Noviembre 1, 2007 — una línea.
Escrito por Agustin Fest.
Rito lunar.
Julio 31, 2007 — 1-2-3, Amor.
Escrito por Agustin Fest.
Los lunes tenemos un pequeño rito, dónde yo me levanto más temprano de lo usual y ella ya esta bañada. Ese momento lo tomo para admirarle mientras se enreda en las toallas, o se pone la ropa interior, o se viste de manera muy formal. Me gusta el corte de sus pantalones, porque las nalgas redondean bonito y dejan caer suavemente la tela. Hago caras, como si no quisiera levantarme, pero la única verdad es que saboreo el breve momento antes de vestirme y arreglarlo todo para irme. A veces los lunes son crueles. Huelo su jabón a un metro, admiro el brillo de su cabello y su paciencia para maquillarse. Me tomo mi tiempo, porque es lo que me llevaré una o dos semanas, antes de volverle a ver.
Ella a veces me mira. Si yo hago caras, pretendiendo mis deseos de dormir un poco más, ella esconde las suyas, pretendiendo que es una dama muy formal. Se mira atentamente al espejo y si me cacha, como siempre lo hace, sencillamente me pregunta “¿Qué?” y se inventa una mirada desconcertada. En ocasiones me pregunto si de verdad no sabe lo mucho que saboreo el momento, y lo tanto que voy a extrañarle. En ocasiones me pregunto si sólo se hace la loca, igual que yo. “Nada”, respondo. “Te ves guapa”, respondo. “Tengo mucho sueño”, respondo. Pero todas quieren decir: “Ya te extraño, no quisiera irme de tu lado”. Hacemos lo nuestro, cada uno por su lado. Ella seguirá con el maquillaje, o preguntando que color le va mejor. Yo recogeré las playeras, revisaré que mi pocket pc esté en su lugar o entraré al baño cansino, rascándome la espalda o la baja espalda.
Cuando los dos nos animamos a platicar, es unos momentos antes del desayuno, después que ya nos hayamos lavado las manos o las caras, y estemos abandonando las habitaciones. Ella prende la tele, yo pregunto si quiere desayunar, ella responde que no, yo pregunto si esta segura, ella me asegura que no desea desayunar, yo le pregunto si quiere huevos con jamón, esta bien dice finalmente y su cara de niña regañada y hambrienta. Si no pasa así, entonces me empuja y me pregunta que deseo desayunar. En ese caso le diré que huevos con jamón, o huevos con tocino. Bajo y hago el desayuno, mientras ella hace café en la cafetera y prende la televisión, en algún canal de noticias.
Hablaremos, después, de las noticias que vemos. Ella, ya bien puesto el traje de ejecutiva y yo, bien puesto el traje de alguien renuente a despertar. Si hablo de mi sueño, ella habla de como lo esconde. Si hablamos de las noticias, ella inventa algún cuento maravilloso y abusa de los contextos. Si yo hablo de las noticias, termino preguntándole a ella si tengo o no razón. No porque sea importante si la tengo o no, simplemente porque me gusta escucharla y vivo tanto tiempo en silencio a lo largo del día, que siento a veces la imperiosa necesidad de decir estupideces para que no me crean sabio.
“Es que no me cuentas nada”, a veces pensará. Antes que lo diga, apresurándome para evitarme la incomodidad, busco comerciales en la televisión y anécdotas curiosas de las caras que ya conozco. Recito los nombres de los modelos como si fueran una protección. O, si me toca la suerte, le señalo y le comento: “Ese yo lo hice”, y sonrío medio orgulloso, aunque sé de antemano que el comercial es una mierda. No soy del todo honesto, porque si me pregunta “¿Y te gustó cómo quedó?”, respondo: “Más o menos, estuvo mejor el casting”. Es demasiado temprano para musitar malas palabras. Muy adentro, lo que de verdad quisiera decir, es: “Se siente bien estar aquí”.
Alzamos los platos y lavo algunos. A veces todos. Por lo general, ella saca su botecito de basura con ruedas y nos preparamos para irnos, cada uno con sus respectivas mochilas. Saco mis cigarrillos en los pasos que toma ir de la puerta al coche, me lo pongo en los labios, bajo la ventana y lo prendo. Ella hace magia con el coche, porque yo no sé manejar, y después de rezar algunos cantos, echa a andar. Los primeros dos o tres minutos, tal vez diez, guardamos silencio si no tuvimos una plática para continuar. Me pide de mi cigarro, y no soy para decirle que temprano hace daño. Es cierto que no quiero parecer sabio, pero tampoco quiero parecer un completo idiota.
Mi mano baja a su muslo y le aprieta un poco, después toma su mano y entrelazamos los dedos. No sé de que charlamos esas mañanas. “Te extraño”, quiero decir. “No quisiera irme”, quiero decir. “No pasará mucho tiempo”, quisiera decir. A veces, entre más cerca estoy de mi destino lo digo. Un impulso, ya tatuado en alguna medula valiente. Nos besamos cuando llegamos al final del camino, porque durante el camino ella hace sus ritos para hacer andar el coche y yo hago los míos para terminarme el cigarro. En palabras de algún alburero: ella maneja la palanca, yo chupo el pitillo. Si los coches se manejaran solos en el camino, tal vez nuestro beso de despedida duraría dos cuartos del trayecto, o lo que es lo mismo, la mitad.
Al bajar del coche, puedo o no puedo mirar atrás. Depende como me sienta, depende de la hora o la cantidad de gente. Depende si nos despertamos a mitad de la noche para hacer el amor, lo cual pasa muy raras veces. O depende si nos despertamos temprano para acariciarnos un poco. Si el beso de despedida es largo, o si tenemos pendientes mutuos que arreglar para nuestro bienestar y contento. Una vez me fui enojado, y ese enojo se me hizo estúpido cada semáforo, que después ya no supe decirle perdón. No volveré a hacerlo. Nunca dejes a una mujer enojado cuando sabes que no dormirás con ella el día siguiente, o el siguiente del siguiente. Duele demasiado y todo lo bonito que no dijiste, lo dices a nadie y se va mientras buscas las palabras para pedir perdón.
Siempre termina lastimándome.
Mayo 27, 2007 — Asceta, Del deber ser.
Escrito por Agustin Fest.
Leo por ahí. “Si no quisieras que lo hiciera, entonces podrías detenerlo”. Pero mejor no dije nada, no sólo porque estaba fuera de lugar y porque esas cosas se aprenden, sino porque la naturaleza es sabia, incluso la humana, y lo que somos tiene sus razones de ser. Eso creo. Estos días, me he preguntado de nuevo acerca de la naturaleza humana y sus motivos, por qué eres quien eres, por qué acostumbras a hablar o responder así, por qué continúas actuando de esa forma, en qué te beneficia o si solamente aprendiste a hacerlo para convivir o sobrevivir. Observar la interacción de las personas ofrece este tipo de dudas. Luego, te preguntas de tí mismo, y tus lugares comunes, porque soy como soy, algunas respuestas vendrán como un flashazo a tu cerebro: “Mi madre hacía ese gesto, mi abuela sonreía así y mi tío siempre contesta de esa manera”… y la vida, es un largo camino de aceptación a tus actitudes, a lo que eres: Una enorme construcción de tu círculo más cercano y las supuestas decisiones que tomas, para aligerar esa carga y hacerla “tuya”.
La mujer y su plática distraen, necesita atención. Escribir es difícil cuando alguien así continúa elaborando. Es como cuando tratas de estudiar, y un ruido de fondo provoca que te distraigas facilmente. De igual manera, tengo la televisión prendida. Son tres puntos a los que debo prestar atención: al post que escribo, una plática por el mensajero y la televisión. Una pequeña saturación. Nunca podré acostumbrarme. Tal vez, ese ruido se filtra y se traduce en lo que escribo. Genial.
La carga de trabajo se esta aligerando y sólo resta la carga de filmaciones de la próxima semana. Pronto podré escribir los dos últimos capítulos de la Historia de Amor. En mi Google Desktop, he puesto las fotos de Sol y las que me mandan por messenger. Me traen algunos recuerdos. Sobre todo las primeras fotos de/con Sol María. Cumpliremos cinco años en unos meses. No siento que hayamos envejecido. Sin embargo, si nos hemos adaptado mejor el uno al otro. Cada diez segundos me encuentro con un pedazo de historia, con una payasada, con una ternura, o con una cachondería. Supongo que es más ruido, otra distracción más, pero es un ruido muy agradable. Me tranquiliza mirar las fotos familiares.
La persecusión de la identidad.
Ayer me compré unos Camel que supuestamente son “natural flavor”. Definitivamente, son más duros. Supongo que me puedo acostumbrar a ese sabor. La caja es bonita, muy minimal, y tiene dos de mis colores preferidos: azul grisáceo y café claro. La combinación de gusto y tipo es poderosa. Estupideces en las que piensa uno.
Días que me siento enamorado.
Mayo 26, 2007 — 1-2-3, Amor, Asceta, Del deber ser.
Escrito por Agustin Fest.
Me queda un cigarrillo, nada más.
Hace unas horas, conté por segunda vez la anécdota de cómo le dí el anillo a Sol y cómo la pedí con sus padres. Hilando la historia me di cuenta que estaba profundamente enamorado y descubrí que era, tal vez, una de las historias más bonitas de mi vida, hasta la fecha.
Hay cosas a las que no me acostumbro: contar la muerte de mi abuela, por ejemplo, y las historias del pasado con ella. Un halo de tristeza y de gozo me acompañan cuando me decido a hablar de ello. No me gusta hablar de mis cosas. Siempre hay una opinión después de que hablas… cuando lo único que quieres es compartir, los otros buscan discutir o aportar. Eso me parece un poco triste: deseas regalar una tostadora, pero no la aceptan, sino que desean agregarle la parrilla eléctrica y un mejor diseño. Te lo regresan. La intención de platicar en mi caso, no es buscar ayuda o consejo… solamente compartir. Por eso no hablo tanto. De todas maneras, me animé a contar aquella historia de nuestro compromiso y me hizo sentir amor… ¿Será eso de lo que hablan los viejos, que se han aguantado durante tantos años? ¿Recordarán la historia cuando su amor flaquea?
Curiosas preguntas que me han perseguido a lo largo de la noche.
He tenido semanas difíciles en el trabajo, lo bueno es que estan llegando a su fin. El lunes se resuelve la mayoría de estos problemas. Tengo otro trabajo muy atrasado que pretendo adelantar mañana y el domingo. Además de cumplir las promesas que llevo arrastrando desde hace un mes con mi hermano de llevarlo al cine. Cuando retraso esas promesas me siento culpable. Costumbre difícil de erradicar. Eso me ganó un berrinche con Sol María, porque mañana tiene una boda y mis tiempos estan tan ajustados, que no podré ir con ella. Aunque ya platicamos, y reímos, y entre berrinche y broma, nos lanzamos cojines y ladrillos, tengo miedo que esos pequeños detalles puedan provocar un gran problema. Antes de colgar me dijo porque estaba así, y aunque lo entiendo perfectamente, no sé como hacerle sentir mejor. Su hermana se regresa a Villahermosa en unos días, ella estará viviendo sola en la casa… no esta acostumbrada a la soledad.
A mí me gusta estar solo. Mis amigos, ese tipo de amigos que prometes ver para siempre, los veré una o dos veces al año (eso si fue un buen año). Cuando vivía con Johnny, casi no visitaba a mi familia y cuando vivía con mi familia, no visitaba a Johnny… aún cuando lo considero un hermano mayor. Nunca entenderé porque soy así, y aunque probablemente no soy el único, estoy demasiado consciente de esas pequeñas líneas que nos separan, y nos alejan, esos hilos de plata que nos unen (y no se rompen), y continúan estirándose en tiempo y en espacio, hasta que sea el momento de volverlos a ver o cuando desvanecen completamente, y sólo permanecen esquirlas de plata que caen a otros hilos. Hilos que unirán, probablemente, a nuestros hijos y nuestros nietos.
Mi mujer no es así. Siento que no le gusta, o no acepta, la experiencia de “abandonar” a las personas. Algo que no puedo comprender del todo, porque no soy ella. Aún cuando puedo entender ciertos aspectos, ciertas cosas, ciertas necediades… quisiera tener un manual para saber como hacerle sentir mejor. Unas por otras. Este es el momento para hacer un poco de tiempo con mi hermano, después de que lo abandoné cuatro o cinco años. Mañana será el tiempo de retribuir a mi mujer, porque la veo cada uno o dos fines de semana. Distribuir los sentimientos, las culpas, la redención, las alegrías y las experiencias. No disfruto sentirme responsable por tantas cosas, pero así soy…
Se ha terminado el último cigarrillo. Los vecinos borrachos del departamento de arriba, siguen discutiendo del partido que hubo esta noche. He sido un niño muy valiente y he matado a tres arañas el día de hoy, todo gracias a mis bototas. Desde hace rato, he querido irme a dormir pero no he podido, algo de esto tenía que escribir… y he quitado los comentarios del blog, no sé por qué… tal vez por lo que decía allá arriba: solamente deseo compartir y así será, de ahora en adelante, hasta que me canse de este changarro y lo cierre.
Buenas.
Patribulando el domingo.
Marzo 25, 2007 — 1-2-3, Enigma, divier-tt.
Escrito por Agustin Fest.
La estrategia, es lograr que abras los muslos. Eso pensé cuando llegué, pero de todas maneras (aunque un poco mejor que el fin de semana pasado) existe un regulador y todas ganas honestas se han encaramado. Ya no tengo ganas de hacer el amor, pero si tú lo quieres hacer, me parece bien… todavía es agradable para el cuerpo. Mientras tanto, puedo escuchar como se termina el domingo y pensar que no pasa nada. El descanso siempre me ha parecido una especie de tortura lenta, que se come el cerebro como un gusanito escondido.
En mi casa siempre tocan la puerta, antes de pasar, aún cuando es un domingo y no estas haciendo nada. Luego, te preguntan si no hay problema (si no estas ocupado) y van directo al grano. La mera cortesía de este acto, obliga que desplaces todo lo demás. Si es para molestarte porque están aburridos, te lo avisan de antemano para que te prepares y siga un momento incómodo, donde cualquier ocupación y sentimiento, deberá esperar hasta que haya terminado el rito. Cuando invaden sin aviso, sabes que es urgente y te alertas. Es una dinámica estúpida, una costumbre difícil de quitar, pero respetuosa y educada. Es preferible a que entren a tu habitación sin aviso y sin algo preparado. Finalmente, para invadir, acostumbro pedir permiso.
Tal vez por ello, me parece, lograr que abras los muslos y sin sorpresas, es una especie de tortura, porque de antemano acostumbro a pedir permiso. Si no fuera por este pensamiento, cuya conclusión probablemente nunca exista, mi domingo sería aburrido y sin valor alguno. Tú no estas consciente de mis costumbres, no las has vivido y puede ser que nunca las entiendas, así como no entiendo las tuyas. Procesar una estrategia es lo más entretenido que puede existir para un hombre como yo, porque me hace pensar en muchas posibilidades, todas ficticias, para lograr algo que nunca pasará.
Lo cual es lamentable. A veces, pensar como se puede hacer el amor, en vez de hacerlo, puede ser más divertido y productivo. Algún día olvidaré pedir permiso y tú pensarás como hacer para que estemos solos, en estas tardes de domingo.
Un acto de amor inconfundible…
Marzo 16, 2007 — Amor, Búsquedas, Del deber ser, divier-tt.
Escrito por Agustin Fest.
¿Existe?, porque los besos y las cogidas, se usan para placer, para obtener algo a cambio, para reafirmar el odio hacia una persona o no sé, por simple cariño. Claro, a mis amigas no me las cojo, a veces quisiera, pero nomás a veces.
Debería haber un acto de amor inconfundible. Un acto tan sorprendente, contundente y fantástico que sólo sirva a ese concepto y a ningún otro más. ¿El sacrificio de la propia vida por otra persona? ¿Ceder un bien personal, desinteresadamente, a favor de otro? No, no creo… eso no es amor, eso es nobleza y las películas ya nos enseñaron que si queremos que todo salga bien, debemos sacrificarnos. O sea, hacerte pendejo un ratín, porque de todas maneras obtienes la recompensa…
Además, el amor no siempre es nobleza. A veces es bien culero, sobre todo cuando incluye tacones, uñas, malas palabras, látigos, suegras y todo eso. Lo que yo quiero, es un acto que te meta en la cabeza la palabra: amor. Porque tener un hijo, pues… no siempre es en las circunstancias más favorables, como cuando se rompe un condón por ejemplo. ¿Los besos y las caricias? Pues… es que si eres actor son una herramienta de trabajo. Sería necesario inventar una verdad universal e indiscutible.
Entonces, existo hoy con el firme propósito de inventar un acto de amor inconfundible.
No puede ser algo sencillo, como: “existir”, “amar”, “dormir” o “cagar”… porque de ser así, no sería amor. Ni siquiera intentarlo, porque cuando a una persona le dices “amar” es “amor”, te voltean a ver con cara de angustia y exclaman: “No puede ser TAN sencillo”. Aparte es muy mamón. “Amar es amor”, dan ganas de responder—. Ay no mames güey… muere. También depende del tonito en qué lo digas, supongo… y de las instituciones religiosas o cultos que te respalden. Sea lo que sea, la simpleza no es interesante, por eso he concluido que un acto de amor inconfundible, debe ser al menos una gran serie de pasos a seguir cuya conclusión es inmediata y resoluta.
Aunque… estoy tentado a decir que ese acto, es una felación o un cunnilingus. Debería serlo… si no es porque se compra por cincuenta varos en la meche o con dulcitos. El amor no es una felación, pero se le acerca terriblemente.
El acto del que hablo, también, deberá evitar la tipificación o categorización. Es decir, nada de amor filial, amor por compromiso, amor platónico, auto-amor con manuelita, intenso amor o amor de dos pesos. Deberá también, ser tan perfecto, que evite todo tipo de confusiones con el odio, la pasión, la infatuación, el incesto. Ese acto que cuando vas caminando por la calle, en el parque, comiendo un helado y pensando en los pendientes laborales y por casualidad lo atestiguas, puedas decir: “Eso… es amor”. Con todo y punto final. Sin líneas extras, sin reflexiones posteriores y sin desencantos comunes.
Un acto, probablemente rápido, económico y sencillo… características que funcionan con los productos y la publicidad. Tal vez amarillo y rojo, para que sientas hambre y desees consumirlo. Una comida con vitáminas, minerales, calcio y diez aminoácidos indispensables para el cuerpo humano. Pequeño y práctico, para que puedas llevarlo en la cartera. Un disco duro interno con treinta gigas, para ponerle música. Con funciones extra, pero no apabullantes, para que se asemeje al celular de moda. Un diseño ambiguo y moderno, de buen gusto, para hombres y mujeres. El diseño del acto de amor inconfundible debe ser tan perfecto, como el propio acto.
Insisto, no es una mamada, pero como se le acerca.
Sería un ritual para la diplomacia, con eso se arreglarían desde los conflictos bélicos hasta la chilladera del bebito. Un abrazo no, porque algún listillo se le ocurrió que se puede ir por la calle para regalarlos. Un abrazo de quien no amas, puede ser un martirio. Sin velitas de olores e incienso, porque puede ser demasiado místico o hare krishna. Sin palabras necias o rebuscadas, pero evitando también las salidas comunes y los crímenes lingüísticos. Que funcione en todos los contextos históricos y en todos, tenga el mismo nombre. Probablemente, un algo que los escritores, pintores y músicos, se verían forzados a producir sin variantes, porque es amor y ya. Es amor.
Que no cambie de precio, disponible para todos… tan disponible, que se distribuya como un meme en internet o como un flashmob en Inglaterra, que se reconozca en todas leyes y todas culturas. Una fórmula cuyo resultado siempre sea el mismo, un lugar seguro para un mundo caótico, una propuesta para que los chinos sientan que los gringos son sus hermanos. ¿Ya ven? ¡No puede ser una mamada! Quisiera… pero no. O una foto porno de una actriz famosa… esas explotan como pólvora. Un algo poca madre, pero que no lo parezca… que sea absurdo, complejo, pero que asombre por su sencillez una vez aprendido y por su profundo sentido.
Por la complicado que parece conseguir todo esto, sugiero que todos nos pongamos de acuerdo y decidamos lo siguiente:
1. Un firme apretón de nalgas que no dure más de tres segundos, a las 4:55 de la tarde, es amor.
No se diga más, ya lo resolví todo.
A huevo.
Des-a-mor.
Marzo 12, 2007 — Cuentos, FotoCuento.
Escrito por Agustin Fest.

Los recuerdos estan rotos. No me preguntes como. Los recuerdos estan rotos. En mi cabeza parecen imágenes de una fotografía hecha jirones y me duele mirar como se deshacen con el agua. No ha pasado nada, estoy en mi asiento, mirando una pared y adentro pasa lo que te platico: una lucha por recuperar nuestras llamadas, por darle color a las últimas fotografías restantes. No quiero hablar de lo que otros llaman desamor. Desprecio el concepto: desamor. Des-amor, des-hacer amor, des-construido, roto. Lo mismo que pasa con esa palabra, pasó con mis recuerdos, de tanto repetirlos han perdido sentido, se han hecho mierda como la cinta de una película VHS.
El desamor es una violación. Se te sube al cuerpo, aún cuando pataleas y ruegas que no lo haga. Te detiene las manos, te besa con su boca sucia, asquerosa, los dientes podridos y baja las manos para abrirte las piernas. Los recuerdos se distorsionan. Los recuerdos se rompen.
Hablar de esto con mi psicólogo no me ha hecho bien, solamente me he logrado confundir las cosas e inventarle historias nuevas y aspiracionales acerca de nuestra relación. No hay nada verdadero en mi vida, te hubiera tomado fotografías. El psicólogo me mira con los lentes ligeramente chuecos y su mano como un león con el pelaje de su barba, escondiendo su boca, mientras concateno las mentiras y creo el contexto… me pregunto si su mirada, desnuda mi alma y descubre mis inventos. He querido preguntarle, en caso de conocer la verdad, si puede platicarmela para no extrañarte de falsas maneras. Debería poder hacerlo, si le pago ochoscientos pesos la hora es justo que encuentre conexiones entre la verdad y la mentira, y recomponga así mi vida… no por el amor perdido, sino por conservar la cordura y una noción de la realidad.
Cuando te amaba, me di cuenta que todo tenía sentido y veía relaciones íntimas, nexos invisibles, que nos ligan a todos. Sin embargo, me he convencido que el amor, como el desamor, guardan la duración de una canción. Fue muy breve, una alegría muy breve que parece eterna… pero termina, igual terminará mi dolor por ti. Nada es para siempre, me lo enseñaste, es lo que le digo mi psicólogo… una de nuestras necesidades, tal vez juveniles, es la duración perpetua del amor… ¿no así, buscamos extenderlo los años posibles? Es porque… le da explicación a lo desconocido. Probablemente, esas explicaciones que encontramos a través del reflejo de otro, son mentiras… pero cuán verdad parecen mientras estamos en los brazos de otros y miramos por encima de sus hombros, o sacamos fotografías de ojos enamorados, o dormirmos juntos y compartimos incluso, la peste de nuestras bocas al despertar.
¿Es la enseñanza? ¿Encontrar la verdad sin otros? No concibo la idea que sin amor (o desamor, esa chingadera), cualquier ser humano sea capaz de modificar su percepción para encontrar las respuestas a todo. ¿Qué clase de ingenuidad se necesita? No importa, los recuerdos estan rotos. Estan deslizándose como gotas de agua por el caño… es posible, si… que eso me permita iniciar de nueva cuenta, es posible… si… que aprenda a encontrar mis respuestas sin nadie que me tome de la mano… aquí, mientras pierdo ese último recuerdo en grises, te prometo que puedo hacerlo y nunca necesitaré, ni a ti, ni a otra como tú, ni un perro, para caminar sobre esta tierra y darle un nuevo nombre a los árboles, a las plantas, a los niños y las células de piel muertas que caen con la ducha matutina.
Foto: Mariana.
Este es uno de los fotocuentos que escribo en Árbol de los Mil Nombres. Si quieres enviar una foto, antes lee: Acerca de los FotoCuentos.
Si quieres leer los que llevo a la fecha, entra a la categoría de FotoCuento.
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