Capítulo 1.
Cuatro Minutos.
El despertador sonó al cuarto para las seis. Anselmo automáticamente se levantó y lo apagó. Lo ajustó para que sonara a las seis de la mañana y regresó a su cama.
—Ti-ti-ti-ti-ti —repitió el reloj incesantemente.
—… hijo de puta —le respondió Anselmo. Se levantó pesadamente y con el cariño que tiene un león a un ratón, lo apagó. Se recostó y empezó a contar del uno al ochenta, así era su rutina—. Uno, dos, tres… cuando llegue al ochenta, me levanto.
Anselmo, el joven de dieciséis años, bostezó y cayó en un sueño intranquilo al son del cuarenta.
Inexplicablemente, al menos para Anselmo, dieron las 6:15, y 6:16 en lo que comprendía que había dormido de más. Cansinamente tomó su toalla y salió a prender el calentador.
—¡Que hueva! Solo tengo cuatro minutos para bañarme. Todos son unos hijos de puta, todos. Un día me consigo una pistola en Tepito y los mato. Mejor aún, me meto al metro con una escopeta y a ver cuantos caen… solo cuatro minutos.
Arrastrando chanclas, se metió al baño y abrió la llave. Rápidamente se enjabonó el pecho, la lonja, los brazos, la ingle, el culo.
—Si, ella solía decir: Para dar impresión, lávate bien el culo, un baño no lo es, si no te lo lavas con cuidado. Con el culo bien lavado, una camiseta limpia y sin mugre en las orejas siempre darás una buena impresión Anselmo.
“No se me olvida Abuela Rosa —pensó Anselmo—. No se me olvida”. Y así Anselmo, con el religioso cuidado de una virgen… se lavó el culo.
—Cuatro minutos… solo cuatro minutos —murmuró Anselmo.







