Diario de Simón Dor. Día 31 y Día 32

Este post es parte de una serie, llamada “El diario de Simón Dor”. Anotación 26 de 47


Día 31

Es increible como el cerebro se idiotiza. Caminando en la calle a veces me admiro de aquellas personas que idiotizan el cerebro a propósito de tal manera que este les trabaja automáticamente y ya no requieren pensar con voluntad propia, se les llama por lo general creyentes o borregos. De veras es de admirarse su disposición con la que niegan verdades y su cuerpo se mueve solo lo necesario para respirar, comer, cagar o beber. Les envidio porque a veces me temo que ellos pueden ser más creativos y útiles de lo que yo podría ser y por más que intento, no logro ser como ellos. No está en mi volverme idiota.

Sentir que estoy vivo ya me es difícil, si fuera un idiota, estar vivo no importaría. Ya me imagino a mi mismo de sacerdote, monaguillo o de esos calvos con mantas naranjas en el cuerpo. En los tiempos pasados hubiera sido un sofista con facilidad o por creerme anarquista le daría la razón a Nietzche sin siquiera saber quien es él del todo, compraría los libros de Sade a escondidas y los leería por el placer de masturbarme, sin pensar lo que dicen. Si fuera cavernícola huiría de los mamuts y me robaría la comida de los demás y en las mañanas acompañaría a mis colegas en la caza de los dientes de sable y no se sorprendan cuando se enteren que soy el único sobreviviente, ya que yo si conocía con perfección el momento exacto para huir.

Conozco muy bien la diferencia entre ser un espectador y un vocero. Yo no quiero ser ninguno de los dos, no quiero ser clasificado como un guerrero o como un escudero o como un noble que no tiene nada que hacer. No está en mi el ser clasificado, mis inmensos deseos de hacer lo que quiero no deben interferir con el vox populi. Es así como yo quiero vivir, que el mundo se olvide de mi, ¿Recuerdas como me preocupaba ese día mi querido diario? Sería hermoso que el mundo se olvidara de mi, ya no importa, buscaré mi trance con más ahínco de hoy en adelante. Haré crecer mi locura y que esta tome mi cuerpo, ya no importa. Aceptar mi maldad y mi bondad como parte del balance y la tranquilidad de mi alma en fuego.

¿Y qué importa? Ya nada importa.

Día 32

Un elefante se columpiaba, en la tela de una araña, como veía que resistía, fue a llamar a otro elefante.

Mientras me vuelvo un egoísta, olvido a las personas a mi alrededor. Eso es tranquilizador a cierto punto, pero angustiante en otros aspectos, ya que fui educado en tiempos ancestrales en el arte de la preocupación fraternal. Triste es que no puedo olvidar a los míos, así es como el mundo no se olvidaría de mi, o me gusta creer eso. Que por medio de las personas que me rodea, sería incapaz de desangrarme abandonado en un abismo, tendría que levantarme con mis miembros rotos y caminar a ellos, y con mi lengua comida por el tiempo decirles: “Mírenme, aquí estoy y estoy bien”.

He tenido delirios donde soy un fantasma que vigila y observa, un angel guardián que en cualquier momento alza los brazos y echa a volar con el fuego encendido del fénix. Son delirios y me he prometido aún no escapar de la dulce realidad. Son juegos mentales, irrealidades placenteras, agradables quimeras.

Juguemos entonces, simón.