Portada.
Prólogo.
Al escribir “Padre Taxi”, inicié lo que en el dos mil consideré mi carrera de escritor serio, y como todo joven pretencioso, que ha descubierto que puede poner una palabra después de otra, con el menor error posible en los signos ortográficos y sabiéndose con la capacidad de contar una o varias historias, pensé que esta novela me otorgaría una iluminación mística al terminarla y, honestamente, con la ingenuidad de los veinte años, pensé que sería reconocido mundialmente gracias a personajes como Matías Elizondo, Von Lurendberg, o el mismo Padre Taxi. Pensé que la historia sería suficiente para deslumbrar a varios lectores y que recibiría, en cierta forma, una entrada a un círculo que desde joven me ha fascinado: los hombres y mujeres que meditan, que viajan, que constantemente viven, que se emborrachan o que viven sentados, siempre pensando, meditando, organizando en la mente las palabras que les parecieron bonitas o correctas, porque son el inicio de un mundo diferente al suyo, o tan sólo es una metáfora de sus vivencias, de su racionamiento, de sus sueños. O nada más porque sonó bien.
Aquellos humanos que, acuartelados desde su cotidianidad, parecen sabios.
La novela se escribió con el propósito de ganar un concurso para escritores noveles y, lamentablemente, no lo cumplió. Sin embargo, cumplió otras funciones muy importantes en mi desarrollo como “escritor profesional”: Me hizo ver que una novela trataba de sus personajes, me hizo entender que no puedo controlar todo lo que se escribe acerca de ellos, que necesariamente, una historia empieza y termina cuando esta lo decide, y que se necesita más allá de una buena ortografía y un somero manejo de los signos ortográficos, más que una joven educación en el arte de contar cuentos.
Sufrí escribiéndola, durante varias semanas, en insomnios que empezaban a las seis de la tarde y terminaban a las cinco de la mañana. De noche, era imposible fumar porque el humo del cigarrillo despertaba y molestaba a mi señora madre, así que me encerraba a fumar en el baño, y a veces, incluso, a pensar, a meditar durante largas horas como continuar el hilo de la historia, a mitad de las necesidades biológicas o igual, al término de estas y me dedicaba a preguntarle a mis personajes si había descuidado a alguno de ellos, a analizar que me hubiera gustado leer a mi en mi propia historia. Y también, tristemente, a pensar que les hubiera gustado leer a los jueces.
Después de un mes de aquel desastroso ritmo de vida, finalmente pude terminar la historia y la revisé dos o tres veces más, donde me atreví, incluso, a agregar un nuevo capítulo. Donde le dediqué varias líneas más a mis personajes secundarios y donde pude descansar, finalmente, después de haber descubierto el arte de escribir una novela y el significado que esto puede tener, a varios niveles, desde los más sencillos hasta los más profundos, o escondidos, o internos. Sentí una excitación increíble cuando puse el punto final en la historia, y creo que ese día, incluso falté al trabajo y dormí todo lo que no había podido dormir. Aún siendo joven, aún con el poco educado espíritu del cuenta cuentos, había logrado escribir mi primera novela a los veinte años y eso me hizo sentir muy bien.
Cuando escribí y releí “Padre Taxi” por primera vez, me sentí muy orgulloso de mi primera novela escrita. En ese entonces, mis maestros fueron García Márquez, Cortázar, Rulfo y Bennedetti, los escritores latinos que, de alguna manera, se encuentran al alcance de todos, y que actualmente aparecen en el camino de todo joven antes que los clásicos que les formaron a ellos. Ellos fueron quienes me astillaron de a poquito, para tomar el papel, la pluma y empezar a escribir. Se notará la descarada influencia de aquellos escritores en estas páginas.
Al empezar a escribirla, me dije que necesitaba un pequeño universo (la palabra grande es microcosmos), un mundo mágico que pudiera manejar a mi antojo, una ciudad mística. Fue entonces que la Ciudad de Jaramillo empezó a formarse lentamente en mi cabeza y, lamentablemente, de tan poderosa que la había convertido, no fue fácil doblegarla a mi modo, solita se desarrolló. Tuvo todo lo que necesitaba: Los desdichados podían entrar y podrían creer en engañar al destino, pero finalmente acabarían mal. La Ciudad, incluso en la muerte, encerraba a sus habitantes, y para confundirlos y cortarles cualquier esperanza de escape, había configurado todo tipo de terreno a su alrededor: una selva, interminables bosques, un desierto de arena y otro de hielo. Los fantasmas jugaban un papel esencial en la historia, así como los adivinos, el ejército, los músicos y las sombras.
Se convirtió en un proyecto bastante ambicioso, ya que tenía el lugar necesitaba una historia y eso me llevó al hombre que debiera ser capaz de gobernar una ciudad así. Un hombre que no tuviera los escrúpulos, ni los sentimientos, para manejar la Ciudad a su antojo y a su conveniencia. Incluso, no podía ser un hombre, debía ser un dios o un antidios a su manera, alguien que no tuviera un rostro para que la propia ciudad no se lo desfigurara y aún más, que tuviera la ambición de no tener solamente Jaramillo en sus manos, sino de ser posible, todo lo que su imaginación pudiera tocar.
Así es como empieza Padre Taxi, con la ambición y el juego de poder entre dos figuras. Y así, esa ambición se empalmó con la del joven de veinte años que deseaba ganar un concurso literario. Después de cuatro años y de varias relecturas, puedo decir con seguridad que Padre Taxi no era material para ganar un concurso, que estaba dispuesta a apantallar, pero, finalmente, acabó siendo una historia entretenida y que merecía ser contada. Así que si tienes este libro entre tus manos o si lo estas leyendo en la versión electrónica, prepárate para entretenerte, no le busques ninguna verdad universal y sobre todo, dale una oportunidad a cada uno de los personajes, quiere a uno más que al otro, u ódialos a todos excepto al malo. Por ello te están contando la historia y les encantaría que les escuches.
Agustín Fest.
10 de Enero, 2006.







