Problemas lácteos

Julia miraba la leche y le daba asco, sencillamente no la soportaba. No soportaba el espesor del líquido, no soportaba el blanco insípido, no quería probar un poco de ello en sus labios y que nadie se atreviera a ponerle un poco en su café. Sin embargo, como un reto personal quería intentarlo. Intentó recordar donde nació el repudo hacia la leche y sus vagos recuerdos, la llevaron a las manos de su abuela quien ordeñaba una vaca en aquel viejo rancho que pronto se convertiría en una serie de condominios. Recordaba las manos de su abuela, apretando las ubres de la vaca y apuntando directamente a la cubeta. El sonido de la leche al caer en el recipiente metálico no le agradó y pensó que su aversión podría venir de ahí.

Julia, sin embargo, ya era una señorita independiente y para vencer su problema lácteo, no podría recurrir a una vaca en la esquina de su casa. Vivía en una ciudad donde se duerme poco y ella era contribuyente a ello, trabajando sus reglamentadas ocho horas diarias. ¿Por qué quería vencerlo, ha de preguntar el léctor extrañado? Muy sencillo, porque Julia es una de esas personas necias que tienen obsesiones a ratos y el turno le había tocado a la leche. Tan simple como eso y la humanidad se puede ir por el caño.

Fue así que se compró sus tres litros de leche en envase Tetrapak(TM), se consiguió una copa de cristal cortado (si iba a intentarlo y fracasar, al menos sería con elegancia), puso los objetos en la mesa y les observó durante mucho tiempo, con una serie de emociones pasando desde el nerviosismo, hasta la ansiedad, la resignación y también, presente por ahí, el pudor. En su mente, pensaba a toda velocidad: “Amo la leche, amo la leche, amo la leche”.

Las cosas que la gente hace por si mismos, ¿verdad?

Amo la leche. Cuando decidió el momento, abrió uno de los envases y entrecerrando los ojos, sirvió en la copa de cristal hasta la mitad. Observó con atención el contenido, lo meneó un poco e hizo una mueca de disgusto, pronto convirtiéndose en asco. ¿Realmente debía hacerlo? Puso la copa en la mesa y la miró desafiante, su boca haciendo muecas sin control de vez en vez. Después, Julia decidió recargar sus brazos en la mesa y acostumbrarse a como se miraba el líquido.

Amo la leche. Tal vez hacía más drama del merecido… y sin embargo, extendió su mano a la copa y remojó uno de sus dedos. La consistencia no era como la imaginaba en aquel entonces, de niña se le hacía viscosa. ¿Sería culpa de la modernidad, que exigía la pasteurización y la eliminación de tantos componentes básicos en el líquido vital? No lo sabía, no profundizó mucho en ello. Inclusive coqueteó un rato con ella, meneando el dedo y sacudiéndolo un poco. Gotas mojaron las paredes de la copa y se deslizaron nuevamente al total del contenido. Julia se divirtió un poco y sonrió. Había pasado la frontera del tacto.

Amo la leche. Sacó el dedo de la copa y sintió una brisa de aire, fresca en su piel. Tal vez si había exagerado toda su vida, o tal vez no. Todavía no la había probado. Desde pequeña, desde aquel incidente donde observaba de donde venía, no le gustaba. (Y le era imposible recordar si antes le había gustado). Acercó su mano extrañada y bienvenida al mundo real, tu dedo está húmedo, con leche de la buena y tienes esos vestigios de gotas a sólo dos centímetros de tu cara. Se sintió ridícula al recriminarse a ella misma, se sintió rara al verse como una espectadora de la situación e hizo lo único que podía remediarlo en ese instante. Se llevó su dedo a la boca y lo probó con cuidado.

No sabía tan mal.

No sabía a nada.

No podía asegurarlo, tan sólo eran unas gotas.

Se echó a reír pero no con menos cuidado, recogió la copa. Se la llevó a los labios y con un suave impulso, bebió muy poco del contenido. Sintió como resbalaba por su boca y su garganta, en una rebeldía inconsciente quiso rechazarlo por momentos. Volvió a repetir su mantra y cerró los ojos, amo la leche, amo la leche, amo la leche. Con dificultades tragó, pero lo hizo y al finalizar se sintió muy orgullosa.

Tan sólo fue un triunfo, no piensen que fue una experiencia orgásmica como las de Herbal Essences. Aunque Julia tal vez lo pensó así, porque después fue otro trago y otro trago más… y así terminó un envase…

Entre risas terminó el segundo…

Y es justo decir que se sintió una cerda con el tercero, al salpicarse toda la ropa, la boca y el cuello. El tipo de publicidad que “Got Milk?” no quisiera tener.

Julia durmió tranquila esa noche y prometió comprarse, el siguiente fin de semana, tres tetrapaks de leche para ella solita.

Tía Yemita: La Amante de Estrellas. (Escrito por Mario Romero)

La Amante de Estrellas

Era la segunda vez que se toparía con ella. ¿Como sería el encuentro? ¿Sabría, o por lo menos intuiría acaso que ella era la responsable de su condición? ¿Sabía acaso siquiera que estaba condenada a terminar sus días siendo presa de algún demonio preternatural, que estaba como los demás al asecho de las almas que ella le robaba a la muerte? ¿Sabría acaso que tendría la alternativa de matar a esos mismos demonios, robándoles sus facultades mágicas? ¿Sus habilidades que los hacían demonios?

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Para ti.

Quiero escribirte esta noche.

Y no sé como empezar. Pensaba hacerlo de otra forma, pero también sé, que si lo hago de otra forma, tardarías en leerlo y prefiero que sea lo primero que mires en la mañana. ¿Y qué tiene que lo miren todos?, ya has entrenado la mirada del hombre posesivo en mis ojos. Que ellos sepan, que no hago más que querer escribirte esta noche (y todas las noches). Tú lo leerás y entenderás primero. Aunque te encuentre en otros caminos, espero con ansias que éste lo recorras a primera hora, cuando escuches mi voz en las noches o cuando trate de llamarte me-ta-fí-si-ca-men-te (como diría Horacio).

Cuando las letras salen, pongo las pistas que encontrarás y nadie más podría adivinar. Primero se convirtió en un juego secreto que compartían dos personas y luego, ¿en qué se ha convertido?

Eso me pregunto sonriendo todas las noches.

Te he leído, una y otra vez, en el regalo que me hiciste. Yendo de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. Repasando cuidadosamente los días, hurgando entre recuerdos, adivinando situaciones y rostros. Comprendiendo muchas cosas, aceptando otras, negándome un par aún sabiendo que tienes toda la razón.

Tengo que confesarte algo… soñé con aquella mujer la otra noche, aquella mujer que me golpeó violentamente con la conciencia de que todavía puedo enamorarme. Le miré y ella trataba de explicarse, realmente trataba de explicarse el por qué no podía aceptarme. Tuve que mirarle con lástima y susurrarle en sueños: “Ya para qué… ya para qué”.

¿Para qué si existes tú? Un sentimiento elegante, vibrante, creciendo como una semilla. No como el otro, que fue un soliloquio, un acto repentino, un impulso.

Usted. Tú, la mujer que camina como en un ensueño, como una luz que brilla con energía propia, energía pura. No necesitas curar nada, solo necesitas existir. No necesitas sanar, solo sonreír y extender tu mano a la mía, que es necia y a veces se siente como un animal herido.

La mano que te acarició durante una hora completa y extraña. Mano necia, indecisa, que primero no sabe como responder, que a veces niega, extraña a muchos ratos y luego te pide a gritos que regreses.

¿Me permites? ¿Me tendrás fé? ¿Me permitirás existir, cerca de tí, escribiendo en presente?