Noviembre 9, 2003 — Arbol.
Escrito por Agustin Fest.
De noche, el pequeño Árbol pudo abrir los ojos y miró a Tito profundamente dormido en la acera. Se sintió con la responsabilidad de protegerle. Miró al niño, quien estaba en una posición fetal y sosteniendo con ambas manos su bolsa de cemento. Miró con sus otros ojos, con los de la paciencia, y el doppleganger seguía colgando del corazón de Tito, como una sombra sin volumen y muerta, muerta hacía mucho tiempo.
Había postes de luz en toda la calle, las paredes estaban pintarrajeadas con spray y había basura en una que otra esquina. En una de las casas, había luz y se escuchaba música a todo volumen. Y árboles… árboles no había con los que pudiera consultar donde estaba. El pequeño árbol suspiró, ¿a dónde tendrían que caminar de aquí para llegar a un bosque?
Buscó letreros y todos daban nombres de calles, había uno en particular que decía: “Barrio norte” y pareció comprender. A Tito le había dicho que siempre debían caminar hacia el norte y lo había llevado a donde creyó que era el norte. Se rascó hojas con troncos y pensó, como podría explicarle a Tito que no era ese el lugar que buscaban.
El Árbolito TT cerró sus ojos y trató de sentir con los ojos de la paciencia, qué camino sería el indicado. Las hojas con el viento le descubrieron que debían caminar todavía más. Mucho más y siempre al norte. El viento también le indicó que los dopplegangers todavía no sabían de él y que sospechaban que estaba escondido. No habían descubierto nada de raro en aquel niño jalando un árbol en su carrito. Lo adjudicaban a la locura o a su bolsa de cemento. ¿Cuánto tardarían en descubrirlos y cómo podría defender a Tito, cuando eso sucediera?
El árbol suspiró, era joven y no necesitaba pensar en las consecuencias. Las descartó inmediatamente.
—¡Tito, tito capotito! —exclamó Tito, medio despierto ya—. Tengo hambre, busquemos algo de comer. ¿Quieres comer?
—No. No necesito comida, solo agua y tierra.
—¡Muy bien capoTiTo! —exclamó Tito—. Yo si tengo haaambre. ¡Botes! ¡En los botes siempre hay comida!
Tito se levantó y extendió sus manos como si fuera un avión, lo miró correr hacia un bote, ladeando sus brazos de un lado a otro. Cuando llegó, se detuvo en seco y saltó adentro, urgando entre las cosas hasta que encontró algo que fue de su agrado. El pequeño árbol se sonrió y lo miró comer en silencio. Tendrían que caminar mucho todavía y no quería arruinarle la sorpresa mientras comía.
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Septiembre 5, 2003 — Arbol.
Escrito por Agustin Fest.
El Árbol resistió las ganas de llamar a Tito, ya que la gente de mediodía estaba paseando por la calle. A pequeños impulsos cuando no le miraban, pudo llegar a la fachada lateral de las escaleras de una casa que le permitiría engañar a los transeuntes y hacerles creer (a primera vista), que era un adorno más. Sin embargo, capoTiTo (Se corrigió así mismo, Árbol Tsef Thaed, ya que recordaba su nombre) sabía que si alguien se paraba a mirarlo, notaría la extravagante maceta compuesta por un carrito de plomo que pronto se oxidaría por el agua que le había puesto Tito.
Se quedó callado y paciente, miró a la gente caminar de un lado a otro. Los árboles, nacían con la paciencia por naturaleza, la necesitaban mucho en invierno. El Árbol Tsef Thaed, lentamente, fue descubriendo esa virtud que era innata en su naturaleza y la disfrutó enormemente. En tan solo unas horas, apreció también que la paciencia le permitía observar con más detalle lo que sucedía a su alrededor.
La gente que mira el reloj, en realidad no mide el tiempo, solo está aburrida de vivir y que no suceda nada.
Los enamorados, no sólo se toman la mano, también cambian sus ojos.
Aunque hay otros tantos, que se toman la mano y siguen mirando el reloj. Sus ojos no sienten hambre.
El Árbol Tsef Thaed suspiró, no sabía porque asociaba el hambre con los enamorados tan facilmente, hizo una anotación mental de investigar más al respecto.
Contó ocho perros, dos callejeros y seis con dueño, que le miraron con un deseo intenso de marcar su territorio, sin embargo el Árbol se encargó de espantarlos. Miró fascinado los coches, había un sin fin de ellos de manera estática en la calle y otros tantos, que sólo se movían unos cuantos centímetros y con gritos, chillaban que deseaban seguir moviéndose. El Árbol Tsef Thaed miró después, tres cuervos, los más negros que jamás hubiese visto.
Pensó en El Señor de Todas las Respuestas. Simón le había hablado de él. ¿Serían esos sus cuervos? Levemente (para que la gente no se diera cuenta), se rascó hojas con hojas y se dijo para sus adentros—: Todos los cuervos son de la muerte.
Fue observando más, cuando los escuchó por primera vez.
—El Árbol que Camina puede esperar —escuchó el Árbol y miró hacia un obrero, de quien creyó que pertenecía la voz—. Aquí no se encuentra, vamos a tomar una cerveza… una y nos vamos, ahora sí.
El Árbol miró con atención al obrero, un hombre moreno apenas llegando a sus treinta, llevaba un overol y la camisa remangada, sus facciones eran duras y tenía varias cicatrices en el rostro.
—Una cerveza, y ya… el dinero es para usarse, no lo necesitas en tu mujer. ¡No lo ha pedido!
El Árbol miró con más atención, ya que el hombre no movía los labios para hablar. Movió levemente el tronco y enfocó toda su paciencia en observar a aquel obrero.
Y descubrió al primero.
En algo similar a una sombra, una copia perfecta del obrero lo seguía. Un duplicado exacto que se las arreglaba para entrar y salir de la realidad, como en un salto, y perseguir constantemente al hombre donde este no pudiera verlo y hablarle al oído con una voz duplicada a la perfección. La copia era curiosa, porque a veces salía de las mismas entrañas del hombre y se le enredaba en el cuerpo hasta que su cabeza coincidía con él, como una gran boa que le asfixia, o a veces surgía de sus hombros, como un gran siamés que no era visto por los demás, o tal vez surgía de las espaldas, como un bebé que es cargado por su madre con un rebozo o como la mochila de un estudiante de medicina.
Así era el doppelganger del obrero y fue cuando se le abrió la vista al Árbol y con mucho esfuerzo mantuvo la boca cerrada. Miró los doppelgangers de toda la gente y escuchó infinidad de cosas que sugerían a los demás al oído. Le atacaron todas las cosas que decían al mismo tiempo, descubrió espantado que uno de ellos, había incendiando el Parque de los Árboles Olvidados y tuvo que contenerse el coraje de llorarle a SYA y a sus amigos árboles, porque los doppelgangers siempre estaban atentos, mirando a todas partes.
Muchos doppelgangers miraban curiosamente al árbol en el carrito, pero no lo consideraban más que una excentrecidad. Habían grupos enteros de doppelgangers que hablaban entre sí del Árbol que Camina y sugerían ya rutas para perseguirle y buscarle.
Todos estaban unidos.
Y todos estaban buscándole a él.
Por el susto y el asombro de haberlos visto, no se dio cuenta que su carrito ya se estaba moviendo otra vez. Era Tito, que había llegado con una nueva bolsa de cemento y aspiraba tranquilamente, su perdición a la realidad y la magia. El Árbol notó alegre y a la vez, triste… que el doppelganger de Tito colgaba muerto de su corazón.
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Agosto 22, 2003 — Arbol.
Escrito por Agustin Fest.
Tito y capoTiTo, decidieron disfrazar su identidad. Antes de que amaneciera y la gente que revisaba el reloj saliera como loca para llegar a su trabajo, pensaron como disfrazarse para que nadie se asustara por el árbol que camina. Se detuvieron en un viejo parque, que más bien era tierra con plantas muertas y juegos oxidados. Tito se dedicó a echar tierra en el carrito de metal, donde solía echar las cosas que encontraba y hasta que lo llenó bien, le dijo al Árbol que se subiera.
El Árbol obedeció, empujó sus raíces y se plantó en el carrito. Tito lo jaló hasta que llegó a una llave de agua, donde abrió y humedeció la tierra. El Árbol se sintió fresco y sonrió.
—Hemos caminado toda la noche —dijo el Árbol.
—No importa capoTiTo, tenemos que llegar a tu destino. ¿Hacia dónde?
—¿Seguro que no quieres dormir?
Tito se puso su bolsa de cemento en el rostro y aspiró, volvió a sonreír y los ojos se le enrojecieron.
—No. ¿Hacia dónde vamos capoTiTo?
El Árbol movió los labios inseguro, ya no recordaba nada, ni siquiera su nombre. Se rascó hojas con hojas y luego se acarició la cicatriz en forma de cruz de su ojo derecho.
—Hacia el norte, siempre hacia el norte. Cerraré mis ojos y mi boca, Tito, para que la gente no me mire. Recuerda no hablar conmigo cuando haya personas alrededor. Ninguno comprendería.
Tito asintió mariado y jaló el carrito, se puso a cantar su adivinanza, utilizando melodías de canciones que había escuchado en algún momento. No sabía donde estaba el norte, pero sabía donde estaba Barrio Norte. Se imaginó que el Árbol querría ir para allá, jaló el carrito, un poco pesado para él y la gente miró curioso como el niño arrastraba a su pequeño Árbol personal.
Y Simón Dor le había dicho al Árbol que todo se resolvería en sueños. En el mismo paraje gris donde había viso a su padre convertido en piedra, miró a una mujer morena, esbelta, vestida de Arlequín, con un traje ajustado estampado de rombos negros y rojos. En la cabeza llevaba el gorro de cuatro picos, con cascabeles repiqueteando cada vez que movía la cabeza de un lado a otro, sus dientes blancos y su sonrisa amplia contrastaban con su rostro moreno.
—Mi nombre es Tatiana Arlequín—dijo la mujer, extendió los brazos a los lados, luego los dobló y dobló las palmas de su mano. Avanzó un pie adelante y alzó su talón, forzando la posición, volteó su cabeza a la derecha y el ojo derecho parecía mirar al Árbol a los ojos—. Y yo, soy hija de Rafael, pero esa es otra historia y será contada en otra ocasión. ¿Cómo te llamas pequeño Arbolito?
—capoTiTo —respondió el Árbol instintivamente.
—¡No es cierto, mi querido Arbolito! —exclamó Tatiana y se rió, se le dobló todo el cuerpo cuando lo hizo. Rápidamente, hizo un salto de carro y se aventó sobre el pequeño árbol, su cuerpo cambió para ajustarse y poder aferrarse a su tronco con las piernas y los brazos. Acercó su nariz coquetamente entre los ojos del árbol.
—¿Dónde estoy? ¡Aquí vi a mi padre en un sueño!
Tatiana le dio un beso a la corteza del pequeño Árbol, quien sintió cosquillas. La Arlequín le soltó, se recargó en el tronco y miró hacia arriba, donde las hojas del árbol tapaban la extensión gris que cubría todo el sueño.
—Será difícil explicarte corazón, pero tú eres el Traductor de mundos. ¿Sabes qué es un traductor?
—Así me llamaba SYA.
—SYA no se equivocaba, pero él hablaba de idiomas. Yo hablo de mundos —Tatiana juntó los extremos de sus dedos, formando un círculo. Acercó su rostro, como si tratara de buscar en el aire un centro. Rápidamente se puso en pie y acercó este círculo hecho de dedos al ojo del Árbol—. Existen tres mundos. El mundo de la realidad, el mundo de la magia, y el mundo de los sueños que es el intermedio entre estos dos. Tú puedes caminar en estos tres mundos…
—¿Y por qué el mundo de los sueños es gris?
—Porque no eres ni real, ni mágico, ni sueño. Eres el Traductor y el Traductor, tiene que aprender a ver los tres mundos, antes de poder caminar en ellos. Simón Dor te ha enseñado el mundo real, por eso le conoces y caminas en él.
—¿Cómo sabes que soy un Traductor?
—Por la herida en tu ojo derecho, la herida en forma de cruz —sonrió Tatiana y saltó de un lado para otro, de una manera suave y agraciada. Cuando terminó, volvió a acercar su ojo al ojo del Árbol y éste pudo mirar una herida de cruz en Tatiana—. Yo también soy un Traductor, ¿ves? Soy el Traductor del mundo de los Sueños. Tu padre te ha dado ese maravilloso don sin siquiera proponérselo, tuve que usar su imagen para hacerte caminar…
—¿O sea que no vi a mi padre?
—No. No era él, realmente —El Arlequín hizo una expresión de niña regañada—. Pero escúchame, que no me queda mucho tiempo. Con el niño que se droga estás a salvo, porque ha perdido la fé de mirar la magia en el mundo y conserva la inocencia, es un estado raro de la mente… el niño es el mejor, porque su doppelganger ha perdido la capacidad de mirarte a ti. ¡Pero pobrecito! ¡Sufre mucho!
—¿Doppelganger? ¿Cómo hago para que Tito no sufra?
—¡Sh…! —dijo Tatiana, puso el dedo índice en la boca del árbol indicando silencio—. Escúchame bien. Los doppelgangers no suelen ser malos, pero ahora están bajo control de alguien. El Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal está lastimado y hay que curarlo, para regresar el balance de los tres mundos. El mundo de los sueños, afortunadamente, casi no ha sido tocado… porque le consideran el mundo perdido. Es un mundo caprichoso, que se atiene a lo que le ordene el corazón del que sueña.
—¿Dónde puedo encontrarlo?
Tatiana suspiró, se acostó boca abajo y recargó su mentón en las palmas de sus manos.
—Eso es lo difícil, corazón —Tatiana jugueteó con sus piernas—. El Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal existe en los tres mundos, tendrás que caminar cada uno de ellos. Cambia constantemente de lugar, para protegerse así mismo. Sin embargo, parece que alguien le encontró en uno de los mundos y ahora está pasando lo que está pasando… el mundo real no está siendo muy afectado, ni el de los sueños… pero el mágico es un caos. No tardará en extenderse.
—Esa es la misión que me dio mi padre, ahora la recuerdo. ¿Conoces mi nombre?
—Si, te llamas Árbol Tsef Thaed —sonrió Tatiana, se puso en pie e hizo un saludo militar, imitó a Clint Eastwood con la dureza de su rostro—. Pero lo has de olvidar tan pronto te pongas a caminar por ti mismo. Lo siento… eso también te lo heredó tu padre. Si descubres la historia del Árbol Tsef Thaed, encontrarás tu nombre y no lo olvidarás jamás… ¡Pero eso no importa! ¡Importa más la magia! El problema es que para recordar tu misión, debes recordar tu nombre… ese es un gran problema.
Tatiana hizo un gesto pensativo y pareció convertirse en estatua, porque no se movía, no respondía, no hacía nada.
El Árbol parpadeó un par de veces. Le había dolido ese no importa. Y cuando parpadeó una tercera, se encontró de nuevo en la realidad. Tito no estaba en ningún lugar, parecía ser mediodía y estaba en una calle medio húmeda y llena de basura.
Se le había olvidado preguntarle a Tatiana tantas cosas.
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Agosto 19, 2003 — Arbol.
Escrito por Agustin Fest.
Mi padre, mi abuelo, o tal vez mi bisabuelo escribió en éste diario: “Los drogados, los borrachos y los pobres de mente y/o espíritu, jamás han de recuperar la magia. Aún cuándo estos se engañen, diciendose que viven: Momentos mágicos. No es culpa de ellos. No saben separar la felicidad de la magia, no saben que la felicidad está en ambas cosas (realidad y magia), un sentimiento tan banal se lo atribuyen a algo misterioso, al destino o al resultado de una cadena de eventos invisible. Igual pasa con la gente común, pero sucede más con los rehabilitados. Con los escapantes del infierno. Con los que han decidido vi-vir la vida. Con los Dor.”
Me ha dejado pensando mucho tiempo, querido diario. Pensé en los niños que tanto quiero, a los que enseño. Y también los desprecio, los odio. Pero eso es culpa de mi sangre maldita. No se puede ser “hijo” de Simón Dor y esperar no ser “Simón Dor”. ¿Me entiendes?
Regresando a la magia… debo profundizar más. Algunos de mi familia la han estudiado, en sus diversas formas. La he visto comprobada en mis niños, cuando sus ojos le brillan. Es esencial fomentar la magia a su alrededor: Así sabrán querer y respetar a la magia buena. Sabrán protegerse de la magia mala. Y sobre todas las cosas, aprenderán a reconocerla. Los niños son muy importantes.
Enseñándoles la magia, evitarán ser borrachos o drogadictos. Porque la magia es caprichosa y muy cruel, igual que la realidad, sobre todo con aquellos que deciden buscarle con medios negativos. En el momento que utilizan algo para mirar colores o elefantes emborrachándose, la magia cierra sus puertas y decide no volverlas a abrir para aquellos aventureros, vividores, estúpidos. Los seres mágicos les rechazan para siempre y por siempre, presentándose traviesamente ante ellos solo para hacerles mal, sean hadas, brujas, elfos o sátiros.
Respecto a los pobres de mente y/o espíritu… estos deambularán, pobres de decisión, sin vivir realidad o magia, yendo hacia donde uno los quiera llevar.
—“El Diario de Simón Dor”, Judit Dor, escribiendo como Simón Dor, por la maldición del Cuenta-Cuentos.
En algún momento, el Árbol Tsef Thaed Segundo encontró a un niño que se drogaba con cemento. Una historia muy triste, me platicó mi abuelo. Una historia muy triste.
—“El Diario de Simón Dor”, Lázaro Dor, escribiendo como Simón Dor, por la maldición del Cuenta-Cuentos.
Tito corrió más calles para alcanzar al pequeño Árbol que camina y lo alcanzó porque estaba plantado. Con ojos sorprendidos se acercó a él y lo tocó, pero el pequeño árbol no respondió la caricia. Sonrió al descubrir que el Árbol tenía ojos, tenía boca, y los movía rápidamente, balbuceando sílabas que se transformaban en tropezadas incoherencias.
—¿Cómo me llamaba? —se preguntó el Árbol. Miró brevemente al niño y lo ahuyentó con las ramas—. Tenía un nombre, pero lo he olvidado. Decía Simón que me había dado el mismo nombre que mi padre, ¿Cómo se llamaba él? ¿y por qué estoy caminando? Tenía algo muy importante que hacer.
—¡Tito tito capotito! ¡Sube al cielo y pega un grito! ¿Qué es? —preguntó el niño, ignorando al Árbol.
El pequeño Árbol, se rascó hojas con hojas.
—¡Un elefante! —exclamó el pequeño Árbol.
Tito se llevó a la cara su bolsa de cemento y aspiró muy fuerte.
—No tontito —dijo Tito y se rió—. Mi nombre es Tito, ¿y tú?
—Yo me llamo…
—¡Te llamarás Capotito! ¡Casi igual que yo!
El pequeño árbol se rascó hojas con hojas y pensó un segundo, sabía que el nombre no era el indicado, pero decidió quedárselo, hasta poder recordar el suyo. ¿Cómo lo había olvidado? ¿A qué hora se le deslizó de la mente la razón para caminar?
—Soy capoTiTo —dijo el pequeño árbol sonriendo—. ¿Por qué usas esa bolsa? ¿por qué está gris como tu cara?
Tito parpadeó un par de veces.
—Porque así me enseñaron mis amigos.
—¿Yo puedo hacerlo?
Tito extendió la bolsa para el Árbol, y el Árbol intentó hacerlo con las ramas. Cuando le cayó cemento en las hojas, en la corteza, en las raíces y se miró gris, no le gustó.
—Hace daño —dijo el pequeño Árbol—. No lo hagas.
El niño hizo una mueca y le arrebató la bolsa de cemento al árbol.
—No puedo dejar de hacerlo. Así no me duele.
—¿Qué te duele?
—Despertar.
—Que raro, a mi no me duele.
—Y así tampoco me duele mirar.
—¿Te duelen los ojos?
El niño se puso una mano en el pecho.
—No, más bien me duele aquí. Dicen que aquí está el corazón.
—¿Por qué no les dices a tu padre qué te lleven a un doctor? Simón iba al doctor cuando se sentía mal, excepto cuando se enfermó de cuenta-cuentos… el decía que esa enfermedad era más bien un hechizo —el Árbol hizo una mueca, creía que la palabra: “hechizo” se relacionaba a su misión.
—No tengo papás.
—¿Acaso hay dos?
Tito se rió.
—¡Claro tontito! ¡La gen-te tie-ne ma-má y pa-pá! Yo no tengo, yo nací solito. A la calle le llamo mamá o papá. Como se me ocurra. ¿Qué los árboles tampoco tienen papá o mamá como yo?
—Oh… no sé de los demás. Yo sólo tuve un padre, muy importante. Simón me puso el nombre de él. ¿Será TonTiTo? tú me llamas mucho así, aunque no me suena. Mi papá me dijo que tenía una misión muy importante.
—¿Qué es una misión?
—Un destino.
—¿Destino?
El Árbol Tsef Thaed se rascó hojas con hojas, y no tenía cierto como explicarlo. Sólo había escuchado a Simón decir esas palabras muchas veces y formó un significado de manera inconsciente, de tanto escucharles y prestarles un contexto. Se le ocurrió una idea.
—¡Un lugar a dónde caminar! —exclamó triunfante el Árbol Tsef Thaed.
—¡Bah! Si yo camino a muchos lugares todos los días, para que me den monedas, y a veces, me den comida.
—¿Cómo le haces?
—Pongo la carita así.
El niño hizo una carita de tristeza.
—Eres muy convincente.
—Claro, porque me duele aquí. Siempre.
—Pero yo tengo que ir a un lugar importante. No necesito comidas, ni alimentos, ni monedas. Solo necesito agua, sol y plantarme en la tierra de vez en cuando.
—¿A dónde tienes que ir?
—No lo sé.
—¿Cuándo llegarás?
—Tal vez mañana o en diez años, o en cien años, o en mil años.
—¡Eres el primer árbol que veo que camina! ¿No tiene la culpa la bolsa?
Tito miró su bolsa de cemento, que luego le hacía mirar cosas.
—No sé. La bolsa te hace daño.
—Pero no puedo dejarla. Se ha metido muy adentro de mí.
El niño hizo una cara de tristeza.
—No tengo monedas.
—No lo hago por las monedas.
—¿Cómo puedo pagarte?
—¡Llevándome contigo!
—¿Y tus monedas? ¿tús alimentos?
—Hay muchos grandes en las calles. ¡Dime qué sí!
—Entonces si.
—¡Gracias Capotito!
El pequeño árbol y el niño de la calle caminaron juntos, en la noche y luego en la madrugada. Hasta que salió el sol y la gente salió a las calles.
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Agosto 18, 2003 — Arbol.
Escrito por Agustin Fest.
—¡Tito tito capotito! ¡Vuela al cielo y pega un grito! ¿Qué es? —preguntó el niño ruidosamente. Jalaba su pequeño carro para cargar cosas, donde había cuatro llaves oxidadas y veinticinco latas viejas. Se llevó la mano que sostenía la bolsa de cemento, a su rostro y aspiró profundamente. El rostro se le hizo gris, igual que sus harapos sucios. Sonrió mucho, sin ninguna chispa de alegría en sus ojos. Lentamente, fue caminando en la calle oscura y húmeda, gritando la misma adivinanza para el temor de algunos gatos callejeros y para gusto de sus compañeros de la calle, que en cierta forma le protegían y le querían, y cuando se portaba mal lo castigaban y lo regañaban.
La calle era su padre y su madre.
—¡Es un elefante! —exclamó el niño al que llamaban Tito, y éste se rió con sus ojos rojos. Y luego echó a llorar. Movió sus manos para hacer sombras en las paredes llenas de espectaculares viejos, ayudado con la luces de las farolas, y logró hacer con sus deditos un elefante—¡Mira papá! ¡Mira mamá! ¡Es un elefante, si es un elefante!
—¡Ya cállate Tito! —gritó uno de los muchachos que trataba de dormir. Tito hizo caso, no quería que le pegaran. Abusaban de él porque estaba chiquito. Se llevó su bolsa de cemento a la cara otra vez y aspiró, con las lágrimas agolpándose en su rostro. Iba a quedarse tirado en el concreto, como siempre hacía y mirar el cielo, hasta que la patada de algún señor policía le despertara…
Pero el cielo le bendijo y por la comisura de un ojo, miró algo muy extraño que ni aún el cemento había logrado. Observó un Árbol que estaba caminando en el lado opuesto de la calle. Tito se levantó y abrió su boca, en sus ojos brilló una pequeña chispa. ¿Sería una señal? ¿Sería la respuesta a la adivinanza? Miró a sus compañeros dormidos y la calle húmeda, y después observó al pequeño Árbol alejarse. ¿Qué debía hacer?
—Tal vez no sea un elefante… —se dijo Tito y se acarició los cachetes regordetes, limpiando un poco de la mugre. Los ojos aún le brillaban y podía sentir como el brillo se apagaba, con cada paso que daba el Árbol que camina y se alejaba de él.
¡Echó a correr! ¡Tal vez era su última oportunidad! El carrito hizo un ruido espantoso que hizo ladrar a los perros y el movimiento obligó a que se le cayeran todas sus pertenencias. Adiós a sus veinticinco latas y sus cuatro llaves.
—¡Espérame! ¡No te vayas! —exclamó Tito, extendió la mano que aún sostenía la bolsa. ¡Persigue la estrella, Tito! ¡Persíguela ya! Puede ser tu última oportunidad… de llegar al cielo y pegar un grito tan grande…
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Agosto 16, 2003 — Arbol.
Escrito por Agustin Fest.
Nos han hablado de hadas, de duendes y de brujas. La televisión, los dibujos animados, los bellos cuadros de los artistas nos han otorgado imágenes explicativas de como son y las historias populares, adaptadas a nuestro tiempo, nos han descubierto quienes son estos seres mágicos que se esconden a la vista del hombre. A un hada la imaginamos pequeña y con alas, a un duende le ponemos gorrito y grandes orejas, a las brujas un sombrero negro y harapos.
¿Pero qué viene a la mente al escuchar al doppleganger?
Los dopplegangers son seres mágicos que son un duplicado de nosotros, en espíritu y cuerpo. Traviesos por naturaleza y preparados para hacer maldades y estragos, a la gente incauta. Todo ser humano lleva consigo a su doppleganger y cuando uno duerme o está demasiado distraido como para saber quien está hablando, aconseja y ordena al ser humano. Nunca se debe mirar a un doppleganger a los ojos, o se augura mala suerte. Es más… hasta podría llegar a ser que el que ocupe el cuerpo, sea el doppleganger y la esencia original del ser humano se pierda.
Los dopplegangers, al ser creaturas mágicas y al estar pervertido el Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, tenían órdenes de actuar contra el pequeño Árbol a quien le había sido encargada la difícil misión de curar la magia.
Y el doppleganger del borracho de Francois, miró al Árbol Tsef Thaed platicar con los otros árboles del parque, antes de decidirse a ir por Francois y decirle unas cuantas palabras al oido.
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Agosto 15, 2003 — Arbol.
Escrito por Agustin Fest.
El Árbol Tsef Thaed bajó del edificio de departamentos a la calle principal y se acordó de Simón: Debía ser cauto con la gente. Así que con cuidado de que nadie le viera, se plantó lo mejor que pudo en la parte lateral de la entrada y esperó a que el ritmo de la gente que miraba el reloj disminuyera. Cerró sus ojos e hizo su mejor interpretación de adorno ocasional.
Los árboles nacen con la virtud de la paciencia. Pueden mirar horizontes durante años enteros. Les gusta más cuando duermen en invierno, les da tiempo para envolverse así mismos, robarse la frescura de sus hojas y de su aliento, y pensar. Pensar en sus alrededores y luego soñar, a la par que se deshojan lentamente. Los hombres les miran marchitarse, sin sospechar todo lo que les ocurre en ese proceso y sólo saben admirarse cuando los ven reverdecer. No saben de la introspección de la belleza que tienen los árboles para dar cuenta de su hermosura y así nacer de nuevo en primavera.
Cuando abrió sus ojos, el ruido disminuyó. Ya no había gente, ni coches circulando. Cruzando la avenida se encontraría con el parque a donde Simón lo solía llevar antes de enfermarse de Cuenta-Cuentos. Incorporó sus raíces y echó a andar hacia el parque, moviéndose rápidamente. Sonrió e hizo ruídos con la boca, aprovechando la magia de los ecos.
Saltó a la banqueta y sonrió al oler a sus amigos árboles que le esperaban de noche. Corrió hacia uno de ellos, que le llamaban “SYA”, porque lo tenía grabado en la corteza, encerrado en un corazón. Era un árbol de veinte años de edad, un poco flacucho y con la corteza algo lastimada. Pero aún así, un árbol muy sabio en cuestiones callejeras. El más listo, porque era uno de los que estaba más cerca de la calle y era uno de los encargados de la diplomacia con los arbustos.
—¡SYA! —dijo el Árbol Tsef Thaed en el idioma de las hojas, que es el que suelen hablar los árboles.
—Hey, mi pequeño Traductor —dijo SYA, así le llamaban al pequeño Árbol que podía hablar el idioma de los hombres y de los árboles por igual—. Guarda silencio, que está Francois, el borracho.
—¿Francois?
—Shhh te digo, ven a mi lado, plántate aquí.
El Árbol Tsef Thaed saltó con cuidado los arbustos, moviendo las hojas de unos pocos que se quejaron. Uno se despertó y despertó a los demás.
—Mira… si es el pequeño traidor —dijo arbusto uno.
—¿Lo dejó salir su papá a la calle? —preguntó arbusto dos.
—Árbol domado por hombres, jamás será bienvenido —asintió arbusto tres.
—¡Cállense! —exclamó SYA y llamó al Árbol Tsef Thaed para que se plantara a su lado—. Están celosos de que el puede caminar cuando quiera. E imagínense cuando sea del tamaño de un roble o de un olmo. ¡Entonces se arrepentirán de sus palabras, pequeños ingratos!
—¡Francois! ¡Francois! —gritó uno de los arbustos y luego, el grito se extendió a todos los arbustos del parque.
SYA maldijo en voz baja y le susurró al Árbol Tsef Thaed que guardara silencio y se quedara plantado.
En unos minutos, un borracho que durante el sopor de su intoxicación se dejó dirigir por los arbustos, llegó a donde estaban SYA y los arbustos. Un hombre gordo, de piel blanca manchada de suciedad, barbas y cabello multicolor, ojos rojos por el mal dormir y vestía algo que antes era ropa.
—¡Bautízalo! ¡Bautízalo! ¡Bautízalo!
Exclamaron los arbustos llenos de envidia. Los árboles que estaban cercanos miraron con lástima y resignación, sabían lo que estaba por venir.
El gordo borracho de Francois abrió la boca para eruptar y tambaleándose, se bajó el cierre del pantalón, se acercó al pequeño Árbol Tsef Thaed (quien le miró con ojos confusos, porque no sabía que implicaba ser “bautizado”). Y después sucedió lo inevitable, gota tras gota. El Árbol Tsef Thaed por supuesto se sintió humillado y escandalizado, pero se quedó quieto como le había sugerido SYA. La risa de los arbustos se extendió por todo el parque y un par de enamorados hasta hubiera creído que era una canción que la naturaleza les regalaba.
Por supuesto que el Árbol Tsef Thaed no se iba a quedar quieto mucho tiempo, había heredado un poco el espíritu de pelea del viejo Simón Dor y el juicio de su padre. No pudo contenerse y con una de las ramas, atrapó al borracho de Francois entre las piernas y apretó. Se escuchó el grito del borracho y el silencio de sorpresa se extendió entre los arbustos. Los árboles miraron admirados la valentía del pequeño.
—Mire señor Francois —dijo el Árbol Tsef Thaed y apretó con más fuerza para que el borracho aullara—. No me agradó lo que acaba de hacer y estoy seguro que a mis compañeros árboles, ni a mis compañeros arbustos tampoco. No quiero volver a escuchar de usted, ni en este, ni en otros parques más.
—Bwagh, aiiur… —exclamó el borracho.
—No sé que idioma habla usted, pero por los ojos que le miro, me parece que nos comprendemos. Ahora váyase corriendo de aquí, que no lo quiero volver a ver en mi vida. Y tampoco quiero enterarme que usted sigue “bautizando” arbolitos.
El Árbol Tsef Thaed soltó a Francois de entre sus piernas y le miró correr despavorido. Sin embargo, el doppelganger de Francois miró todo esto desde un lugar seguro y cuando juzgó haber observado lo suficiente… supo que debía hacer. Eso todavía no nos corresponde saberlo.
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