Final del Viaje de Simón Dor y Epílogo.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 48 de 48


La magia del niño me inundó los poros y la mente, de nuevo pude ver mariposas amarillas en el aire, que buscaban y luego se besaban con cuervos azules y adquirió sentido como nunca antes lo había hecho, veía los escenarios en tonalidades más brillantes y me di cuenta, ya solo faltan seis días, con sus seis noches. Salí a la proa, donde el rostro del sol me sonrió y me señaló hacia el otro lado, donde las nubes todavía eran grises y el mar de Yunén seguía contaminado. Alcé mis manos creyéndome Dios y tomé las nubes grises entre mis manos y las apreté para dispersarlas, abrí la noche con todas sus estrellas y hasta creí escuchar grillos, soy el Inventor.

El delfín saltó y dibujó su silueta a la luz de una luna completa. Esto es la magia y la magia ha cambiado mi entorno. Sin embargo, no ha completado mi destino. Ahora que soy Magia y Ciencia, Espíritu y Materia, debo preguntar a la Anciana. Soy un ser completo.

Caminé a la popa, donde busqué a la anciana y me encontré su mecedora, moviéndose sola, iluminada en azul por la luna. Caminé a la proa donde los rayos del sol le daban vida a mi barco Mojalnir y después, me metí a mi habitación. Siluetas de cuervos y mariposas parecían seguirme, me sentí mareado. Todavía no me acostumbraba. Soy Dios.

Tambaleándome en el pasillo de los Cuartos descubrí que El Cuarto de Juegos había desaparecido, el niño ha cumplido su destino. Seguían escuchándose gritos en el Cuarto de Trofeos: Yasmín todavía no ha terminado de hacer lo que hace con el súcubo. Toqué la puerta y grité el nombre de la ciega, ella no me respondió pero los gritos cesaron.

—¡Ya fue suficiente, Yasmín! ¡Es hora de que me respondas! —grité. ¿Qué me respondiera qué? Estaba confundido, la magia no acababa de adentrarse en mi sistema.

Yasmín entreabrió la puerta un poco, se veía algo de su rostro que estaba manchado en sangre, su ojo blanco de ceguera se veía siniestro y las arrugas, marcaban el espacio donde piel que no era suya, estaba ahí enterrada.

—Todavía no termino, Simón —dijo la adivina seria y cerró la puerta. Los gritos regresaron en cuanto lo hizo, busqué en los bolsillos de mi pantalón y descubrí la tercera llave de Beatriz. ¿Debía usarla? ¿Debía aceptar que todo terminara? No, Beatriz no es el fin de éste viaje… de haber sido así, entonces el Árbol Tsef Thaed no hubiera evitado que me colgara.

Hubiera muerto hace mucho tiempo, si todo fuera por Beatriz.

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Niño 0.

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Día 80

Querido Diario:

Restan siete días, con sus siete noches… curioso, es el número de la perfección, según decían los católicos. O tal vez divago. Los cristianos, los católicos, los budistas, los islamitas y los mormones, ninguno de ellos me cae bien. Así es, querido Diario, estoy haciendo trampa y estoy diciendo que no me cae bien el noventa por ciento de la población. ¿Por qué habría de mentirte? Tampoco me caen mal, sólo me son… manchas borrosas, gente que quiere aventar sus incompatiblidades a otra gente y viceversa, entes amorfos, llorantes pensantes. Por supuesto, no me excluyo, pero al menos soy discreto y no busco molestar a los demás, son los otros si decidirán si molesto.

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Diario de Simón Dor. Día 79.

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Querido Diario:

Ocho días, con sus ocho noches.

Ya me morí.

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Árbol 0.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 45 de 48


El rottweiler saltó al frente. El Árbol Tsef Thaed se protegió con la mitad petrificada y sintió el golpe seco del ataque del perro, que mordía con dientes y atacaba con manos fuertes. La piedra no le dañaba y la furia era tanta que el Árbol Tsef Thaed se vio obligado a retroceder, a pesar del peso de su corteza.

El perro olió y después dejó de atacar.

—Hermano —dijo Bobby Mindar—. Llevas una mariposa negra en tu interior, pero todavía no te transformas. ¿En qué te puedo ayudar, hermano?

El rottweiler sonrió.

—¿Hay.alguna…forma d..e detener la tra…nsformación? —preguntó el Árbol Tsef, aún con las ramas alzadas y cubriéndose con la mitad dura. La piedra se extendía y ya estaba llegando a su boca. Uno de sus ojos ya no se movía.

—No lo sé, Hermano. Pero si tengo que decirte una cosa. Esa llave debe quedarse aquí, si no quieres que te mate. Ya no tienes fuerzas, Hermano.

El rottweiler se movió rápidamente y de un zarpazo, quebró tres ramas del Árbol e hizo una raja en la parte de la corteza sana, cerca de su ojo. El Árbol aulló y la herida quedó como una cicatriz, que la corteza ya no podría borrar porque enfermaba. Intentó golpear a Mindar con las ramas sanas, sin embargo le fue inútil porque el perro era demasiado rápido.

—Ya no puedes hacer nada, Hermano. Esa llave no servirá de nada. El Cuarto de Máquinas está sellado con magia.

El rottweiler volvió a atacar con rápidez, y esta vez tronó raíces petrificadas con sus dientes y su fortaleza. El Árbol no se quejó, notó que no le dolía ya lo que se había convertido en piedra.

—Nunca has de terminar la transformación, Hermano. Porque tienes tu nombre.

—Tú tam..bién tienes el tu.yo.

—A mi nunca me ha importado mi nombre, Hermano. A mi no me lo dio un dueño, me lo dio un verdugo y lo que siempre he querido, es vengarme del verdugo.

El Árbol Tsef Thaed sonrió con la mitad de los labios que aun podía mover.

—Buen….pu….nto.

El rottweiler se rió.

—Sal de aquí, Hermano. Siente con la madera que todavía te queda sana y grábate estas palabras: Podrás ver a la mariposa negra, acercate a ella… la mariposa negra querrá juntarse con la que llevas en tu interior. Sólo así se descubrirá el Cuarto de Máquinas. Pero también, Hermano, no podrás susurrar tu nombre si tus labios se quedan quietos y habrás de transformarte entero. ¿El verdugo vale ese sacrificio? Eres estúpido, Hermano, pero que se haga tu voluntad.

Mindar volvió a atacar al Árbol Tsef Thaed, completando la cicatriz en el ojo como si fuera una cruz. Después se rió y se alejó corriendo, perdiéndose profundamente en el Laberinto.

El Árbol Tsef Thaed le escuchó alejarse, arrastrándose y con la mitad de sus labios rotos, susurró su nombre en voz baja. Abrió la puerta del Laberinto y salió, lentamente. El ojo sangraba savia, las ramas que aún podían moverse, lo hacían y las raíces también, empujándose al extremo.

—Árbo…l… Ts..ef…Tha…e.d… defi….nitiva….mente, es…t…o no….lo… quie….ro, en…mis…recu…e…rd…os. —El Árbol Tsef Thaed se echó a reír con la mitad sana de su boca, se estremeció todo su cuerpo con la risa y de haber estado sano, le hubieran llorado también los ojos. La corteza que aún poseía vida, estaba volviéndose gris.

¡Camina! ¡Camina!, pensó el Árbol, siguió con la letanía de su nombre. Agarró fuerzas para continuar moviéndose y se acercó a donde debía estar el Cuarto de Beatriz. ¡Si Simón estuviera aquí, se quejaría de la cursilería que significa la amistad!, se dijo el Árbol Tsef Thaed y continuó riendo en voz baja, le dolía moverse y le dolía seguir caminando, pero era la primera vez que quería hacerlo. Realmente, quiero dar mi vida por alguien que no se lo merece. A los ojos de todos, pensarían que este sacrificio de veras no se merece. No lo merece, dirían, y yo me estaría riendo como ahorita.

El Árbol Tsef Thaed pronto cerró su mente, porque la mariposa negra ya estaba ganando acceso a ella. El veneno del olvido, estaba buscando en todas partes como llegar al nombre que evitaba que se esparciera. El Árbol Tsef Thaed sonrió con la mitad sana, eso ya no importaría. Al llegar donde debía estar la entrada del Cuarto de Máquinas, se plantó un momento y esperó. Efectivamente, la mariposa saltó sola y se acercó al Árbol, con una de sus ramas vivas la atrapó y se la llevó a sus labios.

Luego, caminó susurrando en silencio su nombre hacia la proa. Esperaba que el tiempo alcanzara para llegar a la luz del sol.


—…Árbo…l… Ts..ef…Tha…e.d…

—…bol…Tse….f…Tha…d…

—…l…Se…ha….

—…t…….t….

—………..


Se hizo piedra con las ramas levantadas y los ojos aún con vida. El sol le calentaba y le quemaba, intensamente, cuarteando la piedra y cicatrizándola. No había frutos, y no había hojas. Un árbol marchito que siempre miraba al horizonte, con los ojos aún brillando y la mente descompuesta. Si uno se acercaba lo suficiente, podía escuchar: “Árbol Tsef Thaed”, en voz muy bajita, casi como el susurro del viento cuando uno se está alejando del invierno. Si alguien te hubiera dicho que ese Árbol caminó durante siglos, no le hubieras creído, porque se veía como una hermosa estatua que siempre estuvo para el placer de algún bosque encantado. ¿O es qué el Árbol Tsef Thaed llevaba el bosque consigo?

Continuó el susurro, pero fue opacado por una voz melodiosa y fuerte que cantó: ¿Simón, dónde estás, Simón?

Y así, el Árbol Tsef Thaed sonrió para sus adentros, sonrisa que no habría de marcarse como la tristeza de su rostro en la piedra.

Árbol IV.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 44 de 48


—¡TSEF THAED! —grité. Ese es el nombre completo, un opuesto a celebrar la muerte. He vivido, y ahora que he vivido, no resta nada más. Dejé de caminar y dejé de sobrevivir, para disfrutar. ¿No es así? Simón Dor me ha olvidado, yo sé que no fue su intención, fue culpa del demonio que está caminando con el cuerpo de Beatriz. No habré de culparle. Es hora ya. La mariposa no tardará en matarme, el viento no tardará en arrastrar lo que quede de mi madera seca.

¡Te estás rindiendo antes de luchar, cabrón!, eso me dijo Simón Dor. Es la verdad, no hay más porque luchar. Mi historia ha terminado y como ha terminado, es como debía ser. El delfín está haciendo ruidos, como esperando a que me niegue a morir. Pero es que yo ya no debo hacer otra cosa más. Simón Dor me ha olvidado y es justo que yo me olvide de él. El niño y la anciana también se olvidaron de él. Todos han olvidado a Simón Dor. Es lo que él quería.

Eres mi amigo y me duele, eso también lo dijo Simón. Es uno de los recuerdo que me llevaré. Me estoy marchitando. Ya no queda más por hacer. El delfín sigue haciendo escándalo… no me importa. Déjenme morir en paz, vamos, no me molesten. Es hora, no saben cuánto he caminado, no podría caminar otro tanto ya. Alzaré más las ramas, para que se vea bonito cuando me quede petrificado y seco. No salieron fuegos artificiales y tampoco murió la mariposa. Tan solo, se le dio un punto final a mi historia.

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Simón Dor I.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 43 de 48


Colores. Todo es a colores. Escribiré eso en mi diario si tengo tiempo, debo primero salvar al Árbol Tsef, ¿por qué? ¿por qué él? El niño y la vieja, no hay rastro de ellos, uno debe estar atrapado por el súcubo, si no es que muerto ya, y la otra por el sueño, con el aura azul apartándola de la realidad. No tengo a nadie para ayudarme más que al Árbol Tsef y él ya no puede, está bajo el embrujo de una mariposa negra que debe ser mi culpa, ¡pues claro! Yo soy el receptor de culpas. Si quieren a alguien a quien culpar, contráteneme, no cobro caro… tan sólo les pido el alma.

No estoy hablando con nadie, pero debo asegurarme de escribir esto en el Diario. Así al menos hablaré con alguien y no con mi propia mente.

Caminemos hacia la voz que habló con la voz de Beatriz, necesito saber si ha sucedido algo más. En mi cuarto no hay nadie, mi Diario está descansando en la mesita, el hacha está acostada en la cama, ocupando mi lugar. Espera… una fragancia conocida, una fragancia que me atrae. ¿Podrá ser posible? No, no es cierto. La voz y el olor. Alguien me está jugando sucio, el súcubo quiere volverme loco.

Caminaré hacia los cuartos. El Cuarto del Jardín está cerrado, el súcubo debe estar descansando o debe estar en algún lugar observándome, disfrutando de mi locura y mi paranoia. Dios mío… colores, lo puedo ver en colores: No es su fragancia, no es su voz, también es su presencia. Aquí estuvo ella. Cuando ella caminaba, jalaba la fábrica de la realidad con sus suaves movimientos y transformaba todo… le daba colores, con la maestría de un pintor clásico y con la osadía de un niño que pinta con crayolas. Todo adquiría sentido.

Caminé por donde estuvo ella, pero que digo… si ella ha estado conmigo en todas partes. Se siente diferente, los colores son diferentes, el olor es diferente. Pero debe ser ella, ¿no? ¿No crees, mi querido Diario? Espero no se me olvide escribir esto. Seguimos en el pasillo de los cuartos, no hay nadie, los cuartos están cerrados. Miremos hacia el cuarto de Beatriz… ¿no hay cuarto de Beatriz? ¡Dónde está el Cuarto de Beatriz! ¡Carajo! ¡Aquí estaba la puerta!

Me detengo a mirar la puerta que ya no está, buscándola con mis ojos. Paciencia, todo se resuelve con paciencia. Debe estar ahí la puerta, a menos que el súcubo esté utilizando la magia del niño para volverme loco. Razonemos, la razón siempre da respuestas inmediatas y sensatas. Mi vida que siempre ha sido así, nunca tomo más de dos segundos para decidir cuando tengo dos opciones importantes que seguir. En eso tiene razón el Árbol Tsef (y a su vez, tengo razón yo porque él me lo robó): Lo que pasará, pasará.

No hay puerta, no hay Beatriz. Así de sencillo. Ya no hay Beatriz, la he perdido, sólo debo esperar a que termine el viaje para descansar en una sillita y después recurrir a su imagen. ¡Pero su presencia inunda los pasillos! ¡Ellá debe estar aquí! Es ella, pero no es ella… o no es ella, pero es ella. ¡Tiene qué ser! ¡Todo tiene colores y pareciera como si ella hubiera pasado, derramando un bote de pinturas combinadas sobre todo esto! La realidad, realizándose y des-deformándose. Tiene que ser Beatriz, por eso ya no hay puerta. Ella ha decidido dejarlo y salir aquí conmigo.

El Árbol, debo ayudar al Árbol. No estés aquí mucho tiempo, regresa a escribir en el Diario antes que lo olvides. Unas manos en mi pecho, las miro, me quito el cigarrillo de los labios y observo las manos vivas. Manos blancas, pequeñas y suaves que me tocan el pecho. Tiemblo, reconozco las manos. Un rostro se recarga en mi espalda, unos pechos suaves se pegan contra mí. Abro los ojos. Colores, muchos colores.

Está amaneciendo, lo siento en mi pecho. Sólo queda un día para el Árbol. Otros once días con sus once noches. Escucho la respiración contra la tela de mi camisa, el calor de su rostro. Tengo miedo de voltear, pero ella parece no tener prisa. Me estoy derritiendo, ahora entiendo porque no hay puerta, ella ha venido a rescatarme… ella ha venido a quererme, a amarme. Finalmente, no habrá necesidad de más sufrimiento. Está ella aquí conmigo y tengo miedo de mirar sus ojos brillando con vida.

No tiene prisa. El tiempo pasa. No puedo mirar más y todos los pensamientos que tuve, se me deslizan inutilmente. No habrá necesidad de escribir en el diario ya. Un cigarro se consume, dos cigarros, tres… hasta llegar al séptimo, el número de la perfección. Tiene que ser ella. Volteo y miro sus ojos, su rostro me golpea violentamente y en vez de derretirme, imploto. Me duele el corazón y las entrañas. Ella está viva y me está sonriendo. Viva y sonriendo, una sonrisa amplia. No puede ser ella, pero es ella. Le tomo sus manos, aunque blancas como el marmol, son cálidas y puedo sentir la sangre circulando en ellas. Viva.

Vestido azul veraniego que se ajusta maravillosamente al cuerpo, sólo faltaría el viento, un jardín y un café donde pudieramos sentar a mirarnos, y declararnos de nuevo. Decido declarármele con un beso, estoy arreglando el pasado en el presente, un sacrilegio. No me importa, ella esta aquí, ella está viva y está conmigo. El sacrilegio no se cobra con lenguas de fuego, esto es perfecto. Mis labios con los suyos, está respirando, está latiendo. ¡Es ella!

Caminando en los contornos de su cuerpo, me estoy perdiendo. Mis manos recorren caminos que fueron pocos explorados. El tiempo no nos dio tiempo y ésta vez, no permitiré que se me vaya. Sus ojos profundos y negros me están tragando en el vacío infinito. Hermosa frase cursi que acabo de pensar, pero no la escribiré en el diario. Sólo quiero sentirla y ella está de acuerdo. Nos enredamos en el pasillo de los cuartos y permitimos que el cuerpo haga lo que deba hacer para de nuevo, ser uno. Espíritu y Materia, Magia y Ciencia.

Susurro su nombre: Beatriz, Beatriz. Y ella no responde, no habla. Jadea y suspira… escucho mi nombre. Le repito el suyo y ella se vuelve más agresiva. Es ella y no es ella. Beatriz, le digo, Beatriz, una y otra vez. No me permite tocarla. ¿No es esto lo que querías? Está cayendo la noche y seguimos forcejeando, me está robando el alma entera. Finalmente, ella está viva y yo estoy con ella. Entrelazando el cuerpo, nos mordemos y nos chupamos, marcamos los dientes y las uñas. No estamos bailando tango, Beatriz. Ella empuja su cuerpo enojada contra el mío y también grita mi nombre. Se me está yendo el alma.

Por un momento me la imaginé con un niño en brazos, el niño se me hace conocido. Pero ahora no importa… es Beatriz de nuevo. Tan sólo fue mi paranoia. La ropa se ha perdido y mi vejez desnuda contra la juventud de ella. El deseo me consume y el amor me está matando. Entre tropezones y empujones, acabamos en el Cuarto de Trofeos, haciendo todavía de las nuestras. No habrá final para descubrir todo su cuerpo.

Se hace de noche y pronto, de madrugada. Como lombrices Beatriz y yo, nos entrelazamos. Tan sólo restan diez días y diez noches. ¿Árbol?

¡TSEF THAED!, escucho, alguien ha gritado Tsef Thaed. ¿Qué es Thaed? No importa, cállate barco. Estoy con Beatriz, ¿verdad qué me extrañaste Beatriz? Ella me sonríe maliciosamente: “Me llamo Ludiah”, responde. Me desafía, ¿qué quiere decir Ludiah? Le acaricio los pechos, le muerdo el cuello. “No, te llamas Beatriz. Jamás tendrás otro nombre”. Ella se enfurece y nos amamos con más fuerza, sus ojos iracundos, como nunca antes los había visto. Sus labios carmín, brillando con fortaleza interna, sexual reprimido.

Se hace un silencio intenso, ¿por qué? Antes escuchaba el viento, cuando había un árbol… el árbol… algo que debía hacer, pero ya no importa. El tiempo se siente, y puede que me pierda para siempre aquí, pero ya no importa. El tiempo se desliza, diez días con sus diez noches. ¿El Árbol? ¿Quién es el Árbol? Nadie, me dice Beatriz, me besa y continuamos jugando. Creo en ella, siempre he creído en ella. El alma se me está perdiendo entera. No he de olvidarla, esta vez he de perderme en el infierno para recuperarla como la tengo ahora.

Pero ya no importa.

Árbol III

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 42 de 48


Ready or not, Here I come, You can’t hide
Gonna find you, and take it slowly
Ready or not, Here I come, You can’t hide
Gonna find you, and make you want me

—Ready or not, Fugees.


Acompáñame si gustas Árbol, ven a la habitación… ¿todavía puedes moverte?

No, Simón. No puedo moverme, siempre y cuando esté esa mariposa oscura cubriendo la luz del sol. ¿Tienes más tequila?

Deja de pensar en el tequila. Te necesito coherente para pensar la manera de salvarte, solo quedan dos días antes de que te marchites, según tus cálculos. Vamos pues, hay que pensar Árbol, fortaleza, ¡seguir caminando! ¿No eras tú el qué andaba diciendo eso?

Simón, simón. Yo decía muchas estupideces cuando no me sabía mi nombre y ahora que tengo la mitad y he aprendido a disfrutar vivir, suceden cosas como esta. Tienes razón Simón, soy el culpable de mi propia desgracia.

Nunca te dije eso, no me pongas palabras en la boca que nunca he dicho.

Pero lo pensaste. Siguey leyendo →