Lunes, a las 8.05.

Salí a comprar cigarrillos. Y ya no regresé. Miento. Aún estoy aquí. Necesitaba dinero, así que pasé al cajero. Caminé lentamente. Disfruté un poco la noche. Las obras de Xola siguen ahí. Estoy agripándome. Siento el dolor de cabeza y de garganta. Moqueo. Sentí necesidad de ir a casa y dormir. Afuera del cajero había tres policías. Me llamó la atención. Un hombre de traje entró antes que yo. Hice lo mismo.

Adentro una mujer estaba llorando. Un hombre le abrazaba y respondía las preguntas del policía. La habían asaltado.

Saqué mi dinero en el cajero de junto, mientras escuchaba las preguntas y las respuestas. Nada significativo. ¿Usted dónde estaba joven? Esperándola a ella. ¿Cuántos años tiene la señorita? 23 años oficial. El hombre que la amagó… tecleé mal el NIP por estarles escuchando. Me corregí, saqué mi dinero, lo guardé en la cartera y me fui.

El cajero es el Bancomer de Xola y Cuauhtemoc. Reconocido porque sus puertas no funcionan o siempre están abiertas.

Pensé, mientras regresaba, que debía tener más cuidado en mi rutina. No sacar dinero de noche. Pasé a comprarme los cigarrillos y un pay de piña. El frío me hacía moquear. Los lloriqueos de la mujer se perdían con los pasos. Veía las calles, en busca de algún malandro. ¿Sería posible encontrarlo? No. Finalmente, pudo subir al metro para escapar. Quinientos pesos se robó, al parecer. Otras personas más caminando inseguras por la ciudad.

Que pena.

Chiste viejo.

Hay un chiste viejo. No. Hay muchos chistes viejos. Los mismos chistes se cuentan generación a generación. Cambian un poquito los estereotipos. Las regiones y las religiones. Un mexicano, un judío y un menonita paseaban en la Selva Lacandona cuando se encontraron al Rey Mono. El Rey Mono, para no comérselos, les pidió que fueran a buscar algo de comer: frutitas, tacos, lo que fuera. Los chistes a veces no tienen sentido. ¿Qué hacen un menonita y un judío paseando juntos, por la selva? El judío trajo naranjas (en la selva hay. Como no).

—Empínate —le pidió sonriente El Rey Mono.

El judío así lo hizo. Pobre. Más instrucciones del Rey—. Si haces algún sonido, o alguna expresión, te mandaré al asadero.

Una naranja por el recto. Dos naranjas por el recto. Tres. Tres. Tres. El pobre judío hacía unas expresiones de dolor y soltó un pequeño gemido de dolor. El Rey Mono lo mandó al asadero. Una pierna frita para el Rey Mono.

El mexicano ya se sabía el chiste, así que trajo uvas. Cuando se presentó al Rey Mono, le dio sus uvitas y se empinó. Nada de escuchar instrucciones. El macho mexicano todo lo puede.

Una uvita. Dos uvitas. El mexicano empezó a carcajearse. Chiste viejo, les dije. El Rey Mono, poco paciente como era, alzó su machete y le cortó la cabeza al mexicano. Lo aventó al asadero y esperó pacientemente al menonita. Pensaba—. Este cabrón tenía todas las de ganar, ¿por qué le ganó la risa?

El judío y el mexicano se encontraron en el limbo. El mexicano todavía se moría de la risa. El judío, ya picado por la curiosidad, se acercó a él. ¿Por qué, oh por qué, mexicano, te mueres de la risa? —preguntó el judío en hebreo. El mexicano sobándose la panza le respondió—. Porque el menonita traía su morral de quesos y me dijo que eso le daría al Rey Mono.

Pero eso sí. Cuando el menonita llegó al limbo, se puso a vender quesos.

Otro chiste viejo es trabajar en domingo. Hacía mucho que no pasaba. La verdad lo disfruté. Tanto silencio. Tanta calle desierta. Tantas llamadas telefónicas. Yo soy un chiste. En un día cumpliré veintiséis años de antigüedad. Ah, cierto. Recuerdo que compré el Melate. Al rato mataremos la ilusión dominical. Otro chiste repetido. El hombre que se compra sus boletos de lotería, esperando ganar honestamente.

Me dejaron un comentario. Resumiendo: “Creí que eras un buen blog, pero después de leer como hablas de las bloggeras gordas, histéricas, neuróticas y obsesivas, ya no lo creo”. Caray. Estaba molestando nomás. No esperaba herir susceptibilidades. Mi sentido del humor es retorcido a veces. No hagan caso. Les pido una disculpa a las bloggeras bellas y les doy un arrimón. Nomás uno. Porque si no me pega mi bloggera mayor.

Azaroso camino.

La gente cree que me importa su plática. No siempre es así. Llegan a mi blog. Leen un par de anotaciones. Se enteran que pueden agregarme al messenger. Lo hacen. Y entonces, mientras tengo mis letreros de ocupado o ausente, me platican. Idioteces como la escuela, el trabajo, sus gustos musicales, sus borracheras, cuantos centímetros deducen que su pene es más grande que el mío y sus problemas amorosos. Sería muy fácil romper la plática. Tan sólo decirles-. Hey, espera, ¿te conozco? -O una más agresiva-. ¿Crees que me interesa? -Soy un buen hombre. O más bien, poco interesado. Se necesita romper mi paciencia para decir algo así.

Una vez, una mujer en su borrachera, me habló de sus dos intentos de suicidio. Tuve que frenarla en seco: Hey, aguanta vara, apenas nos conocemos. No sólo los intentos de suicidio son íntimos. Incluso compartir una conversación frívola, para mí, significa un grado de intimidad.

Murió Collin White. Un profesor inglés del Colegio de Letras Modernas (e inglesas). Decidió descansar hoy en la mañana. Se subió a su barco, en el Ajusco, and so long. El hombre construyó su propio barco en sus tiempos libres. Vaya manera de aprovechar los tiempos de ocio. Me decía que era un idiota después de mis exámenes. Alguna vez, tomó asiento en mi mesa y de otros amigos. Escuchaba lo que decía. Compartía un par de palabras. Fumaba. Siempre fumaba. Dos cigarrillos diarios. No más, porque ya estaba viejo. Decían que de joven, solía tomar el asiento en el escritorio y prender su pipa. Platicaba de los viejos tiempos. Hacía las preguntas adecuadas, precisas, para que reconociéramos el valor de un texto. Algunas mujeres lo tachaban de machista. No creo que fuera así. Simplemente era estricto. Duro. Otro de esos hombres honestamente duros. Compartió vida con Ted Hughes.

Cuanta gente muere.

Ayer, el familiar del asistente. Hoy, Collin. Más tarde, me platicaron de un interno de medicina que se suicidó. Se metió un anestésico que paró sus pulmones. Le llamaban el dormicum porque se dormía fácilmente. No conocí más de él. Sólo que eligió una manera estúpida de suicidarse. La anestesia terminó por ahogarlo. Ahogarse toma su tiempo. Ahogarse duele y desespera. Supuse que un médico conocería una manera más sutil, elegante y certera de terminar su propia vida. Cuanta muerte el día de hoy. Cuanto pelear por la vida. Cuantas maneras, edades y situaciones para vivir la muerte. ¿Por qué tanto estos días? Diciembre. Será diciembre.

Una cosa buena pasó en el día: Me sentí con mucha suerte y me compré el melate. De tres meses para acá, me acostumbré a comprar mi boletito semanal. No soy constante. Un par de semanas lo he olvidado. Sin embargo, me gusta sentirme suertudo. Un motivo más para llegar contento al domingo. Casi siempre juego los mismos números, aunque cambio su orden. A veces resto uno o dos. Si es verdad que lo jugara cada semana, tendría 52 oportunidades al año para ser millonario. ¿Tirar mi dinero en una esperanza? ¿Sabes qué las probabilidades de ganárselo son astronómicas? Sí. Por supuesto que sí. Repito: Llegar contento el domingo, sentirse suertudo, repetir una rutina.

Bendito sea. Un neurótico como yo, buscando rutinas. Bendito, bendito sea.

Mientras compro la madera para construir mi barco. Mientras olvido suicidarme con algún anestésico, como la televisión o el internet. Mientras tanto, una rutina semanal no hace daño. No te hace daño a ti tampoco. Dedícate a pintar. Escribe una novela. Toma fotografías. Móntate a un camión hacia ninguna parte. Habla con aquel interés amoroso al que no te atreves. Recita poesía en el metro, en voz alta. Corre 10 kilómetros a la semana. Ten un hijo. Compra un cacto y llámalo Bob. Besa a una persona de tu mismo sexo. Comparte con tu familia. No vayas a trabajar hoy. Si no hoy, no vayas el lunes.

Total… nos vamos a morir de todas maneras.

Ah, la semanita.

De un día para otro me cayeron tres proyectos. Bueno por el dinero. Malo por el tipo. En mi cabeza, esos proyectos están clasificados como “pesadillas”. Poco presupuesto. Muchos personajes. Contratos ambiguos. Lavadera de cocos. Etcétera. No son malos proyectos, pero cuestan más trabajo. No son interesantes. Para nada. Tampoco son del todo aburridos. Sólo significan dinero por estrés. Los proyectos realmente terribles y que no benefician a nadie, son los infomerciales. Esos en mi cabeza están clasificados como: “Infiernitos”. Los proyectos que me han parecido más interesantes (y mal pagados) son los videoclips.

No he podido escribir. Me falta el ejercicio de Metatextos. No he continuado el artículo que debo. No he avanzado en La Torre de los Sueños. No he leído mis libros. Entre el trabajo y los pendientes de casa. He dormido mal por todo eso. No me quejo, sólo reafirmo el rasgo más importante: mi neurosis. Aunque procuro ser más amable con las personas a mi alrededor, continúo siendo duro conmigo. Despierto con dolores de cabeza. El pecho cansado. Los cigarros se consumen. Cuando era más joven, pensaba que había un fin a todo eso. Años después, sólo pienso que se interpreta mejor. Consigo mis pequeños momentos de paz.

Sin embargo, las preocupaciones han tornado mi memoria errática. He descubierto que olvido fácilmente ciertas cosas. También estoy más distraído. Me cuesta trabajo recordar los nombres de los modelos. Se me dificulta darle seguimiento a los procesos. Eso puede indicar una ligera depresión. Puede indicar estrés. O bien, puede ser un tumor cerebral. O falta de vitaminas. Exceso de cigarrillos y azúcar. La mente puede estar indicando una enfermedad más compleja de lo que me gustaría, cof cof.

Hoy olvidé el cargador de mi laptop. Sabía que el día que me sucediera, me sentiría extraño. Así fue.

El día de hoy, después de las cuatro de la tarde, mi compañero de proyectos se fue a recoger su coche al corralón. Minutos más tarde, salieron mi jefe y uno de los directores de casting. Un e-mail y una llamada requirieron urgencia. Todo estaba bien, hasta que bajó la asistente que tomaba video al proyecto del director que se fue. Bajó llorando y con la voz quebrada, me dijo—. Agustín, ¿puedes echarme una mano? —Yo sólo pensaba en los pendientes que tenía en la cabeza.

—No lo sé —dije. Enumeré mis pendientes mientras ella lloraba. Pensaba en mi cabeza: “Está llorando”, pero sentía el estrés encima. Abrázale, pensé, de verdad debe ser duro si ella esta llorando en el trabajo. —Si quieres yo lo termino. Sólo faltan 15 personas. —Seguía pensando. Ella ya estaba dispuesta a no rogar por mi ayuda. No quería que lo hiciera. Sólo que en ese momento, no estaba consciente de sus sentimientos. —No. No. Yo lo hago. Explícame —Minutos después, me subí al foro a terminar la jornada. Los pendientes revoloteando en mi cabeza.

Más tarde le mandé un mensaje al celular. Pregunté lo que le pasó y era lo que temía: se había muerto uno de sus familiares. Tal vez uno cercano. Le pedí perdón e inevitablemente, me transporté a los últimos días de mi abuela. No fui a verla al hospital hasta el día que murió. No fui a verla porque tenía miedo de verla muriéndose. Temía precisamente lo que sucedió: que el día de mi visita fuera nuestro último día. Así pasa. Así pasa en la vida. Incluso pasó por mi cabeza darle esa cátedra antes de que se fuera, pero no lo hice. Evidentemente habría sido estúpido. Cuando murió mi abuela, me quedé varios días en casa, compartiendo con mi familia. Luego llorando. Luego durmiendo. Me hablaron una o dos veces del trabajo y dije la verdad—: No me siento bien, no voy a ir, no es momento.

El día se hizo más pesado por los recuerdos. Tuvieron que pasar varias horas para que admitiera esto.

Guadalajara 2007.

Fui a Guadalajara este fin de semana. Sí, pasé por la FIL, pero mis motivos eran otros: ver una tortera delgada, bonita y sabanable prepararme mi desayuno de 25 pesos. ¿Fil? No señor. Guadalajara es una exposición de mujeres bellas. Y ya. Cuando uno se cansa de las blogueras gordas, feas, medio inteligentes, sarcásticas, corazón de pollo y cuero flojo, llenas de luz y entendimiento, bigotonas y mamonas, es menester desconectarse un fin de semana y ver mujeres bellas. No leerles el ego. Nada más verlas. Lo haría en el Distrito Federal si no fuera tan difícil encontrarlas. Multiplicador por cuatro por gracia de las minifaldas y los shorts. He llegado satisfecho. Fue bueno.

Tomé fotos de la FIL. Las publicaré en flickr próximamente.

Hablemos de capitalismo. Compré cuatro libros. Dos de República Dominicana (Hirma Contreras y Juan Bosch). Uno de Argentina (Javier Villafañe). Y Michael Ende (La Prisión de la Libertad). Por fin lo tengo en mis manos. Mi historia con ese libro viene de años atrás. No compré novelas. De por sí, tengo un gran número de lecturas pendiente y poco tiempo para dedicarles. También, Irwin (sé que me lees), ya tengo tu disco duro, avísame cuando pasas por él o cómo te lo mando. Otra cosa que compré: una tablita para desayunar, 100 pesos en un semáforo. Simplemente hermoso. Si no tuviera una vida, ya no tendría que levantarme de la cama nunca más.

Vi a un viejo amigo: Ian Madrid. Esta en Guadalajara iniciando su negocio de comida. El mismo de siempre. Extrañaba la facilidad de Ian para romper cualquier noción de seriedad en la vida. Aquel sarcasmo y agudeza. Una agudeza elegante y precisa. Estuvimos platicando un poco de China y su vida allá. Me parece de los pocos hombres honestamente duros que existen. Continúa con su enorme sonrisa. Me dio gusto verlo. “Entonces… ¿vienes al parque mañana a jugar freesbe? Para que te pongas un cigarro en la boca y vengas con tu cara de escritorcillo mustio”. Ja. Lo extrañaba.

También extrañaba a los buenos amigos: May, Paulina, Arturo. Los ocupados que se dejaron ver 10 minutos, como Jaka. Los que hoy conozco mejor, como Sachiel. Los que no pude ver, como Homero Vidal (cof cof), Ruth y Mozzy. Las relaciones cambian. Las perspectivas cambian. Ocupaciones. Vida. Letras. Etcétera. Sigo pensando lo mucho que me gusta Guadalajara. Pero la verdad es… a mí me gusta todo lo que no parezca este nido de ratas. El pequeño infierno de luces de neón y diversión toda la noche. Cuando nunca has visto una mujer bella preparar una torta, sabes que algo anda mal. Me gustaría mudarme para allá en algunos años. Ya veremos que ofrece el tiempo.

Llegamos a chambear. Hay un artículo que debo terminar para estas fechas. En casting tenemos proyecto. Los párpados se cierran. Dormiré un poco antes de continuar viviendo.

Un gran hombre.

Hace poco, terminé de revisar el segundo capítulo de la Torre y quedé satisfecho. El problema es que agregué cuatro personajes y tal vez deba darles seguimiento a lo largo de la historia. Se que hacer con dos de ellos. Si juntara otros diez personajes más, podría jugar con el mito de los 17 guerreros. No lo voy a esconder. 17 fueron los hijos de Aureliano Buendía. ¿O me equivoco? Fantasía light inspirada en realismo mágico. Espantoso. Sin embargo hay números que permanecen y ni modo. Así pasa. Me agradan los personajes nuevos. No lo suficiente aún, porque no tienen una historia hecha. Uno de ellos me platica en la cabeza. Le respondo en ocasiones. Es posible alargar su historia.

Revisando otros capítulos, sé que los voy a borrar.

Ayer una amiga me envío su poema erótico. Lo critiqué. Ella me dijo: “No sirvo para escribir poesía. Soy una tonta”. Que actitud. Pobres escritores que buscamos la trascendencia. Nadie trasciende si no trabaja duro. Le sugerí que guardara las líneas que más le gustaron y reescribiera. No me hizo caso. Nada más se fue. Me sentí mal. Pude ser menos severo. Nadie puede estar seguro. Probablemente ese poema, pudo ser un ejemplo de nuestra civilización desordenada y ansiosa de trascender. Ese poema, para otros ojos, tal vez era el mejor del universo.

Toledo me dijo que no era un gran escritor. Pero me respetaba. Yo tampoco creo ser un gran escritor. Estoy buscando el gusto a escribir de nuevo. No es fácil. Siento que se rompió un hilo y lo estoy amarrando. Afortunadamente no es mi hilo de plata. Dedicarle tiempo a la Torre de los Sueños ha educado mi paciencia. No es la gran obra. No soy un gran escritor. No importa. Las grandes obras son para los grandes hombres. Hombres de personalidad compleja y opiniones contundentes. No soy un gran hombre. Soy un monstruo que se divierte.

En crítica literaria, hay dos preguntas importantes para abordar un texto: ¿Qué hace? y ¿Cómo lo hace? - Un lector debería hacerse las mismas preguntas. ¿Qué leo? y ¿Cómo lo leo? Muchos saben por qué lo hacen—: Necesito ser más culto, me gustaría divertirme, transportarme a otro mundo. Leer con esos fines distraen de encontrar los mecanismos. Leer y escribir son la misma actividad. Sus procesos mentales estrechamente ligados. Mientras uno escribe un post, por ejemplo, lo revisa y lo lee. Su lectura se ve afectada por su contexto personal. No presta atención a los mecanismos para que otra persona pueda entenderlo.

Pequeños pensamientos. Mejor iré a comprar cigarrillos.

Amor no es.

Raras veces, hay un desbalance en el universo de casting. Dos proyectos, con más o menos el mismo número de personajes. Los dos editores platicamos un poco. “Liberemos espacio en esta máquina”. “Tan pronto salga la cámara”. “Nos tardamos más o menos lo mismo”. Claro. Ayer, dos proyectos. Sin embargo, uno incluía viejitos - bebés - adultos cuarentones y normalones. Ese proyecto, con los personajes extra, lo edité yo. Todo iba bien. Mi café. Luego mi coca. Luego mi café. Mis cigarrillos. Mi nueva laptop con el chat abierto. Mis manos trabajando los archivos convertidos. Mi compañero ocupado en el suyo. Mi compañero hablando en voz alta-. Ven a ver esto gordo.

“Esto”, era una mujer en minifalda. Una que no había editado.

Las piernas largas, el cabello rubio, botones sin abrochar, sonrisa blanca, mirada coquetona. Una modelo como cualquier otra. La vuelta de sus perfiles en cuatro sencillos tiempos: 1. Mi perfil derecho, mi pierna doblada. 2. Mi trasero, moviéndose coquetamente. 3. Medio perfil izquierdo, mi trasero aún se mueve. 4. De frente, olvida mi culo: mis tetas se tambalean. Una sonrisa que sabe lo que hace. Amor no es. Obviamente no. Regresé a mi lugar de trabajo. Corté una bebita cuya baba escapaba de sus labios como un xenomorfo venusino. La beba me hizo sonreír. Olvidé mi pequeña envidia.

Dos minutos más tarde: “Ven a ver esto gordo”.

Moví mi silla de nuevo. Otra modelo, más joven, con menos experiencia. Rostro bonachón, nada sensual, diecinueve años. Alejamiento de la cámara. Nos quedamos en medium shot. “Es la que se puso tetas”. Y sí, se puso tetas. Recordaba a la modelo cuando tenía quince años y la editaba en VHS. Ahora, un hermoso quicktime me enseñaba sus tetas crecidas artificialmente. Obviamente una blusa escotada. “Enséñame tus manos a la altura de tu cara”. Ajá. ¿Saben cuál es el truco de unas tetas artificiales y enseñar las manos a la altura de la cara? Los codos. Al momento de levantar las manos como una criminal, sus codos golpearon contra sus pechos. Corrección. Apretaron sus pechos. El escote lucía cada fotograma que pasaba. Sonreía… sí, sonreía bonachona. Sonreía inocente. “Jiji. Me puse tetas, pero soy una niña. Trátame con cariño”. Regresé a mi lugar. Un viejito dejándose crecer la barba por temporadas navideñas. Empezaba la competencia de los ancianos por ser Santa Claus.

—Adoro esos hotpants —susurró mi compañero a la izquierda.

Me asomé porque debía de hacerlo. Un personaje en mi circunstancia no permite cansancio: Hoy no hay balance y te tocó perder mijo, ni modo. La chavita en cuestión: diecinueve años, clase media alta, cabello castaño claro, ojos verdes, blusa pegadita, abdomen marcado, pants levantaculos y sonrisa: “Jiji. No me he puesto tetas, pero igual me deseas”. Hablará con la papa en la boca, pero… disculpen la vulgaridad mexicana… lámeme la cascarita, o sea ¿no? Hay cosas injustas en el universo. Si, yo editando bebitos viejos y cuarentones. Pero nadie, escúchenme bien, nadie resiste tres arquetipos de lujuria en serie. Ni modo. Esta vez eran todas las de perder.

C’est la vie.

Monstruo.

Iniciar una novela y desarrollarla es lo más sencillo del mundo. Terminarla, caray, terminarla. Luego revisarla. Lo sé porque he iniciado muchas y hasta el momento no las he terminado. Eso no quiere decir que no dejan de molestarme. Es el lenguaje quien me molesta. Mi lugar en la historia. Mi situación en el mundo. A veces pienso que existe un lugar ideal para escribirlas. Un momento. Una silla mágica y un escritorio místico. El asistente ideal. Pienso, iluso, que habrá un espacio en el tiempo donde no me levante de mi silla hasta terminar doscientas páginas más. Eso no existe. ¿O sí?

Estoy escuchando a Pito Pérez, con 5 ó 6. La canción del comercial de Coca Cola. Aquel donde las niñas se rapaban como punketas. ¿Lo recuerdan? Yo sí, porque busqué el casting. Les pagaron bien. No sé si lo suficiente para aguantar las burlas de sus compañeros. Yo sé que no me habría quejado. Una mujer perdiendo su cabello de esa forma, aún en nuestro contexto histórico, es perder un rasgo femenino vital. Desafiar la sociedad machista y mexicana. Una imagen que aprovecharon bien en el comercial. También se lo raparon y pintaron a una viejita. La señora sonrió cuando le preguntaron si aceptaba el presupuesto. —Por supuesto que sí, hagan lo que quieran con mi cabello.

Hay gente que hace desastres con su cabello sin recibir un centavo a cambio.

Mujer de malos sentimientos. Dice la canción. Hoy prometo seguir avanzando mi novela. Aún cuando avanzar signifique mirar las letras una y otra vez. Ayer, no lo niego, pasé un rato considerable buscando los colores que deseaba para TextMate. Patético. “Un escritor debe sentirse agusto en su ambiente de trabajo”. Eso vendrá en algún libro para ilusionar a la gente. Escribir viene de escribir nomás. Asimov, la historia de Azazel y el escritor sin inspiración. Cada vez la recuerdo más. El día de hoy hay mucho escándalo. Siempre hay escándalo en la casa. ¿Escribir en el trabajo? Difícil, muy difícil. Tal vez debería dejarlo así. Admitir que no hay más palabras. Que nunca terminaré las novelas.

No. No puedo.

Soy un monstruo.

Soy necio.

Sorpresa, sorpresa.

Lo peor que puede pasar, cuando vas a comprar una laptop, es perder el cheque camino a tu vendedor. Perdí el cheque. Un momento antes, estaba doblándolo. Dos minutos después, no se encontraba en mi bolsillo trasero. Perdí unos dos o tres años de vida. Cuatro. Recorrí la plaza comercial, mis pasos en rewind, buscándolo. No lo encontré. Mi pendejez se extendía a muchos niveles. Uno: Decirle al vendedor que no tenía el cheque. Dos: Decirle a mi proveedor que había perdido el cheque. Tres: Alguien que lo encontrara por casualidad. Cuatro: Alguien que lo endosara por peculiar. Cinco: Los golpes de mi cabeza contra los vidrios del río místico me dejaban sin neuronas. Hacía mucho que no me pasaba algo tan angustiante. Me acordé cuando tenía diez años y perdí mi primer billete de veinte pesos en un Hermanos Vázquez. El dinero esta vez, por supuesto, eran más que veinte pesos. El sentimiento era el mismo.

Un cheque nuevo, trámites burocráticos, menos dinero en el celular, el enojo divinal de mi proveedor y una embarazada más tarde, conseguí mi laptop. No puedo creer lo cansado que estoy. Pensaba estrenar mi nuevo armatoste con el casting de dos luchadoras. Al decir luchadoras, no estoy adjetivizando a la mujer. Luchadoras. De verdad. Máscara, cabellera y nombres especiales en el ring. Vamos a ver si es cierto que como hablas, trujes chencha. Valió la pena la espera y el sufrimiento. No la abrí hasta que todo estuviera solucionado. ¿Saben lo que es tener juguete nuevo y no abrirlo? Hasta ahorita me siento tranquilo.

¿Mi laptop? Una Mac. El juguete perfecto para chatear. No la quiero para otra cosa. ¿Edición de video? Nah. ¿Diseño? Sí, los diseños del adium son muy bonitos. También la quiero para navegar en internet. No para otra cosa. (Miento). Si todo sale bien, esta será mi compañera de aventuras. Quemar porno en el iDVD. Qué sofisticado. iTunes en su ambiente natural. ¿Qué más se puede pedir? Acostumbrarse a utilizar OpenOffice para las acciones oficinales. TextMate para escribir la gran novela mexicana. Conexión wifi estable. Una computadora vistosa. He pasado toda la tarde configurando las herramientas, instalando otras, y probando unas más. ¿Sabían que el monitor regula la luz, según la iluminación de la habitación? Cuanta jotería. Cuanta belleza puede caber en un aparato como estos.

Le pregunté a una de las maqueras que conozco que herramientas había. También consulté con los maqueros que había en la oficina. En la oficina hay una especie de culto por la marca. Puedo comprenderlo, después de trabajar con una durante varios meses. La primera foto que recibí —increíble, lo sé— fueron unos senos agradables, carnosos, de pezones oscuros. Mi primer video de Youtube, fue el de los gatos y el masking tape.

Ejercicio Número Uno: ¡Zombis!

George A. Romero lo inició todo con su legendaria Noche de los Muertos Vivientes de 1968. Por alguna extraña razón, los recientemente muertos vuelven a la vida y se alimentan de la carne de los vivos. Aquellos que no son consumidos en su totalidad, son infectados con el virus y se suman a las filas de los muertos vivientes a las pocas horas. La única manera de destruir a los cuerpos reanimados es destruir el cerebro o separar el cuerpo de la cabeza. Estás películas se convierten, también, en una metáfora del consumismo salvaje en nuestro planeta, de una especie que, después de consumir en su totalidad los recursos naturales, termina por consumirse a si misma. Después del éxito de la película original, siguieron 3 secuelas y varios remakes, videojuegos y comics basados en su trabajo.

El ejercicio de esta semana consiste en escribir una historia de máximo, 300 palabras que se desarrolle en un universo en donde los muertos han vuelto a la vida por algun extraño motivo.

Tienen hasta las 23:59 horas del Jueves 22 de Noviembre para entregar sus textos. Como siempre, serán publicados a partir de las cero horas del Viernes veintitrés. Saludos a todos y suerte.


Mi ejercicio se llama: “Una vieja canción”.

Los ejercicios que llamaron mi atención esta vez, fueron:

Relectura.

Hoy me di un tiempo para abrir las historias pendientes. Las releí. Me sentí listo por algunas cosas. Me sentí estúpido por otras. El camino del escritor es largo y tedioso. Redescubrimiento constante. Recordar tiempos mejores. Detectar como escribí eso, como escribí aquello. Sopesar si puedo repetirlo. No solo repetirlo, también mejorarlo. Mi gigante el día de hoy es “La Torre de los Sueños”. Abro el texto, recorro su cantidad de letras, comparo lo nuevo y lo viejo. Pero nunca está terminado. No encuentro el valor para escribirla un día completo. Hay muchas situaciones incompletas y personajes sin pulir. La pantalla azul brilla contra el monitor, el editor de texto despliega todas las palabras, mi cabeza recorre laberintos. Lo que escribo se asocia con las etapas que vivo. Estaba deshecho cuando escribí la torre de los sueños e inventé un mundo donde estar.

Un mundo cruel, por cierto, donde todos acabaron mal. Tengo la oportunidad de arreglarlo, o de hacerlos sufrir más. Domenique merece algo mejor.

También releí la búsqueda de Bob. Si el tiempo en aquella historia transcurriera como la vida real, mi alma habría perdido la apuesta. Sin embargo, ese mundo, como tantos otros, se encuentra estático. Cerrado en una esfera de cristal. Releo, abro el editor de texto, agrego palabras, las borro. Debo trabajar mucho. Necesito disciplina y silencio. Mis pensamientos no se desvían de Carlos Almaguer, y su inminente muerte. Tampoco se desvían del otro imbécil —el escritor patético—, de Eva, de Azul. ¿Cómo tengo tanta energía para empezar las historias, y nunca me sobra para terminarlas? Es un misterio que aún no comprendo. También me consume el tiempo. Son tantas las noches en que las historias vuelan como murciélagos, y chocan contra las ventanas.

Recuerdo cuando escribir me divertía muchísimo. Falta una motivación, un lugar, un talismán, una señal. Pequeña superstición mía. Escribir no sólo depende de disciplinas, sino del espíritu de su creador. De ahora en adelante, me recordaré a través del blog de todos mis pendientes. Probablemente eso me obligue a terminarlos de una vez por todas. Una adivina me dijo que habría de morir si terminaba todos los cuentos. Haré trampa. Empezaré una novela más cuando esté acabando las otras. Dejaré el párrafo abierto. Un párrafo que hable del infinito. Un párrafo que termine en tres puntos…

Pensaba en mí. Que al despertar siempre me gusta caminar hacia una luz.