Junio 14, 2007 — Asceta, Búsquedas, Familia, Fest, Niño viejo.
Escrito por Agustin Fest.
Esto no es el inicio de un sermón religioso, pero es el título más adecuado. Ayer en la mañana, salí a pagar gastos del colegio de mi hermano. Decidí, de paso, llevarme también su anuario para verlo. En el camino estuve revisando, mirando las fotitos de la juventud chilanga y marista. Jovencitos metrosexuales, mujercitas demasiado desarrolladas, y luego, mi hermano… su actitud flemática, su sonrisa breve de cabrón… me pareció verlo como un niño, de nuevo. Un niño algo decepcionado… pero tal como lo dejé.
Precisamente hoy le comenté a alguien, que no verle durante tres años, me impide despreocuparme de él y no caigo en cuenta que ya esta huevoncito. Hoy tuvimos un conflicto que reafirmó eso, pero me siento demasiado cansado para escribirlo todo. Tengo tantas imágenes de mi hermano, que más bien son mis hermanos… en distintas étapas de su vida, y existe esa base: el hermano pequeño, el hermano que necesita consejo, el hermano del cual soy el rol ejemplar… su hermano… siempre su hermano. Tal vez mi familia no es muy unida, no es la familia típica del mexicano, pero existe ese lazo que quiero conservar indestructible. Ese lazo que tal vez él rompa cuando madure, y se vaya, y aprenda a madrearse solo con la vida… Un lazo siempre fuerte, cuya sociedad considerará raro, porque los dos bastardos deberían llamarse “medio hermanos” y le quitan la palabra que no cuenta.
Es un ideal ingenuo y romántico, de los que acostumbro… ingenuo y romántico, mas no pendejo: el tiempo cambia a las personas, el tiempo las separa y las transforma en otros. Los otros. Estuvimos separados durante tres años… pasará que lo estemos durante más tiempo. Esa lejanía habrá de repetirse porque el tiempo no se detiene, y el tiempo es amo de la distancia y ordena los kilómetros a su antojo. Aún siento esa pequeña ansiedad de saberlo luchando solo. Ese pequeño síndrome de saberle bien. Sin embargo, nunca, he impedido que mi hermano se madreé solo. Es tal vez, con las personas que más quiero, que eso se mantiene indiscutible e inalterable: La madriza es tuya, la vida es tuya, yo te puedo explicar como lo veo… pero tú harás lo que quieras, siempre.
Cuando pasé de mi hermano, la verdadera razón porque llevaba el anuario continuó moviendo mis dedos. Avancé páginas, y páginas, buscando el apellido Fest en otros salones. Mi hermano estuvo en el 306… el mismo salón en el que estuve en 4to. Seguí avanzando páginas, moviéndolas a mi antojo… y cuando llegué al 213, mi salón de 5to, encontré a mi hermana. La admiré un momento. Su piel blanca, su sonrisa agradable, y me identifiqué en ella. No sabe de mí, pero yo sé de ella. Me pregunté, un tanto inocente, si ella fue la que dijo que le habría agradado tener un hermano mayor para que le cuidara.
Llegué a la oficina, aparté la hoja. Saludé a todos, le enseñé a Juan Carlos mi hermana, platiqué un poco de eso, me subí a la sala de edición y en silencio la miraba. No acostumbro a tener este tipo de dudas, y por lo general, soy mordaz cuando me asalta el tema. Sin embargo, la mañana de ayer, después de mirar a mi hermana, sentí cariño… o la ilusión de un cariño. Scarlett. Me dejé caer en mi asiento, y pensé cosas… pensé nada. ¿Cómo creciste? ¿Te has divertido? ¿El CUM te enseñó tanto como a mí? ¿Es una coincidencia o una broma, que hayamos estado en el mismo salón? Tres números más y habríamos tenido el mismo número de lista. Me pregunté si algún maestro habría tenido algún Dejá Vù. Si alguno habrá pensado en el Fest del ‘99 y del 213. No… tal vez no.
Agustín Fest en el CUM era un marginado. Al menos lo fue durante dos años. Alguien que no se daba a notar. Alguien que estaba escondido, atrás del cristal, moderadamente inteligente. Agustín Fest no quería brillar porque le parecía estúpido y una molestia. Agustín Fest no tenía la misma cantidad de dinero, ni los mismos juguetitos, ni la misma ropa que sus compañeritos. Agustín Fest sabía que, materialmente, no tenía nada con que competir y lo mejor que podía hacer, era mantener parte de su espíritu y crecerlo en soledad. Agustín Fest era pobre, una especie de marginado, alguien que buscaba un Zen, un idiota, un teto…
Siempre pensó, que si debía fomar parte de algún grupo, y brillar en él, debía ser por lo que era y no por otra cosa. No quería dar las nalgas rogando por un ipod (ejemplo) y presumirlo. No quería dar las nalgas usando camisas polo. No quería dar las nalgas usando pantalones Levi’s y ponerse cremita para mantener la piel sana y saludable. Ni peinarse con gel, ni rasurarse, ni hacer pendejadas para verse agradable y estético. No se le antojó caerle bien a los maestros para que le tomaran en cuenta las participaciones. No pensaba hablar perfecto inglés frente al grupo, para que le pusieran un diez. Lo que es, lo que te doy, es lo que hay, y no me vas a querer por lo que no te doy, quiéreme por lo que regalo. Es testarudo y necio en eso. Y aunque no quieras dar las nalgas, eres adolescente, eres un chamaco, y a veces terminas dándolas y necesitando brillar. La necedidad de supervivencia en el grupo, impreso en la memoria genética, es aún más fuerte que la testarudez de un chamaquito.
Ví el anuario de nuevo. Ella y su hermana, (y que Agustín Fest sabe), me han dado la impresión de que siempre han deseado brillar o hab brillado porque así nacieron. Estaba destinado que así pasara. Cuando la ví, me paseé por las fotos grupales y la encontré varias veces. El fotógrafo se había enamorado de ella… o sintió lo mismo que yo, un deseo espontáneo de protegerle y llamarle hermana. Estaba desparramado en el asiento, pensando todo eso y recordándome que… bueno, finalmente no eran nada mío, que nunca las miré crecer como a mi hermano, que nunca fui un rol de algún tipo y nunca lo sería. Por otra parte, mirar los ojos de mi hermana, y su sonrisa… me hizo pensar que lo había sido, o que deseaba serlo. Los sentimientos de mi hermano, que recién lo había visto en su fotografía, se transladaron a ella… un espíritu ingenuo, o un fenómeno psicológico, solamente pensaba… no, sentía que amaba a mi hermana, y deseaba protegerla.
Busqué a la otra. Pasé las hojas, y las hojas. La que inició todo el desmadrito. El soul search. La búsqueda de identidad. La noción repentina de la otra familia. Mi hermano llegó un día y me dijo—. Nos dió la bienvenida alguien que se llama como tú. Nos dio la bienvenida una Fest. Desde entonces supe de ella. Les dio la bienvenida, en el auditorio: brillaba o peleaba por brillar. La hermana mayor, la hermana ejemplar, la que ocupa mi lugar en otro lugar. Se veía bonita en esa foto, con la piel un poco más morena. Analicé sus gestos, ella era la responsable, la otra la soñadora. Ella sabe por qué quiere ser médico, la otra seguramente quiere estudiar artes. —A tí, ya no te encontraré por casualidad, cuando vaya a la escuela de mi hermano —pensé.
—Tú ya no me necesitas —pensé—. Pendejadas. Nunca me han necesitado.
Cerré el anuario. De todos los anuarios del CUM, curiosamente, este era el que más valor tenía para mí. La encrucijada del río místico, el destino extraño, la casualidad, juego de azar… esas cosas raras que nunca pasan, pero que se repiten a lo largo de la vida de uno, y le hacen vivir días extraños. Probablemente, sólo nos rozaremos el hombro. El lado oscuro, que se divierte, desearía que los caminos se interpusieran, y tuviéramos que vernos a los ojos para descubrir una que otra verdad. Sin embargo, el otro lado, asegura que sólo nos rozaremos los hombros. Nadie sabe, la verdad. Al final, continúa siendo cómodo para mí estar del otro lado, estar en las bancas de atrás dibujando monas hentai, hablando sólo lo necesario, enfrascado en pensamientos y libros, las lecturas importantes que cambian perspectivas. Vivir otra vida que no es la suya, evitando las miradas, deseando ser el anarquista, el martir de la protesta silenciosa… estupideces.
He salido a fumar. Recordé a Pueblita, y sus amiguitos. Pueblita al que le gustaba molestar en clase, molestar a los otros, el grandote con dinero. Con una voz demasiado gruesa, y sus ya varios años de educación marista, privilegiada. Al que dejaban hacer por abusivo. No me había molestado, pero pensaba… sí, en esa protesta silenciosa y estúpida—. Que no me moleste, que no lo haga… que no se de cuenta que existo, que chingue a los otros chamaquitos y me deje en paz. No hizo caso de mi protesta silenciosa y pues, respondí como me habían enseñado, empujándolo y dándole una patada en el culo. Empezábamos los golpes, cuando entró Vignau, nuestro titular (profesor de religión y matemáticas, hermano marista de ochenta y tantos años), y nos mandó a su oficina. Pueblita en el camino se hizo mi mejor amigo, recordándome que estábamos jugando y que en ningún momento nos habíamos golpeado. Estuve de acuerdo con él, porque sabía que yo era una especie de extranjero en el fascinante mundo marista y él ya tenía sus años de abuso, ya sabía que hacer. Habían insistido tanto en mi casa para que entrara a esa escuela, como para que a mí se me ocurriera ser expulsado a las tres semanas de clases. —Debí dejar que me golpeara —pensé en algún momento, y luego me sonreí—. Nah, eso no va a pasar.
Pueblita y yo, estuvimos escuchando durante algunos minutos que podíamos ser expulsados por nuestra actitud, y que no mintiéramos, que estaban enseñando valores de honestidad como para nosotros tratarle de ver la cara diciéndole que semejante patada en el culo era un juego. Casi me ganó la risa. Nuestros jueguitos demasiado violentitos. A Pueblita se tomaron unos minutos para regañarlo especialmente a él. Algo mencionaron de sus padres, y de su pasado, y de que siempre era lo mismo. Hasta hoy, creo que comprendo porque estuve presente en ese regaño a él. Finalmente a Pueblita lo despacharon, y Vignau se quedó unos minutos conmigo para regañarme de manera individual… pero algo había en su mirada… y luego sonrió un poco, y trataba de continuar el regaño. Hasta ahora lo estoy comprendiendo. Es como lo que pasa con mis hermanas, y sus padres que procuran enseñar valores a sus hijas escondiéndoles mi presencia… y creen que no existe un karma, no creen en el río místico o no miran las señales… . Yo sé que todo se te regresa, si no es a mí, es a tí. Vignau estaba sonriendo, y tratándome como un hijo juguetón, y sugiriéndome—. Ándale pues, ya pórtate bien —como no queriéndome decirlo, como diciéndolo para conservar el decoro… porque conoció mi lugar en ese momento, sabía que estaba ahí por una razón. Un lugar que desconocía en aquel entonces pero suelo ocupar porque me gusta observar, porque miro las señales y porque de alguna manera… tengo un sentido muy anti-heróico de la justicia…
Vignau… creo que estaba contento de que tuviera el valor para darle la patada en el culo al mamón.
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Mayo 26, 2007 — 1-2-3, Amor, Asceta, Del deber ser.
Escrito por Agustin Fest.
Me queda un cigarrillo, nada más.
Hace unas horas, conté por segunda vez la anécdota de cómo le dí el anillo a Sol y cómo la pedí con sus padres. Hilando la historia me di cuenta que estaba profundamente enamorado y descubrí que era, tal vez, una de las historias más bonitas de mi vida, hasta la fecha.
Hay cosas a las que no me acostumbro: contar la muerte de mi abuela, por ejemplo, y las historias del pasado con ella. Un halo de tristeza y de gozo me acompañan cuando me decido a hablar de ello. No me gusta hablar de mis cosas. Siempre hay una opinión después de que hablas… cuando lo único que quieres es compartir, los otros buscan discutir o aportar. Eso me parece un poco triste: deseas regalar una tostadora, pero no la aceptan, sino que desean agregarle la parrilla eléctrica y un mejor diseño. Te lo regresan. La intención de platicar en mi caso, no es buscar ayuda o consejo… solamente compartir. Por eso no hablo tanto. De todas maneras, me animé a contar aquella historia de nuestro compromiso y me hizo sentir amor… ¿Será eso de lo que hablan los viejos, que se han aguantado durante tantos años? ¿Recordarán la historia cuando su amor flaquea?
Curiosas preguntas que me han perseguido a lo largo de la noche.
He tenido semanas difíciles en el trabajo, lo bueno es que estan llegando a su fin. El lunes se resuelve la mayoría de estos problemas. Tengo otro trabajo muy atrasado que pretendo adelantar mañana y el domingo. Además de cumplir las promesas que llevo arrastrando desde hace un mes con mi hermano de llevarlo al cine. Cuando retraso esas promesas me siento culpable. Costumbre difícil de erradicar. Eso me ganó un berrinche con Sol María, porque mañana tiene una boda y mis tiempos estan tan ajustados, que no podré ir con ella. Aunque ya platicamos, y reímos, y entre berrinche y broma, nos lanzamos cojines y ladrillos, tengo miedo que esos pequeños detalles puedan provocar un gran problema. Antes de colgar me dijo porque estaba así, y aunque lo entiendo perfectamente, no sé como hacerle sentir mejor. Su hermana se regresa a Villahermosa en unos días, ella estará viviendo sola en la casa… no esta acostumbrada a la soledad.
A mí me gusta estar solo. Mis amigos, ese tipo de amigos que prometes ver para siempre, los veré una o dos veces al año (eso si fue un buen año). Cuando vivía con Johnny, casi no visitaba a mi familia y cuando vivía con mi familia, no visitaba a Johnny… aún cuando lo considero un hermano mayor. Nunca entenderé porque soy así, y aunque probablemente no soy el único, estoy demasiado consciente de esas pequeñas líneas que nos separan, y nos alejan, esos hilos de plata que nos unen (y no se rompen), y continúan estirándose en tiempo y en espacio, hasta que sea el momento de volverlos a ver o cuando desvanecen completamente, y sólo permanecen esquirlas de plata que caen a otros hilos. Hilos que unirán, probablemente, a nuestros hijos y nuestros nietos.
Mi mujer no es así. Siento que no le gusta, o no acepta, la experiencia de “abandonar” a las personas. Algo que no puedo comprender del todo, porque no soy ella. Aún cuando puedo entender ciertos aspectos, ciertas cosas, ciertas necediades… quisiera tener un manual para saber como hacerle sentir mejor. Unas por otras. Este es el momento para hacer un poco de tiempo con mi hermano, después de que lo abandoné cuatro o cinco años. Mañana será el tiempo de retribuir a mi mujer, porque la veo cada uno o dos fines de semana. Distribuir los sentimientos, las culpas, la redención, las alegrías y las experiencias. No disfruto sentirme responsable por tantas cosas, pero así soy…
Se ha terminado el último cigarrillo. Los vecinos borrachos del departamento de arriba, siguen discutiendo del partido que hubo esta noche. He sido un niño muy valiente y he matado a tres arañas el día de hoy, todo gracias a mis bototas. Desde hace rato, he querido irme a dormir pero no he podido, algo de esto tenía que escribir… y he quitado los comentarios del blog, no sé por qué… tal vez por lo que decía allá arriba: solamente deseo compartir y así será, de ahora en adelante, hasta que me canse de este changarro y lo cierre.
Buenas.
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Mayo 23, 2007 — Casting, Consumidor de Entretenimiento, divier-tt.
Escrito por Agustin Fest.
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Abril 13, 2007 — Critica Social, Vida diaria.
Escrito por Agustin Fest.
Creo que los temblores, para mi generación y mi país (al menos el pedacito de tierra llamado Distrito Federal), son el mejor ejemplo de como una cultura puede continuar sus enseñanzas después de una desgracia. Han pasado poco más de veinte años y después de un temblor, aunque sea un chisguetito, existe una referencia al 85… desde los viejos reporteros que insisten en recordar como todos los medios se unen y como lo presenciaron, hasta el taxista que asocia el temblor de hoy, al de ayer, con sus recuerdos adolescentes o púberes.
Hace un momento, David Ochoa de BytePodcast, se preguntaba en su twitter cuantos textos académicos (psicología y sociología) se habrán escrito a raíz del temblor del ‘85… es imposible decirlo, porque continuarán escribiéndose hasta que el último anciano, testigo de aquel evento deje la tierra y probablemente más allá, al menos unos 20 ó 30 años más, en lo que las enseñanzas hayan terminado de permearse. Es decir, hasta que se haya agotado ese momento y sus enseñanzas tengan un menor valor en el contexto histórico de la sociedad. Es importante en este tiempo y en este espacio, porque hay una gran cantidad de personas que lo vivieron y continúan contando las anécdotas. Estoy viviendo lo que yo llamaría “Historia Viva” o “Historia Continua”, porque a mí, nacido en los ochenta, me educaron con una base que reside en aquel temblor. No será hasta muchos años después, que tal vez este temblor de nombre, según sociólogos o historiadores, a una generación completa de personas. Hoy no podemos saberlo, porque todavía vivimos su importancia.
¿Es importante? Claro, yo tenía cuatro años en ese entonces y por ejemplo, no era necesario que me explicaran a través de la Biblia o los cuentos de hadas, por ejemplo, lo que es la solidaridad, la compasión, la unidad, la tragedia o la muerte… porque tenía oportunidad de verlo, de escucharlo, a la salida de mi casa. Eso provoca un profundo impacto, mucho más de lo que cualquier libro, película, canción puede lograr. Sentir un temblor, para cualquier chilango, trae consigo un pequeño trauma, una memoria residual que lo obliga a actuar en mayor grado, ya sea el temor que siente o las ansias de supervivencia.
Hoy tembló a las doce de la noche (o algo así). Me encontraba frente a la computadora, jugando después de trabajar y se empezó a mover. Lo primero que pensé es: “Está leve, probablemente dure poco”. No fue así, cuando el temblor continuó un fragmento de segundo más, grité: “Está temblando”, para avisar a los demás. Esperé un momento a que bajaran, pero no lo hacían. Me pareció escuchar algo que tronó, probablemente un transformador de luz, o tal vez dentro de la misma casa. Salí a abrir la puerta y me quedé unos minutos más esperando a que mis compañeros de trabajo vinieran. El primero bajó las escaleras del segundo piso, los otros todavía se encontraban en otra área de la casa y empezaron a preocuparme. El temblor continuaba, no había luz y por un momento, siendo este el temblor más largo que había sentido en mucho tiempo, pensé que por fín podría ver como se caía una casa, la casa en la que todavía tenía medio pie adentro por estar esperando a mis amigos.
Todo pasó. El tiempo y la tierra, terminaron su rebote, su juego con las dimensiones. Hablamos a casas preguntando por los nuestros, apagamos computadoras y desconectamos todo, cerramos puertas y ventanas. La luz regresó en algún momento. Aún me encuentro temblando, pero supongo que estoy psicológicamente mejor preparado para un temblor que mucha gente. O tal vez, el 85 me enseñó lo que es el verdadero temor y por eso, continúo pensando esto en casa, mientras fumo y espero tranquilizarme un poco para dormir. ¿Habrá secuelas? Poco probable, según sé, son a los veinte o treinta minutos después del temblor. Pregunto a gente en otros estados de la República y ni lo sintieron, lo cual me hace pensar que es ridículo espantarse. Incluso, los resiento un poco… porque no han tenido que crecer con el mito que sigue construyéndose cuando la tierra grita, reclama, se ríe estruendósamente de nuestra comuna de hormigas. Esas personas no tienen, y no quieren el espacio, en mi historia viva.
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Marzo 30, 2007 — Casting.
Escrito por Agustin Fest.
11.19: Estoy en la computadora, esperando nada. Un modelo se acerca a payasear, a platicarme como este lugar suele ponerse como metro. Otro se acerca a mirar la lista por el monitor. Me incomoda que me cachen escribiendo esto, aunque es nada. Se escucha la puerta, no ha llegado nadie más. Llevo anotadas alrededor de 20 personas. Un niño de tres años corre por ahí y hace demasiado ruido. Tocan el timbre.
11.23: Llegan dos personas. Una mujer de veintitantos y un hombre en sus cuarentas. El hombre es chistoso, character, de esos hombres que utilizarías en uno de esos comerciales divertidos. Se disculpa porque no se sabe el número de su celular y me hace esperar un poco. Los niños a mi izquierda juegan con las máquinas de dulces y chicles. Probablemente van a descomponerlas. Sale alguien del foro, entra otro más y yo llamo al siguiente para que espere frente a la puerta. Los niños continuan corriendo. Tengo enfrente a una mujer con minifalda y con mayas ochenteras, hasta las pantorrillas. ¿Por qué acostumbran a hacer eso? Nuestras miradas se cruzan brevemente y le sonrío. El director de casting sale del foro tres, deja a su asistente adentro. Tocan el timbre.
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Mayo 8, 2003 — Video juegos, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
Bien.
Empecé como un ladronzuelo, trabajaba de noche obviamente. Un simple baño, una cocina simple… me hice todo un cocinero, claro está, no quería incendiar mi casa en algún accidente. Me compré algo para pintar, ya que el trabajo para ascender requería creatividad e inmediatamente, un espejo (para ensayar discurso y aumentar los puntos de carisma)… el juego bien dice: “Se necesita carisma para tratar a tus futuros clientes y después hurgar en sus bolsillos”. No se me hacía mal.
Luego la máquina de ejercicio, ya saben, para huir rápidamente en caso de policía al acecho, casi podía escuchar la cancioncita de aquel programa malísimo: Chico malo! chico malo! chico malo!
Ascendí rápidamente a corredor de apuestas, después conductor de coches… (asaltando bancos, yippy…) y al final, llegué a ser un ladrón por medio de fraudes. Requería más puntos de creatividad y de físico… además 7 amigos.
Yo sólo tenía 5. Por eso dejé de jugar el juego, porque tendría que crear más Sims con sus respectivos hogares (camas, baños, teléfonos y cocinas). Así que decidí cambiar de trabajo, aparte de que ya no me gustaba ser un ladrón.
Ajá… paramédico no sonaba mal, después asistente, después enfermero y a partir de ahí me pedía más amigos. Así que el mono de mi mismo se investigó los cheats. Decidí crear dos familias, una de ocho y otra de siete.
Las Puta, claro está, es mi juego… puedo crear la familia que se me antoje. Con algo de trampa les conseguí dinero para armarles una casa de mal gusto pero harto medieval. Un burdel con ocho mujeres de todas las razas, sabores y colores. No me vi mala honda y les puse unos silloncitos, un billar y otras cosas para que le echaran ganas.
La otra familia es la familia Carrillo, inspirados en los personajes de la oficina. Les armé una casa Romana-Agogo (de nuevo, de mal gusto, no tenía ganas de diseñarles la casa). Son Jorge Carrillo, Cheques, Cryztales, Feyo, Bala, Josefa y hasta me di el lujo de poner a Aurea (la novia del Feyo).
Ya teniendo tantos Sims que pasaban por mi casa, logré mantener 11 amigos. (Curiosamente, ninguno de la casa de las Puta :chillon:). Ya teniendo las amistades y después de conseguir puntos de lógica (me compré un telescopio), más carisma, más físico, más creatividad (una guitarra eléctrica). Conseguí ser Investigador clínico, me dieron un bono de 8,000 simoleons por descubrir una vacuna… me compré una nueva cama, un par de sillitas nuevas y un equipo de sonido (curiosamente, mi casa no es tan de mal gusto… hasta me agradó).
Y finalmente… pase a ser director del hospital. Conservo mis 11 amigos, de las cuales seis son mujeres y cinco tienen un corazoncito a lado de su sonrisa (híjole, es como la historia de mi vida… nah, ya quisiera).
Pero bueno. Ya terminó mi grandiosa vida en el Juego de The Sims a menos que decida casarme y jugar con dos Sims, y eventualmente tres si estos deciden tener hijos (lo cual, me pondría muy neurótico, una vez intenté jugar con ocho y ya estaba llorando). O podría bien dejar mi trabajo como director del hospital y buscar algo en el ambiente militar, o como hacker… o tal vez regresar al bajo mundo del crimen.
O cuando quiera perderme de la realidad, prenderé el juego, dejaré que el mono haga lo que quiera y veré con atención a las Puta pasar fuera de mi casa, ya ven… uno que se proyecta en estos juegos, como lo que quisiera ser. (Todavía me estoy decidiendo entre director de un burdel o acosador de mujeres).
Bueno, luego les dejo un link con las páginas que se genera de mi SIM para que vean fotitos de sus más grandes momentos (hasta ahora, todos tienen que ver con ladrones… y no se por qué).
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