Febrero 13, 2008 — Ernesto Medel.
Escrito por Agustin Fest. -
Colgué el teléfono y miré la escopeta recortada sobre la televisión. Alcé las piernas sobre la mesa, saqué un cigarrillo de mi chaleco, y lo prendí. Desperté a mi laptop, entré a la página de internet del banco y esperé.
Durante los años que pasé en Uruguay, había visto muchas cosas. Demasiadas. Luego repasé Rusia y Singapur. El cigarrillo se había consumido a la mitad. Repasé mentalmente todos los años que había vivido, espiado, trabajado y cogido en otros países, en busca de matar el tedio y ganar dinero.
Podía buscar en mis libros de cuentas, mis pequeñas anotaciones en las libretas, podía seguir hurgando en mis recuerdos y seguía claro.
Jamás, encontré vampiros.
-Medel -había dicho Armenius por el teléfono unos minutos antes-. No mames. De verdad son vampiras. En Polanco.
-Ah, hijo de tu puta madre, ya te dije que no me hables… la última vez no me pagaste lo acordado. No trabajo nada hasta no ver el dinero. Si continúa esta llamada, vas a estar de acuerdo en pagarme lo que te cobre.
-Medel. En serio son vampiras. De verdad, tu sabes como estan las cosas entre nosotros. No me conviene mentir. Sé que pediste que no te hablara después de Singapur…
-Déjame repetírtelo: Si continúa la llamada, me vas a pagar. Si no puedes prometer esto, voy por tu cabeza. Nos vemos.
-No cuelgues manito, de verdad, no cuelgues.
-Y todavía me dices “manito”.
-Que no cuelgues con una chingada madre. Mira. La señora me ofreció dos millones de pesos para encontrar a su hija. Te doy uno. Sé donde está.
-Te conozco cabrón. Me vas a dar cinco.
-No mames Medel, eso es lo que me están pagando.
-Cinco.
-Putísima madre. ¡En Texas lo habrías hecho gratis cabrón!
-Cinco. Y escúchame bien: otro “manito” más, y te cobro los dos que me debes de Singapur. Estoy siendo benévolo.
Sabía dos cosas muy bien: Armenius siempre mentía para guardarse el dinero y que siendo vampiras o no, lo iba a disfrutar. Cinco millones de pesos. Seguramente era una casa de narcosatánicos. Chavitos pendejos que se drogaban y adoraban al Rey Satán, vestidos en taparrabos y los cuernos del venado en la cabeza. Podía escuchar el silencio tan resignado de Armenius, al otro lado de la línea. Eso me alertó.
De no ser vampiras, Armenius habría dicho algo, lo que fuera.
-Está bien. Dame unos minutos. Revisa tu cuenta de banco y un e-mail con las instrucciones.
Alcé las cejas y sonreí. El bigote me picaba cada vez que sonreía tan amplio como en ese momento. Colgué el teléfono y miré la escopeta recortada sobre la televisión. Alcé las piernas sobre la mesa, saqué un cigarrillo de mi chaleco, y lo prendí. Desperté a mi laptop, entré a la página de internet del banco y esperé. El nuevo saldo se vio reflejado casi al instante que recargué la página.
No sólo los cinco millones. También los dos de Singapur. Armenius iba en serio.
La verdad es que no necesitaba el dinero. Tenía cincuenta veces esa cantidad. Los gringos pagaron bien por matar gringos. Por los latinos pagaron menos. Pero nunca como el mexicano, que hasta para matar al compadre es tacaño.
Miré la pantalla en silencio. Sabía cuan aburrido estaba y fue mi mala suerte que el único que ofreciera diversión fuera el pendejo de Armenio. Abrí el e-mail después y sonreí donde Armenio imaginó que sonreía.
“Hola.
Ernesto, sé que no me crees… son vampiras. Deja te lo repito para que tu verga flemática lo entienda: Son vampiras. Yo no puedo solo con esto. Supongo que nadie. Estoy pagándote un porcentaje más alto de lo que yo voy a recibir por este trabajo.
Sé que no querrás escuchar los detalles, así que te los escribo por si te interesa leerlos: Es una señora vieja que esta buscando a su única heredera. Anita se perdió hace dos años. Una investigación de tres meses me llevó a esta casa. Medel, la señora quiere a la hija viva o muerta. Me pidió incluso que le llevara el cuerpo, si era el caso.
La señora no me va a creer si le digo que su hija es una vampira. Pienso que nuestra única solución es llevarnos el cuerpo. Te imagino hijo de puta, has de estar sonriendo.
Necesito que vengas a la dirección que te mandaré por mensaje a tu celular en unos minutos. Nos veremos ahí.
Armenius.”
Hice cuentas. En mi bodega tenía cuatro rifles semiautomáticos, dos pistolas automáticas, una uzi, tres ak-47, un rifle de cazador y una escopeta west point. Municiones suficientes. También estaba la recortada italiana sobre el televisor, y la pistola de puto en la calceta. Podrán decir lo que quieran, pero siempre saca de apuros.
-Si no son vampiras, con la de puto me basta. Pero si son vampiras… pues con la de puto y a groserías. ¿Cómo se mata a un vampiro?
En ese momento, vibró mi celular. Lo busqué entre los bolsillos de mi pantalón. Apagué el cigarrillo, aplastándolo con las botas y me levanté. Decidí llevarme la escopeta recortada, y sus municiones, por si acaso. Si de verdad eran vampiras, bueno, iba a necesitar meterles algo más grande.
Si saben a lo que me refiero.
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Febrero 11, 2008 — 1-2-3, Amor, Vida diaria.
Escrito por Agustin Fest. -
Alguna vez, alguien me dijo que “Andrés Calamaro”, era lo mejor del universo. Esa persona, me escribió una lista de canciones que debía tener. Las anoté en un papel, con la promesa de buscarlas y escucharlas. El papel se perdió. Años después, encontré la discografía de Calamaro y recordando aquella promesa, bajé las canciones. Prometo escucharlas después. “Dejar de vivir”, es satisfactoria.
El señor de los camotes y su silbidillo, pasean por las calles de la Narvarte.
Una vez, Ricardo salió disparado a callarlo y cuando se asomó por la puerta, el señor de los camotes volteó a saludarlo con una sonrisa mientras empujaba su carrito. Me agrada esa imagen. Cada vez que escucho el silbato y quiebra mi sistema nervioso, recuerdo esa anécdota y no evito una sonrisa. El contraste de mi rostro: la sonrisa retorcida por el dolor, me hace pensar que estoy loco.
Una serie de personas por msn me dicen: “Hola, mi rey”. Hasta ahora caigo en cuenta que me puse el nickname de “El rey satán”. Me lo quedaré un rato.
Recibí un mensaje en la mañana: un maullido. Otra vieja relación. Todavía recuerdo su cuerpo delgado y chaparrito. Moreno. Al día siguiente que tuvimos sexo, comimos en algún Sanborn’s y hablamos de la memoria de la piel. No nos volvimos a ver después. Han pasado tantos años, que la memoria de mi piel ya esta vieja. Cuando me miro en el espejo, y la panza cae libremente, pienso que soy feliz porque como bien y luego pienso en ella. Cursi. No necesito más memorias en mi piel.
No. Al parecer no.
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Febrero 11, 2008 — Búsquedas, Howl, Hoy es domingo.
Escrito por Agustin Fest. -
Las fotos de Vale, son como cuarenta y se encuentra en distintas posiciones y vestuarios. En minifalda, con un pañuelo cubriendo sus enormes tetas, con una tanga y pantalones ajustados. Repasé las fotos. No me gustó su cabello pintado. Su cara de borracha. Sus tetas enormes y caídas. Siempre he sido un hombre inferior. (Digamos así). Caderas, piernas y trasero.
Las fotos que más me gustaron, Dios perdone mi atrevimiento, fueron las de la felación. Hombre al fin y al cabo. Pedí que me lo mandaran porque me dio curiosidad y morbo. Repito: Hombre al fin y al cabo. Luego de la decepción, borré el e-mail.
La noche esta tranquila, y respiran cansados, los astros, a lo lejos.
Hay que seguir buscando niñas. Alabama Moon. Tell me, the way, to the next little girl. Aww, don’t ask why. Encontré a las niñas perfectas para el comercial. El problema: Todas son más altas que el niño. Mi director pidió que siguiera buscando.
Hoy el equipo de producción se fue. No estarán toda la semana. Suspiro. Esperemos, entre todas las niñas perfectas que encontré, se encuentre la más perfecta de todas. De no ser así, estaremos como gallinas descabezadas, enviando y recibiendo feedback desde un estado a otro.
Hoy, es domingo. Tan pronto terminó la cita de las niñas, para que el director las viera en persona, llegué a casa y me dormí. Desperté, comí, y dormí de nuevo. Desperté, prendí la computadora, leí blogs, dormí. Desperté, platiqué con mi mujer, jugué con la wii, miré las fotos de vale y empecé a escribir esto.
Ni producción, ni dirección, se han comunicado. A pesar de que lo prometieron. Que buena onda. He descansado, y no he descansado. En algún momento, salí un rato a que me calentara el sol. Prendí un cigarrillo, aunque no debí, y permití que la brisa me golpeara. Ahhh, las fotos de Vale. Después de todo, no son tan desagradables.
Debe ser la noche, el extrañamiento, la lujuria dormida. Debe ser que estoy solo en casa y me encuentro particularmente estático. La música. Las mujeres de mi vida. Recuerdos de mis últimos momentos de intimidad. Vulnerable, parpadeando varias veces, pienso en aquellas noches donde la vida y el lenguaje, eran simplemente mejor.
Las fotos de Vale y sus chichis caídas. Las fotos de Vale y su lengua rasposa. Igual, pasó como anoche, donde un taxista me hizo enojar. Me bajé y le azoté la puerta. No estaba de ánimos para discutir, y mucho menos negociar.
Llevo negociando toda la semana. Negociando con Valeria para que se ponga en cuatro por ejemplo. Negociando con mi persona aburrida y flemática, para que no siga fumando bajo el sol. Negociando con dirección para que vean a las niñas, y negociando con las niñas para que vean a producción. Negociando detalles de boda con Sol María. Negociando el siguiente casting también.
Negociando con los recuerdos perversos, donde el esperma se resbalaba entre sus nalgas y gemía satisfecha.
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Febrero 10, 2008 — Hojas, Sensitivo, otros blogs.
Escrito por Agustin Fest. -

Leonard Nimoy también es fotógrafo. Le gusta fotografiar mujeres gorditas y también lo hace bastante bien. Que bueno que no siguió su carrera como cantante. Escuché una canción de él, alguna vez, y me mató de la risa. [Vía Sexoteric]
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Febrero 8, 2008 — Búsquedas, Casting, Fest, Howl, Niño viejo, Paranoidefobico.
Escrito por Agustin Fest. -
Lloró.
Es decir, hizo como si llorara, porque, naturalmente, las brujas no pueden derramar verdaderas lágrimas. De todos modos, arrugó el rostro como un limón reseco, se secó los ojos con el pañuelito y gimió:
-¡Oh, muchachito, joven perverso y cruel! ¿Por qué tienes que enojarme siempre de esta manera? Ya sabes que soy muy temperamental.
Sarcasmo la contempló con gesto de fastidio.
-Penoso -se limitó a decir-, realmente penoso.
Michael Ende, “El ponche de los deseos”.
Después de varias deshoras y de un camino difícil, mañana es la junta final de mi proyecto. En el peor de los escenarios, después de las juntas pedirán que se haga casting sábado y domingo, para filmar lunes. Aún podría soportar que esto pasara. Lo tengo contemplado.
Hoy, amargado, pensé que los niños me empujaron nuevamente a mis límites. Como pasó en Duvalín. Aquel casting de Duvalín, mi primer proyectito donde trabajé yo solo, el director me dijo al final que el casting no le servía, no le gustaba, y que no lo aprobaba, aún cuando agencia y clientes estuvieran muy tranquilos con los niños. No pienses que hiciste un buen trabajo, me dijo el canadiense, porque no fue así.
En unas horas, prefiero no pensar lo que pasará. Sé que despertaré. O iré sin dormir, mientras organizo mi lista de teléfonos. Llevaré mis amuletos discretos de la buena suerte. Y luego recordaré, porque siempre pasa, mientras escucho los lineamientos de la junta, que ya nada es novedoso. Mi cuerpo tomará lugar. Levantará la mano, dirá su nombre y sonreirá cuando sea su turno. “Agustín Fest. Casting”. Abrirá una libreta, o su laptop, y anotará los nombres de todos los escuincles, hombres y monjas del mundo. En otra parte, su cabeza estará martillando la idea: “yaquepaseyaquepaseyaquepase”. En la vida, esa vida donde todos jugamos, y cuando somos brujas fingimos lágrimas, escucharé atentamente las órdenes de mi señor director, de mi señor agencia y mi señor cliente.
Agustín Fest, el otro, hará un buen trabajo. Siempre hace un buen trabajo. Quedar bien para no aburrirse, porque, ¿cuántos no estarán sentados mañana en esa mesa cuadrada y enorme, definitivamente aburridos de sus vidas? ¿Tan aburridos que reciclan ideas para vender un producto o enviar un mensaje? ¿Tan aburridos que miran los comerciales cuan cineastas postmodernistas, combinando narrativa-música-fotografía-luces-y-estilos para comunicar un mensaje? ¿Dos mensajes? ¿Un millón de mensajes? ¿Cuántos estarán conscientes que el cielo es azul en la misma tierra? ¿Que la tierra es tierra, dónde siempre haya tierra? ¿Que la contaminación y la sobrepoblación, nos guían al mismo destino funesto? ¿Y que todos los niños sonríen por las mismas cosas?
En la tarde del jueves, llegaron alrededor de cincuenta niños. Los primeros dos, no supe como soportarlos. No tuve la paciencia para explicarles la acción. Me quedaba callado momentos largos, pensando: “No, te, muestres, visiblemente, emputado, ni, desesperado. Eso es lo primero Agustín”. El niño, o me miraba con sus grandes ojos esperando mis palabras, o daba volteretas, visiblemente distraído y harto. Pensaba después: “No, desperdicies, el, tiempo. Saca provecho a cada uno de ellos. Si no lo haces ahora, yaquepaseyaquepaseyaquepase, si no lo haces ahora… no encontrarás lo que buscas. No harás un buen trabajo. Encarrerate. Toma aire paseyaque, y hazlo”. Para entender a los niños, me hice niño.
Sarcasmo, no entiende de niños, ni se comunica con ellos. Los niños, tampoco entienden las expresiones faciales de los adultos. El niño puede reconocer la tristeza de un padre (sus ojos caídos, su boca floja, sus ojeras) porque conoce o intuye el contexto. El niño, sin embargo, no reconoce los sentimientos de los adultos. No les importan. Un niño puede mostrarse visiblemente interesado en lo que cuentas, o puede ignorarte y dar volteretas cuando guardas silencio, porque no entiende, ni desea comprender, tus sentimientos. Es parte de la crueldad infantil. Para tratarlos, implica regresar a la infancia, una regresión mental de unos cuantos años, buscar un rasgo común con el que sea posible identificarte y explotarlo.
No lo habría hecho tan… tan… complejo, de no haber necesitado una gran actuación. ¿Por qué tomarse la molestia? Me preguntaba en varias ocasiones. Miraba al niño fijamente y el otro, Agustín Fest, pensaba en aquella playa donde iría a morirse ya cuando estuviera… extremadamente, sinceramente, y orgullosamente aburrido de vivir. Clasificaba a los niños conforme pasaban frente a la cámara, con dos sencillas palabras: “Lo sabe”, “Lo ignora”, “Lo intuye”, “Le teme”, “Le aterra”. Un proceso dual y simultáneo: “Debo identificarme con los niños y ¿con qué niño me identifico?”. Pensó en su niñez, cuando se desvelaba, y miraba programas de televisión porque no podía dormir. O escribía lentamente en la máquina de escribir.
Pensaba en los adultos, y en sus supuestas reacciones, cuando miraban un infomercial o algún programa de ciencia. “El adulto se sentirá culpable por no estar cuidando el planeta. Un planeta que me dejará a mí, niño. Al terminar, como el programa lo dijo, hará algo llamado consciencia y esa consciencia lo invitará a portarse mejor. Aunque sutilmente, se nota como el programa es un primer paso. Ver el programa es hacer consciencia. Ver el programa le hará sentirse mejor. Y olvidará, o juzgará innecesario, hacer algo después.”
Aquel niño aburrido, que buscaba su reflejo en otros niños, escribió lentamente en su máquina de escribir: “Somos unas brujas. Hacemos como que lloramos, para ver si así Sarcasmo nos hace caso”.
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Febrero 7, 2008 — Casting, Despertares, Howl, Los malos días, Niño viejo.
Escrito por Agustin Fest. -
Esta noche leo con interés los recuerdos de tu infancia, porque lo recordé: Estoy aburrido. Muy aburrido. Una pared blanca a mi derecha. Dos monitores frente a mí. Una decepción en el trabajo. Esa breve decepción: En un casting de 700 personas, no pueden encontrar a tres para unos comerciales. Parece, que esperan ver otras 700 más. Repaso mentalmente los números, las breves juntas, las características de lo que piden y analizo si hay descuidos, o errores. En medio de todos esos pensamientos, recordé lo aburrido que estoy. De mis recuerdos infantiles, de mis viejos amores, de los actores y de la literatura. Aburrido del enorme conjunto que significa la vida. Asintiendo lentamente, como quien se ha resignado, me pregunté cuanto tiempo llevo ignorándolo.
Nunca lo he ignorado. A veces, me sorprendo mirando a ningún lugar en particular. En esos momentos peculiares, que pueden ser tan largos o tan breves, por mi cabeza pasa un ruido constante que susurra: “yaquepaseyaquepaseyaquepase”. Alguna veces, separo las palabras y lo susurro despacio: ya-que-pa-se-ya-que-pa-s-e-y-a-q-u-e-p-a-s-e. Busco mi libreta para anotar lo siguiente: “¿Qué pase… qué?”. La ambigüedad de la respuesta permite la deshonestidad. Ya que pase el camión. Ya que decidan el casting. Que todo termine ya. Deseo casarme, ya. Al final siempre la misma respuesta. Una sorprendentemente sencilla: Ya que pase la vida. Después de llegar a ese punto, suelo sonreír. Prendo un cigarrillo como quien ya lo aceptó.
Aburrido desde siempre, he buscado pequeños intereses que mantengan con vida mi cuerpo. Mi trabajo problemático, por ejemplo. Escribir nuevas historias, por ejemplo. Leer muchos libros, jugar muchos juegos, ver muchas películas, olisquear muchas mujeres. Leo los recuerdos de tu infancia, porque esta noche me mantienen con vida. No quiere decir, que sin tus recuerdos, iría corriendo a que me atropellara un autobús. No. El suicido es problemático, y si vivir es aburrido, un suicidio lo es más.
Es agradable recordar mi aburrimiento, porque es el único sentimiento que siempre ha sido mío.
Antes pensaba que era indiferencia. Pero no creo. Le faltan rasgos a la indiferencia para describir lo que siento. Si fuera indiferente, por ejemplo, ya lo habría terminado como un suicida. Si fuera indiferente, no buscaría, ni leería, y no tendría un trabajo problemático. Tampoco inventaría rasgos interesantes en las personas que son tan aburridos como yo y reaccionan desesperadamente para esconderlo. Es tan problemático aburrirse, que muchos lo compensan con lo que pueden: alcohol, amores, conocimiento o mujeres. Aceptarlo es difícil, porque implica aceptar cuantas mentiras has inventado para no pensar en ello. Luego viene la depresión. Luego viene buscar otro juguete.
Yo no le miento a mi aburrimiento. Solamente lo olvido. Como quien olvida que tiene a su madre hasta que ella deja de cocinar. O tiene a su padre, hasta que este muere. Naturaleza humana: el olvido, el aburrimiento, la mentira, la indiferencia y el suicidio. La contradicción. La honestidad. Olvidar y recordar. Hablar con uno mismo para conseguir las respuestas. Darse cuenta, que todo en esta vida, es un ciclo eterno. No importa cuan aburrido me encuentre. Igual carece de valor, cuan aburrido te encuentres tu. A “la vida” le importa un carajo. Yo siento que nos hacemos un favor mutuo en sabernos insuficientes, y dispensables. A ella no le interesa mucho lo que siento al respecto.
Sí. Tal vez.
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Febrero 7, 2008 — Howl.
Escrito por Agustin Fest. -
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