Botella de agua

Botella - Bonafont.
Observador
Mujer leyendo

Suelta la botella.
La sostiene entre sus piernas.
Distintas posiciones.
Distintos juegos.

Susurra algo.
Expresión seria.
Incomodidad.
Distracción.

Mira al frente.
Mira a los lados.

Sostiene la botella entre las piernas, la aprieta.
Enrosca dos dedos alrededor de la tapa,
el resto descansa.

La toquetea, la toquetea.
Un dedo y luego los otros.
Como el piano, como el hartante.

Posición incómoda, mano hacia abajo.
Botella mirando al techo,
dedos mirando al asiento.

Quita la botella, la pone en su rodilla.
La palma, en la tapa.
La palma se enrosca, se enrosca.
Hace círculos cariñosos después,
toca la cabeza de un niño.

Palma en círculos, baila la botella de agua.
El agua se extiende, adentro hierve.
Se alza de un lado a otro.
La tormenta perfecta se queda pendeja.

Mira que miro la botella.
Se hace la interesante y me río.
No te estoy viendo a ti, le sonrío.
Estoy viendo la botella.

Muy inquieta eres con el agua.
Aquí me bajo, ya puedes quitar la cara.
Pobre botella… pobre, pobre botella.

[Heber Dor - Cuento] Un beso para el Levanta-muertos

Levanta-muertos camina y recoge en su carreta a los fantasmas necios. Se despierta bien temprano, a las cuatro de la mañana y sale de su chozita en Puerto Octay para llevar su carreta, hasta diez o quince veces al día, para que los fantasmas se suban y los lleve de regreso a la entrada del reino de los Muertos. Los fantasmas necios se quedan un ratito y esperan ahí de noche, para regresar al siguiente día. Y entonces Levanta-muertos despierta, pasea con su carreta pintada con símbolos rúnicos y su machete pega contra su costado, ya morado y acostumbrado. Se va de un lado a otro, recogiendo a fantasmas necios.


Se detenía a mirar el atardecer cuando quería descansar un rato y recordaba como su hija se perdió en el mar. El atardecer en Puerto Octay siempre es bello, y con los ojos buscaba en el mar interminable vestigios de su hija, en el azul que se la vivía regalando brillos y colores diversos, a los ojos grises del Levanta-Muertos.

Y cuando caía la noche, contaba a los fantasmas en su carreta, cada semana había dos o tres fantasmas nuevos. Cada semana, un fantasma dejaba de necear y se iba a descansar o a veces, eran demasiado necios para irse y tardaban meses. Cada semana, miraba el fantasma de su hija, callado e indiferente de su padre, en la esquina extrema de la carreta. En los inicios, había intentado comunicarse con ella y nunca recibía respuesta. Intentó que otros fantasmas lo hicieran, pero estos fantasmas no daban ningún mensaje.

De por si, a Levanta-muertos le era difícil que un fantasma se comunicara con él. En muy contadas ocasiones, podía escucharlos. La primera vez que les escuchó, fue en una discusión de dos fantasmas más necios que de costumbre, y esa noche esperó que fuera la última en que escuchara algo así. No era divertido cargar una carreta llena de reproches. Siguey leyendo →

Moinar

Analizando el tiempo relacionándolo con el número de rostros que vemos, nos damos cuenta que el tiempo ha pasado rápido y en sí, abundante. ¿Por qué entonces se siente que pasa tan lento? ¿Han pensado, por ejemplo, en los cerillos de los supermercados? Un ejemplo sencillo y rápido… mi madre y yo nos vamos de compras cada segundo fin de semana, siempre que voy, trato de grabarme los rostros de los cerillos que miro guardando las bolsas o sentados en la banca esperando su turno… nunca he visto que sean los mismos y francamente, no he llegado a reconocer sus rostros.

Se vuelven como gotas de agua, las caras que has mirado… las gotas de agua que llueven. Todas son iguales y al mismo tiempo, no lo son… sus efectos son diferentes, las ondas que producen en los charcos o en un gran mar, como se tornan en rocío o en aguas negras, el agua que cae y que nadie mira caer, mas que sus otras compañeras que caen con ellas y probablemente se unan, hasta que se dividan por las ramas de un río al que fueron a dar.

Relacionando el tiempo así, me pregunto cuantas personas todavía recordarán mi rostro. Peor aún, las gotas que me han acompañado en otras etapas ¿se acordarán de mí todavía? ¿O habrán envejecido tanto como yo, qué he mirado tantos rostros y siento que el tiempo abundante fluye de manera inevitable…? Como en una cascada.

Job 14 v7-9

Porque si el árbol fuere cortado,
aún queda de él esperanza;
Retoñará aún, y sus renuevos no
faltarán.
Si se envejeciere en la tierra su raíz
Y su tronco fuere muerto en el polvo,
Al percibir el agua reverdecerá
Y hará como planta nueva.

Cuando releo el Poder Gris, me doy cuenta de la diferencia de personas hace cuatro años y el día de hoy. Hasta me da vergüenza postearlo en ocasiones, sintiéndome como niño avergonzado. Luego me doy tinta de todos los errores que tiene o todas las fallas en los personajes… y vaya, me desagrada en ocasiones… en otras me alegro que hacía cuatro años todavía podía soñar.