Padre Taxi. Capítulo 8: “Mensajeros”

Este post es parte de una serie, llamada “Padre Taxi”. Anotación 8 de 15


¡Me han robado el alma del niño! ¡Killian! ¡Nos lo han robado!

Killian se incorporó y abrió los ojos, estaba cómodo, sentado en una cama de un cuarto que desconocía por completo, era una cuarto sencillo, con muebles simples y colores opacos. Su cuerpo estaba limpio y olía a loción, se pasó una mano por el rostro recientemente afeitado y se extraño por no tener su barba, su cabello también había sido cortado, paso una mano por este sintiendo el cosquilleo del cabello corto.

Cerró los ojos y se tapó el rostro con sus manos, hizo un esfuerzo por recordar la noche anterior, tenía una herida en la mejilla que le importó poco. Tenía una molestia en el vientre que pronto creció a dolor si se movía mucho. Se dio cuenta que llevaba una venda que le rodeaba las costillas.

—¿Dónde estoy? —se preguntó en voz alta, había luz natural.

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Padre Taxi. Capítulo 7: “Pesadillas de Héroes”

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—¿Sabes qué nosotros los héroes tenemos pesadillas? —preguntó Matías, manejaba al coche y podía ver en el camino que el mar de Puerto Octay ya estaba en el horizonte, no tardarían. Todos en el coche dormían excepto él, miró de reojo y Jonás dormido abrazaba con más ahínco al cadáver del niño—. ¿Por qué? Se supone que los héroes como nosotros tenemos sueños, ilusiones e ideales. Por supuesto, blandimos nuestra espada cuando hay una guerra o sufrimos la tragedia de perder lo nuestro. ¿Por qué los héroes tienen también pesadillas en sus sueños? No lo comprendo Anciana, no lo comprendo. No me lo tomes a mal, utilizo el término héroes, porque nosotros fuimos elegidos para funcionar del lado del bienestar en esta Obra del Destino. Personalmente preferiría estar en el Club Araña, platicando con mi buen amigo Gorostiza, ¿sabías que es sensei de un dojo de Aikido al que nadie va?, el me dijo que promovían la paz, y que su uso fundamental es el uso de la energía, ja-ja. Quiero llorar la pérdida de mi madre. ¡Por favor! ¡Nadie quiere salvar al mundo en esta era moderna! Todos fuimos atraídos por causas circunstanciales, porque el mundo o el destino así nos ha forzado, no me gusta que el Olimpo juegue con nuestras piezas, soy un firme creyente de que soy amo de mi propio camino y que soy amo de mi forma de vida. ¡No me has dejado opción en ninguna, Vieja Bruja! No te me pongas violenta, porque se me ha acabado la marihuana y no tengo forma de bloquearte, no quiere decir que no pueda ignorarte. ¡Escúchame carajo! No me retes Bruja, que ya estamos llegando a Puerto Octay. Lo que me molesta es que no he dejado de tener pesadillas desde que te conozco, antes soñaba poco, y eran sencillamente quimeras del día. Me sentía dichoso cuando soñaba en Jaramillo. Seguro tienes algo que ver con que sueñe la muerte de mi madre todos los días. No te hagas la inocente. Por favor, no lo hagas.

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Padre Taxi. Capítulo 6: “Voces”

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Matías Elizondo prendió el carrujo y se tranquilizó. Todo volvía a la normalidad, dejaba de ver los colores y los fantasmas ambulantes. Cruzó una pierna y el ambiente de luces de neón del Club Araña pintó ligeramente su rostro de azul, el cual apenas se podía ver por el humo viciado del lugar. Matías peinó el lugar con su mirada y era la misma clientela de todos los días, incluido el mismo.

Nada cambiaba.

—Quizás sea mejor así —dijo Matías y disfrutó el efecto relajante de la mariahuana, se pasó una mano por su cabello largo y rizado, se recargó en su asiento y miró por un segundo su bebida, esperándole tranquilamente en su mesa.

—¡Vamos Matías, tienes diecinueve años y un brillante futuro! —exclamó Matías y se echó una risotada. Se caló el rostro barbón, sus ojos oscuros brillaron intensamente y dieron una chispa de alegría nostálgica. Miró a las personas del club, buscando en sus rostros el rostro de su madre.

—Ambos moriremos en Jaramillo mamá. Ya te alcanzaré, no tardo, es un pasito a pasito muy chiquito y los dos estaremos juntos en el cielo. Soy el Pensador porque pienso demasiado dicen, porque mis exámenes dijeron que era un genio, ¿Si soy un genio qué hago aquí? Espérame en mi crucero mamá, mi genialidad hará bien en construir mi nave espacial para llegar a tu cielo.


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Padre Taxi. Capítulo 5: “Sombras ciegas”

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El redentor de la gabardina se sentó y lloró, los cuerpos desechos por las balas yacieron en el piso de la casa. Una luz manchada de sangre, sucia y amarillenta abrillantó las lágrimas de Killian, quien sacó un pañuelo de una de sus bolsas y limpió el cañón de la escopeta. Un fonógrafo tocaba en algún lugar Stand by me de Ben King.

—No I won’t, be afraid… No, I won’t be afraid. —cantó Killian, movió sus pies con el ritmo de la música y se reacomodó el sombrero en la cabeza ensombreciendo sus ojos. Las sombras innaturales se le acercaron y le acariciaron su corazón.

Necesitamos más sombras Killian.

—Déjame en paz, te he servido bien y lo seguiré haciendo siempre y cuando me des estos momentos.

El tiempo es corto, ellos encontrarán el libro antes que nosotros a menos que continúes consiguiendo sombras.

—Tenemos muchas.

Necesitamos más.

Killian se limpió las lágrimas y con ojos borrosos miró las cortinas moradas manchadas de carmesí, la mesita del teléfono que se descolgó accidentalmente cuando la señora de la casa intentó huir. La mesa de madera con tapa de vidrio que sostenía obligadamente la cena del marido.

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Padre Taxi. Capítulo 4: “El Rostro”

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—It’s so… dark and gloomy here, are you sure this is the place Jonas? —dijo el pequeño niño de piel negra cargando su maleta con trabajos, el hombre delgado y de músculos marcados de piel canela observó al niño, levantó un poco su sombrero de paja y volteó hacia los monstruosos edificios, conteniendo la respiración.

—¡Que no es Youns te digo! Ah que la contigo pinche Billy, me llamo Jonás y nada de inglich. Estamos en México o eso parece, ¡creo que ya llegamos a la ciudad manito!

Jonás se acomodó sus pantalones de lana y sonrió ignorando el mal rostro que la ciudad les encaraba, avanzaron un poco por las calles y vieron a la gente apresurada caminando en forma relajada, como si dieran un paseo matinal, la luz gris del sol iluminó rostros oscuros y deprimentes, en algunas calles había militares haciendo guardia, soldados silenciosos.

Billy arrastró su maleta con trabajos y la gente que le ignoraba y lo empujaba no le ayudaba mucho, Jonás sintió también la misma resistencia de parte de los citadinos. Alentó el paso para juntarse hombro a hombro con Billy y le puso su mano alrededor del brazo, le arrebató la maleta y obligó al niño a caminar más rápido.

—Tenemos que encontrar una calle para chambearle mi Billy.

—I just don’t like…

—No inglich pinche Billy —le interrumpió Jonás, miró las calles impecablemente limpias, el aire sin embargo tenía un olor a podrido, había industrias dentro de la ciudad pero ninguna de estas liberaba humo, Jonás alzó la ceja y miró a su alrededor, había una librería y le gente entraba y salía, pero ninguna compraba nada, luego miró a una cafetería y vio a toda la gente tomarse el café y charlar desanimada detrás de esos rostros sonrientes. La ciudad era una falsedad.

—¿Pinche es bueno o malo? No me gusta el, ¿cómo se dice? ¿lugar?

—Simón, a mí tampoco me gusta nadita pero la chamba es chamba, no se raje. Mire que aquí hay un lugarcito, siéntese usted mi Billy y haga lo que más le gusta. Cierre los ojos que resulta que es mi hijo ciego, ¿eh?

—Sí Jonás —Billy se sentó y le pidió a Jonás su maletín, después sacó su saxofón y empezó a calentar los dedos y a practicar las notas, Jonás se paró a un lado de él admirando el talento del niño, la gente pasó despreocupada y algunas personas se alejaron espantadas, Jonás se percató de ello y se mordió el labio inseguro.

—Tal vez debamos irnos chamaquito —susurró Jonás.

—No, ahora te esperas, como tú dices: La chamba es la chamba.

—Simón, pues ya dale mi Billy.

Billy obedeció e inició su pieza de jazz, las notas mágicas volaron en el ambiente y se incrustaron en los corazones de los presentes, Jonás se sorprendió, casi podía ver los colores en el aire. La calle donde estaba sentado Billy adquirió repentina vida y pareció que un bote de pintura de colores combinados cayó sobre el pavimento muerto. La gente se detuvo y escuchó asombrada, se acercaron y formaron un público fiel al niño músico.

Jonás observó boquiabierto, era la primera vez que Billy hacía algo tan sorprendente. Billy tenía sus ojos cerrados mientras tocaba pero Jonás sospechó que estaba en una especie de trance. Miró la cafetería y la gente abandonó las máscaras, ahora disfrutaban su café y reían y sonreían sin preocupaciones, luego miró por la ventana de la librería, la gente estaba ojeando los libros.

—¡Virgencita mía! ¿A qué pueblo vinimos a dar?


La espesa nube de humo formó una sonrisa maligna.

La Dama Elegante se recostó en la cama, alzando las sábanas a la altura de su cuello por instinto. La correa que le esclavizaba estaba atada a una argolla a lo alto del muro.

El sol gris atravesó el ventanal, el cuarto se iluminaba por los arreglos elegantes en oro y plata, muebles de piel genuina y la caoba triste y hermosa hecha en buró, ropero y puertas. Lujos acostumbrados por el Hombre Sin Rostro, quien estaba en la entrada de la puerta fumándose su puro.

—¿Qué quieres? —preguntó la Dama Elegante, la línea de su voz disipó la sonrisa en la nube de humo, una voz angelical que sin miedo podía atravesar montañas.

—¿Está lista para dármelo?

—Nunca te lo daré.

—Tiene que hacerlo, la gente en Jaramillo tardará en morir Señora Fortuna, pero usted y yo tenemos la vida suficiente para esperar a que lo haga, entonces no habrá marcha atrás. Antes de que eso pase la correa surtirá efecto, pronto será mi esclava y así usted me dirá dónde está El Libro.

—Hoy no lo soy.

—Pero tal vez mañana, y si mañana no, pasado mañana. Las esperanzas terminan pronto mi querida Señora. Al encontrar al Señor Burgos y matarle, usted perderá toda voluntad. Me obedecerá únicamente a mí.

—Tardarás en encontrarlo.

—No lo tenga por seguro, cada día lo siento más cerca, sólo tengo que escuchar los latidos de su corazón que lo tiene bien ubicado. Cada vez que pasa mi Ejército por donde esta él puedo ver como sus ojos se asustan y se aterran, es su peor enemiga. ¿Por qué no le ahorramos su miserable vida al Señor Burgos y me dice dónde está escondido El Libro?

—Pudiste matarlo cuando tenías oportunidad.

—Es que en ese entonces yo no sabía que él era la clave, debí sospecharlo cuando hicimos la apuesta y usted actuó increíblemente sumisa. Ahora no es más, y con todo respeto, que una vil perra Dama Fortuna, le torturaré hasta arrancarle la verdad de los labios o hasta que muera el Señor Burgos, yo disfrutaré igual, sea lo que pase primero.

—He soportado tus castigos antes.

—¡Y cómo lloras mi Dama, cómo lloras!


El Ejército se movió en dirección a la música de Jazz por órdenes del General. El Teniente Ezequiel Montes de Oca aprovechó el momento y entró al jardín del palacio gubernamental, algunos soldados le vieron y le saludaron respetuosamente, Ezequiel hizo lo mismo y dio la orden de descanso. Caminó por el pasillo para la entrada principal y sintió los ojos de las esculturas griegas mirándole, una suave neblina marcó la entrada de la oscuridad y el frío se hizo intenso.

—Esto parece Londres, maldito Jaramillo —susurró el Teniente. Hizo su entrada al hall principal y subió las escaleras de mármol, miró hacia abajo y vio su reflejo, se sonrió, estaba lo suficientemente presentable para visitar a la jovencita Alicia von Lurendberg después de que hablara con su padre. Al subir vio que una nube de humo salía corriendo de uno de los cuartos, Ezequiel tuvo un escalofrío, parecían rostros agonizantes que pronto se transformaban en más rostros.

El cuarto de Alicia estaba uno antes de donde salía el humo, Ezequiel tomó aire y continuó avanzando, a medida que daba un paso, se escuchaban los gritos de una mujer. Ezequiel se acarició el rostro que sintió rígido y entonces recordó la noche cuando persiguió a Chucho Domínguez.

Desde entonces se cuestionó su participación en el Ejército, al ver como el General destruyó a Chucho Domínguez y como varios de los presentes obedecieron la orden, la urgencia de abandonarlo todo se hizo más persistente, no podía continuar al mando de un hombre así. Tenía que salir y por eso se decidió a hablar con von Lurendberg.

Pobre Muda, debió sufrir mucho —pensó Ezequiel y se acercó con cautela, la puerta estaba entreabierta y los gritos aumentaron de volumen. El humo se hizo más espeso, de alguna forma el humo le invitaba y al mismo tiempo le repelía. Trató de controlarse, quiso ver a través de la ranura y observó a una mujer de cabello claro y corto contra la pared con las piernas abiertas y desnuda, sus músculos tensos, tenía algunas marcas en la espalda, alguien la estaba flagelando. Empujó la puerta con cuidado de que no se escuchara. El humo rozó el rostro de Ezequiel como si fueran cuchillas, contuvo la respiración evitando olerlo, la mujer se tensaba de dolor y pensó que estaba a punto de morir porque no gritaba, o probablemente fuera demasiado orgullosa para permitírselo a su castigador.

Ezequiel se paralizó, era el primer hombre con vida en ver el verdadero rostro de éL.


Padre Taxi se sentó en un poste de luz, a la gente ya no le importaba verlo, su existencia había dejado de ser importante sin él saberlo hasta esa noche. La neblina le acarició el rostro y la basura le acompañó como los animalitos del bosque acompañaron a Blanca Nieves. La calle se vació, la neblina se disipó un poco, el gris pavimento y el ladrillo muerto de los edificios hicieron un apenas notable puente escénico. Un Jazz alegre se escuchaba a lo lejos, lo que perturbó un poco a Taxi.

—El Ejército aún me busca, ¿por qué? —Padre Taxi acarició su rostro de joven en sus veintes. Su regresión a la juventud se había detenido bruscamente, le funcionaba muy bien para esconderse, había recuperado su cabello y su cuerpo poseía la agilidad y fortaleza de la juventud.

—Les será imposible encontrarme. Bien, quiero que me dejen en paz, mi miseria es mía y sólo mía. Ahora podré vivir tranquilo, ni siquiera a La Ciudad le importo ya.

Padre Taxi sonrió ampliamente y se bajó los pantalones.

—¡Ja! Cagaré en tus calles, maldita ciudad de mierda. No eres más que eso, una casa que aloja parásitos y moscas.

Al terminar, escuchó un claxon. Padre Taxi volteó molesto de que le interrumpieran su sagrado momento. Un viejo vestido con un saco rojo y negro lleno de parches se bajó de la camioneta y caminó hacia él, éste le aventó un rollo de periódico.

—Límpiate y limpia lo que has hecho. Lo que has hecho debes limpiarlo.

Padre Taxi se arrodilló y obedeció sorprendido, puso los desperdicios en el periódico, los envolvió y los tiró lejos, el letrero en su espalda le golpeó y se sonrió. El viejo esperó indiferente, como si estuviese en otro lugar. Taxi miró de un lado a otro y luego vio al viejo quien le extendió su mano para ayudarle a levantarse.

—¿Tú eres Andrés Burgos?

—Mi nombre es Padre Taxi y no se de quién me hablas.

—El mío es Rafael Arlequín, mucho gusto Padre Taxi, tenemos que hablar. Es importante que hablemos.

—¿Siempre repites lo que dices? Mira, no tengo ningún interés en platicar contigo, ahora déjame ir. Tengo que buscar algo de comida y regresar a mi Calle Segura antes de que el Ejército pase por aquí.

—Puede que te interese lo que tengo que decirte, interesarte puede y mucho, es acerca de la Dama de la Fortuna, es una señora muy bonita, muy bonita es con su cabello claro, aunque tiene una correa en su cuello que no le favorece.

La neblina atacó con nuevos bríos, cerrándole el telón a la calle donde Taxi y Arlequín se conocieron, sin darle tiempo al ladrillo feo y al pavimento maltrecho de hacer su reverencia.


Cuando Jonás sintió como la gente se agolpó furiosa a su alrededor entonces supo que el espectáculo de Billy debía detenerse. Todos sonreían, cantaban, gritaban y entraban en un estado de éxtasis al escuchar las notas musicales que se esparcieron como agua entre las calles, los edificios y las ventanas de aire gótico. Las gárgolas de los edificios parecieron cobrar vida durante un instante y viraron su cabeza hacia el niño, acusándolo en nombre de la ciudad de una felicidad que no tenía que ser.

Billy continuó digitando en su saxofón, Jonás trató de cubrirlo y protegerlo, empujando a la gente y distrayéndola en otras cosas, pero le era casi imposible.

—¡Despierta Billy! Larguémonos de aquí chamaquito —dijo Jonás, en un intento desesperado. Empujó a un señor calvo, su rostro era una masa de arrugas sonrientes, sus ojos azules daban píe a la locura y bailaba con el jazz de Billy. Jonás lo volvió a empujar y al hombre no le importó, continuó bailando y moviendo sus pies ridículamente y feliz.

Jonás acomodó su sombrero de paja y vio en una de las esquinas de la calle a una agrupación de soldados que marchaban hacia ellos. La gente que era lejana a la música se apartó rápidamente, haciéndose aún lado para que estos hombres pudieran pasar, los que eran afectados por el Jazz mantuvieron su estado frenético, ignorando por completo a los militares.

—Vienen por nosotros mi negro. No lo duraría por lo jodido y raro que está todo esto —Jonás movió a Billy un par de veces, pero este se quedó quieto, Jonás abrió los labios espantado, el color de la piel de Billy se estaba haciendo de ceniza, a su cabello le salían canas, su piel se secaba, sus dedos adelgazaban y la carne se pegaba a los huesos, Jonás abofeteó a Billy desesperadamente.

Billy abrió los ojos y detuvo la música, el efecto de envejecimiento desapareció repentinamente, dejando como huella unas pocas canas y unas manchas oscuras en algunas partes de la piel del niño negro. Se desmayó, aferrándose al saxofón con ambas manos. La gente despertó de un ensueño alegre y se detuvieron un segundo a tratar de recordar, sin embargo, al ver al ejército del Hombre sin Rostro que se aproximaba, huyeron y olvidaron todo lo más silenciosamente posible.

Jonás cargó a Billy a su hombro y se echó a correr entre las calles húmedas y burlonas de alegría, con el saxofón presionando en un costado.


—¡Ya! ¡Por favor! —gritó burlón el Hombre sin Rostro—. ¡Dime! ¡Dime ya dónde está!

El cuerpo de la Dama Elegante se tensó una vez más al recibir uno de los castigos, Lurendberg se preparaba a dar otro cuando escuchó el rechinar de las bisagras de la puerta, su agresividad se disipó rápidamente, derritiéndose como nieve ante el calor del sol. Dejó el látigo aún lado, sacó otro puro de su caja de habanos, cortó la punta con su navaja de plata y lo prendió.

—Te ha salvado una situación inusitada mi Señora Fortuna, alguien nos ha estado observando.

La Dama Elegante no respondió, bajó su cabeza y sollozó en silencio, la espalda le ardía y las muñecas estaban marcadas con las cuerdas que la mantenían en pie, el dolor se asentó en su cuerpo y contuvo sus gritos, sollozando con libertad. Dejó caer sus piernas y sus muñecas colgaron, las lagrimas ardientes recorrieron sus mejillas y se las bebió de coraje y dolor.

—Ha visto mi verdadero rostro y continua viendo, está dando un paso hacia atrás, intentará escapar y sabe que no puede.


Ezequiel Montes de Oca se llevo una mano a su boca para detener el grito, el rostro de Lurendberg le estaba mirando a él, frente a frente, no podía creerlo, quería no verlo, quería apartar la mirada pero no podía, los ojos se habían clavado en los suyos, sintió su sangre correr rápidamente en su sistema y hervir su cuerpo, escuchaba todo con más claridad aumentando los bajos y los agudos, sus piernas temblaban y con voluntad propia se alejaban del Hombre sin Rostro quien, a través de la ranura de la puerta, se podía mirar como se acercaba tranquilamente, fumando su habano.

Miró su lengua remojarse los labios y Ezequiel emitió un chillido en voz baja, se sentía la cena de aquél hombre monstruoso que paso a paso interpretaba una marcha fúnebre.


—Es un soldado, mi Señora, menos mal, su muerte servirá de ejemplo a la disciplina. Su nombre es Ezequiel Montes de Oca, valioso soldado dentro de nuestro magnánimo Ejército, seguro vino a verme porque quería retirarse y ahora lo hará de una forma magistral. Es sencillamente un mártir, un sacrificio noble.

El Hombre Sin Rostro se acercó y jaló la puerta, abriéndola por completo. La Dama Elegante miró de reojo y rezó porque Ezequiel pudiera escapar, no le deseaba a nadie ser el prisionero de Lurendberg.


Ezequiel Montes de Oca respiró y dio media vuelta, se encontró con otra puerta y la abrió, entró rápidamente y la cerró con seguro, su mente no se apartaba de el rostro que le perseguía, lo atemorizaba y se lamía los labios saboreando comida. Aún escuchaba sus pasos y olía su puro. No podía escapar del todo, un sentimiento de que nunca escaparía creció en su pecho, continuó caminando hacia atrás hasta tropezar con el borde de una cama.

—Hola, no suelo recibir visitas a mi cuarto, mi papi me mataría —dijo una jovencita rubia, bonita, adolescente. Su cabello largo acarició el viento e hizo pequeñas estrellas irreales—. Más bien te mataría primero a ti Ezequiel.

Ezequiel se incorporó y miró a su alrededor, el cuarto estaba decorado humildemente y velas lo iluminaban, era como entrar a un mundo color de rosa donde inclusive el aire le ayudaba a flotar, olió a perfume fino, una fragancia suave que penetró su lucidez sin violencia, Ezequiel se sintió incómodo, miró a la jovencita.

—Escucha Alicia, se que no es manera de venir a saludarte pero tengo que escapar, ¿sabes cómo?

—¡Si me llevas contigo a visitar el mundo!

—¡Cómo sea! Me urge ya, por favor.

La jovencita se acercó a un candelabro cercano a su cama, lo movió y se abrió una trampa en el suelo que llevaba a un túnel oscuro. Ezequiel se asomó y descubrió que el túnel era un tobogán.

—Tú primero —dijo la jovencita sonriente, Ezequiel no lo pensó dos veces y se aventó.


La Muda trató de ver por la ventana a Arlequín y al hombre que recién habían encontrado, sus ojos se esmeraron en atravesar la engañosa niebla pero su intento fue inútil y desperdiciado, se talló los ojos y cansada, se reclinó inconforme en su asiento en la parte trasera de la camioneta.

—Están hablando —dijo Yasmín, quien estaba sentada de enfrente. Se mecía suavemente y giraba la cabeza lentamente. La Muda observó durante un momento el extraño comportamiento.

—Es él, no se equivocaba, puedo sentir su presencia llena de poder y nostalgia. Me sorprende el Payasito, he intentado llevármelo lejos de Jaramillo pero nunca he podido. Es tan terco a su destino.

La Muda miró por el espejo retrovisor a Yasmín, observó las arrugas que cuarteaban su rostro como de piedra y los ojos casi blanquecinos, sonrió divertida, cruzó los brazos y cruzó las piernas, ociosamente miró hacia la ventana y compuso figuras entre la niebla.

—Así es, soy ciega. Te estás preguntando como una vieja, una muda sin esperanzas y un payaso maniaco depresivo salvarán al mundo si todos parecemos estar inválidos. Tu razonamiento no es malo aunque tiene una falla: yo no estoy dispuesta a salvar al mundo, en cuanto pueda me largo.

La Muda abrió los ojos sorprendida y se llevó una mano a la boca, trató de cerrar sus pensamientos y evitar mirar a la ciega. No podía creer que ella hubiera sido capaz de leer sus inquietudes con tal precisión y un sentimiento de temor y respeto hacia Yasmín surgieron.

Yasmín sonrió divertida, era su turno.

—Puedes llamarme la Tía Yemita, hija, y me necesitarás si quieres saber como una muda sin esperanzas y un payasito repetitivo salvarán al mundo.


—Tengo miedo, la ciudad traga, mata. Soy ciudad —dijo Billy delirante mientras Jonás corrió con él en brazos entre la calle cincuenta y cuatro y la avenida Libertadores. Giró en una calle estrecha, golpeándose contra toda la gente que estorbaba el paso, el Ejército venía persiguiéndoles sonando silbatos y alzando fusiles que no disparaban por la multitud.

—Aguántese mi Billy, aguántese tantito —dijo Jonás entre jadeos y respiros. Sus brazos estaban cansados y sus piernas comenzaban a resistirse al maltrato, los pulmones pronto tendrían una opinión también si no encontraban un refugio. La gente se hacía a un lado al ver al Ejército y cada vez era menos la que le estorbaba, Jonás escuchó un disparo que le pasó a unos cuantos centímetros de su oreja y recobró ánimos para cargar a Billy.

—La ciudad me odia. It’s going to kill me. Help me Jonas —susurró Billy, su frente llena de sudor y caliente, Jonás podía sentir el ardor del cuerpo del niño a través de su ropa, su piel negra estaba empalideciendo.

—Pinche Billy, a que ciudad vinimos a dar, esto no es México, pero anímese, aquí le vamos a sacar dinero a la gente y usted será mi hijo ciego, no se me desespere. Habrá mejores días, anímese, no se me caiga mijo —dijo Jonás pretendiendo levantar el ánimo del niño que no le escuchaba. Dio vuelta en un callejón oscuro y corrió hasta topar con pared.

—Creo que ya valimos madre —dijo Jonás casi resignado, respiró tranquilo y dejó al niño y su saxofón a un costado encima de unos cartones y periódicos que parecían acomodados en forma de cama, se recargó contra la pared del callejón y lentamente dejo que sus nalgas cayeran al piso, alzó su sombrero para ver con detalle si los soldados aún les seguían.

Miró como los soldados cruzaron la calle pasando de largo su escondite improvisado. Después observó a un grupo de soldados detenerse a la entrada del callejón, hablaron un momento entre ellos, sus ojos estaban confundidos y temerosos, Jonás escuchó las voces inconformes de los soldados, quienes giraron a todas partes y buscaron, vio como se dispersaron y supuso que estaban buscando a los alrededores.

—Jonás, nos va a matar la ciudad y los demonios, el peor de todos, el que no tiene cara, el que crea maldad y caos. El odio de la ciudad casi me traga, el redentor de sombras viene por nosotros —deliró un poco más el niño, Jonás lo observó miedoso de que sus palabras fueran escuchadas por los soldados, lo abrazó y puso suavemente una mano sobre su boca la cual estaba caliente igual que todo su cuerpo, con ojos muy abiertos miró la entrada del callejón, calló y esperó.

—Espérese tantito mijo, luego me platica su cuentito que leyó, que se oye muy interesante —rió nerviosamente Jonás, esperando que los delirios de Billy fueran algún cuento del periódico.


Es en esa casa están más invitados a la nueva vida, Killian.

Un hombre esbelto, en sus veintes casi llegando a treintas se acomodó su cabello rubio y largo debajo de un sombrero de vaquero, su gabardina parchada le protegió del frío ocasionado por la neblina. Miró hacia el cielo atento, escuchando la voz que le hablaba de ningún lugar.

Tienes que matarlos a todos Killian.

Killian se llevó un cigarrillo a la boca y lo prendió con un cerillo, cerró los ojos. Caminó hacia una casa de patio amplio y acogedor, un coche de los nuevos en el garage. Se paró en la entrada, desde afuera podía escuchar los gritos de la familia que estaba peleando. Se asomó por la ventana y vio a la esposa discutiendo con su marido enérgicamente, el marido estaba fuera de su rango de visión y por ello dedujo que acababa de llegar y estaba aún en la puerta con su portafolios y su sombrero.

—Es la maldición de la ciudad, se está haciendo más fuerte. Ni siquiera lo dejó llegar a casa.

Así es. Hay que convertir a esta familia.

—Será la redención de su espíritu y su alma.

Puedo acariciarles su corazón hecho piedra desde aquí, es hora.

—No hay mejor lugar como el cielo —dijo Killian, sonrió y sacó su escopeta recortada y adaptada por el mismo, disparó a la puerta y entró a cumplir su trabajo. Las sombras de los recién muertos se abrieron paso de entre la propia sombra de Killian e hicieron de la noche infinita.


Ezequiel se limpió la basura del rostro y escuchó como cayó Alicia a su lado. Sintió un líquido viscoso correr entre sus dedos y se negó a mirar que era, prefirió incorporarse y salir del contenedor de basura. El lugar olía terriblemente y sonrió cansado, pronto la princesita diría algo.

—Es impensable que yo, Alicia von Lurendberg, esté rodeada de basura —dijo Alicia dolida, se levantó con trabajos entre las bolsas de basura y los desperdicios dejados libremente. Ezequiel le ofreció las manos para ayudarla a bajar y Alicia los aceptó gustosamente.

—Tú papá me va a matar Alicia, no me interesa si apestas.

—¿Pues qué le hiciste? Eras de sus consentidos

—No se que sea un consentido para el Señor Lurendberg —Ezequiel ayudó a Alicia cargándola fuera del contenedor. La calle en la que estaban era oscura, apenas iluminada por un par de viejos faros de luz, los periódicos de hacía días estaban húmedos y la basura predominaba como el olor fuerte del lugar, aunque la humedad buscaba hacerse un espacio.

—Pues que mal —dijo Alicia—. A mi nunca me mataría, dice que le seré muy útil. Por eso me tenía que ir de esa casa, no se que planes tenía el Papá sin Rostro conmigo. Lo siento por la Dama Fortuna, la quería mucho y ella me quería mucho, pero ella fue la que me sugirió que tenía que irme y pronto.

Ezequiel tomó la mano de Alicia y la jaló hacia la oscuridad de la calle.

—Luego me platicas tu vida de sociedad, tenemos que buscar donde escondernos y pasar la noche.

Alicia se jaló hacia atrás, sintió como su zapato caro se hundió en un charco inmundo e hizo una mueca de asco. Ezequiel vio las medias y las zapatillas de Alicia forradas de verduras secas y podridas y de pedazos de papel húmedos.

—Escucha, no puedo estar soportando tus achaques a tu nueva vida de niña pobre. Necesito escapar porque no quiero que tu padre me alcance, si quieres venir conmigo está bien, si no, aquí te dejo y tan sencillo como que por ahí nos vemos.

—Sólo quiero saber Ezequiel… ¿lo viste?

—¿Qué?

—¿Viste su rostro?

Ezequiel no cerró la boca y sintió de nuevo el cuerpo pesado, no podía olvidarlo. Alicia miró el miedo en los ojos de Ezequiel y deseó jamás haber preguntado, pero la curiosidad venció su instinto, tenía que saber.

—¿Lo viste verdad?, ¿por eso te persigue?

—Sí —respondió una voz lejana dentro de Ezequiel, Alicia tuvo un escalofrío.

—¿Cómo era?

Ezequiel guardó silencio, trató de controlar su miedo y los temblores en su cuerpo, tomó la mano de Alicia y la jaló para continuar caminando.

—¿Cómo era, Ezequiel? ¡Necesito saber como es mi padre! —chilló Alicia, se abrazó a Ezequiel y pegó su rostro a su pecho buscando cariño—. Dime por favor, no me abandones ahora, dímelo.

—Era bello y lleno de vanidad, odio y sangre, pero era bello, su nariz recta y sus hermosos ojos claros, su profética boca, sus dorados cabellos llenos de polvo de estrellas, sus dientes de marfil. No he visto hombre más perfecto, debe ser un ángel. Sin embargo el grito de mil almas perseguía su aliento, su rostro se pudría y volvía a resurgir, como Fénix que no respeta eternidad, vi sus ojos salir de sus cuencas y fuego rugía de su boca y el hombre aún era bello. Un ángel desterrado, un ángel condenado. Y Jaramillo es su infierno.

Padre Taxi. Capítulo 3: “El circo de antaño”

Este post es parte de una serie, llamada “Padre Taxi”. Anotación 3 de 15


Vibraciones.

Desde que nació sintió las vibraciones. La música de circo inundó la sala y salió en su monociclo con su gran sonrisa, alzó sus manos y en un tropiezo prefabricado los hizo reír. Arlequín miró hacia otro payaso que en la vida fuera del circo era su hermano, dieron un concierto de insultos idiotas y las vibraciones crecieron.

La gente se impresionó cuando por arte de magia apareció un elefante detrás de ellos, los payasos continuaron discutiendo y como parte del acto, se dieron cuenta del silencio del público y voltearon a mirar atrás.

El elefante, como estaba entrenado, utilizó su trompa para alzar a Arlequín, la gente exclamó sorprendida y con la esperanza de que fuera parte del acto la lucha de Arlequín ante tremendo animal, los demás payasos, todos alumnos del maestro Arlequín, hicieron ademán de intentar rescatarlo.

Las vibraciones se hicieron de angustia y temor, cuando Arlequín logró el efecto deseado tronó sus dedos y el elefante obedeció y lo puso en su lomo. Arlequín alzó los brazos y la gente exclamó jocosa y alegre. Arlequín hizo una reverencia desde el lomo del elefante y saludó al público.

Vibraciones de risa y alegría, eran las mejores.

Arlequín dejó de vivir en el pasado durante un instante, sacó un cigarro y lo prendió nervioso, tomó la mano de la Muda y dejando el cuerpo de Chucho atrás hizo que caminara hacia la ciudad con él.

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Padre Taxi. Capítulo 2:”El girasol del muerto”

Este post es parte de una serie, llamada “Padre Taxi”. Anotación 2 de 15


El cabo Chucho Domínguez siempre hacía guardia fuera de la puerta de El General mientras esperaba a que terminara de jugar con La Muda. Miró la noche por la ventana y el frío de su corazón era acompañado por una luz tenue y amarillenta. Se mantuvo de pie, como una armadura de tiempos medievales, en el pasillo de la Casa Militar escuchando mientras el cerdo poseía a la que fue su prometida en tiempos pasados y tragándose el deseo de entrar a matarlo.

El cabo Chuy Fernández, miró gravemente a Chucho. Se llevó su cigarro a la boca, acarició sus patillas largas y las acomodó debajo de su boina. Sus dedos salieron con un cerillo que prendió con ayuda de su rostro mal afeitado.

—¿Por qué tan serio, patrón? —preguntó Chuy burlón, echó una bocanada de humo y sonrió.

—No quiero pelear el día de hoy.

—No importa, debe ser suficiente con lo que está pasando cabrito. Le apuesto una mula a que imagina con detalle las manos gordas y grasosas de Mi General acariciándole el cuerpo a tu yegua.

Chucho Domínguez puso una mano alrededor del cinto de su pistola, Chuy hizo lo mismo, se miraron a los ojos expresándose la rabia contenida que sentían desde hacía años.

—Aquí no patrón, no amenace con su pistola. Sea hombrecito y resolvamos esto a golpes, como aquél día en la hacienda.

—Yo no tengo nada que resolver contigo Chuy, ¿de dónde me agarraste tanta envidia?

—Hazte buey. Esa pregunta tú solito te la respondes —dijo Fernández, se recargó en la pared y Chucho hizo lo mismo, un sudor frío le recorrió la espalda, fijó su atención al péndulo del reloj, la marcha se hacía lenta y los segundos eran devorados ávidamente tan pronto se daba la oportunidad. Ambos cabos escucharon la respiración del otro, estudiando quien iba a dar el primer golpe y se voltearon a mirar cuando escucharon la voz de El General.

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