recordar el sueño, pero nada me venía a la memoria.

—Si. Ansina es —dijo. Raro—. En fin, parece que ella no vendrá… mucho gusto en conocerte Hoy. Más tarde te diré que tienes que hacer.

Asentí, lentamente, medio burlón. Qué magnífico día. Lo miré irse y perderse entre el cúmulo de imágenes, borrones de colores, que son las personas. Un sabor extraño recorría mi paladar y aunque mi cerebro seguía preguntando qué había sucedido, decidí esperar. Después de todo, era lo más interesante que me estaba sucediendo en mucho tiempo.

Ayer que yo nací…

Ayer que yo nací, había un cielo más sencillo y un aire más líquido. Nací sonriendo, recuerdo bien, y viendo las calles tapizarse de inocencia como los europeos imaginaban America tapizada de oro. Las nubes eran rosas y los hombres no se afeminaban por ello. Las mujeres más hermosas, aunque le faltaran dos cabellos.

Ayer que yo nací. la canción predilecta era de cuna. El ruido de los pavorreales y las gallinas, coqueteaban con los zorros pianistas. El loco del futuro se tomó su coca cola, los indígenas le vieron indignados con su chocolate de olla.

Ayer que yo nací. Los prometidos se amaban con solo una promesa, las viudas de estricta espesura, los caballeros de interesante escritura. Aventurero era imaginarse, con promiscuidad y gran ternura, los paises que solo se cantaban escritos. La vida era una aventura.

Odiosamente cursi era la vida, ayer que yo nací.