Diario de Simón Dor. Día 49.

Este post es parte de una serie, llamada “El diario de Simón Dor”. Anotación 42 de 47


Querido diario:

Tengo una preocupación bastante válida. La gente que me lee por este medio electrónico cree que no existo y que soy un alter-ego de mi estimado amigo, el Arbol Tsef o bien dícese, Agustín Fest, o bien dícese, Carlos Bohrs, o bien dícese, Boris Santiel. Yo recuerdo bien que el primer día de este diario, escribí y cito lo siguiente:

He tenido días difíciles, ¿quién no los tiene? Mi amigo debe estar loco por haber accedido a publicar esto.

De hecho, está loco… ¿censurará estas palabras? no lo se, ¿y si piensa la gente que soy un alter-ego de él? no lo se tampoco. No me importa, ya que ustedes me leen, pero yo jamás sabré de ustedes. Sabrán tal vez de mi amigo, que decidió publicar esto en algún acceso de compasión y/o amabilidad por mi persona, al cual deben referirse en caso de que tengan un comentario que hacer. A mi, su inseguro servidor, me vale un pimiento. (Casi puedo escuchar a la primera mojigata decir, “¡Ohh! ¡dijo pimiento! ¡le valgo un pimiento!” y así será la primera molestia ocasionada a mi buen colega, que decidió escribir estas palabras en su moderno website).

Y aún así, después de tan avasalladora introducción, tienen la injusticia de confundirme con él. Es imposible decir que me vale un pimiento (de hecho la palabra correcta es pito, me vale un pito, pero mi amigo que es un mojigato como las mojigatas, me comentó que debería cambiar la palabra y yo le dije está bien, adelante, nada más publicalo. Nunca debí acceder a esa no-libertad literaria, porque ahora se toma toda clase de libertades con mi nombre. ¡Cómo si fuera un personaje inventado! Eso, mis amores, no debe ser posible)

¡No señor!, tal vez debería registrar mi nombre como lo ha hecho German Dehesa, de esa forma, la próxima vez que me confundan con él señor Fest, les mandaré un abogado vestido de gris y fumando un puro.

Odio los abogados. Mejor debería visitar a Fest y tener una charla con él. Una larga plática donde expongamos nuestros argumentos y bebamos tequila para relajar la lengua.

Y ya que lo tenga tranquilito, sacaré la daga y entonces daremos sangre a los cuervos del Aqueronte.

Nada más, no le digan a nadie. Éste será un secreto entre ustedes y yo.

Impulso de Risa

La mujer observó cuidadosamente a los integrantes de la junta, todos señores y señoras de más de treinta años en servicio en esa firma de abogados, escuchó a su compañero exponer el caso de Bertolucci, algún criminal que ofrecía una jugosa comisión.

Y cuando menos lo esperó todo mundo ella se echó a reír. No supo el motivo, simplemente le dio un impulso. Rió bastante, aunque su mente le decía que le había costado mucho trabajo estar donde estaba sin sacrificar sus principios feministas. Trató de controlarse y se llevó las manos al estómago, pero siguió riendo.

Un hombre de cincuenta años o más, como todos los demás, se puso de píe para tranquilizarla pero se echó a reír, se veía tan graciosa la mujer risueña que estaba azotada en el piso de risa. Echó a reír como nunca lo había hecho en sus cincuenta y tantos años de vida.

Entonces se levantaron los demás directivos y también rieron, era una orgía de risa incontrolable donde algunos hasta casi vomitaban de risa. La escupían como caramelos de un peso. Y así, por toda la firma se extendió la risa…