Septiembre 17, 2007 — Asceta, La Ciudad, Mi abuela, Vida diaria.
Escrito por Agustin Fest.
Que levantarse en las mañanas y disfrutar como el sol aviva los colores. Hay belleza en los verdes muy verdes, y en la piedra erosionada demasiado café. Me regalaron un DVD de 300, un dulce de tamarindo y un pequeño caracol. Detallitos. No he comprado cigarrillos el día de hoy, he abusado de mi compañero de abajo. “Y ahí viene el chile que te mantiene y en la cama te entretiene”, según Panteón Rococó y un viejo albur. En la mañana, mis manos olían peculiarmente. No puedo decirles abiertamente a qué, pero el olor era agradable. Me subí al metro hoy, y lo disfruté, claro que lo disfruté, porque llevaba mis audífonos y deseaba escuchar mi música. Miré a la gente, y una muchacha indígena llevaba a su niño en un rebozo. Una universitaria, que había subido al metro un tanto hastiada, volteaba a sonreír y saludar al niño de vez en cuando. Sonreía sin pena enseñando los frenos de metal.
Recuerdo a mi abuela, que cuando iba a vender de puerta en puerta, me colgaba a sus espaldas en uno. Raros nos veíamos. Piel blanca jugando con rasgos y costumbres estereotípicas de los indígenas. ¿Estoy llamando a la discriminación con este pensamiento? ¿O dese romper con los esquemas? Cada quien lo tomará como guste. Abuela y niño de piel blanca, vendiendo de puerta en puerta, el niño protegido por el rebozo de múltiples colores y una mujer astuta que lo llevaba a sus espaldas.
Hoy, se supone, es mi primer día de gimnasio. Ya me estoy oliendo que una de dos: o me van a doler las piernas por tratar de hacer ejercicio, o me van a doler las nalgas por estar sentado frente a la computadora. Hey, chico tramposo, se supone deberías ir al gimnasio contento. Sonriente y feliz, porque por fín, inicias una vida saludable y estas dispuesto a bajar esos kilillos de más. Te vas a convertir en un adonis cabrón, ¡un adonis! Vas a tener músculo sobre músculo, pero nomás marcadito, sin exagerar. Más como Bruce Willis, que como Arnold Schwarzzenegger. Eso se llama automotivación, y como la autoayuda, es un superficial aliento espiritual. Dura lo que dura. Diez minutos, quince, media hora, pero eventualmente termina, explota, chiquito así. Como brilla hoy el sol del sur.
Casi, casi, me llevo una mochila olvidada. La miré tan abandonada en el autobús y pensé todos los secretos que podría contener, mientras mis dedos se alargaban. Apuntes, un lunch, droga, los calzones de una doncella alegre, documentos legales muy importantes, un millón de dólares. Ahhh, que cómo me hace falta un millón de dólares. Pero no hice nada. Ahí dejé la mochila. Ya era mucho con los veinte pesos que me había encontrado el viernes, en un taxi. ¿Qué tal si me pasaba como Pulp Fiction, y la mochila contenía problemas, un alma, mucho oro, los diamantes de Perros de Reserva? ¿Qué tal, si el hombre había olvidado la mochila ahí a propósito? ¿Y si este hombre era el diablo, cómo podría ganar la apuesta, llevarme la mochila y mi alma, dando lo menos posible a cambio? Aparté mi mano temblorosa, suspiré, me puse un cigarrillo en los labios y le avisé al conductor, bien inocente yo—. Me parece que dejaron olvidada una mochila.
Los millones de dólares desaparecían frente a mis ojos, mientras el conductor me decía—. No se preocupe joven, regresarán por ella… siempre regresan —El conductor no tenía todos sus dientes, ojitos de regalo, parecía amable, parecía el otro diablo que se puso de acuerdo con el primero—. O si quiere llevársela.
Me puse los audífonos y mejor me fui. Es que uno nunca sabe… no señor.
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Julio 30, 2007 — Poesia.
Escrito por Agustin Fest.
Cajas se apilaban en la sala
llenas de recuerdos, libritos viejos,
santos, telas, recibos de bancos
y las anécdotas de mi abuela.
Feliz, recogí sus fotografías,
sus pinturas de hormigas y flores,
sus cuentos de deberes y amores.
Guardé las hojas que dejó vacías.
Ella aprendió a escribir sola.
Su letra descuidada, errática.
Seguido pedía perdón por eso.
Guardé sus arañas en una bolsa,
la noche a su paso, nostálgica.
¿Qué ruido haces, árbol de cerezo?
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Agosto 8, 2005 — Familia, Mi abuela, Niño viejo, Vida diaria, Voyeur, divier-tt, otros blogs.
Escrito por Agustin Fest.
Otro lunes. Odio los lunes. El pinche lunes. Todavía sucede que me acuesto en la cama, hundo mi cara en el colchón y un grito ahogado, una plegaria desesperada—: Carajo, lunes… ¿ya tan rápido? ¿y qué anomalía espacio / tiempo se tragó mi fin de semana? Puto lunes. Lunes malparido. Farisaico inicio de semana. No dejo de bostezarte en la cara, lunes… de enseñarte el dedo que importa ¿Y cuántas venas tiene el chile? Setescientas. ¿Qué te llamas lunes por la luna? ¿Y a mi qué? Pinche día mamón. Y aún intercambiando tu lugar con el martes —tan distinguido—, o con el miércoles —tan divertido—, o con el jueves —tan cercano a su novia, la golfita llamada viernes, que también le pone con sábado y domingo—, para mi seguirías siendo el puto lunes malparido farisaico aburrido, mamón y sete siéntate acá, que pa’ luego es tarde cabrón.
A ver si ya te vas acabando.
De niño, me la pasaba haciendo cálculos para otorgarle al ser humano tres días de descanso. Como el lunes nunca me agradó, pensaba que en jueves debería iniciar el fin de semana, para descansar el viernes, sábado y domingo.
¿Y por qué hacía yo de chaval esos cálculos tan… extraños? Porque yo de niño me imaginaba que en algún momento sería Dios, ¡a huevo! Y Armando Sámano dícese así mismo megalomaniaco por ser Superman, antes que Batman o Spiderman.
Definitivamente, maese, de los megalomaniacos, usted es el menos. Siguey leyendo →
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Diciembre 23, 2003 — Mi abuela, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
Todas las navidades solía haber manzanas, manzanas aquí y manzanas allá, por toda la cocina. Y también había piña en almibar y pollo cocido. Y pasas y mayonesa, un bote gigantesco de mayonesa. Y no bastaba la mayonesa, no bastaba porque mi abuela la usaba toda. Cada gramo de ella.
La ensalada navideña empezaba desde un día anterior.
Agarraba pechugas de pollo gigantescas, que ella sabía muy bien escogía y las desmenuzaba, las desmenuzaba enteritas y las echaba a una cazuela lo bastante grande. Miraba caer las hebras del pollo, uno persiguiendo al otro. No había tiempo, la navidad ya se acercaba y la ensalda lista debía estar. Pechuga uno, pechuga dos, pechuga tres, pechuga cuatro. Mucho pollo. A mi nunca me gustaba el pollo y mi abuela muy bien lo sabía, pero esta era su ensalada navideña y así era como iba. Y es que la ensalada en ese tiempo era para catorce personas, luego fue para diez, luego para siete y finalmente para cinco. Y luego ya no quedó personita quien hiciera la ensalada, y los cuatro restantes olvidaron la ensalda, pero esa es otra historia.
Entonces sus manos llenas de arrugas y de tierra trabajo; y de vendedora trabajo; y de siete niños trabajo; agarraban las latas de trocitos de piña con almibar y se ponía una mano en la cintura y miraba el abrelatas esperando. Nunca fue cursi y nunca dijo: “Paciencia y amor en la cocina”, de eso me daré yo el lujo. Así descansaba ella, mirando el abrelatas, mirando el carrusel de piña. Eran una lata, dos latas, tres latas y todas iban a la cazuela, retiraba el almibar y dejaba los pedazos de fruta dorados y desnudos, junto al pollo. A veces hacía la trampa diabética y se comía uno, dos, tres pedacitos de piña. Pero no importaba, esta era su ensalada y como quería ella la hacía.
Quedaban las manzanas y las manzanas era lo más difícil. Agarraba a sus tres hijas y ¡órale! ¡A pelar kilos de manzana! Y yo veía a la manzana siendo desgarrada finamente, la cascara saliendo del cuchillo como un papel muy delgado y dulce. Casi siempre fue papel verde, a veces si quería hacerla más dulce, era papel rojo. Ahí iba, papiro tras papiro de fructuosa y dulcería, juntándose en la mesa de la cocina. Primero, solía juntar toda esa cáscara y la tiraba a la basura, harta ya estaba de las manzanas. Más tarde, descubrió como observaba yo las cáscaras y me acercaba y me las comía. Me comía todos los papeles rojos y verdes, me los comía hasta saciarme. Mi abuela alzó una ceja y comprendió, ya cada navidad me decía: “Agustín, te guardé las cascaras, son todos para ti y para tu hambrita”. Me comía las cascaras y miraba las manzanas en cuadritos, con el hábil cuchillo de la abuela volando con destellos plateados, tac tac tac era el ruido que hacía. Después acababan todos en la cazuela y poco faltaba, ya pronto ensalda habría.
Lo más fácil era la mayonesa. Habiendo los ingredientes básicos, le echaba toda la mayonesa. Uno, dos o tres botes. Dependiendo de cuanta gente comiera. Toda la mayonesa en las cazuelas. Entonces revolvía, revolvía. La ensalada blanca navideña de mi abuela. Daba giros y vueltas. Entonces dividía la ensalada en dos, porque faltaba el último ingrediente que a mi más me gustaba.
Había gente que no le gustaban las pasas. Dos de sus hijos. Entonces a ellos les guardaba un poco y a todos los demás, les echaba pasas. Pasas por aquí y pasas por allá y a revolver más. Las pasas riquísimas que le agregaban el sabor faltante a la ensalada. Yo me comía uno, dos, tres, cuatro, cinco, hasta seis platos. Y la abuela entonces hacía más ensalada con lo que restaba. Nadie comía tanto su ensalada como yo, lo siento, me encantaba.
La abuela murió y ya no hubiera quien hiciera ensalada. Así intenté hacerla yo, una navidad o un verano, ensalada navideña y algo me faltaba. La probaba y la probaba, algo siempre faltaba. No era el cariño de la abuela, puesto ella indudablemente estaba conmigo, observando a mis espaldas. Era otra cosa, tal vez, ¿qué era, mi querida abuela? ¿Puedes hacer trampa, traspasar el mundo de los muertos y decir? Así lo hizo, despacito acercó su boca a mi oreja, en la forma de una de sus hijas y me susurró el secreto: “A las pasas, en ron debes bañarlas y descansar dejarlas”.
Así lo hice y no quedó perfecta, pero quedó muy buena.
¡Ese era tú truco! ¡Ay abuela, borrachita y tramposa! ¡Ensalada navideña, llena de ron y pasas! ¡Salud por ti y por tu ensalada!
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Octubre 11, 2003 — Sensitivo, Y Cecilia.
Escrito por Agustin Fest.
Hacía mucho que no abría ese cuadernito, después de Cecilia, le miraba con respeto. Ese cuaderno representa otro yo que se murió en algún momento. Era un buen yo.
En él están plasmadas las palabras de los compañeros de la secundaria, ya saben: “¡Cuídate mil! ¡Amigos forever! ¡Viva el chupe!”, entre otras. Los teléfonos, los “no me olvides”, los “me eres especial”. No cuesta trabajo regalar esas palabras cuando ya no volverás a ver a alguien, independientemente de si fue tu amigo o conocido.
Las palabras que más aprecio, tal vez son las de mi profesora del taller de dibujo técnico. Romina Teysi. La vi, hará ya hace un año. Estaba casada e iba a tener un hijo. Esa profesora siempre me cayó bien.
Sin esa mujer, probablemente no dibujaría como hago hoy en día.
Su padre (Héctor) fue el que nos daba clases de Historia, Civismo, Geografía. Él también era un buen hombre, él fomentó mucho de mi espíritu crítico y mis aventuras por conocer los detalles de la historia.
Sin ese hombre, probablemente no escribiría como hago hoy en día.
A Teysi la recuerdo con mucho cariño, ella sufrió de la ola fría de mi abuela en una ocasión. Se le ocurrió citarla un mal día, en que ella tenía mucho que hacer. Me platicó la profesora que le dio todo un discurso y ella nada más le miraba en silencio, sin ningún tipo de emoción posible. Eso la ponía nerviosa y tenía que hablar más y más. Hasta que se puso tan nerviosa, que se le salió un—: ¿Y usted qué piensa?
Abuela preciosa de Agustín—: ¿Usted está a cargo de educar a los niños en su taller, no?
Teysi—: Si.
Abuela preciosa de Agustín—: Entonces, usted siga haciendo su trabajo y yo seguiré haciendo el mío. ¿Para qué me citaba?
Teysi—: Oh, nada más para…
Abuela preciosa de Agustín—: ¡Oh! Pero quedamos en que usted está educando a los niños en su taller y así hace su trabajo, ¿verdad?
Teysi, timidamente—: Si…
Abuela preciosa de Agustín—: Muy bien.
Creo que mi abuela se fue sin decirle los buenos días. Estaba muy enojada esa vez, no sé por qué, pero enojada estaba. Cuando le pregunté que había sucedido, ella me lo puso de esta forma: “Este, si… si platiqué con tu maestra, creo que quedamos bien entendidas y no nos volveremos a ver en un rato”.
En los recuerdos de la secundaria, también está Sor Juana. Debo admitir que desde siempre he estado peleado con la religión y aunque ella es la mujer más dogmática que conozco, me cae muy bien. De vez en cuando voy a visitarla y platico con ella: “¡Oh! ¿Te estás dejando crecer el cabello Fes (por alguna razón extraña, no pronuncia la T al final, a menos que se ponga seria conmigo)? ¡Pareces niño Dios!”.
En esas pláticas, siempre me dice que espera que sea un buen político o algo así. Que a la gente le hace falta y bla bla bla. Ella siempre me vio como señorito Diplomacia. Cuando los compañeros de la secundaria se metían en problemas, yo iba de conciliador (y de metiche también, ¿por qué carajos no?). Y un día me metí yo en problemas, oh si, me metí en un problemón y T-T Conciliador no se podía conciliar así mismo, ya saben…
Pero esa es una historia que no les concierne a ustedes, lo que si les puedo decir es que desde ese entonces la monja dejó de confiar en T-T Diplomacias y hasta tuvo que dar la cara por mí en la junta de padres de familia para que no me expulsaran de la secundaria.
Me tuvo agarrado de los cojones. Ajem. Creo que fue su venganza por andar yo rescatando a todo mundo.
A Sor Juana, probablemente, tengo que agradecerle mis inicios en los textos religiosos y un vago interés por la teología. Y digo mis inicios, porque el desarrollo lo tuve en el CUM.
Hace como un año que la vi también, tal vez deba prestarle una visita.
Eso es parte de lo que está plasmado en ese cuaderno azul, al que miro con cierto respeto. En sus hojas, hay recuerdos, inicios de historias incompletas (los cuentos del Avatar), viejos super héroes (Pynus Lyco y The Mago). Viejas pláticas con mis amigos. Tareas, textos, incoherencias, todo en ese viejo cuaderno azul, ya casi muerto.
Son los inicios de la persona que soy hoy.
Sin embargo, ese pasado ya está quebrado y únicamente existo yo, el que camina en el presente.
Es hora de quemar ese cuaderno.
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Octubre 2, 2003 — Critica Social.
Escrito por Agustin Fest.
Cierta ocasión, estaba escuchando acerca del dos de octubre, entre un argentino y un mexicano. Ambos compañeros de trabajo. Yo, no quise hablar del tema porque no lo viví en carne propia, aunque si tuve una abuela que vivió su parte de la experiencia junto con sus hijos y sobre todo, sus clientas de AVÓN. Sobre advertencia: Pueden leer, si así lo prefieren, lo que yo puedo ofrecerles. No pienso hacer un monólogo del abuso autoritario de los políticos, de como han escondido los archivos durante años para no tener culpables y de como se ha ido deformando el recuerdo del evento en las nuevas generaciones.
Eso es algo, que está destinado a suceder. Y no se resolverá con palabras.
Lo más curioso, es que de las anteriores referencias que piden que no se olvide el dos de octubre… ninguna es del distrito federal. No sé si es un dato que se debe tomar en cuenta. Y yo, de por sí, no tengo familiares que lo hayan vivido con una buena conciencia, más que la de mi abuela y mi abuela estaba demasiado ocupada con sus seis hijos para saber porque las matanzas.
Una liga a una crónica del movimiento, gracias a Don Arturo.
Milenio
No pienso dar más ligas a periódicos, ni a revistas, porque bueno… ya estuvimos bombardeados de ello como mexicanos y otros blogs pueden, o no, ofrecer este recurso.
Estaba yo sentado, escuchando al mexicano y al argentino. El argentino en sí, lleva en su sangre a Italia y Rusia, por lo mismo se prende facilmente en una discusión, sobre todo con los mexicanos que a todo le damos vueltas, que a todo tenemos una respuesta, que a todo le damos una doble intención. Y como buenos mexicanos, también, sabemos a medias como los argentinos han sufrido a través de los años, una que otra dictadura, uno que otro régimen. Qué se yo, después de todo, también soy mexicano.
Y soy joven. Como joven, muchas veces me pregunto, donde me podré informar con veracidad acerca de lo que sucedió. Claro, he visto documentales, muchos, he leído también reportajes, inclusive en la preparatoria nos pusieron un video que duró alrededor de una hora y me di cuenta, que ese video poseía cierta información un poquito más completa que los que estaba acostumbrado a ver. Uno se pregunta: “¿cómo demonios pudo haber sucedido?”. Y aún así, no hay respuestas, están escondidas en la memoria de alguien, en la memoria de todos, no en la mirada de los muertos a los cuales les cayeron por sorpresa. No, el cabrón(es) responsable(s) debe(n) estar vivo(s). Y si no es así, no importa… la gente es idiota por naturaleza, algún rastro han de haber dejado.
El problema es que no sé que sucedió exáctamente, tan sólo me dejo llevar por el llanto de las mamás de los desaparecidos, por los zapatos encendidos, por las batas blancas de los jóvenes de medicina que marcharon en Tlatelolco, por el rostro rígido de Diaz Ordaz, por el GDO que transformaron en DOG. Y aún así, estoy buscando fervientemente a alguien a quien culpar, necesito saber las veraderas circunstancias que empujaron a esa matanza.
¿Me comprenden? Necesito saber qué sucedió, no leer el libro de algún reportero que esté aspirando algo, no ver el documental de televisa-azteca-once o veintidós. Porque entre más pasa el tiempo, más se deforma la historia. Si no, pregúntenle al borracho que se cayó con la bandera y ahora llaman niño héroe.
El mexicano (un residente en la unidad de Tlatelolco, que está casi a lado de la Plaza de las Tres Culturas), escuchó pacientemente al argentino decir como a Argentina no le importaba morir por su país, que no importaba el número de muertos, que todos luchaban en común por su identidad nacional. El mexicano escuchó decir al argentino como él de joven despertaba a las tres de la mañana por haber escuchado un disparo y su madre se preocupaba de que él, su hermano, o su padre no regresaran a la hora acostumbrada. Entonces el argentino habló de las bondades de nuestro país, de que se soprendía que todo se desperdiciara en México, habiendo tanto que dar, habló de que los mexicanos debieran alzarse de nuevo, que ¡qué poco había bastado —nomás un ‘68— para callarlo!.
—Es que la gente tiene miedo —dijo el mexicano—. La gente tiene miedo.
Yo entendí. Pensé en los grilleros de la UNAM, qué fácil se les hace cerrar facultades y gritar por el ‘68. ¿Cuándo han tenido ellos que tirarse al suelo por los disparos? ¿Cuándo han rezado el padre nuestro, mientras algún guante blanco apuntaba directo a su sien? ¿Cuándo han gritado ellos, buscando a su hermano o su hermana? ¿Cuándo, cuándo, cuándo?
Se ha deformado el dos de octubre y se ha convertido en un fenómeno publicitario. En una herramienta política. La fecha está al alcance de todos para hacerse notar. Sobre todo un puñado de jóvenes universitarios como los de hoy, que buscan una identidad en este mundo.
¿Cuándo se sabrá la verdad? ¿Cuándo los dejaremos descansar? ¿Cuándo habrá una justa retribución de todo lo sucedido? ¿Cuándo volverá estar seguro un estudiante que quiera iniciar un movimiento, por el bien de su país? No lo sé. La verdad, solo la tengo a medias.
Existe la verdad de mi abuela, que me comentaba como el hijo de la señora X estuvo involucrado con los meros meros que movieron al grupo estudiantil. Que lo metieron a una cárcel, que lo torturaron, que el tipo tuvo que escapar a provincia, que en provincia lo agarraron, lo torturaron un poco más y cuando regresó a su casa, la madre no lo reconoció. El tipo estaba ya loco, acabó siendo un delincuente y ya después…
(Mi abuela lo contaba con una calma…)
después… lo mataron en un tiroteo.
(con una calma…)
Algo así le pasó…
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Agosto 27, 2003 — Mi abuela, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
Licha:
Te escribo esa carta, usando ese nombre, porque me imaginé que en tu cielo personal volverías a ser la niña de pueblo, sin hijos de los cuales preocuparse. A menudo recuerdo cuando hablabas de la resurrección: “Humano ya no, es una carga tremenda ser humano. Prefiero ser un perro o un gato, hasta un árbol. Un árbol de mi pueblo, junto a la tumba de mi papá”. Eso decías, algún día buscaré la tumba de tu papá y el primer árbol que me llame, serás tú.
Toda mención esotérica o espiritual que tú decías, de niño la absorbí como verdad y sabiduría, aunque probablemente para ti era mera superstición. Me he vuelto un hombre que consideran “científico”, “racional” y “prudente”. Me sonrío cuando me miran raro cuando son tus enseñanzas las que hablan… me has convertido en un pequeño hombrecito curioso. Ojalá me mires desde el cielo y te rías cuando yo me río. Al fin y al cabo, te me has adelantado y tienes en tus manos la verdad más poderosa: ¿Qué hay después?
Releí mi diario y con sorpresa me re-descubrí a unos días antes de tu muerte y me reconocí a unos días después. Lo que es mejor, me descubrí sonriendo. Claro, también tenía ganas de llorar… pero me ganó la sonrisa. He madurado tu fantasma, lo logré mi querida abuela Licha. Ahora solo me queda uno más por resolver.
Me sentí con la necesidad de hablar contigo anoche y lo hice, sé que lo hice. Sé que me escuchaste y ahora que estoy escribiendo, te siento conmigo. Es como el corazón cuando es acariciado desde mero adentro, como si tu mano estuviera en mi hombro (nunca tuve tu mano en mi hombro, pero si me acuerdo de los besos que me dabas en la cabeza cuando escribía y me decías: Mi niñote). Te he resuelto, mi querida Licha y ahora se que es llevarte conmigo.
Y la razón por la que quiero llevarte conmigo, es porque voy a hacer un viaje. Tu y yo, juntos. Algo de lo que nunca te platiqué fue de las mujeres en mi vida, y la verdad, no consideraba a ninguna digna de presentártela. ¡Te me fuiste antes, tramposa!
Ya te imagino, riéndote como niña y escarbando la tierra, para encontrar caracoles. A la vista de tu madre y de tu padre. En el cielo, esas cosas se merecen.
Te platicaba de lo que escribía, te platicaba de mis amigos… siempre me preguntabas de aquel que no se me hacía tan importante, de Mena: “¿Todavía me sigue pensando que le eché el mal de ojo?” y te morías de la risa. Me acuerdo de Irwin: “Es un hombre muy tranquilo, encuentra un lugar para sentarse y para ocuparse… se siente en su casa cuando llega, me cayó bien”. ¿Y te acuerdas de Mauricio?, cuándo te dije que manejaba muy bien y muy tranquilo… y sabías que no era cierto, siempre me preguntabas que como estaba.
Platicábamos del mercado, de la familia, de mi escuela, de tus dibujos y de las cosas que escribías. Te la pasabas diciéndome que eras una burra, porque nunca aprendiste a escribir como la gente de-cen-te. Sólo quiero decirte, que ojalá la gente aprendiera a escribir como tú, a dibujar como tú, a vivir como tú.
Quiero presentarte a esta mujer maravillosa, cuándo vayamos de viaje este viernes. Vente conmigo, aunque sea un momentito. Te agradará, será la primera mujer que te presente, mi querida Licha. Perdóname por no platicarte antes, tú sabes… solo son puras quejas y contigo, ya no quiero quejarme. Te mereces descansar.
Ya tus hijos te dimos mucha lata en vida.
Te presentaré a alguien en este viaje… y te agradará, lo sé en el corazón. Y así me sonreirás allá arriba y sabrás con toda certeza, que tu séptimo hijo, se encuentra bien. Se encuentra MUY bien.
Ya no hay ningún crucero espacial que me quiera llevar a ti, en muchos años más. Pero en la noche, antes de dormir, seguiré platicándote… estate al pendiente mi querida Licha.
Te quiero, te mando un beso.
Agustín.
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