El sueño finito de Bob, el cacto. (9)

Este post es parte de una serie, llamada “La trágica historia de Bob, el cacto.”. Anotación 9 de 9


Antes de leer este, te recomiendo que leas estos, si no, este final no tendría chiste :):

Y por supuesto, puedes leer más aquí, desde el inicio de Bob, hasta en lo que se ha convertido hoy.

Siguey leyendo →

El último placer culpable de Bob, el cacto. (8)

Este post es parte de una serie, llamada “La trágica historia de Bob, el cacto.”. Anotación 8 de 9


El último placer culpable de Bob, el cacto, fue cuando casi abriste la puerta cuando jugaban los vecinitos del ocho o… tal vez, fue cuando me metí en Salcedo por la vagina y proyecté todas mis espinas, al mismo tiempo, como una arcada por el orgasmo, o por el vómito que me provocó el veneno de Guillotina. ¿Cuánto tiempo llevamos encerrados? Creo que ya son diez días, si no es que más… no, llevamos encerrados diez años, llevamos encerrados un siglo. Si no es porque se metió una rata y me la comí completita, no estaríamos teniendo una conversación tan coherente. Ahora que tengo un poco de consciencia, entiendo porque no abres la puerta, pero tu plan no funcionará. Lo mío no es una adicción, es un deber biológico. ¿No lo entiendes? Si los espíritus admiten mi presencia es porque debo tragar niños. Aunque, pensándolo así, los espíritus también admiten mi encierro. Creo que ni a la muerte, ni al diablo, ni a Natura, les importamos tantito. Imagínate… dirán que el último placer culpable de Bob, el cacto, fue comerse una rata, antes de quebrarle el cuello a su mejor amigo y devorarlo lentamente. Vamos, si pensara logicamente, desde hace mucho tiempo hubiera decidido que no puedo hacer lo último, no me conviene porque entonces me quedaría encerrado aquí y finalmente, el hambre me vencería… y no sabes qué terrible es el hambre. Duele tanto, nubla tanto, rompe tanto… no amigo, no lo sabes. No podría contenerme, aun deseando tu bienestar con todas mis fuerzas y estando solo, finalmente cedería a mi parte natural y no sé que pasaría en ese momento.

Tengo tanto sueño. Me estoy quedando dormido otra vez y creo que será la definitiva. Pronto no necesitarás salvar a nadie más.

Hubiera querido recuperar mi cuerpo humano… pero no es posible, ¿ves? Mi cuerpo ya es arena en algun desierto olvidado. Me hubiera gustado no aceptar el trato y salvar mi alma, pero ya es demasiado tarde para ello. Al haber matado a Guillotina, todavía sentí haber ganado un par de puntos con el viejito bonachón que siempre nos cuida y nos vigila desde el cielo. Pero llegué al punto de no retorno. Caminé otros tres o cuatro meses para localizar a Salcedo y a mi padre. Se encontraban en un hotel, blanco, sus paredes llenas de hombrecitos de labios gruesos y cabellos crespos. Recuerdo bien el hotel, recuerdo la seriación de los seres humanos, recuerdo que se veían como niños negros y sentía un hambre insaciable por llenar el desierto, de mi corazón y del recuerdo. Se encontraban en un hotel, divirtiéndose de lo lindo, pude espiarlos un poco por la ventana antes de empujarla un poco y darme gusto.

Todavía cuando me aventé sobre el estómago de mi padre y empujé para llegar hasta el corazón, me sentí bien. ¿Sabes? Sentí que estaba haciendo lo correcto. Si, ya sé, a Dios no le gusta que matemos a nuestros papis y le encanta, sobre todo, cuándo ellos nos ofrecen como el borrego. Pero cuando miré a mi padre desangrarse, con los ojos bien abiertos, el cuerpo manchándosele de rojo y su miembro flácido, sentí una bendición, sentí que Dios me permitió cambiar el papel ese día. Mientras tanto, Salcedo gritaba histérica, hecha pequeñita en una de las esquinas de la habitación. Claro, una mujer inteligente hubiera corrido a la puerta y se hubiera recluido en un manicomio… pero ninguna mujer, ni inteligente ni pendeja, había visto algo como yo antes. Si miraras tu cara cuando te cuento estas cosas… Los gritos de Salcedo se escucharon por todo el hotel, alguien empezó a empujar la puerta, preguntando—. ¿Señorita? ¿Señorita? ¿Se encuentra usted bien? —pero es que no se trataba de una señorita, por eso no les respondía, se trataba de Salcedo la perrita, de Espinas.

Con mi padre, no tuve la delicadeza de manipular el flujo natural para recordarle quien era. Con Salcedo, si. En cuanto lo supo, guardó silencio y empezó a moquear, como un niño. Se arrodilló frente a mí, me acarició las espinas y una gotita de sangre cayó por una cortadita en su dedo índice. Me manchó las espinas, la tierra, el desierto. —Perdón —me dijo—, perdón… ARF ARF, perdón… ¿quieres que me haga la muerta? SOB ¿quieres que me ponga de perrita? ¿qué deseas de mi? Perdón, ARF ARF SOB —no tuve que decirle que quería, ella lo asimiló. Ya no existía el cuarto de hotel, ya no existían quien intentara abrir la puerta, ya no existía la brisa que entraba por la rendija de la ventana. Sólo existía yo y mi último placer culpable. Ella y su probable redención. Me comprendió perféctamente cuando le expliqué lo que quería a través del flujo natural, lloró un poquito, pero asintió como niña regañada… mi amor, mi perrita hermosa, mi niña. Salcedo, la Mujer. Se recostó contra la esquina, abrió las piernas y me miró fijamente, como si fuese humano, como si fuese compasivo, me pidió con la voz quebrada—. Por favor, que no duela mucho… por favor… que no duela mucho por favor, por favor, que no duela…

Mi último placer culpable fue cuando me metí en la vagina de Salcedo y expulsé todas mis espinas al mismo tiempo. ¿Y sabes una cosa? Si le dolió, durante cinco minutos y cuarenta y dos segundos, que ella continuó consciente.

Foto: Aldo Ara.

Este cuento forma parte de los fotocuentos que estaré escribiendo en este blog. Si quieres formar parte o enviar una foto, revisa este post: Acerca de los FotoCuentos. Si quieres leer los que llevo a la fecha, entra a la categoría de FotoCuento.

La dudosa batalla entre el árbol y Bob, el cacto. (7)

Este post es parte de una serie, llamada “La trágica historia de Bob, el cacto.”. Anotación 7 de 9


Desde que nacemos, mi querido amigo, somos espíritus deambulando y nuestro único propósito es la espera a ser devorados por los peces grandes. Si miraras la vida como yo la veo ahora, te darías cuenta que es como un sueño perpetuo, donde la realidad esta distorsionada increiblemente. Somos una canica, en espera de golpear otras. O estamos encerrados en un octaedro, un tetaedro, un enaedro (palabra inventada, ni te molestes en pensarla mucho), en las manos de un espíritu gigante, sabio y loquito. Loco, loco, loquito. ¿Cuántos días llevamos encerrados? Siete, o tal vez seis. Tu decisión de salvar a niños pequeños y gatitos tiernos nos ha llevado al punto donde nuestra amistad esta corriendo sobre hielo quebradizo. ¿No pasan por ese momento todas las grandes amistades, dónde los hermanos de espíritu se convierten en enemigos, y de tanto qué se conocen estan dispuestos a rasgarse la yugular para regresar al estado de purificación? Si, si, el borró y cuenta nueva, regresar a las incómodas presentaciones y el descubrimiento de los gustos, aunque sea demasiado tarde y los sacrificios hayan sido demasiado. Antes de que me sigas obligando a esto, chamaquito, no sobra recordarte que mi espíritu es más grande y que podría manipularte para sugerir que me abras la puerta, pero no lo hago porque sería faltarte al respeto. Pero, mi querido amigo, estoy dispuesto a seguirte contando la historia en lo que te encuentro, para amenazarte por última vez, antes de que se me vaya la consciencia humana y te coma en pedacitos.

En cuánto mi espíritu tomó el cuerpo del cacto, me sentí como en casa. Así como el poema qué te gusta: “Si tan sólo ella estuviera aquí, se sentiría como en casa”. Aunque en mi caso es: “De haber estado con ella, me hubiera sentido en casa”. ¿Y ahora qué sentido tiene? ¡Estamos encerrados en la casa! Ja. Ja. Ja. Disculpa pues, el hambre me tiene así, y lo peor es cuando me acerco a la ventana, a las dos de la tarde y los vecinitos del siete salen a jugar con su cochecito a control remoto o que también salen a jugar a las escondidas, inmediatamente después bajan los del seis, uno de ellos con una pelota bajo el brazo y se arma el chanfle de fanfurrias. Juegan mis ojos, o lo que yo siento que son mis ojos, al futbol con los niños, mis ojos y mis espinas persiguen la sensación de la pelota corriendo sobre el pavimento como un perrito hambriento, salivo al notar sus piernas fuertes, proteínicas y hábiles. No hablemos de las niñas que se unen al apasionante deporte, o de las que lo rechazan, mientras juegan a las muñecas y a los muñecos, a Barbie y Max Steel burlándose de Ken.

Eso parecía yo cuando mi espíritu tomó el cuerpo del cacto, un muñequito en manos de un niño y salté durante días y noches, reconociendo con mis raíces la extensión de dos desiertos, el de mi corazón y el de la arena. El vacío en ambos era enorme y fueron tres meses los que pasé, saltando de un lado a otro, adaptándome, espantando coyotes y coralillos… tres meses para reconocer los desiertos, tres meses en los motivos de mi venganza y mi amargura. ¿Sabías que esas palabras las repudio? Venganza y amargura. Venganza y amargura. Son como las palabras que diría un niño jugando al soldado, al bombero o a Max Steel—. Estoy aquí para vengarme de tu amargura ROBOTOR, y ahora, ¡te mataré! —porque los niños son una ternura: siempre matan a los malos en sus juegos. ¿Sabes qué ya estan inventando rumores del cacto traga niños? ¿Sabías que Bob, el cacto, esta a un lado del Coco y del Chaneque, como un diablillo travieso y horripilante? No creo que pensara eso de mí Guillotina cuando lo maté, porque lo primero que logré recordar como humano mientras documentaba en mi memoria los desiertos, el de arena y el de mi corazón, es la cara de Guillotina llorando por mí y pidiéndome disculpas. Después de tres meses de sentirme cacto, de alimentarme con ratas del desierto, su rostro vino como una explosión que hicieron volar a mis espinas a todas las direcciones posibles. Dos segundos me preocupé y me pregunté, ¿Cómo voy a encontrar su casa? ¿Cómo sabré dónde estoy? La respuesta me saltó como un gato amarillo y resplandeciente: Es que los cactos lo sabemos todo y es verdad, anótalo en tu libreta y dónde quieras, si alguna vez te encuentras en problemas y no tienes la solución a un problema, pregúntale a un cacto, seguro él sabrá. Nunca subestimes el vertiente de la naturaleza, el flujo energético, porque es poderoso, es lo que te da vida y nunca puedes escapar de él.

A la fecha, me he comido alrededor de quinientos niños y mil cuatroscientos gatos. Si me sé los números exactos, mejor no los preguntes.

Moverse como cacto no era tan fácil en aquel entonces, entre las alimañas curiosas y los hombres que deseaban mutilarme creyendo que era una alucinación producto de sus borracheras, tuve mucha práctica para moverme con la elegancia o la eficacia de hoy en día. No sólo eso, también aprendí a dominar los espíritus de las personas para que creyeran en la posibilidad de mi existencia. Pero en ese tiempo, esos tres años que parecen mil doscientos veintiuno, tuve que saltar otros cuatro meses para llegar a la casa de Guillotina. ¿No es una delicia como somos piedras en las manos de Dios? ¿No es absoluto el poder del karma? Cuando Guillotina miró a Bob, el cacto, lo reconoció de inmediato como su primo, o fue que Bob el cacto hizo que le reconociera. Estoy hablando en tercera persona, ¿sabes por qué es eso? Porque ahorita Rosario esta jugando a que Max Steel y Barbie se dan el beso y no me estas dejando salir a jugar con ella. Guillotina estaba borracho, tirado en el sillón, el vómito en el piso, en la mesita de estar había polvito blanco y jeringas. Nunca se recuperó de haberme matado, en verdad me quería como su hermano. El verdugo esperaba a su verdugo. El verdugo había sido rechazado por la muerte. Hurgando en sus recuerdos le descubrí dos sobredósis y ninguna de las dos le mató. Al sentir mi presencia se le olvidaron los efectos de la droga y se arrodilló ante mí, ¿sabes? ¡Se arrodilló ante mí! ¡Vine a matarte porque estoy amargado y deseo venganza, Robotor! Así le grité y los dos nos echamos una carcajada áspera, de cantina. Él empezó a hablar de que ningún hombre tiene la capacidad de escapar a la historia y le di diez minutos para escuchar un discurso muy emotivo, acerca de las repercusiones que tiene el pasado en el presente, que finalmente, al tenerme ahí, podía comprender todo lo que había leído en sus libros de historia.

Cuando terminó, le pasé mi cuerpo por el cuello, por la espalda, por las muñecas, por las plantas de los pies. Sángrate pues, le dije, sángrate rápido para que no sufras. Y expulsé mis espinas por sus ojos, también se le fueron a la garganta y recorrieron los vasos sanguíneos para llegar a su corazón. Cuando terminó de latir su corazón y hasta entonces, no pude resistir la tentación de comerme su carne. Quería dejarla para que mi padre y Salcedo supieran que iba por ellos, pero no pude, tenía tanta hambre que no pude. Hambre… ¿ya puedes abrir la puta puerta?

¿Por favor?

Foto: Mary SoulFlickr.

Este cuento forma parte de los fotocuentos que estaré escribiendo en este blog. Si quieres formar parte o enviar una foto, revisa este post: Acerca de los FotoCuentos. Si quieres leer los que llevo a la fecha, entra a la categoría de FotoCuento.

Los recuerdos digitales de Bob, el cacto (6).

Este post es parte de una serie, llamada “La trágica historia de Bob, el cacto.”. Anotación 6 de 9


Tengo miedo de contarte lo que sigue porque harás de mi memoria —una memoria vegetal que ha perdido su humanidad conforme pasan los días—, un simple recuerdo digital. El recuerdo digital, entonces, pasará a los archivos y se hará más viejo conforme camine el tiempo, porque el tiempo camina, el tiempo es un espíritu con sentimientos como tu y como yo, el tiempo no es sólo un objeto. Incluso, si decides algun día utilizarme como el punto para crear una novela, haikus o ensayos, las letras que me componen como ente terminarán por ser impresas y aunque sea parte de mi hermano árbol, transmutado por el humano, no habrá otra más que amarillarme cuando el tiempo tome unas crayoles amarillas y pinte sobre el papel, o se ponga malito y decida arrancarle un pedazo, o cuando padre tiempo lo deshoje. Me pudriré porque padre tiempo así lo quiso. Hojas de mi vida acabarán perdiéndose en otros papeles, o como separadores, o para anotar un teléfono, o en el caño junto con la mierda del diarreico. También tengo miedo porque mi historia se ha transformado, de ser un hombre común … bueno, ni tan común, pero de ser un hombre que lidiaba con problemas de verdad, he pasado a ser un cacto luchando en medio de fuerzas incomprensibles y que algunos, piensan inexistentes. Tu, como hombre, no puedes verlos a todos, no puedes ver a los espíritus. Aunque puedas entender el concepto de tiempo, por ejemplo, no ves como yo a padre tiempo caminando despacio, relajado, tomando los hilos del mundo natural y moviéndolos a su antojo. Puedes entender el concepto del diablo, si, pero no puedes verlo a éL como yo, a veces esperándome a la salida del departamento, sonriéndome, señalándome un reloj de arena que conserva siempre en sus manos. O la Muerte, por ejemplo, la Muerte de jeans y chamarra negra que cuando tomo la vida de un niño o incluso un gato, se aparece en el momento para llevarse el alma del pobre diablo y anota su nombre en el Libro de los Niños Muertos (de T.F. Hadied), y se va, sin cruzar ninguna palabra en el momento.

Entonces, si yo puedo ver los espíritus en este punto de la vida, ¿por qué me importan los recuerdos que tuve de la mujer que me trajo hasta aquí? Porque mis recuerdos ya no son humanos. Todo lo que te he contado hasta este punto, y el futuro, esta lleno de estos espíritus que los humanos llaman conceptos. Por ejemplo, (¿y te interesa saber?) Mis recuerdos con Salcedo, los pocos que aun conservo, involucran muchos colores y oscuridad. La oscuridad de la muerte anunciada, el espíritu negro del que busca la falsa salvación a través de otros. Los colores del tipo que no puede ver las cosas como son, los colores son cómo quiere verlo. Empieza una lucha de poderes entonces, entre dos espíritus, el espíritu del hombre y de la perra, Salcedo, ay pues, la mujer. Y esa lucha que uno creería nimia para los otros espíritus, para los grandotes como el Dios y diablO, el tiempo, la muerte, la naturaleza —entre muchos otros más—, es su entretenimiento diario y se juntan para apostarlo todo. Pues en esos recuerdos que tengo, mientras ella se sentaba sobre mi miembro, me ponía las manos en el pecho y entreabría un poco los labios (delicia, si me preguntas, recordar mi sexo envuelto y húmedo, y su peso cayendo sobre el mío), en esos recuerdos pude ver a la Muerte apostando por quien moriría primero con Padre Tiempo, y a Tiempo comentando con el diablO cuánto tiempo estaríamos juntos antes de que fuera por una cuchilla para hacernos las arrugas de la cara, y el diablO, cagándose de la risa, señalándome, aplaudiéndome, cada vez que gemía y que abría los ojos por el goce de Salcedo cogiéndome. —Esos dos serán míos, indudablemente míos. Y la Naturaleza, mientras tanto, observaba el vientre de ella, medía nuestros miembros, la humedad, el largo, la cantidad de semen, la temperatura, el ciclo de fertilidad y les comentaba a los otros detalles como el número de latidos por minuto, la circulación de la sangre, cómo empezaban a abrirse los vasos para la irrigación de no se qué por el orgasmo. ¿Y Dios? No encuentro a Dios en mis recuerdos, si te soy honesto. A veces pienso que Dios y diablO son, indudablemente, la misma cosa. O ahí te va una mejor: que en realidad el diablO es el asistente del viejito bonachón y éL baja a la tierra para ahorrarle mucho trabajo a Él. Sé que te ha dado curiosidad esta parte, pero a pesar del contacto que tengo con el mundo de los espíritus, no me se la respuesta y la verdad, no me interesa tanto como a ti.

¿Sabes? Si no me dejas salir de este lugar para conseguir comida, entonces me veré forzado a comerte. Llevamos cuatro días encerrados en el departamento. No sé que te dio que ahora piensas que soy un ser maligno. ¿No quieres dejarme salir por temor a que me coma a otro niño? ¿A una ancianita? ¿De veras temes por Bigotes, el gatito de la doña del cinco? Puedo ver los espíritus, las fuerzas que no comprendes, alrededor de nosotros. Estan empezando a apostar cuánto tiempo me tendrás aquí encerrado antes de que te coma… empezando por la cabeza, y luego terminando con las uñas de tus pies, porque si no me dejas salir de aquí estoy dispuesto a hacer el esfuerzo extra para digerirlas. ¿Y mis recuerdos cómo te ven? Como un hombre gris, con un pedacito de luz, como un hombre que sabe sufrir. Pero vamos… no te dejes llevar por eso, te tengo mucho cariño, te quiero, te sentirás sólo el día que no esté… pero, necesito salir y comer. Si no abres esa puerta, entonces esa imagen tan hermosa que tengo de ti puede quebrarse entre mis espinas, cuando empiecen a machacarte para tragarte.

Hablemos de los niños del mundo.

En México, en las estadísticas de hace algunos años, se dijo que nacía un niño cada catorce segundos. Ahora, supongamos que esta cifra ha cambiado por la explotación demográfica. Supongamos que ahora nace un niño (y por efectos prácticos de redondeo) cada diez segundos. Si incluímos al mundo en la estadística, en vez de solamente México… haciendo un cáculo a ojo de buen cubero, nace un niño cada siete segundos, o cada seis. ¿Te parece? Dejémoslo en siete, me encanta el siete. A mí me fascina la idea. ¡Se me hace agua la boca de tan sólo pensarlo! Matemáticas básicas. Cada minuto nacen 420 niños. Cada hora nacen 25,200 niños. Cada día nacen 604,800 niños. No te angusties, antes de que te pongas neuras porque se acaba el espacio en la tierra, te aviso que no estamos contemplando ningún índice de mortalidad (y tampoco de mortandad) en nuestros cálculos. Cada mes nacen 18,144,000. Fijate, si quitamos 18,000,000, entonces tenemos el número de católicos que serán rescatados en el Apocalipsis, ¿a poco no esta re chulo? No sabemos en que mes nacerán todos los salvados, probablemente en diciembre. Suertudote. 217,728,000 niños nacen al año. Si consideramos que mi comida es de niños de uno a once añitos (sin considerar el aumento exponencial de los años que han pasado). 2,395,008,000 niños en el mundo para comer. No puedo comerme más de uno al día y eso es exagerando. Lo más que puedo son tres a la semana y eso si no me encuentro diez gatos para compensar la falta de un niño. No soy tan cruel como quieres verme. Déjame salir.

En mis recuerdos digitales puedo mirar al hombre de chamarra negra, con la capucha puesta y las manos escondidas en los jeans, cargando una libreta. Cuando me acerco a un niño y le veo los ojos grandes, fulgurantes, la boca manchada de chocolate, la nariz respingadita sin acabarse de formar aun, me siento triste, porque sé que ese hombre sacará la libreta de los niños muertos y anotará otro nombre por mi culpa. Pero también, otro espíritu, tal vez un angelito llamado Tom Dacre, abre las nubes y baja del cielo, y acaricia los cabellos del infante en lo que mi cuerpo se parte a la mitad y se alarga tanto como puede para empezar el proceso de alimentación. La Naturaleza no me lo reprocha, al contrario, en ese momento se presenta para hacer nuevas mediciones y verificar datos de los cactos, por ejemplo, el proceso de respiración, de fotosíntesis, de la decoloración de las espinas, de cómo se seca lo que no sirve y cómo se quiebra, y nuevo tejido más resistente reemplaza esos pedazos. De cómo el cacto se convirtió en carnívoro. Mientras tanto, el niño abre la boca como para llorar… pero Tom Dacre lo abraza, le habla de un paraíso, le habla de que en el libro de T.F. Hadied no existe el sufrimiento para los infantes muertos. Es un proceso de intercambio. Si los espíritus no me detienen es porque debe ser. Si los niños que me llevo son llevados a un mundo mejor, es porque debe ser. Tal vez en eso consiste la verdadera redención, en comerme cuantos niños pueda. ¿Mi venganza? Ya la cumplí, y eso te lo contaré después. Mientras tanto, empieza el otro proceso, quebrarle el cuello para que no sufra de la savia que habrá de separar sus componentes y convertirlos en nutriente, ni del otro proceso innatural, que es robarme la energía de su espíritu para conservar una consciencia… muy similar a la humana. En ese preciso instante, entonces, La Muerte habrá terminado de escribir el nombre en la libreta, el angel entonces se estará llevando el alma del escuincle y Natura, por supuesto, continua observándome atenta en lo que despojo de toda carne los huesos, en lo que asimilo la sangre como si fuese agua. El diablO seguramente, en esos momentos, estará riéndose a lo bajito, escondido en alguna esquina. Después de contarte esto… ¿Me tienes miedo, un poco de respeto, algo de cariño?

¿Después de esto, podrías abrir esa puerta ya?

¿Por favor?

Foto: Rosa María.

Este cuento forma parte de los fotocuentos que estaré escribiendo en este blog. Si quieres formar parte o enviar una foto, revisa este post: Acerca de los FotoCuentos. Si quieres leer los que llevo a la fecha, entra a la categoría de FotoCuento.

La esotérica historia de Bob, el cacto. (5)

Este post es parte de una serie, llamada “La trágica historia de Bob, el cacto.”. Anotación 5 de 9


Aquí es donde debo disculparme contigo y con tu séquito de lectores, quienes han agarrado un curioso gusto por mi historia humana. No les ha importado saber mi debilidad, mis decisiones erróneas, mi falta de carácter. Supuse que como tú, ya le habían tomado demasiado cariño al Bob tiránico, inteligente, consciente como si estuviese en peyote y que al contarte mi historia, acabaría por provocar nuestra muerte. Que acabaríamos borrados del mapa, como el camino que no existe. Pero tú accediste a contar mi historia a todos y yo no pude abandonarte. Pudiste escucharla tu solito, ¿sabes? Pero imagino que una historia de mi magnitud significa un peso enorme que no puedes cargar solo y aunque los demás crean en el valor entretenimiento que significa este probable invento, tú sabes que pasó de verdad, porque puedes escucharme y ver como reaccionan mis espinas al evocar recuerdos dolorosos. Si, esta bien, no siento nada, pero recuerdo como se siente, o siento diferente, siento como un cacto. Recordar es como acercarme un cerillo encendido, mis células se disparan y todo se nubla, es como estar a punto de desmayarse pero ser incapaz de hacerlo. Y créeme, cada que me acercan un cerillo, me vuelvo un poco más loco. Pero, igual con la nostalgia o con el trauma, la locura es la de un cacto y esa locura vegetal no sé como explicártela.

Guillotina me envenenó y me enterró, no muerto, pero si bien atarantado. Ni siquiera pudo meterme una bala el cabrón… no sé si porque nunca usaba pistolas el pendejo o porque su emotivo discurso mientras partía la tierra sólo era una mentira, pero lloraba de verdad, así que supongo fue un error de lo más humano (por supuesto) el no llevar la pistola para terminar de sacrificar el animal. Después que me enterró empecé a escucharlo todo. Escuchaba a tres kilómetros las patitas de un alacrán bordeando un cacto, escuchaba a dos o tres metros como el calor quemaba las espinas débiles de un nopal, podía mirar las olas de calor que estaban sobre mí modificando la percepción de un mundo normal. El calor más feo que una guayabera desfajada, semidiós dixit. Entonces, o empecé a delirar, o de veras ya estaba muerto, porque estaba mágicamente en una playa y en esa playa miré a Salcedo sosteniendo una concha en la palma de su mano, miré a Salcedo acercarse a mí y tomarme las manos (que había perdido por la Guillotina), sentí a Salcedo acariciarme con la otra palma bien suavecito el sexo y se me acercó a la oreja, me sonrió bonito, me dijo: “Resucitarás al tercer día corazón”. ¿Me creerás, que aun con la tierra erosionada metiéndose por las fosas nasales, por los labios, por el ano, estaba yo sonriendo? Pero sonriendo de veras, de oreja a oreja, como pinche Dante que finalmente encuentra a su Beatriz, como pinche Simón Dor que finalmente encuentra a su Beatriz. Y había una parte, el espíritu, que ya estaba más allá que pacá, y esa parte solamente odiaba, solamente odiaba la sonrisa humana estúpida de satisfacción porque al pendejo le hubieran cortado las manos, le hubieran engañado por dinero, le mataron por ordenes de su padre, le pidieron perdón mientras le arrastraban con el olor a sangre y orines exhudando por las ropas. Es aquí donde te digo y me temo que ya debes saberlo, que el espíritu rencoroso tiene un poder infinito y este hará todo lo que pueda a su alcance para no desperdiciar su existencia, o sus ansias de venganza.

El calor se intensificó a niveles que no puedes creer, los alacranes se hicieron más grandes, las espinas del nopal robustecieron tanto que ya no se quemaban por el calor del sol. La imagen de Salcedo adquirió tonos naranjas y pude verla tal como era, la imagen digo, porque a Salcedo en ese momento seguía pensándola como mi verdadera salvación. Supe que no era Salcedo cuando se arrodilló frente a mí y empezó a morderme el sexo salvajemente. Se levantaron dos líneas de arena, o dos líneas de tierra, y apareció éL. ¿Sabes a quien me refiero? En un cadillac rojo, siempre caminando al sur, siempre al sur, esta montado el Rey Satán. Su coche arrastra con él las nubes, su escape libera al infierno, una vez sentándote como copiloto no te puedes bajar y la misma canción de The Coral en el estéreo, todo el tiempo. Un hombre de traje blanco, fumando un puro igual que mi padre, cuyo rostro era irreconocible, se bajo frente a mí. ¿Sabes lo que es el temor de Dios? No se compara nada cuando sientes el temor de los infiernos. Acarició la cabeza de Salcedo mientras me la mordía y me dijo—. Esta es su alma, que ya me pertenece y usted, mi buen señor, esta a punto de pertenecerme. Como no le queda mucho tiempo en esta tierra y como, la verdad, dudo que los tratos burocráticos entre cielo e infierno arreglen que usted vaya allá arriba, ¿por qué no mejor nos ahorramos cualquier juicio y le propongo un trato? Creame que si en México se gastan recursos y todo es mejor por la vía alterna, entre el cielo y el infierno es lo mismo, no se pierde de nada, mas que tiempo para disfrutar la eternidad donde mejor merece.

No pude evitarlo, le pregunté si era el diablo, y una carcajada varonil estalló, movió la tierra, deshizo nubes, provocó un huracán.

—No soy el diablo mi buen señor. ¿Acaso me ve cuernos, colita, bigote victoriano? Vea mis piernas, no son las de una cabra y ciertamente, mi piel no es roja. Soy un espíritu que viaja al sur, siempre al sur y dio la casualidad que pasaba por aquí, y también, porque ¡cómo la vida esta llena de casualidades, mi querido buen señor! que tengo llaves del cielo y del infierno. Que son los nombres básicos, digo, porque igual que yo, han habido tantos nombres como culturas hubo en la tierra. Sin embargo, y si le es más cómodo, puedo adoptar esa imagen vieja y estúpida y también le puedo prometer que vivirá usted en un gastado mito en la otra vida para que su espíritu descanse. Pero antes de que me responda algo, es otro el trato que quiero hacerle: Le doy tres años, escúcheme bien, tres años para que usted pueda consumar su venganza y también, prometo que usted saldrá de aquí, ileso, sin ningún rasguño. ¡No es algo que cualquiera puede hacer! ¡Y no es algo que se pueda hacer todos los días! ¿Qué dice, ah? Tres años deben ser suficientes para que usted sacíe cualquier sentimiento de rencor, para que usted adelante el buen camino que deben tomar unas almas (que es a mis manos, por supuesto) y quien sabe, igual hasta se salva. Se redime. ¿No piensa en redención cada que la putita esta le chupa el sexo? Disculpe la mala palabra, no se me ocurrió otra, creame que en otras condiciones cuidaría mejor mi lenguaje pero… es que queda poco tiempo, porque mientras usted esta pensando… ¡oh, demasiado tarde! ¡mientras usted pensaba su respuesta su cuerpo se ha pudrido! ¿pero me esta diciendo que si? ¿qué si a la venganza? ¡Me parece perfecto mi buen señor, la mejor decisión que ha hecho en toda la vida! Sólo que… hay un pequeño problemita, como su cuerpo se perdió mientras usted pensaba, lo triste de la vida, puedo ofrecerle el cuerpo de un cacto pero no es un cacto cualquiera, ¡no señor! Siendo usted un cacto descubrirá sus verdaderos límites como humano y le aseguro que no querrá abandonarlo. Pero mire… será mejor que empiece usted a caminar, o a saltar sobre su eje más bien, porque ya no tiene piernas, ni manos, que esas ya no las tenía. Y lamento decírselo, hay otra cláusula en este contrato… si quiere usted continuar consciente, debe comer carne viva. De lo contrario, entonces se volverá más cacto que híbrido. Tampoco abuse, porque se volverá más carne que planta. Recuerde, ¿eh? Todo en un justo balance… paz universal, Kowlesbeffen mi querido amigo…

No falta mucho para que se cumplan esos tres años y la verdad, es que me ha dado hambre… ¿me permites salir? Prometo que nadie se enterará y si no encuentro un gato, elegiré al niño más malcriado de todos. ¿Si? ¿Me abres la puerta? ¿Por favor?

Foto: Aro.

Este cuento forma parte de los fotocuentos que estaré escribiendo en este blog. Si quieres formar parte o enviar una foto, revisa este post: Acerca de los FotoCuentos. Si quieres leer los que llevo a la fecha, entra a la categoría de FotoCuento.

La inspiradora historia de Bob, el cacto. (4)

Este post es parte de una serie, llamada “La trágica historia de Bob, el cacto.”. Anotación 4 de 9


¿Recuerdas qué quiere decir Kowlesbeffen, amigo? Kowlesbeffen quiere decir amor, paz universal, ilapso perpetuo. Kowlesbeffen somos tu y yo. Y tu y yo, también somos amor.

Porque también tuve mis amaneceres y mis días de ocaso en una playa. Tal vez un tercio de mi vida, millones de celulas muertas, se diluyeron entre infinitos bancos de arena, se fueron por la edad y por el aire, tallando mi cuerpo humano y se escaparon hundiéndose entre sal y minerales, a veces hubieron de arrastrarse al mar para convertirse en las proteinas de algun coral joven. Si pienso en mi vida humana, esta también fue inspiradora, y bastante cobarde. Si bien sabía que mi familia vivió de drogas y drogadictos, también usaba el dinero para fortalecer mi espíritu, para sanar mi alma. Al contrario que Guillotina, cuya mejor redención era despojar de su carne a los desleales y traidores, la mía era utilizar el dinero para buscar el mejor crecimiento, el mío y el de algún pobre desafortunado al que me encontrara. Si muchas veces durante la carrera me encontré con algun pobre iluso que no le alcanzaba para la cita o que necesitaba dinero para una camisa, ¿quién se los dio? Fui yo. Si, si, ahora si soy muy oriental, ahora sé del proverbio que dice: “No le des el puto pescado, dale la puta caña”. Es algo que se escucha en el flujo natural todos los días. Pero en ese entonces, no pensaba así y de todas maneras, pensaba que la única oportunidad de redimir ese dinero manchado era regalarlo. Muchas veces mi padre me mandó a llamar para que pusiera los límites, para que dejara de hacer pendejadas, para convencerme de que el siguiente en la línea era yo y que no estaba dedicándome a nada. Y yo tuve mi etapa de playas, de arena, de mar, donde me tomaba fotos aplastando el sol con un dedo, donde viajaba mentalmente una cantidad de impresionante de caminos donde yo pudiese ser perdonado y no por lo que hice yo, escúchame bien, sino por lo que hicieron mis antecesores y hasta los antecesores de mis antecesores. Pensé, sentado en una cabañita nada modesta, en una cama que había costado tres mil dolares y en sábanas del precio de la cama, que Dios podría perdonarme si hacía algo de bien. En algo nos parecemos: Tu a veces piensas que Dios necesita tu perdón, mientras que yo pensaba continuamente necesitar el suyo, ya cuando se acaba esa oración acostumbrada y luego del Padre Nuestro, entonces dejamos de creer en Él. ¿Y de quién se acordaban mis amigos cuando faltaba Dios? De mí, por supuesto, y de mi dinero. ¿Por qué Salcedo se sintió rescatada en cuánto fui a coquetearle, con el Patek Philippe dio vueltas en mi muñeca? Porque miró el dinero, porque miró el sol, porque pudo sostenerlo entre los dedos, porque pensó que por fin la perra se había conseguido un buen dueño.

No pienso haber sido un mal hombre, fui un buen hombre dentro de mis limitaciones. Siempre fui un hombre preocupado por su familia, por como íbamos a parar todos en el infierno, siempre fui un hombre que le dio a los chamacos que pedían y también quien compraba las artesanías más caras a los hombres de semblante humilde, yo era a quien mandaban para hacer los tratos en la Iglesia y para no descuidar que no hubiera un cero menos en todas sus cuentas. Pude haber sido mejor, pude haberme flagelado frente a mi padre y pude haberle pedido que lo dejara, pude llevarme a Guillotina lejos, muy lejos, para que no creciera como creció, pude haber terminado mi carrera para hacer una diferencia en el mundo, en este país tan cochino como esta y también, por supuesto, pude no haberme dejado llevar por Salcedo para que las cosas no acabaran como lo hicieron. Pero esos son sueños de hombre bueno y cobarde y aunque el amor de Salcedo acabó convirtiéndome en una marca, fue la necesidad extrema para que mi cuerpo abandonara la porquería. Pero mi espíritu no se fue tranquilo, ¿sabes? Soy como el cuerpo y sangre de Cristo, que aunque existen como un símbolo para redimirnos, estan ahí para recordarnos el pecado. ¿No es así que se nos prohibe canibalizarnos (simbolicamente) con el Salvador a menos que hayamos hecho nuestra confesión dominical? ¿Y tú, tragas o escupes la hostia? ¿Qué haces con ella cuando la vez frente a ti, mientras un hombre la sostiene dos escalones más arriba, ese hombre que esta más cerca de Dios? Eso me hace pensar que ese no es Cristo, el hombre perfecto, sino Cristo el hombre maligno, arriba de ti, fisgándote nada mas, siempre.

Después de conocer a Salcedo la vida fue muy rápido y me di cuenta, después de cogérmela, que Salcedo era mi oportunidad a la salvación. ¿Y sabes qué hace un hombre con dinero cuando encuentra la luz redentora? Se lo gasta, por supuesto. Los que no tienen dinero hablan, o escuchan música, o componen, o tienen hijos para arreglar sus desastres. Yo me gasté el dinero. Si la perra necesitaba una casa, se la daba. Si la perra necesitaba ropa nueva, le conseguía hasta dos armarios. Si quería irse a Europa, ¿cómo no, mi vida? Boletos de primera clase. Me di cuenta que solamente era mi dinero, y que Espinas movía su collar coquetamente, su etiqueta de dueño reluciente, y me sentía perdido, incapaz de decirle que no. Era un hombre bueno y cobarde. Eso no era Kowlesbeffen, eso era simple y sencilla humanidad. La de ella y la mía. Eso también era amor, amor universal, porque a través de todos los eventos que sucedieron entre Salcedo-Espinas y yo, seguramente surgieron otros chispazos, cosas minúsculas, que hicieron que dos desgraciados se amaran más o que le dieron a un estudiante el empujón que necesitaba para terminar su carrera. Uno nunca sabe como los errores de uno son los aciertos de otro, ¿no? Eso quiero creer, con eso me siento menos maldito.

Cuando llegué al primer millón, habló mi padre y me preguntó en qué diablos me estaba gastando el dinero. Y en el segundo millón, llamó a que me presentara con ella, para saber si valía la pena. No debí hacerlo. Cuando mi padre la miró, le brillaron los ojos igual que Salcedo cuando me conoció por primera vez. Si mi familia estaba rota, la presencia de Salcedo jaló la última hebra. Entonces mi padre empezó a dejar en claro de dónde provenía la fuente de ingresos, ¿y qué sucedió? Que la perra olió un mejor hueso. Espinas movió la colita, Espinas se hizo la muerta, Espinas lamió la carnasa, su carnasa, ya no la mía. Yo empezaba lentamente a desaparecerme del panorama y ella no se decidía, porque me la cogía sabroso, porque nadie le jalaba tanto la correa como yo, porque yo estaba joven y mi padre, un viejo gordo, que fumaba solamente puro, que ya había traspasado cualquier umbral sexual. ¿Y qué hace uno por amor? Fácil, si Salcedo la Perra se mantenía con dinero y si había un hueso más grande (aunque yo fuese uno más sabroso)… entonces debía preocuparme por hacerme tan grande como el hueso y mantenerme igual de sabroso. Empecé a robarme el dinero del negocio, pesito por pesito, y luego pesote por pesote. Le acaricié por detrás de las orejas a mi perrita y decirle: No te preocupes Espinas, nos iremos de aquí, nos iremos donde ya no importe y seamos solamente tu y yo, a Europa, a Sudáfrica, a la Luna mi amor, a donde quieras. Espinas movía la cola, pero nunca imaginé que me mordería los tobillos la malagradecida.

La puta Salcedo fue con mi padre y le gruñó todos mis planes, seguramente, mientras le chupaba el sexo. Todo eso, mientras yo, de muy buena onda, le compraba todas las rosas a un niño callejero para regalárselas. ¿Y cuál sería mi sorpresa, que mi cita era nada más y menos que con Guillotina? Esa misma noche me vi golpeado, maltratado, despeinado, oliendo a sangre y orines, arrodillado frente a mi padre. Mi padre estaba tomando vino, mi padre estaba fumando un puro, y también, creo, se estaba comiendo un pan. Mi padre estaba dispuesto a sacrificar al cordero de Dios. Escuché la cantidad exacta que me había robado de los negocios, miré como a Guillotina le estaba temblando una rodilla, escuché que me iban a matar y me iban a enterrar en cualquier parte del desierto, sin una tumba. Y también, cómo no, ahí estaba Salcedo, con una cadena que se movía al compás de los dedos de mi padre. En su cara se veía la culpa de lo que estaba haciendo, tenía los ojos muy abiertos y le temblaban los labios, pero ya era tarde, la única vez que pensaba abogar por mí, con un gesto fue como si mi padre la hubiera callado con un periodicazo y le hubiese puesto la mordaza. Lo que provoca el amor y el deseo, ¿a poco no es una historia inspiradora de hombres que entregan el corazón por amor? ¿A poco no esta llena de bonitos lazos familiares, de redención, de lealtad, de estar ahí en las buenas y las malas? Es la inspiradora historia de hacer lo correcto. Es el Kowlesbeffen. Si te interesa saber, mientras el verdugo de Guillotina me arrastraba fuera del estudio, se escuchaban mis gemidos y mis chillidos, no morí con honor, pero pude escuchar la última palabra de Salcedo: “Perdón”.

Fijate nomás, hasta perdón por mis pecados recibí. ¿A poco la vieja esta no era una chingona?

Foto: Fantazy.

Este cuento forma parte de los fotocuentos que estaré escribiendo en este blog. Si quieres formar parte o enviar una foto, revisa este post: Acerca de los FotoCuentos. Si quieres leer los que llevo a la fecha, entra a la categoría de FotoCuento.

La guillotinada historia de Bob, el cacto. (3)

Este post es parte de una serie, llamada “La trágica historia de Bob, el cacto.”. Anotación 3 de 9


Tenía un primo, de la misma edad que yo, cuyo padre tenía como afición la carpintería. Al primo le llamábamos “Guillotina” porque le pidió una vez a su padre que le hiciera una pequeña guillotina donde cupiera la cabeza de un animal. Por el ambiente en el que vivíamos, o por la sorpresa de que un niño pidiera algo así, le concedió el deseo su hijo quien entonces tenía once años. El padre, tal vez para descubrir los propósitos de Guillotina, trabajó con él y le enseñó la importancia de las herramientas, le enfatizó el respeto que se le debía tener a cualquier objeto filoso y le platicó de su abuelo quien había perdido tres dedos usando mal una sierra y que por ello, ya no tomaba café porque le era insoportaba no poder agarrar el tarrito de cerámica. En ese momento de padre e hijo, Guillotina aprendió carpintería, aprendió la importancia de las herramientas y aprendió a diseñar cosas en su cabeza. Aprendió muchas cosas. Después de terminado el artefacto fue por una caja de cartón que guardaba bajo la cama, sacó a una rata y el padre miró, con algo de horror, fascinación y morbo, las moronitas de pan que escaparon a la mesa y luego como su hijo acomodó la cabeza del animal en la guillotina y la ajustó.

—¿Por qué? —preguntó el padre.

—Porque es una rata y las ratas se comen lo que es de la casa.

—Pero, pudiste matarla con un palo, pudiste patearla, ¿por qué… algo así para un animal?

—Porque así pienso que sufrirá menos —dijo Guillotina—. Una muerte debe ser rápida y sin dolor, ¿no padre? —Y sin permitir que él le respondiera la pregunta, accionó el mecanismo y el padre de Guillotina, y Guillotina, miraron como la navaja cayó y atravesó como un resplandor el cuello del animal. Escurrió muy poca sangre que terminó por manchar la mesa de carpintería y la cabeza cayó suavemente, como un pedazo de algodón que se desliza dudoso por el aire. Mi primo fue por una bolsa, depositó los restos del animal y esa noche, durmió tranquilamente. Sin embargo, el padre, se sentó a mirar a través de la ventana, con un cigarro y un café humeando, e igual que el resto de la familia, empezó a tenerle un miedo perpetuo a Guillotina. Ahora que soy un cacto, ya no le temo. Él fue quien me despojó de vida humana. Ahora puedo entenderlo y perdonarlo, después de todo… estábamos destinados a enfermar más rápido que el común denominador humano. Si no te digo el nombre de Guillotina, es porque te estoy protegiendo. Así como no te digo el nombre de mi padre y de mis tíos, quienes se dedicaban a traficar. Ese ambiente carcome, yo me enamoré de una perra y Guillotina aprendió a matar, rápido y sin dolor, pero a matar.

Guillotina era un niño silencioso que se la pasaba encerrado, leyendo, así como tu. Nada más que su gusto siempre fue más serio y leía libros de historia, se bebió las Cartas de la Revolución, se aprendió la biografía de Napoleón de memoria, se orinó encima de Marx, cosas así, cosas que hacen los chamaquitos que no tienen tiempo de digerir miles de años de antigüedad, pero siente que lo hacen y siguen tragando más y más. No fue que hasta sus veintes empezó a salir conmigo y con otro par de amigos, y para olvidarnos de dónde venía el dinero, nos lo gastábamos en mujeres, uno que otro carrito anual, cámaras digitales y celulares. Ese era nuestro poder de decisión, cómo aprovechar el dinero que habían hecho nuestros padres en un negocio en el cual se habían metido, y no podían, ni querían dejar por la comodidad o por ve a saber tu qué. Y no había ninguna bronca, en nuestro estado (y mientras menos detalles sepas mejor), era común que Guillotina alzara su dedo y tocara a quien quisiera dónde quisiera, por ejemplo a una pobre mujer, mientras Guillotina bailaba, le bajó la falda con un sólo dedo y nadie respondía, nadie hacía nada, ni siquiera ella dijo nada cuando vio quien lo hizo, nosotros solamente pudimos reirnos, pedirle amablemente que lo dejara por la paz y nos alegrábamos de verlo contento, le invitábamos otra copa y buscábamos otra mujer u otra fiesta, porque el momento en que Guillotina se ponía serio era terrible, no sabíamos lo que podía pasar. Yo no sabía nada del negocio, yo me alejaba de él, sin embargo Guillotina lo sabía todo, él estaba mucho más informado con mi padre que yo y de repente, me contaba cosas y me recalcaba la importancia de la familia, de la lealtad y siempre terminaba sus frases con un: “Es lo que no separa de las ratas” y asentía, solemne, sonriendo, dándome palmaditas en la espalda.

Durante meses escuché los rumores de como mi padre utilizaba a Guillotina como su sicario y escuchaba con detalle los asesinatos, las torturas, los artefactos. Porque, si bien es cierto que la primera vez que mató lo hizo rápido y sin sufrimientos, tengo que recordarte que su primera víctima fue una rata y que a las ratas les tenía… piedad. Si a Guillotina le llamaban para matar a otro ser humano, se sabía que era por una traición o por abuso de confianza, y en ese caso no se le podía pedir misericordia. Nunca vi como asesinó a otro ser humano, siempre escuché de segundas bocas, eso me permitía el beneficio de la duda, eso me permitía salir con él algunos fines de semana y mantenerlo contento, porque igual que su padre, cada que escuchaba otro asesinato cometido por Guillotina, me prendía un cigarro y le dedicaba un par de horas a la ventana, viviendo con el temor de si algún día me mataría a mí por alguna estupidez. O peor aún, que su mano divinal, quien tenía el derecho de decidir la vida o la muerte, se hiciera demasiado fuerte y hubiera una guerra interna entre mi padre y él. Entre yo y él. No fue hasta más tarde que comprendí que después de todo Guillotina me quería bien, me quería mucho, y por el simple hecho de que nunca le había traicionado a él o a la familia. Porque de alguna manera, sus ojos y sus libros de historia, le permitían prejuzgar el temple de un individuo.

Mientras dormía, tuve pesadillas con él.

El último rostro que miré mientras estuve vivo fue el de Guillotina. Ya no tenía manos humanas, él me había despojado de ellas y estábamos los dos, en un desierto, pero ni el calor se notaba, sudaba tanto y tenía miedo. Guillotina y dos hombres más, que me sostenían para que no echara a correr. Guillotina cavando mi tumba, preparando cloroformo y los ojos enrojecidos porque había llorado muchísimo. —No pude contigo primo, la verdad no pude —dijo él—, te voy a envenenar y después te voy a enterrar. Discúlpame manito, no pude, en serio, discúlpame… siempre te quise carnalito, y nunca nos traicionaste, fue la pinche vieja, estoy seguro de ello, pero ya ves que tu papá manda… lo siento de veras. Y la pala, hundiéndose con cada jadeo, cada pausa, cada frase que me soltaba y yo sentía como se me iba la sangre por las muñecas, y el sudor tan frío, y trataba de imaginarme el calor sofocante, y después Guillotina terminó de cavar mi tumba, y no recuerdo a los otros dos hombres, y que tapa la nariz, que me echa veneno para ratas por la boca …

Y aquí estoy.

Foto: El Chukustako

Este cuento forma parte de los fotocuentos que estaré escribiendo en este blog. Si quieres formar parte o enviar una foto, revisa este post: Acerca de los FotoCuentos. Si quieres leer los que llevo a la fecha, entra a la categoría de FotoCuento.