1792 muertitos que se acuerdan de mi.

Este post es parte de una serie, llamada “Ernesto Medel y las vampiras de Polanco”. Anotación 9 de 12


El reino metafísico de los muertos… perdón, es que me gusta la palabra: Metafísico. Ese reino, el que llaman el más allá, es un lugar complicado. Por eso, siempre que viajo en él, mejor lo hago con los ojos cerrados. El taxista Caronte, nos recogió en la carretera y nos levantó a los tres. La vampirita se fue conmigo, Armenius se fue en el asiento del copiloto. Tan pronto Carlos Monte nos miró, hizo una expresión de fastidio y mejor nos abandonó muy tranquilamente en su silencio, el camino, el kilometraje por hora y otras cuestiones que para nosotros, meros mortales, son inexistentes.

Yo cerré mis ojitos y me quedé dormido. Medio desperté para escuchar tres cosas durante todo el viaje:

-Esos pinches esqueletos y sus guadañas, me provocan escalofríos -dijo Armenius.

Me dormí.

-Esa niña y esa mujer con su violín, debajo del árbol, me parecen de una sangre fresca y deliciosa -dijo la vampira, agarrándome la entrepierna. Seguro se emocionó por la erección de la duermevela.

Pero preferí dormir.

-¡A la madre, son un chingo de cuervos! ¡No había visto tantos cuando llegué!

Me dormí otro rato.

Fue cuando Caronte, con la brusquedad de su apariencia, su piel ceniza y las arrugas de su rostro, su larga barba y su cabello graso, se volteó para decirnos amablemente-: Ya llegamos. Si hacen favor de bajarse para que yo regrese a trabajar con muertos de verdad…

-Tiene tiempo que no compartíamos palabras, Carlitos -le dije al señor de la gorra, mientras bajaba del taxi. Caronte bajó el vidrio de su taxi y me sonrió.

-Tenías trece años, la última vez que viniste. E hiciste lo mismo, te quedaste bien getón todo el camino. ¿Te da miedo la verdad universal? ¿La construcción metafísica -sonreí-, que teje tu mundo y el universo entero?

-No. La verdad es que no. Cuando no hay nada que hacer, prefiero dormir un ratito. Es mejor juntar las energías.

-La última vez que viniste Ernesto, no habían muertos que buscaran venganza.

-¿A poco no los trabajó todos ya el jefe?

Jezabel y Armenius compartían miradas. Parecían sorprendidos de saber que no era mi primera vez en este mundito tan especial. No los culpaba. Con Caronte debía ser especialmente buena onda, porque era quien nos iba a dar el ride de regreso.

Además, Singapur me parece mil veces más divertido. Si tienen oportunidad, mejor cómprense un boleto de avión a Singapur, en vez de buscar el reino del más allá. Un lugar como estos es para hippies, para rojillos, para militares jóvenes, románticos incurables, realistas mágicos, narcotraficantes arrepentidos, cobardes bien entrenados, vampiresas mamadoras y cactos parlanchines.

-La verdad no sé, Ernesto. Pero según los números que veo sobre tu cabeza, has matado a 1792 personas.

-Es que estoy enfermito. Es una condición médica. ¿Tú crees que me de chance de llevarme a este cabrón a cambio de mi cuenta?

Caronte se encogió de hombros.

-Más adelante, esta el laberinto de las imágenes. Atravesando ese lugar llegarás con el Señor de Todas las Respuestas. Él te puede responder esa pregunta. Yo no.

Carlos Monte prendió el motor de su carcachilla, hizo una sonrisa medio ogete y se largó por el mismo camino. Antes de que se fuera, alcancé a gritarle-: ¡No se te olvide pasar por nosotros! (hijo de tu pinche madre).

-Mi Señor, ¿puedo tomar su mano? -preguntó Jezabel bien asustada.

-Ni madres. Aquí si me ve mi ex-esposa si me madrea. Mejor al ratito me la mamas.

Frente a nosotros, se encontraba la puerta al pasillo de las imágenes. Una puerta hecha de humo, pero que era tan sólida como un hierro. Habían pasado tantos años que ya no me acordaba del camino, ni todo lo que había hecho para llegar hasta el final. Miré a Armenius, quien me miró de vuelta.

-No llegué hasta aquí, manito.

-No me digas manito.

-¿De verdad no puedo tomarle la mano, mi señor?

-Como chingas. Dije que no.

Jezabel y Armenius, temblaban de miedo. La vampiresa me miró un poco dolida por negarle la mano. Suspiré, y al ver su pucherito, se la regresé-: Sigue chingando y aquí te dejo. De ahora en adelante bien portada.

Armenius tragó saliva.

-¿Entramos o qué pedo?

-Pues, ¿no te podemos esperar aquí? Yo me quedo a vigilar a la vampira.

-Como serán cobardes. Debo llevarte pinche Armenius, para enseñarle a quien me voy a llevar y si dejo a la vampirita sola, van a venir los cuervos y se la van a coger. No hablo en el sentido placentero cabrona, ni vayas a sonreír.

Para no discutir más, empujé las puertas de humo, tan duras como el hierro, y entré al pasillo de las imágenes. El nombre de ese lugar no es nada original. Los muros están hechos de niebla, y la niebla forma imágenes de tiempos pasados. Unos dicen que son otros universos. Otros dicen que son historias de viejitas. Y algún pendejo, dijo carcajeándose, que eran cuentos demasiado verdaderos.

Había imágenes de la cabeza de un rottweiler montada sobre un esqueleto. Doblando una esquina, encontramos la imagen de una anciana cieguita, leyendo una carta. En otros tantos pasillos más, había un niño cortando la cabeza de una rata con una guillotina. Armenius y Jezabel seguían mis pasos rápidos y seguros. No se despegaban de mi por nada. Seguimos caminando varias horas, hasta que encontré una imagen que llamó mi interés.

Era el rostro de un narcotráficante que había matado mientras estábamos en el ejército. Chacho “Motitas” Argüelles. El mismo rostro redondo, el bigotito, la barbilla quebrada, esas cosas que le hacían parecer un bonachón cuando en realidad era un hijo de puta. Varias de las muertas de Juárez, no sé exactamente cuantas, se encuentran anotadas bajo su documento clasificado en el Archivo de la Nación. Glorioso él.

El rostro se asomó, adquirió forma y se convirtió en un cuerpo que empujó por salir del pasillo. Su rostro adquiría una enorme sonrisa conforme empujaba con las manos para sacar su cuerpo. La vampiresa, con la velocidad que le caracterizaba, alcanzó a rebanarle el cuello con las uñas y convertir al hombre en humo, antes que lograra salir por completo.

El problema es que no era el único.

En el pasillo, mientras el Motitas se disolvía en el olvido, otros rostros más asomaban su cara para mirarme a mi. Armenius metió la mano a uno de los muros de humo y sacó un puñado como si fuera una nube de algodón.

-Verga. Si funcionó.

-¿Qué funcionó?

-El humo del pasillo. Espera, deja… -Armenius se puso a trabajar con el humo del pasillo como si fuera arcilla. Jezabel, ignorándolo, atacó el cuello de los fantasmas que se asomaban por el pasillo. Yo me troné los huesitos de las manos y el cuello. Pensaba que sería divertido, hasta que vi la cara del Motitas asomándose de nuevo por otro de los pasillos. La pelea no sería nada fácil.

Si quieren saberlo: Sí, recuerdo cada uno de los mil setecientos noventa y dos nombres que iban apareciendo frente a mí. Incluso podría hacer una pequeña enciclopedia, acomodándolos primero por apellido y luego por nombre. Por ejemplo, podía ver a López Villaseñor Angel, López Triana Humberto, López Ugalde Ignacio, López Urbano Modesto, etcétera, etcétera. No quisiera decirles todos los nombres, o no habría otra cosa en el capítulo.

Me puse a romper cuellos como lo hacía la vampirita. Tan pronto un fantasma se me acercaba, lo tomaba directo del cuello y lo aventaba de nuevo al muro. O bien, lo alzaba del cuello y lo estrellaba al piso. O tomaba los cuellos de dos fantasmas y les estrellaba la cabeza. Cuando eran de a cinco o más, el impulso de sangre me obligaba a moverme más rápido, tan rápido como pudiera, para golpearles el estómago, las piernas, romperle las costillas de humito, pisarles los huevos de niebla, morderles el corazón de hielo.

-Ya mero acabo Medel, síguele peleando -me dijo Armenius.

La vampira cuidaba a Armenius, para que los fantasmas no se acercaran a él. Era como un torbellino de muerte que se tragaba a los fantasmas agresores. Por un momento pensé que podía dejarla en su batalla eterna y seguir el camino. Sabía, por la cantidad de fantasmas que había, que llegarían a mi límite. Pelear con el aire no era pesado. Pelear con la edad, sí. Tal vez podría rematar a cada uno de esos cabrones hasta tres o cuatro veces, pero en algún momento iba a morir y bueno, ya saben, la muerte es inexorable. Cuando te toca, te toca y ya.

Pero no lo iba a permitir. Primero debía cogerme a seis putitas colmilludas en algún lugar del mundo. Y para eso, debía llevarme al pendejo de Armenius conmigo.

Diez fantasmas sobre mi espalda. Sus manos heladas empujaron mi piel. Sus manos heladas querían tocarme la sangre para congelarme, parar mi circulación, ataque al corazón. Sin embargo, los que terminaban con las manos quemadas eran ellos por la velocidad en que mi sangre circulaba por mis venas. El impulso de sangre era demasiado para estos muertos que ya habían terminado en mis manos alguna vez.

Gerardo Ortiz, Aarón (el judío), Oswaldo Ibarra, Hernando Gómez, Pablo Montesinos, Ingrid Irigoyen, John Goldwin, Hamashi Ito, Hernesto de los Cisneros, Claudio Fernandes.

Jugaba con ellos. Mis manos los tomaban y los hacían uno solo. Mis manos atravesaban sus ojos, sus pechos, su sexo. Mis manos fuertes, en ocasiones, los dividían a su más mínima expresión y explotaban como granitos de arena cuando el napalm caía sobre las tierras del medio oriente. Más pequeños aún que granos de arena. Pequeños destellos. Estrellas irreconocibles. Puntos más pequeños que el punto final de una obra literaria. A huevo.

-Listo Ernesto, no te me desesperes cabrón -dijo Armenius. No sé que armó el cabrón que parecía un arma que se montaba sobre su espalda y con un arnés, pasaba frente a él para sostenerla con las dos manos. Un arma de humo, que no sé como iba a funcionar. Armenius levantó el arma y apretó los dos gatillos que unían a un sólo cañón.

Aunque la vampiresa y yo, no vimos nada, los fantasmas huyeron despavoridos. Donde apuntaba Armenius, fantasma desaparecía o se caía. Ninguno de estos fantasmas parecía regresar, porque ya no volví a ver el rostro bien reconocido del Motitas el cual cayó al instante cuando Armenius le apuntó al arma. El arma no hacía ningún sonido, pero podía ver un destello que se reflejaba en los ojos de Armenius. Un reflejo retorcido. Un brillo que no existía en el mismo plano que nosotros.

Por eso, odio el mundo de los muertos. Cuando quiere es demasiado perro y no se le entiende nada.

Fue cuando Armenius tomó la delantera y nosotros le seguimos. Era nuestra oportunidad para escapar. Corrimos por los pasillos, aprovechando la protección de Armenius. La vampiresa cuidaba la retaguardia, rasguñando jubilosamente a cualquier fantasma descuidado que no estuviera frente al compadre.

Y llegamos, a otra puerta como la del inicio. Empujamos la puerta, entramos y la cerramos tras nosotros. Tan pronto llegamos, la invención de Armenius se disolvió como si jamás hubiera existido. Aunque no había luz alguna, podíamos mirarnos unos a otros y lo que es más… a unos pasos, tal vez unos cien, un hombre de chamarra negra y jeans, sentado en una silla de madera, se fumaba un cigarrillo como burlándose de nosotros.

-Muy inteligente, usar el humo del pasillo.

-Gra-gra… gracias señor -respondió Armenius.

-Y tú, ¿deseas saber cuántos años te quedan de vida, vampiresa?

-No, no, para nada. Yo estoy muy bien acompañando al humanito y a mi señor. Mejor no me cuentes los años.

-Ernesto… mi querido Ernesto.

-Sí, señor. Dígame -No lo voy a negar, quería pedirle un autógrafo. Yo he matado solito a 1792 personas. ¿Pero se imaginan cuántos lleva él?

-No puedo permitirte que te lleves a tu compadre, sin antes pedirte un favor.

-Yo no puedo permitirte, con todo respeto señor, que no me permitas llevarme a mi compadre. Si el favor es sencillito lo haré con mucho gusto.

El Señor de los Muertos se levantó de su asiento. Uno de sus cuervos aterrizó gentilmente sobre su hombro.

-Quiero que nos rompamos la madre.

4 comentarios ↓

#1 Minerva o Atenea el 04.09.08 a las 3:59 am

Verga!! A chingadazos con el jefe… ya quiero leer la siguiente!!!!!

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#2 Greg el 04.09.08 a las 11:09 am

De poca madre!

Y cuándo sale la próxima?

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#3 Gerson el 04.09.08 a las 11:38 pm

Ahhhhhhh!

Demoledor el final! :twisted:

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#4 lilith el 04.09.08 a las 11:43 pm

Me encantan tus soluciones metafísicas a los problemas del otro mundo.

Nomás no te tardes mucho con el siguiente capítulo, plis.

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