—Mi nombre es Padre Taxi y no sé nada de un tal Andrés Burgos —respondió el señor de cuarenta y dos años, vestido con una sotana y un letrero colgando en su espalda que decía Libre en letras blancas y grandes, sobre un fondo rojo—. Soy un indigente más de esta maldita ciudad.
—Vamos Andrés, usted no me engaña, no se sabe todos los días que un hombre millonario acaba mendigando en las calles; le conseguiré una deliciosa hamburguesa y tal vez dinero para que sobreviva un mes sin necesidad de rascar por sobras —respondió el reportero, vestía un traje café barato, la camisa manchada y sobre estirada. Un oportunista.
Taxi dio vuelta en la calle cuarenta y dos, acariciando paredes, huyendo como desesperado en cámara lenta. Se detuvo un momento para escuchar a Edith Piaf que cantaba gracias a un fonógrafo distante y se arrepintió del pequeño placer al percatarse de que el reportero le seguía a distancia dispuesto a obtener sus palabras.
—Ratas, todos ustedes son unas ratas —susurró Padre Taxi y caminó distraído, el reportero lo siguió apresurado en las viejas calles oscuras.






