Hace mucho que no hablaba contigo, Árbol de los Mil Nombres. Ahora cuando camino me confunden contigo, me dicen Árbol y dudan de tu existencia o desconocen completamente de ésta. ¿Todavía sigues caminando tus mil caminos? ¿Son mil nombres los que formarán el tuyo, único y verdadero? Ya no sé, como te digo, hace tiempo que ni platicamos.
¿Sigues arrastrando tus pesadas raíces? ¿Sigues meneando las ramas para auyentar a los cuervos? Esa ave tan lista que sabe como perseguir siempre y para siempre a su presa. Que se ingenia mil métodos para alcanzarlos con sus zarpas. A veces yo también traigo a mis cuervos, que bueno, entre los tuyos y los míos son uno sólo.
¿Sigues conociendo gente en tu camino para después olvidarla? ¿Todavía prometes alcanzar a alguien en tu Crucero Espacial? A mi todavía me pasa lo primero y por aras del destino, me sucede menos lo segundo. Probablemente tengo la mente muy ocupada, no lo sé ya. Hay días en los que si, hago mi religiosa oración para decirle que cada paso que camino me lleva más cerca y me olvido de lo que hay a mi alrededor. Más automático cada vez, cuando sé que es automático prefiero no hacerlo y me digo a mi mismo: “Hazlo cuando lo sientas”, tal como tú lo harías.
El viento se está moviendo y hace un ruido suave con tus ramas, cuando camino en soledad acompañado y el viento estremece a tus hermanos árboles y tiran sus hojas a mi alrededor, me acuerdo de tú y yo. Me acuerdo las interminables noches en las que solíamos platicar Árbol de los Mil Nombres. El sonido de las ramas cuando el viento brama es inconfundible, es la canción nostálgica de la que vivimos y nos alimentamos.
Yo ya dejé de ser Árbol, dejé de ser tu semilla, dejé de aspirar a ser tú. El eterno caminante buscando los motivos y las respuestas. “Seguir caminando”, solía decir, así como tú me habías enseñado. Pero de todo este monólogo que me estás escuchando decir… he caído en cuenta, ¿No será que ya soy tú?






