3584 campanas tintinean en mi corazón.

Este post es parte de una serie, llamada “Ernesto Medel y las vampiras de Polanco”. Anotación 10 de 12


Este es el momento para una confesión muy personal: Si no fuera tan buen asesino, viviría contento en mi madriguera leyendo anime y manga. Ernesto Medel, otaku. Es algo que no le digo a cualquiera. Por eso entenderán que cuando el Señor de los Muertos me llamó: Shinigami Medel, los ojitos se me hicieron como estrellas y escuché el sonido de las campanas doblar mi corazón. Por quien doblan las campanas soy yo.

Peleamos, y como peleamos todas las noches y todos los días. Todos los años. Hay tres personas que en su vida pueden contar como es el Señor de los Muertos sin la capucha negra: Armenius Anders, Ernesto Medel y Jezabel Jaramillo. ¿Saben cómo es? No voy a revelar todo el secreto. Si lo hago, cometería un pecado horrible. ¿Tenerle miedo al pecado? Siempre hay una primera vez.

Su pecho estaba lleno de cicatrices. Un tornillo de ocho pulgadas sobresalía de su clavícula. El hombre era la imagen viva del dolor. En su espalda, también cicatrizada, había dos muñones que indicaban que hubieron alas en algún momento. Los cuervos hicieron un círculo alrededor de nosotros y graznaron todos los nombres del mundo. Armenius y Jezabel, a mis espaldas, sólo podían mirar boquiabiertos un espectáculo que jamás habría de repetirse en su vida.

El señor de los muertos levantó sus manos y un ring circular de tierra se alzó en un mundo de tinieblas y reflectores espirituales. Nomás porque debía buscar a seis vampiras, que si no moría en ese momento. Moriría sonriendo y feliz. El Señor de los Muertos parecía estar de acuerdo conmigo porque lo miré sonreír. La muerte sonriendo debe ser el acto supremo de amor en el mundo.

El gran espectáculo. Ernesto Medel contra la Muerte.

Rugido de multitudes fantasmales hizo eco en la arena. Armenius se acercó para limpiarme el sudor, mientras un cuervo hizo lo propio con la Muerte. Y, Jezabel, Jezabel jamás se había visto tan sabrosa en ese vestido entallado rojo, que cuando pasó con un gran cartelón que decía: “Round 1” por todo el ring. Alguien tocó una campana. Muerte y yo hicimos una carrera para meternos el primer putazo de la noche. Un putazo tan potente que hizo mella en el ring de tierra.

Probablemente es que en ese mundo era más fuerte, probablemente es que estaba tan emocionado que mis niveles de adrenalina estaban al máximo, probablemente muchas cosas, pero mi derechazo golpeó su mejilla y dobló su rostro. Escupió saliva. Vomitó el desayuno. La Muerte cayó algunos metros por el poder de mi brazo, y no fue hasta verlo apoyándose para levantarse, que sentí que su puño había dañado severamente mis costillas, sobre todo la que tenía rota.

¡Medel! ¡Medel! ¡Medel!, gritaban la vampira y el cobarde, mientras los cuervos continuaban graznando en todos los idiomas todos los nombres del Señor de los Muertos. Se levantó un tanto sorprendido y se carcajeó. Alabó mis puños, no mucho tiempo, porque se acercó aplicando el dempsey roll y puta madre, que buen gancho metió directo en mi quijada. Ese, en cualquier otro espacio, en otro tiempo, habría matado al pobre cabrón que lo recibiera. Me alzó un metro, se los juro, y caí de pechito antes de girar múltiples veces en el aire.

Me levanté, no podía dejarlo así, me levanté y a huevo que me levanté. La muerte ya estaba en una de las esquinas del ring, mostrándose esplendoroso como era. Los brazos extendidos como Cristo Redentor. La Muerte se giró para retarme con abrazarme, con aventarse sobre mí. Yo lo llamé con la mirada. Cualquiera habría pensado que recuperó las alas cuando se aventó.

Lo recibí con mis brazos. Lo levanté desde abajo de los hombros y lo estrellé contra la tierra. El respondió pateándome el estómago. Mis piernas respondieron a mi necedad, obligándome a no caer de nuevo. Me lancé sobre la Muerte y golpeé su rostro. Mis nudillos se llenaron de su sangre. Mis nudillos se llenaron de su saliva y sus quejidos. Mis nudillos se llenaron de mi señor, el único señor al que he respondido toda la vida. Podía escuchar las alabanzas de Armenius y Jezabel, animándome a continuar golpeando.

Pero es el destino de nosotros, los pobres hombres, que estamos sujetos a su yugo. La Muerte, un ser divino, levantó su mano y sentí dolores agudos en cada articulación a mi cuerpo. Me levanté para alejarme de él y las piernas me dolieron como si tuviera gota. Quise decirle alguna grosería, pero el dolor no permitía abrir la quijada y mis dientes. Mis dedos se enchuecaron como los de un artrítico. Mi vientre se expandió como si tuviera un tumor cancerígeno.

Mi corazón campaneaba.

Con mis piernas hechas añicos, mis brazos rotos y mis dientes molidos, me acerqué una vez más a La Muerte y seguí golpeando. Los golpes debían dolerle, puesto las manos me dolían como si estuviera en el infierno. Golpeaba y golpeaba. Sin parar. El Señor de los Muertos detenía mis golpes con su antebrazo. Detenía mis patadas con sus propias piernas. Pero podía escucharlo, podía escuchar su respiración agitada. Es el mismo lugar, lo comprendí, al que llegan todos aquellos que tienen que caminar por su pasillo mientras están en la cama del hospital.

Mis oídos sangraban, mi nariz goteaba, mi boca enrojecida y mi lengua putrefacta. No tenía la sonrisa más bella, pero era la más sincera, porque seguíamos madreándonos como los compadres después de una noche de honestidad y de copas. De reojo miré que la vampirita estaba llorando y Armenius se frotaba la cara nerviosamente. La verdad es que nunca me habían visto perder. Ni yo mismo, me había visto tan humillado como ese día. En mis últimos trabajos había comprendido mi lentitud por la edad, pero había ganado.

La Muerte, delicada como una mujer, detuvo mis manos con las suyas y me sonrió de vuelta. Estaba sin un rasguño. Pobre humanito, como diría la vampira, que sintió podía alcanzar el sol sin quemarse. La Muerte me abrazó y acarició mi cabello cuando era joven. No soportaba el dolor en las piernas, ni en los brazos, ni en el pecho, ni la boca. Pero su abrazo bastó para sanarme. Nos encontramos carcajeándonos, humano y dios, en ese pequeño instante donde los planetas convergen y durante una fracción de segundo, todos somos uno y uno somos todos.

Yo soy Muerte, soy Medel y Muerte es Medel y Muerte.

Me dejó tirado en el ring de tierra, recogió su chamarra y se la puso. Se acomodó la chaqueta, buscó un cigarrillo en sus bolsillos y lo prendió. La vampirita ya se encontraba arrodillada acariciando mis heridas, como si de verdad me quisiera. Armenius continuaba frotándose la cara incrédulo.

Tal vez… no todos los dioses son dioses. Tal vez… ellos creían tanto en mi que pensaban podría ganar esta pelea. Después de todo, logré tirar a la Muerte y darle sus putazos en la cara. Pero el resultado, lo sabía desde mucho antes empezara esto. La Muerte quería enseñarme que aún a mi, me llegaría mi hora. Que si no me llevaba algún pinche narco, militar, ninja, dinosaurio mutante… Él vendría personalmente por mi a darme de catorrazos.

No se me quitaba la sonrisa de la pinche cara, aún cuando la sangre ya estuviera secándose en mi rostro y sintiera como los dientes se rompían, de tanto que los apretaba por el dolor. No se me quitaba la sonrisa. Todavía alcé mi rostro para ver como La Muerte se fumaba su cigarro y me contemplaba en silencio. Me respetaba. La necedad de pelear contra los dioses, pensaba mi cabeza furiosamente, la maldita necedad por desafiar a los dioses.

Alzó su mano para despedirse, y eso fue todo.

2 comentarios ↓

#1 Greg el 04.17.08 a las 8:28 am

Chíngadamadre!

Voy a tener que leerlo todo otra vez… ahorita voy de salida.

Qué buenos chingadazos…!!!

MIERDA!

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#2 Gerson el 04.19.08 a las 2:48 am

Yo pensé que el lector de anime sería el Armenius! :D

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