El gran capítulo 7708, de una novela mediocre, de un pésimo escritor.

Este post es parte de una serie, llamada “Ernesto Medel y las vampiras de Polanco”. Anotación 11 de 12


Cuando desperté, Armenius estaba dormido y sentado contra el callejón y la vampira estaba a la entrada, protegiendo la calle. Me palpé el rostro. Los litros de sangre que había perdido en mi pelea contra la muerte parecían estar en su lugar.

Mi costilla ya no me dolía. E incluso, me sentía más joven. No sentía molestias en las rodillas. No sentía pesados los pulmones. No había molesto hormigueo en las articulaciones. Además de putearme me hizo un gran favor.

Me levanté y Armenius despertó al mismo tiempo. Abrió la boca sorprendido, se la llevó al rostro y me señaló.

-¿Tú? ¿Qué haces aquí? -volteó a ver a su alrededor-. ¿Qué hago aquí? ¿Dónde chingados estoy? Medel, no mames manito, no mames, si es venganza por lo de Singapur… carnal, de verdad lo siento. Perdóname, perdóname por favor.

-¿De que hablas cabrón? ¿No te acuerdas de nada?

-¿Me drogaste en el departamento? ¿Te enteraste de mi último trabajo? Medel, ¿qué quieres güey? Justo te iba a llamar para que me ayudaras. Es que no me lo vas a creer Medel, ¡son vampiras!

-¿Cómo yo, humanito Cazador? -preguntó Jezabel, quien se acercó a escuchar nuestra conversación. Sonrió con todos los dientes. Sus colmillos reflejaron un brillo con la luz de los postes. La cabrona se inclinó coquetamente, apretando con los brazos el escote.

Armenius y yo nos miramos, y luego él gimió un poco.

-¿Qué pedo? ¿Medel, qué pedo?

-Mira tu reloj cabrón.

-Mi reloj… -Armenius se remangó el abrigo, y miró su reloj. El rostro se le hacía cada vez más pálido con las preguntas que no podía responder. Consecuencias de traer un alma que ya estaba muerta. Olvidar todo lo que padeció para continuar viviendo.

Que poético.

-Te voy a decir lo que te has perdido, carnalito. Ya me enteraste de las vampiras. Ya nos madreamos con el ejército y con una secta de judíos poco ortodoxos. Ya nos metimos a la casa de las vampiras para encontrarnos con que no había ninguna. E incluso, me dijiste que nos llevarías con El Escritor, para que este nos dijera donde podíamos hallarlas. Luego vino uno de tres judíos hijos de puta y te mató.

La vampira no confirmaba nada de lo que decía. Solamente miraba con los ojos pelados, como ya era su costumbre. Eso me puso nervioso para ser francos.

-Me di en la madre con la muerte para traerte de vuelta. Estás aquí porque me di mis putazos. ¿Verdad Jezabel?

-Mi señor, no sé de lo que habla. Jamás lo he visto perder -dijo la vampiresa, muy seria.

Alcé una ceja.

-¿Qué dijiste pendeja?

-Mi señor. No sé de lo que hablas. Recuerdo más que el humanito, ciertamente, pero jamás te he visto perder.

Referencia literaria que le habría encantado al profesor que maté a librazos: Me sentí en el episodio de la cueva de Montesinos. La vampira no quería admitir que había perdido la pelea. Armenius no recordaba nada. ¿Acaso, la mejor pelea en la que me había visto involucrado estaba reservada solamente a mis recuerdos? Ni siquiera tenía una cicatriz que lo pudiera comprobar.

No… no podía ser así. Ese recuerdo estaría en la memoria de dos personas. Muy bien. Cuando muera, le preguntaré si nuestra pelea fue real. Nomás por si las moscas.

-Medel… está bien, está bien. Supongamos que te creo Medel. ¿Cómo hiciste para perdonarme lo de Singapur?

-Acordaste pagarme 80 millones de pesos después del trabajo -dije seriamente.

-Te vas a la verga. Te voy a decir lo que seguramente hice: Te pagué los dos millones que te debía de Singapur. Y te di una cantidad para el trabajo. ¿Pero sabes que pasó en realidad? Que insistí tanto en que eran vampiras y en que iba a haber madriza, que fuiste corriendo a verme. Nunca dices que no a los retos.

Sonreí ampliamente. Armenius correspondió la sonrisa un tanto nervioso.

-¿De verdad fuiste por mi al más allá?

-Sí. Me caes bien chaparrito. Si quiero putear vampiras tengo que saber donde encontrarlas. El Escritor, Armenius… Tú dijiste que sabías donde encontrarlo y que te debía un favor.

-Sí, sí -dijo Armenius. Salió del callejón y se asomó-. Parece tener sentido todo lo que me dijiste Medel, porque estamos justo a media cuadra de su casa. Me preocupan los días que perdí… pero, bueno, esta bien. Otro día con mis crisis de identidad.

Salí con él. La vampiresa nos siguió de cerca. Estábamos en el centro de la Ciudad de México. República de Uruguay. Tres de la mañana. Miré mi reloj. El tiempo había corrido una semana después de la putiza en Polanco. Si los militares y los judíos eran listos, seguramente ya estaban en camino a madrearse a las vampiras.

-Tenemos que apresurarnos Armenius, o no tendremos pastelito.

-Síganme pues.

Caminamos la media cuadra que prometió. Cruzamos la calle y tocó la puerta de una de esas casonas viejas, de puertas de madera que se pudren cada vez más con las lluvias. No hubo necesidad de tocar una segunda vez porque la puerta ya estaba abierta. El mundo me parecía raro. Habíamos vividos tantos eventos fantásticos en estos últimos días, que tanta normalidad me apesumbraba.

Ya quería matar de nuevo. Esto de conseguir información me parecía aburridísimo.

Armenius no tocó la puerta una segunda vez, porque esta se abrió sola. Entramos y un pasillo largo y angosto, con lámparas de pared a su lado, nos guiaba a una puerta entreabierta. Suspiré. Como todo un caballero permití que la vampiresa pasara primero para verle el culo. Ella accedió leyendo mis pensamientos. Sonrió coqueta mirándome por encima del hombro. Necesitaba algo en qué entretenerme.

-¿Algo quiere mi señor?

-Más al rato.

-Bueno. Pero en serio.

-Sí, sí.

Armenius entró por la puerta y la mantuvo abierta para nosotros. Entramos a una sala llena de libros. Libros viejos y polvosos. Definitivamente, mi profesor aprobaría los últimos 10 minutos de mi vida. Un hombre detrás de un escritorio de caoba, mucho más cuidado que la entrada de su casa, permanecía sentado. Leía tranquilamente y fumaba su pipa. El hombre era viejo, vestía un suéter gris y tenía barba de dos días. En su escritorio había manuscritos aparentemente desordenados.

La vampira se veía inusualmente nerviosa. Del pequeño coqueteo al que nos habíamos sometido, pude notar como tensó sus brazos y sacó sus colmillos. Armenius se mantuvo frente al hombre en silencio. Iba a hablar cuando Armenius me miró por encima del hombro. Su mirada pedía silencio.

Hice geta y me callé.

No sé cuanto tiempo esperamos ahí parados.

La vampira tenía ganas de salir corriendo como un animal. Se le notaba en la mirada.

Miré los títulos de los libros, no había ninguno que reconociera.

Más bien no estaba leyendo. Me miré las manos. No había ninguna cicatriz que hablara de mi pelea con la muerte.

Miré los pelos del escritor. Estaban desordenados.

Una mosca pasó volando. La atrapé con la mano y después la palasté. Eso me hacía sentir mejor. Menos impulso de matar.

La vampiresa no tenía impulso de matar. Tenía ganas de defenderse. ¿Qué tenía ese hombre que la ponía tan nerviosa?

El escritor dejó su libro sobre el escritorio y dedicó largas miradas a cada uno de los tres. Nos sonrió amablemente. La sonrisa hizo que la vampiresa diera un paso atrás. Todos los libros del hombre tenían la cubierta negra y de piel. No me había fijado en ello.

-Yo mismo encuaderno mis libros y si te lo preguntas, Ernesto Medel, también curto la piel de los animales que los protegen. Yo mismo grabo las letras en su cubierta, y por mi propia cuenta los imprimo. No hay placer más grande que estar en el proceso completo de la elaboración de un libro. Tu maestro no sabía de eso, por eso tuviste que matarlo a golpes.

Estaba francamente sorprendido.

-Hace un momento te mirabas las manos, buscando cicatrices de tu batalla contra la muerte. Pensaba que era en sentido metafórico, pero no era así, realmente peleaste con el Hombre de Alas Negras y Rotas. Nunca estará permitido que yo pueda entrar a sus dominios. Puedo vivir con eso. Salvaste a tu amigo aquí presente para que él pudiera pedirme un favor. Un favor que estaba esperando se cobrara desde hace tiempo.

-Verga…

-Sin embargo, Armenius Anders es un hombre demasiado inteligente. Tanto que logró escaparse de pedirme ayuda aún cuando necesitaba la información más escondida. Su problema es cuando siente el fervor de la aventura en la sangre. Ya perdiste la vida una vez Armenius, pero no eres ningún gato. No vas a tener nueve vidas. Te has ganado mi respeto. Es por eso que este favor te lo regalo y te daré otro más. Te debo un favor después de tu pregunta Armenius. Me gustaría verte de nuevo.

-Preferiría no hacerlo…

-Armenius, no se trata de lo que prefieras. Sé que tienes miedo a que alguna vez te niegue la información. Temes no volverme a ver. No te preocupes por eso. Los temores son los grandes impulsores de nuestra vida. Es el espíritu que nos lleva a desear, conseguir, aventurarnos. Siempre que tengas miedo Armenius, llegarás a mi casa, a mi puerta, y podremos charlar. Eres bienvenido todavía.

-¿Quién eres tú cabrón? -pregunté.

-Medel, Medel… ¿Una pequeñez distrayendo tus ansias de matar? Soy un hombre que sabe demasiado. Nada más. Incluso, algunos dicen que yo dicto lo que está por suceder. Por eso me llaman “El Escritor”. No digo lo que sé. Sino que se hace lo que sé. Por ejemplo, puedo hablar del dolor intenso que está corriendo por tu brazo.

El brazo derecho empezó a dolerme. Primero eran pequeños piquetes y luego el dolor se expandió.

-O el dolor que se calma y desaparece, porque ese brazo tuyo es el más sano. No sólo de tu cuerpo, sino del mundo entero. Es el brazo más fuerte que jamás haya existido. Ni siquiera los brazos de Atlas, o el que sostenía el arco de Hör, se comparan a tu arma más valiosa.

Mi brazo se hinchó de orgullo. Ya no me dolía. Armenius me miró atentamente todo ese tiempo. No sé si con ganas de callarme, o detenerme, o simple curiosidad de saber si pasaba todo lo que El Escritor decía. Me encogí de hombros.

-Necesito que me disculpen, como lo están haciendo justo ahora. Había tenido tantas ganas de conocer a Ernesto Medel que perdí la noción de mi nefasta y larga introducción. No es costumbre demostrar a todos el poder que poseo sobre el destino de todos los seres humanos. No es algo intencional, y tampoco puedo abusar mucho de ello, o me convertiría en mi propio personaje. En el momento que yo dicte mi propio destino, entonces entraría a un círculo vicioso donde el descontrol de mi poder modificaría la realidad de manera insospechable.

Y sonrió, muy contento por cierto, el hijito de puta.

Sólo es un tipo con demasiada información. Me dije. Demasiada información puede enloquecer a una persona y hacerle creer que tiene poder sobre la realidad. Sugestiones. Conocí muchos verdugos, doctores que disfrutaban la tortura, o espías, con ese poder de sugestión. Por un momento me ilusioné y pensé que el cabrón podía decirme de mi duelo con la Muerte. Escribirlo y darme una copiecita aunque fuera.

-Señor Escritor -dijo Armenius con todo respeto-. Sabe entonces porque estoy aquí.

-Necesito comas.

-¿Perdone?

-Nada. ¿Decías?

-Las vampiras, señor Escritor. ¿Dónde puedo encontrar a las vampiras?

Jezabel continuaba tensa. El Escritor se le quedó mirando unos minutos.

-Todo es por siete. O por dos. Por dos y son sietes. El siete es el número de la perfección. ¿Lo sabes, mi querida vampiresa? ¿Sabes de mí, no es cierto? ¿Sabes que no puedes saltar porque yo te he puesto ese aro invisible que te controla? No puedes atacarme. Nadie. Tengo tantos nombres como el hombre sin rostro o como el señor que todo lo sabe. Puedo hacer tu vida tan insignificante. Todos los años que has vivido se pueden resumir a dos palabras si lo deseo.

-Señor Escritor…

-Perdona Armenius, perdóname.

-Disculpen, yo si voy a sentarme un ratito -les dije. Encontré una silla que… extrañamente, antes no estaba ahí, y dejé caer mis posaderas. No era un verdugo o un espía con poderes de sugestión. Probablemente era un demonio. Un espíritu inflado.

-Busca en los bolsillos de tu abrigo. He guardado ahí un papel con la información que necesitas -dijo el Escritor amablemente-. Es todo lo que puedo hacer por ti. No debo involucrarme mucho en la historia y te agradecería que no leyeras el papel en voz alta. Interrumpirías la otra historia que estoy escribiendo. No puedo arriesgarme a perderlo.

-Entiendo. Entonces nos vamos.

-Chingada madre, si me acabo de sentar.

-Vámonos Medel.

Jezabel me miró y asintió furiosamente.

Me golpeé las rodillas con las manos y me levanté desganado-. Ta bien, ta bien. Ya no estén chingando pues.

Salimos por el mismo pasillo angosto por el que entramos. Mientras caminábamos, las luces empotradas a la pared se apagaban. La puerta de la entrada se abrió y salimos.

-Esa puerta ya no se abrirá en un rato.

-¿Me quieres explicar que chingados pasó allá adentro?

-Un demonio -dijo la vampiresa-. Son demonios que pueden encaminar el destino de los hombres y provocan la desgracia. No sólo es uno. Son varios. Existen en todo el mundo. ¿Hiciste un trato con él, humanito?

-No.

-¿No mientes?

-No.

-¿Entonces cómo lograste que te debiera un favor?

Armenius se quedó callado. Se frotó la cara por unos segundos.

-No lo sé, vampiresa. Simplemente me lo encontré en una cantina, le pagué un trago porque no tenía dinero en sus bolsillos y me dijo que le debía un favor. Me dijo que le llamaban El Escritor y pregunté por él en el bajo mundo. Entonces supe que él tenía toda clase de información y que no había cosa que no supiera. Nadie me habló de desgracias. Lo que te puedo decir es que esa plática en el bar fue jodidamente rara y que me impresionó tanto, que lo creí todo.

-Se ha fijado en ti, humanito. Eso no es bueno.

-También se fijó en ti, y en Medel.

-Por ningún motivo hagas ningún trato con él, y es mejor que nos vayamos pronto, antes de que se le ocurra escribir nuestra historia.

-Eso no pasará -respondí tranquilamente, en lo que buscaba con la mirada algún coche. Íbamos a necesitar transporte si queríamos salir corriendo a matar vampiras.

-¿Por qué?

-Mera lógica. Son varios demonios controlando el destino de ciertos hombres. Si todos tienen el mismo poder, seguramente entran en conflicto o se anulan. Esos hombres tienen que firmar algún contrato para que el demonio controle su destino, entonces no hay problema. Te debe un favor. Hasta que no te diga que hay un trato de por medio, no debes temer Armenius…

-Mi señor… con todo respeto, el humanito no debe considerar acercarse más a ese monstruo, si no quieres sacarlo de nuevo de las garras de la muerte.

-Ya pues. Mi compadre es muy inteligente, no va a pasar y no mamen. Mi compadre seguramente ya entendió que no lo voy a ir a salvar de nuevo. A lo que nos truje: Vampiras. QUIERO MADREAR VAMPIRAS.

Los dos se callaron cuando caminé rápidamente hacia una caribe estacionada. Rompí el vidrio con mi brazo de Hör, ja. Me subí, le abrí a los demás las puertas y me puse a buscar los cablecitos de corriente.

-Además, todo este tiempo, he sido yo quien ha escrito esta historia.

Dijo Medel, y se chingan.

8 comentarios ↓

#1 Gerson el 04.22.08 a las 9:00 pm

Ahhhhhhh ese Escritor. Ojalá vuelva a aparecer en la historia!

:chido:

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Agustin Fest respuesta (4/25/2008 2:46 am):

Muchas gracias ^^

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#2 lilith el 04.24.08 a las 12:31 am

por un momento pensé que el escritor vivía en la narvarte

que buena historia :chido:

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Agustin Fest respuesta (4/25/2008 2:47 am):

Creo que un escritor en el centro era más creíble en esta ocación. Jojo.

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#3 perliux el 04.25.08 a las 8:26 pm

Me encanta leer la historia de Medel -y re.leerla- justo cuando voy a dormir.

Me ha encantado.

Un abrazo.

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#4 Minerva o Atenea el 04.26.08 a las 5:39 am

Me da más miedo el pinche escritor que el guey con muñones que le partió la madre a Medel…. Sigo siendo fan

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Agustin Fest respuesta (4/28/2008 9:45 am):

Disfruté mucho el personaje del escritor.

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#5 gabo el 05.02.08 a las 12:51 pm

Wow, lo quisiera ver en otros escritos, es muy buen personaje ese.

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