[Heber Dor - Realidad] ¿Estás dispuesto a seguir caminando?

Caminó, con los pies arrastrándose y el sol pegándole en la frente. Se quitó la camisa por el sudor y se la amarró en la cintura. Su piel estaba bronceada, igual que la de su padre. También era delgado y de músculos fuertes. Había trabajado cargando cajas y el esfuerzo se vio recompensado en un cuerpo estético, agradable. Heber no era feo, tenía facciones finas y un rostro ligeramente redondo, espalda ancha y piernas fuertes, quienes podían todavía con los pantalones de lana que estaban pegados contra su piel por un sudor frío.

Llevaba el diario, apenas sosteníendolo con la punta de los dedos. Decidió ponérselo en la cabeza, para hacer una débil sombra que apenas refrescaba. Podía sentir el calor del asfalto, atravesándole la suela de los zapatos. Y aún así, caminaba. Esperaba que de un momento a otro, apareciera un coche que lo llevara a cualquier parte. Extrañó, con una sonrisa sarcástica, a Jaramillo. Deseaba regresar ahí.

No había ningún señalamiento, ningún poste. Nada que le dijera donde caminar. Y en el transcurso de los minutos, de las horas, de los días… el sol seguía arriba. Era como si un cruel dios hubiera dejado el escenario así, para castigarle. ¿Habría redención?, se preguntó Heber e inmediatamente después vino otra pregunta: ¿Por qué estaba siendo castigado?

Por su padre. Por ser el hijo de Dor. No había otra respuesta y en un espasmo de sinceridad se dijo que no la quería. Había prometido buscar una cura para la enfermedad, pero ya no quería compartirla. Quería regresarle a su padre todo el sufrimiento. Todos los jadeos por el calor y toda la pesadez de su cuerpo, que parecía verse atraído por su propia sombra. Tan fácil sería dejarse tirar y descansar.

Y morir… y que el sol consumiera toda la humedad de su cuerpo… y desaparecer, solo desaparecer…

Por los siglos de los siglos, amén.

En los lados de los asfaltos, había árboles muertos y secos, varios ya se habían convertido en arena. Tal vez eso sucedió en una batalla, hacía mucho tiempo. ¿Qué tipo de pelea, habría sucedido en una carretera que no lleva a ningún lugar? Anotó en su mente aquella pregunta, habría de algún día responderla. ¿Contra qué pelean los árboles? ¿Contra qué luchó aquel pequeño arbolito en su carrito? Se puso a filosofar al respecto, le ayudaba a distraerse del calor y a olvidar que estaba poniendo un pie después del otro. Los árboles seguramente pelean contra la muerte, por eso crecen hacia el cielo. Por eso duermen mucho en invierno y se desvisten, dejan que el clima les azote para obtener fortaleza.

Sucedió algo extraño, algo que no había visto antes. Había una bifurcación en el camino y también había un letrero. Se acercó a él y leyó.

  • El Circo de las Vidas Pasadas.
  • El Sembradío de Almas.

Miró hacia el camino que llevaba el Circo y, muy a lo lejos, se levantaba una gran carpa a lo lejos. El viento le respondió a Heber, llevándole la música y el olor de los animales. Sus pies le llevaron hacia allá, respondiendo a una necesidad infantil. Descubriría después el sembradío… el circo le ofrecía más curiosidad que debía ser satisfecha. Y le ayudaría a pensar menos. Se palpó las bolsas del pantalón, no tenía dinero para pagar una entrada. Sin embargo, tan sólo de ver la carpa multicolor, le daban ganas de intentarlo. Sonrió suavemente, como un hombre que acepta el destino.

Tenía que hacerlo.

Le explico y no me entiende…

Tiene en el rostro pelitos alrededor de donde debiera haber bigote y unos tantos en la mejilla. ¿Algún día le cerrará el candado? Esos pelitos rebeldes, ¿cómo se afeitará en las mañanas? ¿lo hará acaso? Si, porque el resto de su barba tiene forma. Sé que no se peina, porque trae el cabello siempre esponjado, cabello rebelde que se cruza uno con otro, los embrollos lingüísticos. Es muy curioso, este alumno me sostiene la mirada porque quiere hacerlo. Es una clase de reto, aun sonriendo tranquilamente, sé que me está retando. ¿Notará esos pelitos que tiene? Están ahí, esperando a que alguien se los quite. A que yo se los quite.

Rara vez se presenta a mis clases. Sin embargo, cuando lo hace, siempre hay un comentario que me hace notarlo. Hoy le atiné a su nombre, ahora podré preguntarle muy seguido. Podré esconder mi interés, como suelo preguntar a otros alumnos. Me gusta aprenderme sus nombres, ello me ayuda a decirme que soy una buena profesora. Apenas llevo enseñando dos años y estoy apunto de sacar mi maestría. Ser profesora joven tiene sus ventajas, puedo lograr que mis alumnos no se aburran en la clase, tengo una mejor identificación con ellos y puedo hablar de mi novio. Al estar más cercana a su edad, puedo todavía identificarme con aquellos tiempos.

Y me gusta identificarme con este en particular.

Además, él me ayuda mucho, sea como sea. Se hace el tonto, pero no lo es. Lo sé por como me sostiene la mirada. Cuando todo mundo se queda callado, entonces él hace una pregunta estúpida o da un ejemplo, de esos que hacen reír a todo mundo. A mi me ha hecho reír en un par de ocasiones, debo admitirlo. Hace preguntas en forma de idiota, para yo poder darle una buena explicación. Pero no tiene los ojos de un bobo. No, él es distinto. Me dedico a explicarle durante clase, me dedico a pelearle la mirada… me dedico a descubrir quién hay en ella.

¿Qué hay en esos ojos? ¿Por qué me mira así? ¿Mirará así a todos sus profesores? ¿A sus profesoras? ¿A sus amiguitas? Un chico como él, debe tener muchas amiguitas. No es feo y hace reír a la gente. No es el clásico payaso, porque lo hace en momentos muy específicos. Es como si lo tuviera medido. Como si quisiera decirle a todos algo, o como si quisieramos entender que está diciendo algo y en verdad, no dice nada. Espero verlo en mi clase más seguido, siempre me sorprende. La primera clase llegó una hora tarde. Las siguientes, lo he encontrado temprano, en otras más… no llega y lo extraño.

Hoy desperté algo. Sé que lo hice. Llegó tarde y lo miré de reojo, no me inmuté y seguí explicando. Quería que me viera en falda y blusa. Falda larga con una apertura que descubre los muslos, nada más un poco, ya que no soy de esas. Podría serlo, pero tiene que entenderme primero. Tiene que entender mi mirada y le formaré el camino correspondiéndole las sonrisas.

Hoy participó más, como si quisiera saltar de su asiento y decírmelo al oído. Decirme que me había entendido todo lo que le he estado diciendo desde que iniciamos el curso. No estoy loca, estoy segura que toqué algo el día de hoy.

Me dedico a explicarle en mi clase, a verle cuando lo hago. Y parece —sólo parece— que no me entiende. Se desentiende de lo que deseo, porque no es tonto y sabe porque le miro, porque le sostengo la mirada y hoy vi, hoy vi que lo comprendió perfectamente mientras le explicaba que era la gramática cognoscitiva.