La Cagué.

Es un término que escucharán poco de mis labios, no importa si la haya cagado o no… no lo admito. No admito cuando me equivoco, odio admitir cuando cometí un error. Me niego rotúndamente y recurro inconscientemente al recurso del imbecil: Echarle la culpa a alguien más. Es casi automático, como los mitómanos mienten, yo estoy acostumbrado a no aceptar cuando estoy en un error.

Por lo regular eso me sucede en el trabajo y mi jefe es muy paciente como para no despedirme cuando me defiendo con estupideces.

Debe ser algo natural en el ser humano.

Hoy me equivoqué, tenía que hacer una edición que se me olvidó de pronto. Me habló mi jefe al celular ya cuando me estaba subiendo al metro para decírmelo y mi inmediata reacción, fue tratar de escudarme que alguien más cometió el error primero que yo (no me di cuenta hasta después de que ese es el método de negarlo hasta que lo medité en el camión).

Es una de esas cositas que uno va descubriendo que no le gusta de uno.

Ofrecí regresar para terminar la edición y era de esperarse que me mandara a mi casa, diplomaticamente, a la chingada. Y medité y medité… ya había tenido esa discusión con Jorge: “¿Por qué te cuesta tanto trabajo admitir qué te equivocaste?”.

¿Por qué me cuesta trabajo, ah? ¿Será una de esas manías que se le queda a uno de niño de querer ser el perfecto? ¿La excusa milenaria de los siglos? No lo puedo decir del todo. Después de todo, me cuesta trabajo admitirlo.