Si marcas 112 en tu celular, manda al número de emergencias.

Este post es parte de una serie, llamada “Ernesto Medel y las vampiras de Polanco”. Anotación 5 de 12


-Entiendo que puedas matar a dos o tres hombres con gran precisión, Medel. Pero mataste a casi veinte militares.

-Maté a diecisiete. Tú mataste a cinco. Cada vez eres más lento amigo.

-Vete a la verga cabrón. Tomar vidas no es ninguna competencia.

La vampira continuaba lamiendo la sangre de los militares, aún cuando esta sangre tenía sabor a piso de bodega. No puedo negar que mientras Armenio y yo teníamos nuestra pequeña discusión profesional, mirábamos ansiosamente como se le movía el culo embarrado por su vestido rojo pegadito. Su culo era el péndulo de Foucault. Tenía el cabello largo, castaño claro. Sus ojos destellaron gris y enrojecieron al mirar sangre.

Mirando el culo de la vampira moverse de un lado a otro, me sentí lúcido. Olvidé los escorpiones, los rostros de colores y el abrazo de la muerte.

-Regálame un cigarrito Armenio.

Armenio se agachó y le robó una cajetilla a uno de los soldados muertos. Me entregó uno, y sacó otro para él. Ambos fumamos en silencio, todavía mirando las posaderas vampíricas frente a nosotros. Armenio y yo, experimentados en el arte de la guerra y el asesinato, mirábamos cumplirse frente a nosotros un sueño. Después de matar, el rabo de una vieja sólo para nosotros.

La vampira gemía de placer con cada gota y lamía el piso, como si fuera el falo de su hombre.

-Deja de pensar cochinadas Medel, tenemos que hacer planes.

-Yo no estoy pensando en cochinadas. Sólo pienso en el paraíso.

-El paraíso nos va a negar las puertas después de lo de hoy.

-Sólo los idiotas creen en el paraíso.

-Verdad.

Nos acabamos el cigarrito en silencio.

-¿Sabías que si marcas el 112 en tu celular, es el número de emergencias?

-No lo sabía Armenio. ¿Cómo lo supiste tú?

Armenio se agachó para recoger el celular de uno de los militares. Me lo enseñó. Decía 112 en un recuadro enorme. Abajo en el menú, el celular decía que estaba bloqueado. Sabía que el 112 se utilizaba en Europa, pero no imaginaba que también funcionara en México. Me encogí de hombros. Una de esas pequeñeces que se copian a los otros países. 911, ó 112. El 066, más otros 600, eran el número de la bestia. Nadie quiere llamar a Satanás para pedir ayuda.

No al principio, al menos.

La vampira se cansó de la sangre. Se levantó a vernos y sonrió. Después, pasó la cosa más rara que jamás había pasado en mi vida: La mujer se dividió en dos, o tres imágenes transparentes. Sus imágenes se movieron por toda la habitación. La sentí tarde a mis espaldas, y luego la sentí tarde a mi derecha. Miré a Armenio, quien estaba igual o más confundido que yo.

Vimos que la sonrisa de la mujer, presumía unos colmillos enormes. Para golpearla debía adelantarme a mis instintos. Sabía que todavía estaba jugando. No nos mataría todavía. Sólo esperaba que mis manos reaccionaran en el momento indicado. También, esperaba que mi golpe pudiera aturdirla lo suficiente.

Debo admitirlo. Tan pronto supe que era más rápida que yo, ya no quise cogérmela. Quería madrearla y después cogérmela.

-¿Ustedes, humanos… son familiares?

-No. Este pendejo y yo, nos conocemos desde antes de Singapur -le respondí a la vampira.

-Quítense las camisas y permítanme ver su espalda.

Estaba haciéndolo, cuando Armenio me interrumpió con su mano en mi espalda.

-No soy familiar. No pertenezco a ninguna casa. Somos detectives privados. Tienes mi palabra. Medel, dile a la vampira que no eres un familiar. Tal como lo hice yo.

-No soy familiar. No pertenezco a ninguna casa -dije.

-Eso es suficiente.

La vampira se paró frente a nosotros.

-No pensaba matarlos. Tengo una deuda con ustedes -la vampira sonrió, se lamió sus labios carmesí-. Si no es porque los militares lograron congelar mi sangre y despojarme de unos litros de ella, habría terminado con ellos yo solita. Debo admitir que estoy francamente sorprendida por su actuación. Son unos profesionales. Jóvenes y profesionales. Estoy en deuda. Me salvaron.

-¿Jóvenes?

-Yo soy más grande que ustedes chicos. Por un par de siglos.

-¿Y tú vives en la casa de Polanco, dónde están todas las otras vampiritas? -pregunté.

-No. Soy su rival -sonrió la vampira-. Por eso pregunté si eran sus familiares.

-¿Qué es un familiar?

Armenio respondió, con un leve aire a Nino Canún insoportable-: Los familiares son humanos que juran lealtad a los vampiros. Con ello buscan que los transformen. Aunque Medel, son pocos los elegidos.

-Sabes de lo que hablas. ¿No serás un cazador? -preguntó la vampiresa, aún con esa sonrisa seductora, amplia, de colmillos, e incluso enferma.

-No lo soy -respondió Armenio apresuradamente-. Honestamente, mi compañero y yo queríamos entrar a la casa para recuperar a una de las vampiras que tienen ahí. Su abuelita la busca, nos esta pagando para entregársela viva o muerta.

-¿Cómo se llama la vampiresa?

-Ana.

Jezabel carcajeó siniestramente. No sabía quien me estaba desesperando más, si Armenio o la culo rico y sangriento.

-Me parecen unos seres humanos muy interesantes. ¿Por qué no nos hacemos compañía, en lo que ustedes recuperan a su vampira y yo penetro la Casa Roja? Naturalmente, después de salvar sus vidas una sola vez a cada uno, nuestra deuda quedará saldada.

La velocidad de la vampira era indudable. Más rápida que yo, en mis años más jóvenes. Su sonrisa y carcajada lunática provocaron un temblor en mis huesos. Había tomado tanta sangre, que resbalaba de la comisura de sus labios. Seis como ella nos esperaban en la otra casa. Junto a los militares y los asesinos de los judíos. Un infierno. Nos esperaba un infierno.

-Puedo escuchar tu corazón. Tus latidos van demasiado rápido, ¿Ernesto eres?

-Sí. Soy Ernesto Medel. Mi corazón esta feliz. Hacía mucho que no participaba en una guerra.

Y como un niño, sonreí.

Cincuenta y seis minutos después…

Este post es parte de una serie, llamada “Ernesto Medel y las vampiras de Polanco”. Anotación 4 de 12


Había terminado el impulso de sangre. A mis pies, yacían veintidós militares muertos. Armenius, con los ojos muy abiertos, prendió un cigarrillo. Aún cuando Armenius había matado a cinco de los militares, no era un profesional como yo. La vampira, Jezabel, observó con intensidad toda la sangre que podía beber y aún estaba caliente. Sin pedir permiso se arrojó sobre algunos cuerpos. Yo todavía estaba recuperando la respiración.

No puedo engañar a nadie. No soy joven como antes.

Cincuenta y seis minutos antes. Dos militares, jovencitos ellos, decidieron que era buena idea fumarse unos cigarritos mientras vigilaban a los prisioneros. Abrieron la puerta de nuestra prisión. Nos ignoraron mientras prendían sus cigarrillos.

-¿Medel, ya puedo abrir los ojos?

-Todavía no mi reina. Todavía no.

Uno de los militares recibió directamente en su cara las esposas. Escuché como se rompió el tabique y sonreí. El otro ya estaba alzando su arma para decirme algo como: “Le ordeno que se detenga”.

Parece que las palabras aún estaban llegando a su garganta cuando mi mano… manota, mejor dicho, ya estaba quebrando su cuello. Su cuello de pollo poblano. Saqué la pistola de su funda y disparé a las esposas de Armenius. Después maté al militar del tabique roto con un disparo a la cabeza.

La costilla rota me molestó, pero en cuánto sentí el cuerpo del militar enfriándose, empezó el impulso de sangre. Es muy difícil de explicar. De niño, cazando escorpiones, uno me picó. Recuerdo mi cuerpo tirado en el desierto. Recuerdo mi cuerpo quemándose de la fiebre. Recuerdo al Señor de los Muertos, mirándome, con un cigarrillo prendido y la capucha de su chamarra negra puesta. Los buitres ya volaban sobre mi cuerpo.

El Señor de los Muertos tocó mi frente.

-Traeme diversión muchacho.

Terminó la fiebre y los buitres yacían muertos a mi alrededor. Empezó la fiebre y otros tres militares ya se estaban acercando. Miré sus caras rojas, hinchadas, púrpuras, desinfladas. Una carcajada se me escapó: me parecía tan gracioso. Salté del contenedor y rodé. Mi cuerpo liberó la velocidad dormida. Mi cuerpo era Muerte. Tres balazos directo en sus frentes.

Su espíritu necio disparó demasiado tarde, hacia el cielo. Los militares que no habían estado alertas, se levantaron de sus mesas. Armenius sacó su revolver entre los bolsillos escondidos de su gabardina.

-No mames Medel, no mames… ¡Por estas mamadas me largué en Singapur!

No estaba en condiciones para madrearlo. Escuché el disparo de su revolver, que dio en el corazón de uno de los soldados que ya había sacado su cuchillo. Tiré la pistola que ya no tenía balas. Tomé el cuchillo y lo aventé a la garganta de un morenito rapado, de ojos afables y sonrisa amarilla. Be happy. Die happy.

Corrí y saqué el cuchillo de la gargante del militar. Ya había uno a mi derecha con su pistola en mi sien, cuando una de las balas de Armenius atravesó su cabeza. Mientras caía, recuerdo que le clavé el cuchillo en dirección contraria para mirar su sangre explotar y confundirse. Me pareció tan gracioso. Ojos grises tornándose violetas. Jalé una de sus granadas, el seguro en el chaleco del militar cayendo.

Seis de ellos gritaban a trece metros, señalándome y apenas desenfundando sus armas. ¿Cuándo se volvieron tan lentos? Aventé la granada y di un salto hacia atrás, cubriéndome contra una de las mesas. Miré como Armenius se regresó al contenedor como un perro cobarde. La explosión los mató a los seis, que estaban demasiado sorprendidos ante la fuerza de un sólo hombre.

-Diversión para la Muerte Santita -susurré. Robé la metralleta del militar happy. Liberé el seguro y maté a dos que estaban corriendo, aún confundidos por la explosión. Armenius se asomó del contenedor. A su derecha había otro contenedor como el nuestro que dos militares trataban de proteger. Con la gabardina en su cara para protegerse del olor, entrecerró los ojos y disparó. Les dio en el cuello, en vez de su cabeza. Ya estaba fuera de práctica mi amigo.

-¡Voy por el otro contenedor, Medel! ¡Ahí pueden haber armas!

Había dos militares más. Uno de ellos estaba herido, tosiendo sangre en el piso. Una esquirla de metal atravesaba su clavícula. El otro, con sus manos temblando, tenía el cuchillo alzado protegiéndose a él y a su amigo.

-¡A mí y a Freddy no nos haces nada!

Caminé despacito. Escuché como Armenio abrió el contenedor y cinco disparos después. Dos de su revolver. Tres de metralleta semiautomática. El militar con el cuchillo estaba llorando ya. Su piel limpiecita. Sus cejas peinadas. Su cutis relativamente nuevo. El cabrón acababa de enlistarse, o era puto. Con que protegiendo a Freddy puñetín. El militar nervioso, azulito, se levantó y gritó empuñando el cuchillo.

Lo tomé de la muñeca y rompí su brazo. Como una muñeca de trapo, su propio puño clavó el cuchillo en su espalda. Lo abandoné cuando se volvió peso muerto y me acerqué a Freddy. Pobre Freddy. Tose y tose. Le metí la bota en la boca y pisé, y pisé, y pisé.

Al menos a uno le había curado la tos.

La sangre de Freddy en el piso. La silueta de un escorpión rojo bajo su cuerpo. La mano de la Muerte en mi hombro. Palmaditas en mi espalda. Me arrodillé frente a Freddy, me mojé las palmas de las manos con su sangre, la sangre del escorpión, mi animal guardián y grité. El impulso de sangre aún estaba vigente.

-Espérame tantito güera -dijo Armenius a la vampira que salía con él del otro contenedor-. Si no tenemos cuidado ahorita nos quiebra. ¿Cómo dijiste que te llamabas?

-Jezabel. Soy una vampiresa de la casa gris.

-Oh.

Veintiocho guaruras comiendo helado en un parque.

Este post es parte de una serie, llamada “Ernesto Medel y las vampiras de Polanco”. Anotación 3 de 12


Tuve un sueño. O un recuerdo. Estaba bajo el sol, con tres libros en mi cabeza. El de matemáticas, el de español y el de ciencias naturales. Un maestro de rostro enjuto y una calva de locura, miraba a través de sus lentes, tres pisos arriba, mi sombra bajo el sol de las 12. Nací en Nayarit. El calor de Nayarit es una perra.

-¿Contaste los guaruras, Medel? Eran veintiocho. No veintiséis.

-Si esto continúa, es mejor asumir que tienen un ejército.

-¿Cuándo dicen los militares que van a entrar?

-Hoy en la noche, como los judíos. Pobres idiotas.

-Oh. Me duele todo.

-A mí también. Salgado no ha cambiado nada.

-Y eso que es tu cuate.

-Ahhh, cállate Armenio.

-Es Armenius, ni Arminius, ni Armenio, ni puto pendejo, ni cualquier otra variante.

-Lo que sea.

Después de la visita de los judíos, entraron cinco militares al departamento. Mientras Arminius me vendaba la costilla se formaron en fila para recibir al capitán Salgado. El traje le quedaba chico a sus músculo. Sonrió tan pronto me miró, saludó y después golpeó a mi compañero con el culo de su pistola. Salgado fue mi subordinado, y trabajamos juntos en la frontera, matando narcos. Los pinches narcos.

-Medel.

-Salgado.

-No sabía que estarías aquí. Solamente venía por Armenio y no sabía que ganaría doble contigo. Están interfiriendo una operación militar y tengo órdenes de mantenerlos prisioneros hasta que la operación termine. Aunque, debo recordarte que tú y tu compañero son desertores, y hay juicios militares pendientes. Al General le gustará saber los nombres de los “civiles” que estaban inmiscuidos en la operación.

-¿Entrarán esta noche?

-Esa es información clasificada.

-Esta en el tonito de tu voz, niñato pendejo… nunca supiste guardar información.

Salgado se encabronó, acomodó su boina y me golpeó. Después, soñé con el sudor empapando mi cara y los escorpiones del desierto. Mi padre, cuando se enojaba, me hacía buscar escorpiones. Dependiendo que tan enojado estuviera era el número que debía llevarle en el bote. Se los llevaba porque deseaba demostrarle que era duro.

Nunca tuve el placer de aventárselos a la jeta. Creo que mi padre, era lo único que me daba miedo.

El profesor, mientras tanto, se desesperaba al verme con mis labios resecos, mi piel quemada y mis manos temblando. El profesor quería verme llorar. O quería verme arrepentido. Deseaba que me arrodillara. Deseaba que le rezara al dios de las monjas. Al dios de su escuela. Ese que le permitía sus chingaderas.

¿Dónde estuvo su Dios cuando lo maté a librazos? Recuerdo como le gritaba, furioso-: Aquí esta tu literatura hijo de tu pinche madre, ¡toda tu puta literatura!

-Nos hubiéramos quedado con el dinero de los judíos.

-No seas idiota Armenius. Los militares nunca debieron traernos aquí. Nos dieron todas sus armas.

-Medel… sé que en Singapur…

-No me hables de Singapur o te madreo.

Estábamos en una bodega que habían tomado para instalar su cuartel. Nos metieron en un contenedor que habían acondicionado como prisión. Armenius y yo estábamos esposados a unos tubos de metal. Salgado era de los pocos idiotas que pensaban que la milicia no me había atrapado por sus descuidos, en vez de concederme las gracias de la sangre fría, la supervivencia y la genialidad.

Como el maestro de literatura… por ejemplo.

-Armenius, cierra los ojos.

-¿Por qué?

-Voy a hacer un truco de magia y no quiero que lo veas.

-No mames, Medel… no mames.

-¿Quieres apostar?

Armenius se quedó callado unos minutos, y luego cerró los ojos. Me conocía tan bien el cabrón. Cuando apuesto nunca pierdo. Podía liberarme de dos formas.

Una era jalando exactamente en uno de los puntos del tubo. El militar que había puesto el tubo era tan malhecho que no había fijado por completo los tornillos. Tenía la fuerza para hacerlo, pero prefería guardármela para -probablemente- seis personas: Los tres hermanitos, Salgado, Anita la vampirita y al pendejo de Arminio si volvía a mencionar Singapur.

La otra, y la que hice, fue regurgitar la llave maestra que me había tragado antes de venir a matar vampiras. No me malinterpreten, ni me miren como si no supieran. Antes de cualquier misión es bueno prepararse. Armenius escuchó los sonidos e hizo gestos con su cara.

-¿Anorexia? ¿Quieres quedarte sin carne para poder sacar tu mano o qué?

-Que chistocito eres pendejo.

Puse la llave en mis labios, estiré mi cuello y jalé mis muñecas lo más posible. Paciencia y salivita, pensé. Paciencia y salivita. Logré meter la llave y girarla con mis dientes cuando dos militares abrieron la puerta del contenedor. Uno de ellos estaba prendiendo un cigarro con una tranquilidad y nula atención a su objetivo devastante. Ah, Salgado no cambiaba…

…siempre se cubría demasiado tarde.

-¿Medel, ya puedo abrir los ojos? -preguntó Armenio.

-Todavía no mi reina. Todavía no.

Mi padre nunca me debió enseñar a cachar escorpiones.

Catorce judíos.

Este post es parte de una serie, llamada “Ernesto Medel y las vampiras de Polanco”. Anotación 2 de 12


Llegué al departamento que había rentado Arminius para vigilar a las vampiras. Iba a tocar la puerta cuando él ya la estaba abriendo. Me sonrió nervioso.

-Iba por cigarros.

-No te detengas, ve por ellos. Aquí te espero.

-No, cabrón… No. Si te dejo solo, seguro te vas a la casa de las vampiras a dispararles.

Sonreí. Ampliamente.

-Te espero. Confía en mi.

Unos minutos después, Arminius fue por sus cigarros, no sin antes darme una última mirada inquisidora. Me encogí de hombros. Me asomé por la ventana y efectivamente, la casa estaba frente a nosotros. Dos o tres camionetas negras, con sus respectivos guaruras, protegían la entrada de la casa.

Eran las dos de la tarde. Mi conocimiento popular de los vampiros me decía que no las encontraría paseando a esa hora. Conté diez guaruras. Se comunicaban por radio, así que debían haber otros más cerca.

El departamento estaba vacío. Ni siquiera había un refrigerador. Solamente el telescopio, un colchón y una caja, donde había una pistola y las anotaciones de Arminius. Les eché un vistazo: al menos veintidós guaruras distintos. Había visto a seis vampiras, incluyendo a la hija de la señora que lo contrató. Anotaciones de los horarios nocturnos de las mujeres. Los matutinos y vespertinos de los guaruras.

-Cuanto detalle bastardito. Veamos si dice por aquí cuanto te están pagando.

Nada. Armenio siempre era cuidadoso. Por eso me caía bien confiarle el dinero y los datos. Un cobarde de primera, eso sí. Pero información, siempre la tenía en el momento exacto que debía tenerla.

Tocaron la puerta.

Me asomé por la mirilla y eran tres hombrecitos con los ricitos en la barba y los sombreritos que tanto abundaban por la colonia. Judíos. Parecían pacíficos, pero… nunca, nunca, me he guiado por las apariencias. Saqué mi escopeta recortada por debajo de mi chaleco. Debía se precavido, aún cuando no supiera sus intenciones. Parecían pacíficos y debiluchos.

Tocaron de nuevo y les abrí la puerta.

-Shalom.

-Buenas tardes -respondí.

Apareció otro judío. Uno más grandote que sus hermanos. El cabrón me aventó a Armenio encima y la escopeta recortada salió volando. Corrí para levantarla, pero uno de los debiluchos ya la tenía en sus manos. Se veían cómicos, con sus rulos y sus barbas volando agitadas con el movimiento.

-Espere, espere. No queremos ocasionar problemas -dijo el judío que tenía la escopeta en sus manos-. Vinimos a dialogar.

Me levanté a ver al Armenio. Estaba inconsciente y golpeado. Miré después al judío grandote. Su piel estaba extraña. No respiraba y sus ojos, parecían más bien tallados sobre vidrio.

-Dígale eso al hijo de puta que me aventó a mi compañero.

-Es un golem, señor Medel. Los golems no siempre cumplen bien las órdenes. -dijo el judío. Hablaba tan naturalmente con la escopeta en sus manos, que no reprimí una sonrisa de emoción-. Sabemos que hacen aquí. Mi nombre es Aarón. Mis hermanos son Benjamín y Ciro. Nos enviaron a una misión. Temo que ustedes pueden interferir con la misión si los dejamos actuar.

Arminius tosió. Ya estaba despertando. Acerqué mis manos a los tobillos y fingí que estaba desorientado. Venía a matar vampiras, y me encantaba la idea de matar judíos de alguna sección secreta de su religión extraña y misteriosa.

-Catorce judíos de nuestra comunidad han desaparecido desde que las hijas de Caín han tomado esa casa. No podemos permitir que esto continúe así. Tengo entendido que quieren el cuerpo de una de ellas, pero no podemos permitirlo. Debemos destruirlas a todas.

-Yo sólo estoy escuchando que no me quieren permitir muchas cosas y eso, no le funcionó ni a mi padre, ni a mi madre.

-Los mandamientos del Viejo Testamento tienen una razón de ser.

-Aburrir.

Arminius observaba el intercambio con interés, sacó un cigarrillo y lo prendió. Sus ojitos de ratón nervioso miraban a mi pistola, mi sonrisa, mis judíos, mi golem y mis huevos. Al mirar las muecas desaprobadoras de los judíos por mi respuesta, decidió intervenir.

-Escuchen. Nosotros estamos trabajando. Somos detectives privados. Sólo necesitamos una prueba de que la niña no esta viva. Es todo lo que pedimos. Si nos permiten conseguir una prueba, abandonaremos este lugar y no formaremos parte de ninguna guerrita.

Benjamín avanzó delante de su hermano.

-Les pagamos dos millones de dólares a cada uno de ustedes si abandonan ahorita.

Arminius le brillaron los ojitos. Miré las piernas del golem. Parecían débiles a comparación del resto de su cuerpo.

-¿Dos millones de dólares? -preguntó Arminius y me miró fijamente. Ah, pinche Arminius, qué barato te vendes.

-Esto, por supuesto, no deben decidirlo ahorita. Nosotros planeamos entrar esta noche. No nos gustaría una intervención externa -continuó el aburrido de Benjamín. Mientras seguía moviendo sus manitas y su boca de putillo cobarde, me aventé contra las piernas del Golem.

Escuché muchos gritos, esos que me seguían prohibiendo cosas. Los puños del golem golpearon mi espalda con una fuerza brutal. No era la fuerza de un humano. Llegué a pensar en los puños de tres boxeadores con esos golpes. Aún cuando se me fue el aire, pude levantar al Golem de las piernas. Cuando este cayó al suelo, aplasté su pecho con mi pierna. Se hundió como si se hundiera en lodo. Sus ojos perdieron brillo y sus puños dejaron de pelear.

Tosí sangre. El golem me había roto una costilla.

-¡Señor Medel! -exclamó Benjamín-. ¡Usted no sabe en lo que se está metiendo si continúa con su actitud!

-Así me hablaban en la escuela. Por eso la abandoné.

-Ya. Ya. Hermanos, ya -intervino Ciro, adelantándose a sus dos hermanos-. Sabemos de Medel. Hemos revisado su archivo. Siempre hace lo que quiere, según el perfil psicológico que tenemos de él. Sin embargo… le daremos esta tarde para que decida. Son dos millones de dólares por no pelear esta vez.

Me levanté limpiándome el polvo que había dejado la criatura en mis jeans. Tan pronto estuve de pié, sentí la costilla rota. Lancé mi cuerpo contra Ciro, con la pistolita de puto en mi mano derecha. El cañón de la pistola lo hundí contra su mejilla, pero ya tenía a los otros dos hermanos deteniéndome, uno de ellos con el cañón de mi escopeta recargada empujando sobre mi costilla rota y el otro con un puñal amenazando rajar mi cuello. Mis huevos eran más judíos que estos cabrones.

-Y yo pensaba que eran putitos. De verdad.

-Esperen, esperen, señores, sus santidades… aguanten vara. Dijeron que íbamos a dialogar.

-Repito -dijo Ciro, manteniendo el rostro duro aún cuando el cañoncito de la pistola empujaba contra su piel-. Todavía tienen tiempo para decidirlo.

Los judíos me soltaron y abandonaron la habitación, cerrando muy respetuosamente la puerta detrás de ellos. Se llevaron mi recortada. Dejé de fingir juventud, me dejé caer al piso y escupí sangre. Arminius fue por un botiquín para vendarme el pecho. Mal, mal, mal. Lo único que me consolaba, es que habían necesitado a un monstruo para herirme.

-Ah cabrón, pinche Medel. ¿Seguro que no quieres aceptar los dos millones de dólares?

-Totalmente. Después de la putiza que me dieron, hasta crees que voy a dejar que se vayan limpios. Escúchame cabrón: Si me abandonas como en Singapur…

-Ya sé, ya sé.

-¿Estamos juntos en esto?

-Son judíos… y loquitos, Medel… y vampiras, y veintiséis guardaespaldas…

-Pensé que eran veintidós.

-No. Encontré los que me faltaban cuando fui por cigarros.

-Mejor para mi. Ya me encabroné y necesito con quien desquitarme.

Siete Millones de Pesos.

Este post es parte de una serie, llamada “Ernesto Medel y las vampiras de Polanco”. Anotación 1 de 12


Colgué el teléfono y miré la escopeta recortada sobre la televisión. Alcé las piernas sobre la mesa, saqué un cigarrillo de mi chaleco, y lo prendí. Desperté a mi laptop, entré a la página de internet del banco y esperé.

Durante los años que pasé en Uruguay, había visto muchas cosas. Demasiadas. Luego repasé Rusia y Singapur. El cigarrillo se había consumido a la mitad. Repasé mentalmente todos los años que había vivido, espiado, trabajado y cogido en otros países, en busca de matar el tedio y ganar dinero.

Podía buscar en mis libros de cuentas, mis pequeñas anotaciones en las libretas, podía seguir hurgando en mis recuerdos y seguía claro.

Jamás, encontré vampiros.

-Medel -había dicho Armenius por el teléfono unos minutos antes-. No mames. De verdad son vampiras. En Polanco.

-Ah, hijo de tu puta madre, ya te dije que no me hables… la última vez no me pagaste lo acordado. No trabajo nada hasta no ver el dinero. Si continúa esta llamada, vas a estar de acuerdo en pagarme lo que te cobre.

-Medel. En serio son vampiras. De verdad, tu sabes como estan las cosas entre nosotros. No me conviene mentir. Sé que pediste que no te hablara después de Singapur…

-Déjame repetírtelo: Si continúa la llamada, me vas a pagar. Si no puedes prometer esto, voy por tu cabeza. Nos vemos.

-No cuelgues manito, de verdad, no cuelgues.

-Y todavía me dices “manito”.

-Que no cuelgues con una chingada madre. Mira. La señora me ofreció dos millones de pesos para encontrar a su hija. Te doy uno. Sé donde está.

-Te conozco cabrón. Me vas a dar cinco.

-No mames Medel, eso es lo que me están pagando.

-Cinco.

-Putísima madre. ¡En Texas lo habrías hecho gratis cabrón!

-Cinco. Y escúchame bien: otro “manito” más, y te cobro los dos que me debes de Singapur. Estoy siendo benévolo.

Sabía dos cosas muy bien: Armenius siempre mentía para guardarse el dinero y que siendo vampiras o no, lo iba a disfrutar. Cinco millones de pesos. Seguramente era una casa de narcosatánicos. Chavitos pendejos que se drogaban y adoraban al Rey Satán, vestidos en taparrabos y los cuernos del venado en la cabeza. Podía escuchar el silencio tan resignado de Armenius, al otro lado de la línea. Eso me alertó.

De no ser vampiras, Armenius habría dicho algo, lo que fuera.

-Está bien. Dame unos minutos. Revisa tu cuenta de banco y un e-mail con las instrucciones.

Alcé las cejas y sonreí. El bigote me picaba cada vez que sonreía tan amplio como en ese momento. Colgué el teléfono y miré la escopeta recortada sobre la televisión. Alcé las piernas sobre la mesa, saqué un cigarrillo de mi chaleco, y lo prendí. Desperté a mi laptop, entré a la página de internet del banco y esperé. El nuevo saldo se vio reflejado casi al instante que recargué la página.

No sólo los cinco millones. También los dos de Singapur. Armenius iba en serio.

La verdad es que no necesitaba el dinero. Tenía cincuenta veces esa cantidad. Los gringos pagaron bien por matar gringos. Por los latinos pagaron menos. Pero nunca como el mexicano, que hasta para matar al compadre es tacaño.

Miré la pantalla en silencio. Sabía cuan aburrido estaba y fue mi mala suerte que el único que ofreciera diversión fuera el pendejo de Armenio. Abrí el e-mail después y sonreí donde Armenio imaginó que sonreía.

“Hola.

Ernesto, sé que no me crees… son vampiras. Deja te lo repito para que tu verga flemática lo entienda: Son vampiras. Yo no puedo solo con esto. Supongo que nadie. Estoy pagándote un porcentaje más alto de lo que yo voy a recibir por este trabajo.

Sé que no querrás escuchar los detalles, así que te los escribo por si te interesa leerlos: Es una señora vieja que esta buscando a su única heredera. Anita se perdió hace dos años. Una investigación de tres meses me llevó a esta casa. Medel, la señora quiere a la hija viva o muerta. Me pidió incluso que le llevara el cuerpo, si era el caso.

La señora no me va a creer si le digo que su hija es una vampira. Pienso que nuestra única solución es llevarnos el cuerpo. Te imagino hijo de puta, has de estar sonriendo.

Necesito que vengas a la dirección que te mandaré por mensaje a tu celular en unos minutos. Nos veremos ahí.

Armenius.”

Hice cuentas. En mi bodega tenía cuatro rifles semiautomáticos, dos pistolas automáticas, una uzi, tres ak-47, un rifle de cazador y una escopeta west point. Municiones suficientes. También estaba la recortada italiana sobre el televisor, y la pistola de puto en la calceta. Podrán decir lo que quieran, pero siempre saca de apuros.

-Si no son vampiras, con la de puto me basta. Pero si son vampiras… pues con la de puto y a groserías. ¿Cómo se mata a un vampiro?

En ese momento, vibró mi celular. Lo busqué entre los bolsillos de mi pantalón. Apagué el cigarrillo, aplastándolo con las botas y me levanté. Decidí llevarme la escopeta recortada, y sus municiones, por si acaso. Si de verdad eran vampiras, bueno, iba a necesitar meterles algo más grande.

Si saben a lo que me refiero.