Julio 13, 2006 — 24 horas, Consumidor de Entretenimiento, Vida diaria.
Escrito por Agustin Fest.
¿Es posible escribir durante 24 horas? ¿Qué de bueno podría resultar escribir cada hora lo que pasa por mi cabeza? Es como la propuesta gringa de escribir una novela en tres meses, ¿o era una semana? En esa propuesta, estaba explicado que de ninguna manera esperaras un Proust en el resultado, pero que el acto en sí, de escribir lo más pronto posible, te ayudaría a terminar el producto y ya una vez finalizado, tendrías la opción de editarlo. Yo no soy así, yo no puedo escribir una novela de corrido y luego regresar a ella. He descubierto que pasado un tiempo considerable, puedo animarme a releer el texto y sentir que puedo mejorar cosas. Pero fui educado con la necedad de que lo escrito, escrito esta y como con las palabras, estas no se retiran. Creo que es un sentimiento de lo más mexicano, responsabilizarse por los actos para sentirse héroe, noble y bien parido.
Supongamos que de veras me animo, el día de hoy, a escribir cada hora lo que esta pasando por mi cabeza. Y también de mis alrededores. Si hago eso, podré demostrar finalmente lo aburrida que es mi vida y también, como no, descubriré lo poco interesante que es seguir escribiendo en mi blog. O también podría descubrir una joyita dentro de todo lo escrito, una línea que sea capaz de disparar una inspiración propia y que me permita continuar algo que he dejado pendiente, o incluso crear una historia. Supongamos que es una idiotez escribir 24 posts, con una hora de diferencia cada uno. ¿A qué hora voy a dormir? ¿De veras el animo infantil lo vale?
Tengo que terminar un trabajo que tengo pendiente, puedo trabajar y cuando pase el tiempo, sencillamente escribiré ese progreso. Puedo detallar del trabajo que estan haciendo en la casa de a un lado, puedo determinar a qué horas pasa el gas y el agua. Puedo platicar cada cuanto tocan a la puerta. O si me siento muy valiente, puedo salir corriendo por un café al Starbucks más cercano y regresar a tiempo para la siguiente entrega. Puedo convertir esto en un meme, ¿alguien más se animaría a hacer esta idiotez? Puedo describir con absoluta presición los procesos mentales que pasan por mi cabeza, ya casi cumpliendo las 24 horas de necedad y pendejada. Puedo convertirlo en un ejercicio mensual, procurando hacerlo un fin de semana de cuatro, para llamar la atención de los webloggers. O bien, puedo sugerir que se convierta en el día internacional de postear 24 horas en todo el mundo, no me sentiría tan sólo si algún español, argentino, hindú y británico, me acompañaran en esta empresa.
De alguna manera, estaría haciéndole honor al espíritu original de un diario, que es escribir lo que se piensa en el momento, lo que pasa en el momento. Es lo que hacían los escritores que llevaban su libretita, que al caminar por las banquetas de alguna plazuela, se les prendía el foco, sonreían siniestramente, luego adoptaban pose misteriosa, sacaban su plumita y anotaban “que el hamster le daba vueltas a la ruedita”. Ya después, en sus casitas, tachaban al hamster o la ruedita, y lo cambiaban por la vida o por el amor. De eso se trata tener un blog, para aquellos que se sientan escritorsuchos, de anotar lo que piensan y luego, ya más calmaditos, tachan, revisan y reescriben. No es para que los descubran como grandes escritores. Disciplina y control, como diría el hombre oscuro. Amor al arte, pues.
Veamos qué tal me va, he puesto el temporizador de mi celular para que suene a la hora que empecé a escribir esto. Veamos si tengo la disciplina para escribir esas 24 horas. Y ojalá surja algo divertido, además de babear como estúpido a las diez horas de haber empezado esto.
|
Tags: 24_horas, amor-al-arte, ánimo, casa, disciplina, Escribir, hechos, humor, Memes, novela, palabras, platicar, progresión, prolific, proust, starbucks, tiempo, tonterías, trabajar
Diciembre 3, 2005 — Hojas, Otras Artes, otros blogs.
Escrito por Agustin Fest.
Gracias a B3co y sus fotos en flickr, me dieron ganas de ir al Museo Soumaya, así que me llevé mi hermano, mis últimos cien pesos, y nos empapamos un poco de cultura. Yo siempre he sido muy malo para ir a los museos, porque no anoto nada y la mayoría de las cosas se me olvidan… por ejemplo, el nombre de las obras o sus artistas. Aunque, gracias a los años (jie), (realmente) aprecio distinto el arte clásico, sobre todo si a pintura y escultura se refiere. La sala de Julian Slim (con esculturas de Rodin, en su mayoría) fue, sencillamente, increíble.


Victor Hugo (mi hermano), en cambio, miraba las pinturas y me decía—: Ese sería un buen stage de MUGEN. O bien, miraba una escultura y me comentaba—: Oye… ¿Rodin esculpió esa mano haciendo huevos? Ajem… si, apreciar el arte, o algo así, toma sus años (al menos callarse lo evidente, supongo).


En fin, si eres del DF o si te animas a venir, estas cordialmente invitado a visitar el Museo Soumaya… sobre todo ahorita que tienen su exposición temporal “Seis siglos de arte, cien grandes maestros”. Ver al Greco a un metro de distancia nunca hace daño. Diez varos la entrada y así te evitas mirar mis fotos que parecen como la versión pirata.

(Y un regalo para mi novia, a pesar de mis fotos chafas y todas movidas… le dejo a San Jorge [en sus dos representaciones]).



|
Tags: amor-al-arte, escultura, Familia, fotografía, hermano, Julian-Slim, museo, paseo, pintura, soumaya
Septiembre 23, 2005 — 1000n, Asceta, BOB, Kromg, La Unidad, Niño viejo, Nostalgico.
Escrito por Agustin Fest.
En este departamento no se puede fumar porque uno de los tíos es muy sensible con los olores y es bien sabido —no por los propios fumadores—, que el olor del cigarro es, pues, bien pinche apestoso. Así que para conservar la santa calma, la paz y la estabilidad en las relaciones diplomáticas, salgo a fumar un cigarro a la entrada del departamento, la cual esta enrejada. Viví en esta Unidad durante creo que unos diez años, hasta que me mudé a la Narvarte y ahora que estoy de vuelta, siento que han pasado otros diez años. Algún día entenderé porque mi percepción del tiempo es tan particular (una manera de decir “mamona”) y porque siempre soy un anacrónico con la sociedad. De todas maneras así lo disfruto… la anacronía en mí, es una nostalgia hasta porque pasa una mosca, vieja compañera, y es un mal necesario, al menos para alguien que gusta del arte o se la vive coqueteando con él. Sufrir de nostalgia y melancolía es parte de mi misma vida.
La anacronía es una enfermedad depresiva y a veces, en ella se consigue el éxtasis iláptico (el lector avispado se dará cuenta de la redundancia, de la constante redundancia). Una sensación que todo esta bien… como maniático hay que vivir.
La oración anterior contiene muchas palabras domingueras que se leen mejor si no se sabe que son y finalmente, utilizo las palabras sin la seguridad de saber que son y me guío al como y que me suenan. Sólo cuando “escribo en serio”, voy corriendo a la RAE para que me ilustre, ya que no tengo varo, ni ganas verdaderas, de comprarme un Corominas. Y vamos, para mi no hay de otra, a veces me dejo llevar por el sonido de las palabras e invento cosas, me procuro un bonche de antítesis, contrastes y paradójas que un lector cuidadoso hará bien de tirar a la basura y decirme—: Cabrón, me estas cantinfleando.
La anacronía, mi santa madre o santa muerte, desprecia el verdadero significado de las cosas.
No fue hasta muy tarde, ya algo crecidito (para mis estándares anacrónicos), que me enteré de la importancia de la identidad. La identidad nacional, la identidad individual, la identidad social, la identidad familiar, la identidad etcétera. O tal vez estaba muy consciente de su importancia y es por ello que me dediqué a moverme entre varios círculos sociales / núcleos familiares / juegos relativos interpersonae, siempre jugando el papel de la ambigüedad o del guasón (reemplazo con facilidad la carta que te falta, Ma’ killin’ jokee). ¿Estaba la gente igual de consciente que yo de su propia identidad? Mis compañeritos de juegos en el mercado, las marchantitas de los puestos y los amiguitos de la escuela. Ser parte del ejercicio escolar de llevar la bandera, robarse los jimanes de un niño más chico que tú o alzar la mano para demostrar que eres un sabelotodo. Ñoño mamón, lángara noble.
La anacronía exige el olvido del sí mismo para la constante búsqueda del ego. Exige una ambigüedad natal, un quiebre en una o todas las identidades, depende del sabor de tu helado.
De igual manera, un anacrónico no pertenece a ningún lugar, no importa si es un nómada o un sedentario. Para el anacrónico no existe nada definitivo, aunque siempre esta pidiendo un sí o un no. El anacrónico habla en blanco y negro, cuando todo lo ve a colores. Un anacrónico no pertenece a nadie, aunque este sumergido y disfrute plenamente del juego social. Un anacrónico mira lo que todos no ven, lo que no existe ya en el presente, porque siempre oscila entre el pasado y el futuro. El anacrónico huele su propia mierda antes que todos los demás, porque esta consciente que cualquier dedo suyo puede mover las olas del tiempo.
Una anacrónico sabe que todos vamos al mismo lugar, que todos nos vamos a morir y no hacemos nada, somos niños jugando en lo que papá nos manda a chingar a nuestra madre o a dormir.
Eso pensé, entres mis dedos izquierdos se consumía un cigarro. Mi palma izquierda sostenía un cacto [Bob] que roncaba inquieto. Enfrente la reja del departamento, un silencio sepulcral de vecinos durmiendo o que no han llegado del trabajo. Soy una carta de Tarot. Tal vez la vecina de enfrente, una alta y delgada, morena, con cara de mosca muerta y “yo no cojo por placer, sino por merecer”, me dedicó una breve mirada de desprecio por fumar en mi jaula antes de encerrarse en su departamento. A mi derecha, en un espacio entre departamento y otro, un lobo encadenado con oro (apostaría que de alguna montaña), de pelaje rojo, me miraba fijamente. Un lobo… un cacto… un cigarrillo… una jaula… una vecina con caretcétera. Esto se me hace tan familiar, un dejá vù.
El lobo me sonrió, me dio la espalda, se echó a dormir y yo me metí al departamento cuando me terminé el cigarrillo. El cacto seguía roncando y todos duermen, excepto yo, el anacrónico.
|
Tags: amargado, ambigüedad, amor-al-arte, anacronía, bob-el-cacto, cantinflear, Corominas, cotidianidad, depresión, deshacer, diez-años, Escribir, Familia, fumar, identidad, ilapso, ilusión, Kromg, La Unidad, lobo, mi-vida, minifaldas, narvarte, niñez, nostalgia, numeración, palabras, progresión, redundancia, reflexión, reja, tiempo
Noviembre 5, 2004 — Ayer.
Escrito por Agustin Fest.
Estaba jugando en la computadora. Era una rana intergaláctica, aventando bolas de colores para destruir más bolas. Si estas llegaban al final, perdía; así de fácil. No me gusta perder, ni en lo sencillo, ni en lo complicado… esto se debe a que son pocas las cosas que me apasionan, que me despiertan de un letargo continuo en el que los días se me van como gotas de agua cayendo en un fregadero de porcelana. Debería conseguirme un hobby, me digo en ocasiones, uno que despierte algún lado artístico o creativo.
Intenté mantener un diario y fue un fracaso rotundo, el cuaderno que elegí especialmente para la tarea de “guardar mis más preciados pensamientos y sentimientos”, terminó siendo una agenda y después, feneció arrumbado en algún rincón de mi cuarto. Mi diario se convirtió en una fotografía sepia. Hoy en día, aunque estoy estudiando literatura, no aspiro ser escritor. Sé que no soy bueno. A mi sólo me gusta leer. Además, terminaría siendo parte del círculo vicioso de la literatura decadente. Un ridículo.
Agustín, mi hermano, soñaba con ser fotógrafo. Me acuerdo que en la comida hablaba mucho y yo le escuchaba paciente, era la manera de callarlo más rápido. Hablaba de que le tomaría fotografías a modelos bonitas y a paisajes increíbles, mientras la sopa se le escapaba de la boca. Era un hombre apasionado, pero se necesita más que pasión y agallas para ser bueno en algo. Se necesita talento. ¿Y qué hago recordando tanto a mi hermano? No lo amé. Ni siquiera le quise.
Habla de mi.
Al terminar mi juego, salí un rato a caminar. Aprovecharía para comprar una coca cola y unos cigarros, el combustible del hombre moderno. Los viernes no tengo clases, todos los fines de semana serían un tanto aburridos si no fuera porque en mi trabajo no existen horarios. Y tanto puede haber mañana, como no… es un alivio vivir sin saber qué pasará mañana, en algo tan monótono y rutinario como un trabajo. Caminé, caminé… crucé avenidas, recorrí cuadras gigantes, un gran círculo antes de llegar a la tienda. Me gusta observar.
Y como el ángel que se le apareció a José, un hombre de playera gris, sin marcas y sin otros colores. También vestía jeans deslavados, un collar con un dije que no reconocí. Él esperaba recargado en un poste. Su cabello era castaño claro, casi rapado, tenía labios gruesos y una barba mal afeitada. Lo seguí mirando, no podía apartar la vista. Le reconocí como lo había visto en mi sueño.
Era Ayer.
Caminé para acercarme —impulso personal— y cuando me di cuenta, el hombre extendió su brazo y un microbus paró a recogerlo. Se fue a unos pasos de alcanzar mi deseo oculto. El sueño se rompió.
Si fuera supersticioso, me sentiría maldito por quebrar el destino.
|
Tags: amor-al-arte, destino, diario, la-historia-de-Ayer, Literatura, superstición, videojuego
Noviembre 19, 2002 — Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Día 42
Podría jurar que estoy intentando despertar de una pesadilla. He perdido el Arte de mis manos y no se donde encontrar más polvo de arte para bendecir la tierra. Las palabras forzadas son las que más difícil salen como estas que estoy llamando para que acudan a mi auxilio. ¿Qué les puedo decir? No tengo ganas de hablar con nadie, y mucho menos contigo diario. No tengo ganas de ser… ¿de ser qué? Olvidé lo que iba a decir, soy un cafre para la memoria inmediata. La tentación es grande, la necesidad de ser escuchado y acariciado con letras, pero no es eso lo que necesito. Caricias tiernas, palabras de aliento, besos que nunca existieron. ¿Qué es eso?
y después de forzadas, las vírgenes se entregan solas. Me interno en la soledad de mi super yo, averiguando e indagando que debo decir y no debo decir nada en sí. La necesidad de ser escuchado es fuerte, la necesidad de ser admirado es intensa, ¿No decías que no querías entrar en ese círculo Quijote?
Vivo de sueños, soñador, y los sueños me están consumiendo, me están arrastrando al inevitable pasillo oscuro. Las tristezas me hacen soñar demasiado, ¿y qué tristeza puedo presumirles a ustedes? ¿no nos gusta acaso, presumir tristezas? ¿domesticar con ellas, cómo dijo el zorro? Con el trigo recordaré el color de tus cabellos, me sentiré ansioso a la hora adecuada, los ritos son necesarios.
¿Y quién leerá estas palabras? Nadie. He alejado a todos, vendrán los que siempre quisieron venir y se irán los que siempre se quisieron ir, ¿Y qué mierda acabo de decir? ¿Se supone que es algo filosófico como que el verdadero tao es el verdadero tao? ¿El color de las mariposas es por el tao? ¿El susurro de los cerezos es por el tao?
Ahora me serviría una pastilla para dejar de existir, tao.
|
Tags: amor-al-arte, diario, Escribir, homenaje, irrealidad, locura, memoria, palabras, pesadilla, Principito, Quijote, simón-dor, tao
Noviembre 3, 2002 — Un tal Simon Dor, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
Día 18
Tengo en mis manos polvo de Arte, ¿sabes cómo funciona diario querido? Acércate, te lo diré al oído… porque el polvo de arte es similar a hacer el amor. Pasas una mano por sus delicados muslos, que son como frases delicadas o colores pasteles con un brillo en el centro, como la noche estrellada de van gogh… las manos se mueven hacia arriba, acariciando el vientre de un cuerpo de Botero, deliciosa música de Beethoven incrusta el aire y se convierte en la Oda de la Alegría cuando los dedos aprietan girasoles o manzanas de naturaleza muerta que se enciende en vida. Un beso significa el descubrimiento de la luz y la sombra, el contraste de matices que evocan sentimientos del pasado. Los cabellos simulan un cuadro de Monet en diversas tonalidades y es obvio que la sonrisa es de Mona Lisa. Enigmática, profunda.
La nostalgia en polvo de arte se convierte en el Adagio de Albinoni, y la esperanza son los diversos Opus de Tchaicovsky o la inmensidad de la Capilla Sixtina, que nos hace sentir insignificantes y abre nuestros ojos a tal extremo de creer que verdaderamente es una obra divina y tan solo es humana. La inocencia y la pureza de un desnudo es el David y la triste reflexión o el momento antes de una decisión es El Pensador. Y si recordamos nuestro ancestro pasado, el Polvo de Arte gustoso nos lleva a pinturas rupestres en Francia, podemos imaginar los tambores africanos circulando al ritmo de nuestra sangre y en el viento se puede oler la mezcla de hojas y sangre de insectos que llevaban los patrones Aztecas.
Nuestros ojos asemejan la fotografía de un 1910 o 1920, con un indio sioux evocando a los espíritus del águila, el halcón, el oso o la hormiga, no lo se. Nosotros somos Polvo de Arte, así como la Magia existe en el mundo, las driadas y las sirenas y los sátiros y las ninfas llevan sus enseñanzas, tocando los instrumentos y pintando los colores en el mar de nuestra propia alma.
Allí estaba, su falda se pegaba a las nalgas que bien formadas por el ejercicio, se presumían ante mi. Sus ojos azul claro, su cabello liso y perfecto. Yo toqué sus manos y le tuve que besar los labios, como si fuera un principio, ahí estaba ella… y casi creí sentirme enamorado.
Mis manos perdieron caso al dueño, la moral se derrumbó cuando se deslizaron debajo de su armadura de algodón, sus labios suspiran frases que jamás serán escuchadas y entre la ausencia de oxígeno escucho mi nombre y ahí empezó mi falso amor.
Mis labios se encarnaron alrededor de su cuello, abrieron una entrada a su cuerpo y penetré en su espíritu antes de penetrar en su cuerpo, el hilo de seda de su cabeza acarició mi rostro enterneciéndolo, enrojeciéndolo a medida que me acercaba más a ella. No pude evitar subir su falda y ella, sencilla, se rindió.
No protestó cuando la presentación física, sus manos quietas encadenadas por las mías y su cuerpo doblado, sus ojos cerrados y su boca entrecerrada, mi nombre se escucha, mi nombre se pierde, los gritos ya son sin sentido y yo, con mis manos en su espalda, empujando su pecho contra el cielo y atravesando la jungla de su falda para llegar a mi tesoro escondido.
No pude parar y bien parado estaba… y bien parado estaba, ya no pude parar.
Hasta que desperté sudando frío.
|
Tags: amor-al-arte, arte, cabello-largo, cachonderías, diario, espíritu, falda, favoritos, follar, Música, perrito, pintura, polvo, simón-dor