Septiembre 17, 2007 — Asceta, La Ciudad, Mi abuela, Vida diaria.
Escrito por Agustin Fest.
Que levantarse en las mañanas y disfrutar como el sol aviva los colores. Hay belleza en los verdes muy verdes, y en la piedra erosionada demasiado café. Me regalaron un DVD de 300, un dulce de tamarindo y un pequeño caracol. Detallitos. No he comprado cigarrillos el día de hoy, he abusado de mi compañero de abajo. “Y ahí viene el chile que te mantiene y en la cama te entretiene”, según Panteón Rococó y un viejo albur. En la mañana, mis manos olían peculiarmente. No puedo decirles abiertamente a qué, pero el olor era agradable. Me subí al metro hoy, y lo disfruté, claro que lo disfruté, porque llevaba mis audífonos y deseaba escuchar mi música. Miré a la gente, y una muchacha indígena llevaba a su niño en un rebozo. Una universitaria, que había subido al metro un tanto hastiada, volteaba a sonreír y saludar al niño de vez en cuando. Sonreía sin pena enseñando los frenos de metal.
Recuerdo a mi abuela, que cuando iba a vender de puerta en puerta, me colgaba a sus espaldas en uno. Raros nos veíamos. Piel blanca jugando con rasgos y costumbres estereotípicas de los indígenas. ¿Estoy llamando a la discriminación con este pensamiento? ¿O dese romper con los esquemas? Cada quien lo tomará como guste. Abuela y niño de piel blanca, vendiendo de puerta en puerta, el niño protegido por el rebozo de múltiples colores y una mujer astuta que lo llevaba a sus espaldas.
Hoy, se supone, es mi primer día de gimnasio. Ya me estoy oliendo que una de dos: o me van a doler las piernas por tratar de hacer ejercicio, o me van a doler las nalgas por estar sentado frente a la computadora. Hey, chico tramposo, se supone deberías ir al gimnasio contento. Sonriente y feliz, porque por fín, inicias una vida saludable y estas dispuesto a bajar esos kilillos de más. Te vas a convertir en un adonis cabrón, ¡un adonis! Vas a tener músculo sobre músculo, pero nomás marcadito, sin exagerar. Más como Bruce Willis, que como Arnold Schwarzzenegger. Eso se llama automotivación, y como la autoayuda, es un superficial aliento espiritual. Dura lo que dura. Diez minutos, quince, media hora, pero eventualmente termina, explota, chiquito así. Como brilla hoy el sol del sur.
Casi, casi, me llevo una mochila olvidada. La miré tan abandonada en el autobús y pensé todos los secretos que podría contener, mientras mis dedos se alargaban. Apuntes, un lunch, droga, los calzones de una doncella alegre, documentos legales muy importantes, un millón de dólares. Ahhh, que cómo me hace falta un millón de dólares. Pero no hice nada. Ahí dejé la mochila. Ya era mucho con los veinte pesos que me había encontrado el viernes, en un taxi. ¿Qué tal si me pasaba como Pulp Fiction, y la mochila contenía problemas, un alma, mucho oro, los diamantes de Perros de Reserva? ¿Qué tal, si el hombre había olvidado la mochila ahí a propósito? ¿Y si este hombre era el diablo, cómo podría ganar la apuesta, llevarme la mochila y mi alma, dando lo menos posible a cambio? Aparté mi mano temblorosa, suspiré, me puse un cigarrillo en los labios y le avisé al conductor, bien inocente yo—. Me parece que dejaron olvidada una mochila.
Los millones de dólares desaparecían frente a mis ojos, mientras el conductor me decía—. No se preocupe joven, regresarán por ella… siempre regresan —El conductor no tenía todos sus dientes, ojitos de regalo, parecía amable, parecía el otro diablo que se puso de acuerdo con el primero—. O si quiere llevársela.
Me puse los audífonos y mejor me fui. Es que uno nunca sabe… no señor.
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Noviembre 5, 2003 — Critica Social.
Escrito por Agustin Fest.
Me senté a esperar mi camión, eran las nueve y cuarto de la noche. A esa hora, todavía pasan los dos o tres últimos y se van como bólidos. Si tenía suerte, uno de ellos haría la parada. Por lo general, a esa hora ya se quieren ir y recogen a la menos gente posible. Se van rapidísimo… parecen diablos.
Me gusta que vayan rápido.
Fue cuando lo olí, porque primero lo olí. Un inconfundible olor de aquel que no se ha bañado en meses. Pasó frente a mi y se me quedó mirando, tenía bigote y estaba bien afeitado, lo que me sorprendió un poco. No me había puesto a pensar en ello, en el que estuviera bien afeitado y con el bigote arreglado.
Cuando me vio hizo un gemido, yo me encogí de hombros en señal de que el último cambio se lo había dado a uno como él. (Y curiosamente, era cierto. Por lo general no doy dinero a los indigentes, hoy no sé que me dio).
El tipo se sentó a dos asientos del mío y se me quedó mirando. Si, seguía oliendo mal, pero aparte de eso, se comportaba extraño. Alzaba una mano y la sacudía, la sacudía, la sacudía. Cruzó la pierna un par de veces, metió su mano en unas botas de mujer y empezó a rascarse los pies, de una manera un poco frenética. A veces gemía, a veces mugía, a veces reía.
Me miraba y se reía.
Entonces yo me empecé a reír de mi mismo. Estaba tan atento a lo que hacía. Lo miraba de reojo, no quería hacer contacto visual con él. Estaba o drogado con cemento y tiner, o algo peor. Apreté el puño donde conservo mi anillo de plata. Lo he usado antes y es efectivo. Fue así, que mirándolo de reojo, me di el lujo a pensar como haría todo altruista que se cree burgués o viceversa: “¿Cómo se les puede ayudar a estos hombres? ¿Qué se necesita para ayudarles?”.
¿Qué se necesitará? No lo sé… entonces viene la voz del pasado —Mi abuela, cuando se encontraba con uno— a decirme: “La verdad es que está joven, todavía puede trabajar. No hay excusa. No se les puede ayudar, si no se ayudan a sí mismos”.
Y cuando pensé eso, el tipo se rió.
Empezó a hacer ruidos con algo, metal con metal, con la mano que tenía escondida. No me asomé a ver que era, pero seguí listo para cualquier cosa. Uno nunca sabe, de veras que uno nunca sabe. Cuando estás en una zona de indigentes, lo mejor es darle cinco o diez pesos para tranquilizarles, si no, bien te pueden asaltar. Es verídico, es la Ciudad de México.
El tipo se movía, se movía. Hacía cosas, alzaba los pies, los tiraba. Y mi camión no llegaba, las nueve treintaicinco. Me sonreí. Y el tipo me imitó. También sonrió. Ya no sabía que pensar, ni que hacer. Estaba estresado por la situación, más no nublado por la histeria o la paranoia. Justo como pensé, estaría tranquilo y si se atrevía a hacerme algo, seguiría tranquilo. Es importante no asustarse, tener la cabeza fría para tomar cualquier decisión.
Tan sólo era un indigente que hacía ruido con una cosa de metal en sus manos. No sabía que era. Y no quería saber.
El tipo se acostó en las bancas, en algún momento. Fue cuando establecimos un contacto visual. Dijo algo, y me sorprendió que dijera algo, ya que todo el tiempo se la pasó haciendo ruidos. Por un momento creí que ya no sabía hablar.
—Todos son…
Y la última palabra se perdió. Repitió su “Todos son”… se me quedó mirando y yo le correspondí la mirada. Si, todos somos.
Llegó mi camión, me levanté tranquilamente y me subí. Lo vi por la ventana y seguía comportándose igual. Seguramente nunca importó que yo estuviera ahí o no. O tal vez lo hacía a propósito. Tal vez le gustaba verse como loco ante la gente… todavía me pregunto, ¿por qué su rostro estaba tan bien afeitado? ¿cuántos días llevaba sin bañarse?
Es extraño…
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