Julio 27, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
La magia del niño me inundó los poros y la mente, de nuevo pude ver mariposas amarillas en el aire, que buscaban y luego se besaban con cuervos azules y adquirió sentido como nunca antes lo había hecho, veía los escenarios en tonalidades más brillantes y me di cuenta, ya solo faltan seis días, con sus seis noches. Salí a la proa, donde el rostro del sol me sonrió y me señaló hacia el otro lado, donde las nubes todavía eran grises y el mar de Yunén seguía contaminado. Alcé mis manos creyéndome Dios y tomé las nubes grises entre mis manos y las apreté para dispersarlas, abrí la noche con todas sus estrellas y hasta creí escuchar grillos, soy el Inventor.
El delfín saltó y dibujó su silueta a la luz de una luna completa. Esto es la magia y la magia ha cambiado mi entorno. Sin embargo, no ha completado mi destino. Ahora que soy Magia y Ciencia, Espíritu y Materia, debo preguntar a la Anciana. Soy un ser completo.
Caminé a la popa, donde busqué a la anciana y me encontré su mecedora, moviéndose sola, iluminada en azul por la luna. Caminé a la proa donde los rayos del sol le daban vida a mi barco Mojalnir y después, me metí a mi habitación. Siluetas de cuervos y mariposas parecían seguirme, me sentí mareado. Todavía no me acostumbraba. Soy Dios.
Tambaleándome en el pasillo de los Cuartos descubrí que El Cuarto de Juegos había desaparecido, el niño ha cumplido su destino. Seguían escuchándose gritos en el Cuarto de Trofeos: Yasmín todavía no ha terminado de hacer lo que hace con el súcubo. Toqué la puerta y grité el nombre de la ciega, ella no me respondió pero los gritos cesaron.
—¡Ya fue suficiente, Yasmín! ¡Es hora de que me respondas! —grité. ¿Qué me respondiera qué? Estaba confundido, la magia no acababa de adentrarse en mi sistema.
Yasmín entreabrió la puerta un poco, se veía algo de su rostro que estaba manchado en sangre, su ojo blanco de ceguera se veía siniestro y las arrugas, marcaban el espacio donde piel que no era suya, estaba ahí enterrada.
—Todavía no termino, Simón —dijo la adivina seria y cerró la puerta. Los gritos regresaron en cuanto lo hizo, busqué en los bolsillos de mi pantalón y descubrí la tercera llave de Beatriz. ¿Debía usarla? ¿Debía aceptar que todo terminara? No, Beatriz no es el fin de éste viaje… de haber sido así, entonces el Árbol Tsef Thaed no hubiera evitado que me colgara.
Hubiera muerto hace mucho tiempo, si todo fuera por Beatriz.
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Julio 24, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Querido Diario:
Ocho días, con sus ocho noches.
Ya me morí.
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Julio 16, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
El último súcubo llegó durante la media noche de Yasmín a las dieciseis noches y evitó a toda costa el medio día del Árbol Tsef, a los dieciseis días. Éste súcubo, había aprendido de sus hermanas: Galloria lo había intentado por medio del cuerpo ofrecido, Mama Esirasaft lo había intentado con el cuerpo negado, la más estúpida había sido Zalic Luia que intentó ganárselo desde el mismo infierno, con la promesa de las vírgenes y escondiendo el reflejo en el espejo. No, ninguna de ellas supo como, pero Ludiah Sartdac era muy lista y la única forma de verdaderamente ganar a Simón, era utilizándolo a él mismo. Sólo pervirtiendo completamente el barco donde viajaba.
Yasmín alzó su cara y olió el viento, supo de la presencia del súcubo.
—Vete de aquí —dijo la Anciana Ciega—. Eres la más maldita de todas. Si no quieres que te arroje yo misma del barco, lárgate ya.
—Madre Lilith…
—Madre Lilith mis ovarios. Soy Yasmín Molina de Jesús, háblame con respeto jovencita. Lárgate ahora.
El súcubo sonrió y acercó su mano a la frente de Yasmín. La ciega lo sintió de inmediato y le detuvo la mano, sin tentarse el corazón, la dobló enteramente, quebrando los huesos de Ludiah Sartdac.
Ludiah Sartdac sonrió y se mordió los labios hasta que le sangraron. Aprovechando la agresividad de Yasmín, puso la palma de la mano restante en la frente de Yasmín, quien abrió los ojos intensamente… el azul que los cubría salió en forma de aura. El aura dibujaba la silueta de una mujer desnuda quien se sentó en las piernas de Yasmín y se acurrucó en ella, haciéndola dormir profundamente.
—Gracias por atender a mis súplicas, Madre Lilith.
Se escuchó un ruido seco… era Ludiah, reacomodando sus huesos.
—Has aprendido bien, Árbol Tsef —dijo Simón—. Creo que no tengo nada más que enseñarte.
—Lo dices porque no quieres enseñarme nada más. ¿Cuánto tardaste con sensei Gorostiza?
Simón se acomodó la boina y el chaleco, se acostó para recargar su cabeza en las raíces del Árbol y no respondió. Miró hacia arriba, donde las luces del sol jugaban a entrar entre las hojas verdes y secas que había en el Árbol.
—¿Sientes eso? —preguntó el Árbol Tsef.
—No.
—¿El niño? ¿dónde está el niño?
Simón se acomodó la boina encima de la cara, no le importaba saber nada más.
—Debe estar jugando a las mariposas en el Cuarto del Jardín —se animó a responder Simón.
—Creo que tienes razón —dijo el Árbol. Los dos callaron y miraron el horizonte.
El niño mago corrió rápidamente en el pasillo, huyendo de la presencia oscura que le perseguía. Se metió rápidamente al Cuarto del Jardín, donde había un sol falso y nubes que más bien parecían pintadas. No había sonido del viento, puesto el Árbol había abandonado esa habitación hacía tiempo, desde que se escondió ahí de polizonte. Se alejó de la puerta y suspiró, no le quedaba más que esperar y tratar de enfrentarle el solo. Se quedó mirando la puerta, que parecía instalada en medio de un jardín sin ningún propósito.
La puerta se abrió y una mujer de piel gris azulada, de cabello plateado y que llegaba a media espalda y un vestido negro que le cubría del cuello a los tobillos, entró sonriendo.
—No vengo a lastimarte. A menos que eso quieras… también los niños tienen esos pensamientos, ¿no es cierto?
El niño mago pasó una mano por su cabello.
—Te sería imposible, súcubo. Cuando nací me pusieron una moneda de plata en la frente.
—Increíble, entonces tendré que hacer lo que tú quieras, ya que no puedo tocarte hasta que me des permiso.
—Lárgate. Conmigo no tienes oportunidad.
El súcubo sonrió y se acercó caminando, su rostro se veía tranquilo y amoroso. El niño dio pasos atrás por cada paso que avanzó Ludiah Sartdac.
Bobby Mindar ladró. Nadie le hizo caso. Buscó con la mirada la pistola de McGonnagal. Se apresuró, alzó su cabeza y la tomó en el hocico junto con las tres semillas del Árbol, aunque éste le ardía por el poder mágico del arma. Buscó el Libro de Mamá Esirasaft, dejó la pistola a un lado y abrió la cubierta de cuero. Con los dientes hizo un agujero donde podría guardar la pistola y la metió ahí. Una de las semillas se deshizo en su hocio, una quedó entera y pudo salvar un pequeño pedazo de la número tres. Acomodó la media semilla y la semilla en el mismo agujero de la pistola y después cerró el libro.
Siguió ladrando, pero nadie le hizo caso.
Y después sonrió, en la única forma que sonríen los rottweilers.
—Simón, el niño. Algo está pasando. Él y Yasmín están silenciosos. ¿Podrías revisar?
Simón prendió un cigarrillo y gritó—. ¡Yasmín! ¿Has robado el alma de un hombre llamado Rafael Arlequín? ¡Era un payaso que lloraba por dentro y le gustaba hacer reír a la gente para no morir de tristeza!
La voz de Yasmín respondió—. ¡Calla cabrón! ¡No blasfemes! ¡Bien sabes que a él nunca pude robarle el alma!
Simón sonrió.
—¿Lo ves? Yasmín está descansando del niño y seguramente lo mandó al Cuarto del Jardín.
El Árbol Tsef asintió lentamente y trató de no preocuparse.
El niño dibujó mariposas en el aire, mariposas violentas que volaron furiosas contra el súcubo gris. Ella se sorprendió en un principio, sin decidirse qué hacer en contra de un remolino amarillo con el número tremendo de mariposas. Se sintió débil y se arrodilló, sintiéndose confundida por el aroma que las mariposas llevaban consigo y el cielo irreal y falso de aquel Cuarto del Jardín.
—No sigue siendo mas que Magia —se dijo Ludiah Sartdac, metió una mano en el muro de mariposas amarillas que se había formado a su alrededor y sacó tres entre los dedos. Las frotó cariñosamente y éstas oscurecieron, se las puso en el cabello, como adornos. Después, alzó su cara al cielo y gritó, destruyendo y dispersando a todas las mariposas restantes.
Ludiah Sartdac dirigió su mirada al frente, donde estaba el niño mirando sin esperanzas a las mariposas amarillas caer, como pétalos de cerezo.
—Me has dado lo que necesito. Ya no tengo necesidad de tí —dijo Ludiah Sartdac.
El niño la perdió de vista y no supo del súcubo hasta que sintió unas uñas oscuras rasgarle el corazón y dejarlo sin sentido. La vista se le nubló, se miró el pecho que estaba sangrando.
—Aquí te quedarás… mi querido. Me costarás un día, pero valdrá la pena.
Al niño mago le temblaron las rodillas y después cayó, con los ojos abiertos y vacíos. El súcubo se arrodilló y puso su cabeza en sus piernas, le acarició el cabello y le cantó una canción de cuna.
Día 77.
Querido Diario:
He ido con Yasmín y la he encontrado dormida. Un aura azul le protege mientras tanto. Nunca te recomiendo lidiar con adivinas, siempre tienen magia rara bajo la manga.
Ante la insistencia del Árbol Tsef, busqué al niño. Al entrar al pasillo, los ladridos del rottweiler se escuchaban fuertemente. Me apresuré a entrar al Cuarto de Trofeos y lo encontré con los ojos abiertos y jadeando espantado. Aún así, su boca parecía como en una sonrisa. Noté preocupado que la pistola de McGonnagal no se encontraba en su lugar. Hay alguien aquí en el barco que todavía no desea mostrarse.
Después me dirigí a los otros cuartos.
Cuando me acerqué al de Beatriz, las máquinas rugieron de una manera potente y escandalosa, con la voz de ella resquebrajando la madera de Mojalnir. No hay duda, es un súcubo escondido. Le grité a Beatriz que se calmara, que me encargaría de ello. Ella no me tuvo fé, siguió gritando la misma pregunta una tras otra vez. Traté de ignorarle, no estoy dispuesto a gastar mi última llave en un regaño.
Me metí al Cuarto de Juegos y éste se encontraba solitario, igual que el Cuarto de Fest.
El Cuarto de los Espejos sigue cerrado con llave.
Fui al Cuarto del Jardín y al abrir la puerta, encontré pétalos amarillos cubriendo el suelo. Un jardín muy a la manera del Árbol Tsef, pintado como un cuadro de Monet. Al acercar mi mirada a los petalos, descubrí que eran las alas arrancadas de mariposas, ¿pero qué demonios pasó? ¿el niño habrá decidido irse? No, no lo creo. El niño trató de enfrentársele al súcubo, eso fue lo que sucedió… el niño no podía estar muerto, pero sí en poder del súcubo. Deberé tener cuidado con lo que vea de ahora en adelante, podría ser la Magia del niño utilizada en mi contra.
Evité el Cuarto del Laberinto, y cuando pasé por la puerta de los Trofeos, escuché al rottweiler que seguía ladrando. Salí a mi habitación y después a la proa, donde me encontré con el Árbol.
—El súcubo tiene al niño —dije yo.
—¿Súcubo? Entonces si fue lo que sentí.
—No duermas sólo esta noche, ven a la habitación. Tendremos que tener cuidado.
El Árbol accedió. Hemos decidido no dormir esta noche.
Y pronto salió el día…
Faltan quince días, con sus quince noches.
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Julio 14, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Querido Diario:
Me levanté temprano para iniciar las lecciones de pelea que me pidió el Árbol. Si, Diario, me siento estúpido enseñándole al Árbol Tsef a pelear, pero él insistió y yo accedí. Nunca rompo una promesa, por más estúpida que sea. Salí de mi habitación y lo encontré con los ojos cerrados, con la cara al frente. Se veía tan solemne en esa posición, que nadie hubiera querido interrumpirle, aún en sueños vislumbrando el futuro, meciéndose suavemente con la brisa contaminada, olvidando que existe y convirtiéndose en un símbolo importante en el viaje.
En fin, lo desperté con una patada en el tronco.
Cuando le dí la patada, noté que varias hojas secas y frutos maduros cayeron. El árbol entre-abrió los ojos y bostezó, sus ramas reverdecieron como si nunca hubiese estado marchitando. Cerró los labios y los ojos de dolor, después se dedicó a recoger los frutos y las hojas caídas para limpiar la proa y se los comió.
—Bien, señor Árbol Tsef. Usted tiene una ventaja y es la resistencia de su corteza.
El Árbol Tsef sonrió.
—Lo sé.
—Pero uno de los principios más importantes de Sensei Gorostiza, el cuál me enseño judo, kenpo, aikido, entre otras maravillas… es siempre aprovechar la fortaleza del otro. Todo es cuestión de energías, es lo único que necesitas saber. Ya después encontrarás tu centro gravitacional, el que te permite estar balanceado y cómodo a la hora de recibir la fortaleza del otro.
El Árbol Tsef parpadeó.
—¿Debería anotar todo eso?
Prendí un cigarrillo y respiré profundamente.
—Si no te lo vas a tomar en serio…
—Vamos, vamos. Estaba bromeando.
—Bien, para demostrarte de lo que estaba hablando, necesito que me ataques con toda tu fuerza, Sr. Árbol Tsef. Aviéntese con todos esos kilos que carga, no omita ni una sóla rama o raíz…
—¿Estás seguro, Simón?
Respiré profundamente y miré al Árbol a los ojos.
—Completamente.
Yasmín: En ese cuaderno donde has escrito todas las almas que me he robado, ¿qué te falta?
Niño mago: Muchas Yasmín, muchas. Por ejemplo, no entiendo como inició todo y como ha de terminar tu historia. Tengo todas las almas anotadas, pero hay algo que falta y que es esencial en todo ello Yasmín
Yasmín: Es muy sencillo, niño. Yo vivo ciclos de eternidades. ¿Entiendes lo que es eso?
Niño mago: No.
Yasmín: ¿Sabes la diferencia entre un inmortal y un eterno?
Niño mago: No.
Yasmín se carcajeó.
Yasmín: Eres un neófito. Escúchame bien, la creación de éste universo parte de un ser que posee la energía creadora y destructora. Hacemos bien en llamarle La Muerte, porque es el que nos da vida y ya que perfeccionamos poco a poco el camino de nuestra alma, ha de quitárnosla para regresarla así mismo. La Muerte, para mejorarse así misma y a su universo, ha de fragmentarse en tres fascetas (y estas fascetas, pueden a su vez dividirse en otras más): Estas fascetas son Cerebro, Corazón y Alma.
Niño mago: ¿debería anotar eso?
Yasmín alzó una ceja y después dijo: No abuses del recurso.
El Árbol Tsef tomó aire, se impulsó con sus raíces y como estas le dieron a entender “corrió” hacia mi. Movió sus ramas en círculos para defenderse y abrió su boca grande, las letras que formaban su corteza se movieron rápidamente, haciendo líneas incomprensibles y sin forma.
No sabía si asustarme o reírme por lo estrafalario. Conservé la calma y tiré mi cigarrillo cuando lo tuve a dos pasos de mí. Fue sencillo, en el momento indicado lo tomé de dos de las ramas y ayudé que su fuerza hiciera lo inevitable, el Árbol Tsef se tropezó y sin soltarlo, pude alzarlo sin dificultad para estrellarlo contra la madera del barco, la cual retumbó intensamente.
El Árbol Tsef se quedó tirado, perplejo y parpadeando un par de veces. Me asomé para mirarle y le sonreí.
—¿Ya entendiste lo qué te dije? Es muy sencillo, siempre aprovéchate de la fuerza del otro. No debes ser como la roca, ni como el aire. Lo mejor es ser el agua, el agua que fluye. ¿Prometes recordarlo?
El Árbol Tsef parpadeó.
Yasmín: Cerebro, Corazón y Alma. La Muerte se divide en esas tres personas y mantiene su individualidad, para tener el punto de vista de varias y también, para que esas tres trabajen distintos aspectos de sus poderes. El Alma es la que ha de resolver todos los enigmas y las preguntas, la energía que es resultado de un invididuo en plena evolución. El Cerebro es el que ha de responder las preguntas del individuo y también es el que es capaz de distinguir el bien y el mal. El Corazón, es el que elegirá el camino que propone cerebro o vislumbra otros caminos para ponerse nuevos retos que permitirán a Cerebro responder más preguntas para perfeccionar a Alma. ¿Me entiendes?
Niño mago: Intento.
Yasmín sonrió y se meció.
Yasmín: La Muerte, en un libro ha escrito el destino de todas las almas, sin embargo, como está en constante evolución… el destino nunca es seguro. Cuando la Muerte asimila un nuevo concepto o encuentra nuevos caminos para los seres, ha de destruir su universo imperfecto y ha de asimilar lo nuevo que ha aprendido, para así convertirlo en Real.
Niño mago: Wow Yasmín, sabes mucho.
Yasmín: Calla, que todavía no termino. La Muerte, ha creado a los Sanadores y Sanadoras de Almas para facilitar su labor. Estos han de ayudar a los seres ha asimilar el propósito de su muerte para que su energía llegue más limpia y no haya necesidad de reutilizarla, para ésto, nos ha dado el maravilloso don de saber como han de morir las personas. Yo soy una Sanadora de Almas.
Niño mago: ¿Entonces puedes saber cómo voy a morir yo?
Yasmín: Si niño. Y también puedo decirte como ser inmortal. Al hacerlo, entonces he de contribuir en la no-perfección de La Muerte, haré que pierda una pequeña parte de la energía que contribuye a sus Almas y también afectaré así, el rumbo del Cerebro y el Corazón de otros seres humanos.
El niño mago se quedó pensativo.
Niño mago: ¿Por qué eres mala, Yasmín?
Yasmín: Déjame terminar, y entenderás.
El día y la noche número dieciocho, pasó rápidamente. El Árbol Tsef aprendió al pié de la letra lo que le enseñé. Se concentró en sentir el agua que corría dentro de su cuerpo, se enseñó a manejar su respiración de tal forma que podía no mecerse ya, aunque estuviese en medio de una tormenta. Con las pocas enseñanzas que le dí, se convirtió en un oponente eficaz y certero, a pesar de su gran tamaño.
Todavía era torpe en muchos aspectos, sobre todo, por las raíces. Le dije que lo mejor era mantenerse estático, utilizar sus ramas y la resistencia de su tronco. Eso le haría un peleador más eficaz y no necesitaría moverse. El Árbol Tsef peleó muy bien después de ello, me fue difícil asestarle un golpe que le hiciera cerrar los ojos.
Y no pude dejar de preocuparme, que aunque no contuve mi fuerza, veía como caían hojas marchitas con cada golpe que daba en el tronco. El árbol seguía sonriendo con las lecciones… evitaba el tema de las hojas y trataba de tranquilizarme cuando reverdecía sus ramas en un abrir y cerrar de ojos.
Noté que las enseñanzas le habían servido para no sentir tanto dolor cuando sacaba las hojas verdes. Lo hacía para que no me preocupara. Me enojé, me enojé con él. ¿Por qué no me iba a enojar, mi querido Diario, de la vulnerabilidad de la amistad? Me volví más agresivo en la pelea y el Árbol Tsef supo defenderse como todo un maestro.
No dejaba de sonreír por cada hoja marchita que caía. Debo admitir, que es la primera vez que me molesta no saber que es lo que sucede con un amigo. Y haz nota de esto, mi querido Diario: estoy admitiendo, que ese pedazo de madera se ha vuelto mi amigo.
Yasmín: Cuando La Muerte destruye su universo para reconstruir, la energía de los inmortales regresa a él de una manera corrupta y tiene que trabajar en arreglarla. Es retrasar el tiempo para el Universo definitivo, el Universo perfecto. Pero sucede, que La Muerte no preparó algo llamado eternos. Los eternos son los inmortales perfectos. Son almas que consiguen su inmortalidad por medio de algo que nunca acabará.
Niño mago: ¿Algo qué nunca terminará?
Yasmín sonrió.
Yasmín: Si. Por ejemplo yo, que soy eterna. ¿No lo sabías niño? El eterno sobrevive los universos. Está presente en primera fila para ver como uno es destruido para que uno nuevo nazca. El eterno no podrá descansar, hasta que sea el último Universo. Sólo así.
El Niño Mago abrió los ojos… sorprendido. Podía intuir lo que venía. Podía casi adivinar cuál fue la primer alma que Yasmín robó.
Yasmín: Estuve presente cuando el Dios del mito creo a Adán y luego a Lilith. ¿Sabes lo qué hice? Me acerqué, claro que me acerqué… y le dije a Lilith como. Sólo con el conocimiento de los ángeles y los demonios podría ser inmortal, sólo queriendo obtener el conocimiento total de la Muerte, podría ser eterna. ¿Te sorprende? No, creo que no… viví mi eternidad hasta que nací en el nuevo universo y al mismo tiempo, dejé de existir como la vieja ciega que ves ahora, la famosa paradoja del tiempo. Me convertí en mi yo niña, sin recuerdos… ella habría de tomarme en venganza y seríamos una. El ciclo, la serpiente que se muerde la cola. No habrá respuestas, hasta que se perfeccione el universo y he vivido tantos ya, que he robado en todos almas distintas o mismas almas con diferentes condiciones. Es probable que nunca acabe niño… es probable que nunca termine.
Faltan diecisiete días, con sus diecisiete noches. Trataré de saber que pasa con el Árbol Tsef y le preguntaré a Yasmín como va con las almas… porque necesito saber. El tiempo se está terminando.
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Julio 10, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Querido Diario:
¿Has seguido el número? Restan veintidós días con sus veintidós noches. Es hora de hacer un rito, no volveré a cometer la misma estupidez de desperdiciar una llave, esta vez, he de esperar serenamente en el Cuarto de Fest el día número veintiuno. No pensaré en tequila, no pensaré en cigarros, no pensaré en el árbol, en el niño, en el delfín, en la vieja, en el cielo o el infierno.
Limpiaré mi cuerpo antes de verla. Sólo tengo tres oportunidades (en realidad, dos, si no consigo recuperar esa llave que he perdido en el maldito Laberinto). Es terrible cuando sientes la noción del desperdicio… cuando tienes contado el número de veces que puedes alcanzar la dicha extrema de ver a alguien que has perdido, de poder platicar con ella, de quererle. Es terrible, nunca debí hacer el viaje. Cuando estaba en casa, tan sólo pensarla me permitía imaginarme su figura y platicar con ella. Un auto-engaño dulce y venenoso, que me consumía como un cáncer.
El fantasma de Beatriz también ha guardado silencio o eso quiero yo creer: Que también se está preparando para verme. ¿Qué sucederá cuando me mire? ¿Estallarán fuegos artificiales en el cielo? ¿Se abrirán las puertas de Dante? ¿Irrumpirán mariposas amarillas y haremos el amor, como si los dos fueramos aire? Es la primera vez que la voy a ver, desde aquel incidente en el Cuarto de Máquinas.
Aunque he escuchado su voz, o me la he imaginado. Su voz que se lanza como una cuerda que se decide a perderme. Me pregunto, por qué cuando estaba en el Infierno el día de ayer, soñando, no vino a rescatarme. ¿Será porque sabe que no necesito de nadie, más que de mi mismo, para negarme los infiernos o los cielos? Para adentrarme en el eterno desarrollo. Mi magia corrupta.
Pobre Árbol, he ido a verle después del Juego del Infierno, estaba tranquilo y sonriente, aunque todavía un poco nervioso, se nota que no apuesta su alma todos los días. Me ofreció de las frutas sanas (manzanas, peras), no de las frutas azules que parecen berenjena y contienen tequila. Platicamos un poco y no dijimos nada. Noté que algunas de sus hojas estaban un poco cafés. Le pregunté que si se estaba marchitando. El Árbol enarcó la ceja, miró las hojas cafés y luego cerró sus ojos. En un santiamén estaba lleno de nuevas hojas verdes. Le dí una palmada en el tronco y le pregunté como iba con la búsqueda del restante de su nombre.
Bien, me dijo. Quitó la sonrisa y se puso serio. Sonrió de nuevo y me dijo que le daba gusto que iría a ver a Beatriz. Yo me despedí de él, no quería preguntarle más.
El niño mago me miró caminar, estaba muy serio también. No le quise preguntar porque entendía bien la mirada: “Irás a ver a Beatriz, y seguro lo arruinarás. Más te vale recordar la magia que te ofrezco, grandísimo hijo de puta”. El último hijo de puta, lo puse como una libertad literaria. No creo que el niño lo utilice tan elegantemente como yo.
Por último, me restaba la vieja Yasmín. Estaba murmurando y meciéndose en su silla. Le acompañé en silencio y le escuché contar las almas.
Yasmín: El alma de Gerardo Tierra, que tendría que comer tierra una vez al día para conservar su inmortalidad. Y la de aquella mujer, Jimena Montes, que debería correr por los montes durante toda su vida, con un niño sangrando en sus brazos por la Tifus. Así también, el bebé Gonzalito, conservaría su inmortalidad por siempre, sangrando en los brazos de su madre.
Cuando me proponía a dejar a Yasmín, ella guardó silencio y me dijo—: No seas pendejo.
El mejor consejo que escucharán de ella. El mejor consejo, jamás.
Finalmente, me metí al Cuarto de Fest y aquí he estado escribiéndote mi querido Diario. Así me despejo y dejo que suceda el tiempo, gota tras gota, antes de que llegue el día número veintiuno. Puedo sentir el tiempo corriendo a través de la sangre en mis venas.
El monolito donde se graban los mensajes en piedra que Fest me manda, ha estado balbuceando. Se vislumbran letras sin sentido y una que otra oración: “Puede que sea ella”. “No tengo motivos”. “T-aed”. “Hun”. “Alicia en el país de las maravillas”. “Síguelo”.
“Brincando la sanja, la sanja, la sanja”. “Montón”. “Eipor”.
Me he quedado mirando el monolito. En un trance, descubro que Fest y yo, a veces pensamos lo mismo. Aunque el sea un joven, y yo un viejo…
“Somos la misma persona”. “Esperamos lo mismo”. “¿Se habrá arreglado?”. “Yo puedo mirarla todavía”. “Estás encerrado en un viaje”.
En eso, él tiene razón. Fest puede pensar en su Cecilia cuando quiera, puede perderse en el rumbo, puede perderse todo lo que sucede. ¿Y yo? Yo me he quedado con tres llaves y no se que haré cuando sólo me quede la última. La noción del desperdicio.
“Deja de pensar”. “Mírala ya”. “La respuesta esta en el reloj”. “-haed”. “La sanja”. “¡Las tres! ¡Las tres! ¡Ya son más de las tres!”.
Tengo que vivirlo todo intensamente hasta que lleguen los momentos. Tengo que cargar con el pasado de seres a los cuáles no les he pedido que me acompañen, pero están aquí. Sin embargo están aquí. ¿Por qué? ¿Por qué van a dónde yo voy? ¿Y qué harán cuando también tengan que preguntarse, dónde estás Simón?
“Es hora”.
Lo siento en mi cuerpo y éste mar gris de Yunén cubre un amanecer, el amanecer del día número veintiuno.
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Julio 8, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
En la noche número veinticuatro, Simón Dor durmió profundamente con la esperanza de despertar en el infierno. No fue necesario que despertara porque el infierno le llamó a él en sueños. Era cálido y rojo, con casas de todos los tamaños y todos los materiales, hechas para los que visitaban (y que pronto vivirían en él). Casas para todos los pecados y sus variaciones existentes. Simón Dor caminó en el infierno de manera familiar y rápida, le conocía como la palma de su mano. Sus ojos abiertos y ansiosos, el cigarrillo quemándose más rápido por el calor que emanaba. Las calles fueron recorridas sin lujo de observación y si le preguntaran a Simón, no podría describir las esculturas vivas, ni los demonios de sombras, ni las almas perdonadas para hacer pecar a más almas. A Simón no le importaba eso.
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Julio 8, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Mi nombre es Yasmín, mejor conocida como la Tía Yemita, mucho gusto. ¿Usted quién es? ¿Josué dice? Ya veo, ya veo. ¿En qué le puede ayudar esta humilde adivina, señor Josué? Le escucho atenta y siempre gustosa de servirle. Su voz se me hace familiar y algunos ademanes también. No pregunte como lo sé, los ciegos vemos mucho más de lo que aparentamos. Sobre todo, aquellos que han vivido tanto como yo. Muchos de nosotros dependemos del olfato —y usted, apesta a nicotina—, otros tantos dependemos del habla —y su voz, guarda un rencor milenario—, el tacto y el gusto, sólo me ayudan a elegir los ingredientes para las pócimas que se dicen son de los antiguos. Pero yo poseo otro sentido, como ya habrá adivinado señor Josué, otro sentido que me es tan fino y me deja mirar todo, como un aura que extiende finos cabellos a través de la realidad. Es el sentido del Alma.
Y ese sentido me dice, que usted no vino a preguntarme acerca de su futuro. Tiene otra pregunta enterrada en su corazón… ¿será por aquel cuaderno que está apretando entre sus manos? ¿es legado de un familiar, señor Josué? No me tenga miedo, aunque es lo que menos tiene… usted también está acostumbrado a andar entre los infiernos, que aunque son diferentes a los de aquel hombre que conocí hace muchísimo tiempo, tienen el mismo propósito. Buscar la inmortalidad o la muerte, lo que venga primero. Y usted apesta igual que él, y usted se mueve igual que él, tal vez tenga distinta mirada, pero es como si los vestigios del alma hubieran atravesado la suya para insertar una semilla.
Es un placer conocerle, bisnieto de Simón Dor. Si quiere un consejo, debería quemar ese libro que el viejo escribió, está maldito. No es una maldición mágica, ni alguna maldición demoniaca. No. Es la maldición de la estirpe… usted ha sido elegido y condenado para seguir el mismo camino que siguió aquel señor Dor. La historia se repite por ciclos. ¡Y por supuesto que yo lo sé bien! ¡Si mi historia es eterna! ¿No le han dicho, señor Josué? ¿No lo ha leído en ese diario que escribió Simón? Por supuesto que no lo ha leído. Tiene miedo de saber, se le nota en el temblor que no es por la baja de presión. ¡Tiene tanto miedo de descubrir que su historia es la de su bisabuelo! Quisiera poder ayudarlo, señor Josué, pero me es imposible: Yo sólo sé una parte de la historia y esa es la mía. Yo sé lo que viví en ese barco durante las noches que me correspondieron. Los fragmentos que yo tengo, no son los suficientes para decirle cual fue el final de su bisabuelo, pero si sé que son similares. Se mueven igual y después de todo, apestan como uno sólo.
Regáleme uno de sus cigarros. No me preste encendedor, ni cerillos… mis dedos harán el trabajo.
¿Qué le decía? Es cierto, le decía que usted tiene miedo. Usted si le tiene miedo a muchas cosas… Simón le tenía miedo a una sola, un miedo verdadero y único. Supongo que usted también llegará a ese punto. Inevitablemente, podría recorrer el mismo camino que su bisabuelo. ¿Está aquí para que le diga cómo evitarlo? No podría, mi señor Josué, de veras que no podría… porque le he dicho que solo conozco la parte que me concierne.
Conocí a Simón mucho tiempo atrás, cuando éste era un adolescente. Quería ser un escritor y tenía un poder único: podía lograr que las historias fuesen reales. Lograba escribirlas de tal modo, que el universo tenía que hacer un espacio dentro de su línea temporal para dar cabida a lo que era escrito por él. El pobre de Simón… fue blanco de muchos demonios y también de ángeles, los cuervos de la muerte le perseguían constantemente. Aunque él era un joven muy distraido y de alguna manera, era protegido por la buena suerte. Jamás vivió la maldad del destino cerca.
Fue cuando escribió la historia de su primer amor y éste se hizo real. No se ría, señor Josué, porque ese evento fue el que lo trajo aquí conmigo, en éste espacio y en éste tiempo. Se hizo real porque existió en sí, no porque él lo haya escrito. El amor que lo ha traído hasta aquí, señor Josué, era el de una jovencita llamada Beatriz. Simón y Beatriz sostuvieron una relación un tanto breve, así de pequeñita como mi pulgar derecho. Ella murió, porque así estaba escrito en el libro de la Muerte. No piense lo que todos los pobres románticos e ilusos piensan: “Dios, Satán, los ángeles, los demonios y los cuervos se confabularon para quitarme lo único que me quedaba”. Eso es lo que piensan y se la pasan llorando noches amargas, mirando la luna durante eternas discusiones introspectivas. No señor, no fue así.
Al único al que le hicieron la apuesta fue a Job y es un juego que no se volverá a repetir. Aunque su bisabuelo en un principio se portó como un perfecto romántico, no le duró mucho el gusto. Simón Dor rechazó la magia.
Su bisabuelo perdió el don del Inventor. Porque perdió lo único que no había podido inventar, lo único que escribió basándose en la realidad. Era mediocre el muchachito, pero escribía bonito, me caía bien. ¿Cómo lo conocí? Muy sencillo, lo conocí cuando el era jóven. Simón Dor se enteró de mi existencia, de la Sanadora de Almas que sabía como morirían las personas, así como usted lo sabe mi señor Josué… lo que usted no sabe y él sabía desde jovencito es ésto: las Sanadoras de Almas podemos recuperar las almas que giran en torno al Pozo Infinito de la Muerte.
Vino a preguntarme, muy sereno, si le podría hacer el favor.
¿Qué favor? pregunté inocente, aunque ya lo sabía.
Si podría recuperarle a beatriz, dijo él, sin dejar de fumar y cruzando la rodilla. Serenidad y odio.
Yo naturalmente, le respondí que no.
Él agarró su presencia y se fué.
Nunca perdía la compostura el hombre, ni aún llorando. Si lloraba, lo hacía en silencio, cargando la enorme presencia que le habían enseñado sus años duros. ¿Sabe cómo solucionó lo de Beatriz? Escribió a su fantasma, a la imagen y semejanza de ella. Corrompió la magia, usándola para su propio beneficio, hasta que el hombre perdió la cordura o recuperó la sanidad mental. Hizo un viaje en el mar maldito de Yunén, el mar que es el puente entre la tierra de Nod y al río del Aqueronte. El mar de los muertos y los vicios.
¿Qué pasó después? A mi no me mire, yo no puedo resolverle esas cuestiones, no tengo el tiempo. Está pronto el fin de éste ciclo mío y el inicio de mi ciclo nuevo. Su bisabuelo debió haber escrito de ello en su diario, si no lo entiende… atrévase a leerlo, aunque yo le recomiendo que lo queme y de final a la estirpe del cuenta-cuentos. Rompa el patrón, deshágase de todo vestigio de Simón Dor, hágame caso, mi querido Josué. ¿Le importa que le llame querido? ¡Siento que le quiero igual que a ese viejo anciano!
Simón Dor y yo, nos volvimos a ver pocas veces. Hasta que me arrastró al mar de Yunén con él o más bien, yo decidí seguirle. Un juego peligroso decidí jugar, mi querido señor Josué. Es de sabios aprender una cosa: Con los hombres que desean la muerte o la inmortalitad para después llegar a la eternidad y así prolongar el sufrimiento, no se juega. Pero era mi única oportunidad, querido Josué, de llegar al pasillo de la Muerte y pedir yo, mis propias respuestas. Fui un poco egoísta al decidir que le diría al viejo como alcanzar la inmortalidad.
Me dio remordimiento y le mentí a Simón: le dije que debería contar todas las almas que había robado antes de tomar una decisión. ¿Sabe por qué lo hice así, mi querido Josué? Había algo de verdad en ello. Evaluando mi vida podría yo decidir si hacerle daño a alguien tan querido como él, al decirle como ser inmortal para sufrir eternamente. ¿Qué me pregunta? ¿Qué si le dije? Mi querido Josué, la respuesta está en el diario al que tiene miedo de leer.
Al final, yo me salí con la mía y por supuesto, he pagado por ello. Pero esa es mi historia y difiere de la de Simón.
Y también sé que a usted, no lo quiero tanto, mi querido Josué. Le he escuchado como le cambió la respiración cuando le mencioné de inmortales y no será difícil decirle. Ya tomó una decisión: Quiere seguir la estirpe del cuenta-cuentos y si es inmortal, mejor. Ha hecho bien, ha hecho bien… ahora abra su mente y escuche estas palabras que voy a decirle, siga al pié de la letra todas mis instrucciones y recuerde, el dolor que sienta durante el primer día de su inmortalidad, se deberá a que su alma quiere abandonar el cuerpo. Usted tiene temple, Josué, podrá soportarlo.
Repito e insisto, escuche bien lo que le voy a decir: Mañana a primera hora…
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