Entradas escritas en Abril, 2008 ↓

Singapur no esta a 15416 kilómetros. ¿O sí?

Este post es parte de una serie, llamada “Ernesto Medel y las vampiras de Polanco”. Anotación 12 de 12


-¡Ándale cabrón, saca el papel!

-Ahí voy, ahí voy.

-Puta madre.

-Tengo seis bolsillos en mi abrigo Medel, dame chance.

-No mames.

-El humanito necesita bolsillos para sentirse cómodo -molestó Jezabel-. ¿Todavía recuerdas lo que dijiste cuando nos conocimos?

-¿Pinche vampira de mierda?

-Me prometiste que no eras un familiar, humanito cazador.

-Hey, hey, Armenius, no la insultes así, que te puede rajar de un buen putazo.

-¿A ti no?

-A mi Señor jamás le haría eso.

-Es que has de saber, que se la metí por la boca y me vine en su garganta. Desde entonces tiene delirios con que yo soy su Señor.

-¡Ah carajo Medel, chingada madre con tu información tan detallada!

-Un sabor tan dulce…

-Y tú muy educada y poética, che vampirilla puta.

-Y tan amargo a la vez… mejor que la sangre. Tengo hambre.

-El papel Armenius. EL PINCHE PAPEL.

-¿TE AGUANTAS? Ya me confundí. No sé en que bolsillo estaba buscando. No sé cual vi… no sé nada…

-No pienso regresar con el demonio, humanito.

-A ver, Jezabel. Salte del coche pendejo y busca el papel. Mientras me follo a la vampira.

-Ummm, me parece una excelente idea.

-A la verga con ustedes dos… hey… espera, ¿hablas en serio?

-Mi señor, ya me puse de perrito. ¿O cómo lo prefieres?

-No tienes que sacar tanto el culo. Acuérdate que la tengo grande.

Armenius salió del coche y le dio un portazo. Hice lo mismo. Salí y empecé a sobar el culo de la vampireja con mis manos. Le subí el vestido. Le bajé los calzones. Me saqué la ñonga. Me lo merecía. De verdad. Después de tantas aventuritas, un pequeño intermedio donde pudiera follar agusto no estaba de más.

-¿Ya encontraste el papel Armenius? Y tú alza más las caderas pendeja, si no soy pigmeo.

-Al fondo, mi señor.

-Me estoy follando un culito que parece de veinte, pero tiene más de ochocientos años de edad Armenius, ¿no te da envidia?

-Cógeme… cógeme…

-A las otras seis las vamos a matar cabrón.

-Ella es de la casa Gris, ahhh cabrón como aprietas… las otras son de la casa Roja. No hay bronca. Son rivales.

-Las vamos a matar mi Señor, y alimentarnos con su sangre.

-Nomás tú… aaaahhh cabrón. Me equivoqué Armenius. Culito de anzuelo carcelero.

-Tenía … dieciséis … cuando … me convirtie … ron, mi Señor.

-¿Ya ¡coño! encontraste el pinche papel?

-Ya, desde hace rato.

-Entonces espérate a que acabe cabrón.

-No … te … distraigas.

-¿Desde cuándo me das órdenes?

-Ay no por favor.

-¡Toma esto cabrona!

-Esto Medel… esto, es digno del libro vaquero.

-¿Ya leíste la dirección?

-No. Mejor te espero.

-¡Leela!

-Ohhh, tan dulce, tan dulce. Había olvidado el placer de fornicar… tantos años después…

-¿Cuántos años llevas sin hacerlo?

-No me la distraigas Armenius so pendejo.

-Al menos … Ahhh… no lo sé… al menos… Ahhhh…

-Dos millones de pesos, si dejas de follarla Medel.

-Estas… ¡ay coño! pendejo.

La vampira y yo nos enfocamos a lo nuestro. Miré de reojo que Armenius desdobló el papelito y su rostro se puso pálido. Cualquier cosa que enblanqueciera al compadre, significaba diversión. Nalgueé a la vampira un par de veces. Parecía disfrutarlo sobremanera. Su impulso de beber sangre era meramente alimenticio. Una necesidad física que debía satisfacer como la mía de matar. Pero coger, vaya… coger. Mero placer. ¿Han intentado coger después de diezmar un ejército, muchos judíos, algunos familiares, madrearse con la muerte?

Lo recomiendo sólo si tienen el estómago para continuar vivos después de todo eso.

Terminamos después de unos minutos. La vampiresa se acostó agradecida en el asiento trasero y me miró sonriente.

-Voy a dormir, mi Señor. Agradecería si me cubres la piel porque no tarda en amanecer. No quisiera morir, aunque la decisión esta en tus manos.

Le quité a Armenius el abrigo y se lo puse encima.

-Ahí te lo acomodas. Duerme bien, que tengo mucho que platicar con este pendejo -me giré al pendejo-. Entonces, ¿qué sigue?

-Medel… ¿de verdad fuiste por mí, al más allá?

-Si güey, sí. Dame el papel si no me vas a decir.

-¿Eso quiere decir que me quieres un poco?

-No mames -le arrebaté el papel de las manos, lo desdoblé y leí:

escritor-mensaje.jpg

Me froté el rostro. Saqué un cigarrillo y lo prendí. Armenius hizo lo mismo. Ambos sabíamos que durante nuestro reencuentro, bueno, al menos antes que perdiera los recuerdos, habíamos logrado estar en paz con lo de Singapur. No es que me importara. Ya lo había puesto en su justa dimensión: en el pasado. Pero buscar a las vampiras ahí, cuando tenía al ejército mexicano buscándome, a las fuerzas especiales judías y además, al ejército Singapur y la mafia China allá…

Suspiré. Me acerqué al coche para vigilar que la vampira se hubiera cubierto bien. La íbamos a necesitar. Armenius se subió al asiento del copiloto.

-Hablaré para que nuestro piloto esté listo. ¿Recuerdas cuántas horas fueron?

-No. Me la pasé dormido todo el camino.

-¿En dos horas esta bien? Vamos a pasar a tu casa para que lleves algunas armas de tu arsenal.

-Sí. También me servirían mucho la thompson y mi escopeta recortada.

-Ahorita llamo para conseguirte unas.

-Una tommy gun también.

-¿Vamos a necesitar mercenarios?

-No lo sé. ¿El contacto que teníamos allá todavía querrá trabajar con nosotros?

-Wao Li… déjame, déjame llamarle de una vez.

-También necesito que investigues si el Servicio de Inteligencia Mexicana va a mandar a Salgado y agentes especiales.

Toda la información corría furiosamente por mi cerebro. El mensaje del Escritor estaba escrito como si ya lo hubiera planeado. Nada parecía correcto. Desde las vampiras, los judíos, los golems y la thompson. Esos monstruos que jamás había visto y creanme, había visto muchas cosas en esta vida. El escritor no pudo controlarme del todo, pero a la vampira se le había facilitado enormemente.

Vampiras… ya decía yo que eran una mamada.

-No se te olviden las municiones Armenius.

-No señor.

-Es la segunda vez que te salvo el culo.

-¿Medel?

-Creo que no lo sabes, o te has hecho bien pendejo todo este tiempo. Pero sí hiciste un trato con el Escritor. Te está controlando y ya nos metiste en esto hasta el fondo. Las vampiras no existían antes de esto. Los golems, ni los judíos ninja cabrón. No hay otra forma de que esto sea posible. Después qué sigue… ¿zombies?

Armenius miró fijamente a mis ojos.

-Mira… la verdad wey. De verdad no recuerdo si hice el trato. Si te soy honesto, sólo recuerdo que le invité la bebida . Tengo lagunas de ese día y no me queda de otra más que llegar al final para descubrirlo. Te invité porque sé que todavía tenías espinitas por lo de Singapur, y porque si quería algo de valor para recorrer todo el camino, eras el único que me lo iba a dar.

-Y protegerte, ¿verdad huevón?

-Sí. Protegerme también.

Se acabó el cigarro. Lo aplasté con el zapato. El inconsciente de Armenius sabía que no podría solo enfrentar a un demonio que controlara su destino. Por eso había necesitado a otro demonio que le importara un comino. Alguien que pudiera quebrar las reglas, alguien impredecible, alguien.. bueno, el único. Yo.

-No hay nada que agradecer Armenius. Me he divertido mucho. Haz las llamadas que nos vamos a Singapur. Ahhh… y un favor.

-¿Qué?

-Consíguele un ataúd a Jezabel para el avión. No quiero que se me queme el mejor culito que me he follado.

El gran capítulo 7708, de una novela mediocre, de un pésimo escritor.

Este post es parte de una serie, llamada “Ernesto Medel y las vampiras de Polanco”. Anotación 11 de 12


Cuando desperté, Armenius estaba dormido y sentado contra el callejón y la vampira estaba a la entrada, protegiendo la calle. Me palpé el rostro. Los litros de sangre que había perdido en mi pelea contra la muerte parecían estar en su lugar.

Mi costilla ya no me dolía. E incluso, me sentía más joven. No sentía molestias en las rodillas. No sentía pesados los pulmones. No había molesto hormigueo en las articulaciones. Además de putearme me hizo un gran favor.

Me levanté y Armenius despertó al mismo tiempo. Abrió la boca sorprendido, se la llevó al rostro y me señaló.

-¿Tú? ¿Qué haces aquí? -volteó a ver a su alrededor-. ¿Qué hago aquí? ¿Dónde chingados estoy? Medel, no mames manito, no mames, si es venganza por lo de Singapur… carnal, de verdad lo siento. Perdóname, perdóname por favor.

-¿De que hablas cabrón? ¿No te acuerdas de nada?

-¿Me drogaste en el departamento? ¿Te enteraste de mi último trabajo? Medel, ¿qué quieres güey? Justo te iba a llamar para que me ayudaras. Es que no me lo vas a creer Medel, ¡son vampiras!

-¿Cómo yo, humanito Cazador? -preguntó Jezabel, quien se acercó a escuchar nuestra conversación. Sonrió con todos los dientes. Sus colmillos reflejaron un brillo con la luz de los postes. La cabrona se inclinó coquetamente, apretando con los brazos el escote.

Armenius y yo nos miramos, y luego él gimió un poco.

-¿Qué pedo? ¿Medel, qué pedo?

-Mira tu reloj cabrón.

-Mi reloj… -Armenius se remangó el abrigo, y miró su reloj. El rostro se le hacía cada vez más pálido con las preguntas que no podía responder. Consecuencias de traer un alma que ya estaba muerta. Olvidar todo lo que padeció para continuar viviendo.

Que poético.

-Te voy a decir lo que te has perdido, carnalito. Ya me enteraste de las vampiras. Ya nos madreamos con el ejército y con una secta de judíos poco ortodoxos. Ya nos metimos a la casa de las vampiras para encontrarnos con que no había ninguna. E incluso, me dijiste que nos llevarías con El Escritor, para que este nos dijera donde podíamos hallarlas. Luego vino uno de tres judíos hijos de puta y te mató.

La vampira no confirmaba nada de lo que decía. Solamente miraba con los ojos pelados, como ya era su costumbre. Eso me puso nervioso para ser francos.

-Me di en la madre con la muerte para traerte de vuelta. Estás aquí porque me di mis putazos. ¿Verdad Jezabel?

-Mi señor, no sé de lo que habla. Jamás lo he visto perder -dijo la vampiresa, muy seria.

Alcé una ceja.

-¿Qué dijiste pendeja?

-Mi señor. No sé de lo que hablas. Recuerdo más que el humanito, ciertamente, pero jamás te he visto perder.

Referencia literaria que le habría encantado al profesor que maté a librazos: Me sentí en el episodio de la cueva de Montesinos. La vampira no quería admitir que había perdido la pelea. Armenius no recordaba nada. ¿Acaso, la mejor pelea en la que me había visto involucrado estaba reservada solamente a mis recuerdos? Ni siquiera tenía una cicatriz que lo pudiera comprobar.

No… no podía ser así. Ese recuerdo estaría en la memoria de dos personas. Muy bien. Cuando muera, le preguntaré si nuestra pelea fue real. Nomás por si las moscas.

-Medel… está bien, está bien. Supongamos que te creo Medel. ¿Cómo hiciste para perdonarme lo de Singapur?

-Acordaste pagarme 80 millones de pesos después del trabajo -dije seriamente.

-Te vas a la verga. Te voy a decir lo que seguramente hice: Te pagué los dos millones que te debía de Singapur. Y te di una cantidad para el trabajo. ¿Pero sabes que pasó en realidad? Que insistí tanto en que eran vampiras y en que iba a haber madriza, que fuiste corriendo a verme. Nunca dices que no a los retos.

Sonreí ampliamente. Armenius correspondió la sonrisa un tanto nervioso.

-¿De verdad fuiste por mi al más allá?

-Sí. Me caes bien chaparrito. Si quiero putear vampiras tengo que saber donde encontrarlas. El Escritor, Armenius… Tú dijiste que sabías donde encontrarlo y que te debía un favor.

-Sí, sí -dijo Armenius. Salió del callejón y se asomó-. Parece tener sentido todo lo que me dijiste Medel, porque estamos justo a media cuadra de su casa. Me preocupan los días que perdí… pero, bueno, esta bien. Otro día con mis crisis de identidad.

Salí con él. La vampiresa nos siguió de cerca. Estábamos en el centro de la Ciudad de México. República de Uruguay. Tres de la mañana. Miré mi reloj. El tiempo había corrido una semana después de la putiza en Polanco. Si los militares y los judíos eran listos, seguramente ya estaban en camino a madrearse a las vampiras.

-Tenemos que apresurarnos Armenius, o no tendremos pastelito.

-Síganme pues.

Caminamos la media cuadra que prometió. Cruzamos la calle y tocó la puerta de una de esas casonas viejas, de puertas de madera que se pudren cada vez más con las lluvias. No hubo necesidad de tocar una segunda vez porque la puerta ya estaba abierta. El mundo me parecía raro. Habíamos vividos tantos eventos fantásticos en estos últimos días, que tanta normalidad me apesumbraba.

Ya quería matar de nuevo. Esto de conseguir información me parecía aburridísimo.

Armenius no tocó la puerta una segunda vez, porque esta se abrió sola. Entramos y un pasillo largo y angosto, con lámparas de pared a su lado, nos guiaba a una puerta entreabierta. Suspiré. Como todo un caballero permití que la vampiresa pasara primero para verle el culo. Ella accedió leyendo mis pensamientos. Sonrió coqueta mirándome por encima del hombro. Necesitaba algo en qué entretenerme.

-¿Algo quiere mi señor?

-Más al rato.

-Bueno. Pero en serio.

-Sí, sí.

Armenius entró por la puerta y la mantuvo abierta para nosotros. Entramos a una sala llena de libros. Libros viejos y polvosos. Definitivamente, mi profesor aprobaría los últimos 10 minutos de mi vida. Un hombre detrás de un escritorio de caoba, mucho más cuidado que la entrada de su casa, permanecía sentado. Leía tranquilamente y fumaba su pipa. El hombre era viejo, vestía un suéter gris y tenía barba de dos días. En su escritorio había manuscritos aparentemente desordenados.

La vampira se veía inusualmente nerviosa. Del pequeño coqueteo al que nos habíamos sometido, pude notar como tensó sus brazos y sacó sus colmillos. Armenius se mantuvo frente al hombre en silencio. Iba a hablar cuando Armenius me miró por encima del hombro. Su mirada pedía silencio.

Hice geta y me callé.

No sé cuanto tiempo esperamos ahí parados.

La vampira tenía ganas de salir corriendo como un animal. Se le notaba en la mirada.

Miré los títulos de los libros, no había ninguno que reconociera.

Más bien no estaba leyendo. Me miré las manos. No había ninguna cicatriz que hablara de mi pelea con la muerte.

Miré los pelos del escritor. Estaban desordenados.

Una mosca pasó volando. La atrapé con la mano y después la palasté. Eso me hacía sentir mejor. Menos impulso de matar.

La vampiresa no tenía impulso de matar. Tenía ganas de defenderse. ¿Qué tenía ese hombre que la ponía tan nerviosa?

El escritor dejó su libro sobre el escritorio y dedicó largas miradas a cada uno de los tres. Nos sonrió amablemente. La sonrisa hizo que la vampiresa diera un paso atrás. Todos los libros del hombre tenían la cubierta negra y de piel. No me había fijado en ello.

-Yo mismo encuaderno mis libros y si te lo preguntas, Ernesto Medel, también curto la piel de los animales que los protegen. Yo mismo grabo las letras en su cubierta, y por mi propia cuenta los imprimo. No hay placer más grande que estar en el proceso completo de la elaboración de un libro. Tu maestro no sabía de eso, por eso tuviste que matarlo a golpes.

Estaba francamente sorprendido.

-Hace un momento te mirabas las manos, buscando cicatrices de tu batalla contra la muerte. Pensaba que era en sentido metafórico, pero no era así, realmente peleaste con el Hombre de Alas Negras y Rotas. Nunca estará permitido que yo pueda entrar a sus dominios. Puedo vivir con eso. Salvaste a tu amigo aquí presente para que él pudiera pedirme un favor. Un favor que estaba esperando se cobrara desde hace tiempo.

-Verga…

-Sin embargo, Armenius Anders es un hombre demasiado inteligente. Tanto que logró escaparse de pedirme ayuda aún cuando necesitaba la información más escondida. Su problema es cuando siente el fervor de la aventura en la sangre. Ya perdiste la vida una vez Armenius, pero no eres ningún gato. No vas a tener nueve vidas. Te has ganado mi respeto. Es por eso que este favor te lo regalo y te daré otro más. Te debo un favor después de tu pregunta Armenius. Me gustaría verte de nuevo.

-Preferiría no hacerlo…

-Armenius, no se trata de lo que prefieras. Sé que tienes miedo a que alguna vez te niegue la información. Temes no volverme a ver. No te preocupes por eso. Los temores son los grandes impulsores de nuestra vida. Es el espíritu que nos lleva a desear, conseguir, aventurarnos. Siempre que tengas miedo Armenius, llegarás a mi casa, a mi puerta, y podremos charlar. Eres bienvenido todavía.

-¿Quién eres tú cabrón? -pregunté.

-Medel, Medel… ¿Una pequeñez distrayendo tus ansias de matar? Soy un hombre que sabe demasiado. Nada más. Incluso, algunos dicen que yo dicto lo que está por suceder. Por eso me llaman “El Escritor”. No digo lo que sé. Sino que se hace lo que sé. Por ejemplo, puedo hablar del dolor intenso que está corriendo por tu brazo.

El brazo derecho empezó a dolerme. Primero eran pequeños piquetes y luego el dolor se expandió.

-O el dolor que se calma y desaparece, porque ese brazo tuyo es el más sano. No sólo de tu cuerpo, sino del mundo entero. Es el brazo más fuerte que jamás haya existido. Ni siquiera los brazos de Atlas, o el que sostenía el arco de Hör, se comparan a tu arma más valiosa.

Mi brazo se hinchó de orgullo. Ya no me dolía. Armenius me miró atentamente todo ese tiempo. No sé si con ganas de callarme, o detenerme, o simple curiosidad de saber si pasaba todo lo que El Escritor decía. Me encogí de hombros.

-Necesito que me disculpen, como lo están haciendo justo ahora. Había tenido tantas ganas de conocer a Ernesto Medel que perdí la noción de mi nefasta y larga introducción. No es costumbre demostrar a todos el poder que poseo sobre el destino de todos los seres humanos. No es algo intencional, y tampoco puedo abusar mucho de ello, o me convertiría en mi propio personaje. En el momento que yo dicte mi propio destino, entonces entraría a un círculo vicioso donde el descontrol de mi poder modificaría la realidad de manera insospechable.

Y sonrió, muy contento por cierto, el hijito de puta.

Sólo es un tipo con demasiada información. Me dije. Demasiada información puede enloquecer a una persona y hacerle creer que tiene poder sobre la realidad. Sugestiones. Conocí muchos verdugos, doctores que disfrutaban la tortura, o espías, con ese poder de sugestión. Por un momento me ilusioné y pensé que el cabrón podía decirme de mi duelo con la Muerte. Escribirlo y darme una copiecita aunque fuera.

-Señor Escritor -dijo Armenius con todo respeto-. Sabe entonces porque estoy aquí.

-Necesito comas.

-¿Perdone?

-Nada. ¿Decías?

-Las vampiras, señor Escritor. ¿Dónde puedo encontrar a las vampiras?

Jezabel continuaba tensa. El Escritor se le quedó mirando unos minutos.

-Todo es por siete. O por dos. Por dos y son sietes. El siete es el número de la perfección. ¿Lo sabes, mi querida vampiresa? ¿Sabes de mí, no es cierto? ¿Sabes que no puedes saltar porque yo te he puesto ese aro invisible que te controla? No puedes atacarme. Nadie. Tengo tantos nombres como el hombre sin rostro o como el señor que todo lo sabe. Puedo hacer tu vida tan insignificante. Todos los años que has vivido se pueden resumir a dos palabras si lo deseo.

-Señor Escritor…

-Perdona Armenius, perdóname.

-Disculpen, yo si voy a sentarme un ratito -les dije. Encontré una silla que… extrañamente, antes no estaba ahí, y dejé caer mis posaderas. No era un verdugo o un espía con poderes de sugestión. Probablemente era un demonio. Un espíritu inflado.

-Busca en los bolsillos de tu abrigo. He guardado ahí un papel con la información que necesitas -dijo el Escritor amablemente-. Es todo lo que puedo hacer por ti. No debo involucrarme mucho en la historia y te agradecería que no leyeras el papel en voz alta. Interrumpirías la otra historia que estoy escribiendo. No puedo arriesgarme a perderlo.

-Entiendo. Entonces nos vamos.

-Chingada madre, si me acabo de sentar.

-Vámonos Medel.

Jezabel me miró y asintió furiosamente.

Me golpeé las rodillas con las manos y me levanté desganado-. Ta bien, ta bien. Ya no estén chingando pues.

Salimos por el mismo pasillo angosto por el que entramos. Mientras caminábamos, las luces empotradas a la pared se apagaban. La puerta de la entrada se abrió y salimos.

-Esa puerta ya no se abrirá en un rato.

-¿Me quieres explicar que chingados pasó allá adentro?

-Un demonio -dijo la vampiresa-. Son demonios que pueden encaminar el destino de los hombres y provocan la desgracia. No sólo es uno. Son varios. Existen en todo el mundo. ¿Hiciste un trato con él, humanito?

-No.

-¿No mientes?

-No.

-¿Entonces cómo lograste que te debiera un favor?

Armenius se quedó callado. Se frotó la cara por unos segundos.

-No lo sé, vampiresa. Simplemente me lo encontré en una cantina, le pagué un trago porque no tenía dinero en sus bolsillos y me dijo que le debía un favor. Me dijo que le llamaban El Escritor y pregunté por él en el bajo mundo. Entonces supe que él tenía toda clase de información y que no había cosa que no supiera. Nadie me habló de desgracias. Lo que te puedo decir es que esa plática en el bar fue jodidamente rara y que me impresionó tanto, que lo creí todo.

-Se ha fijado en ti, humanito. Eso no es bueno.

-También se fijó en ti, y en Medel.

-Por ningún motivo hagas ningún trato con él, y es mejor que nos vayamos pronto, antes de que se le ocurra escribir nuestra historia.

-Eso no pasará -respondí tranquilamente, en lo que buscaba con la mirada algún coche. Íbamos a necesitar transporte si queríamos salir corriendo a matar vampiras.

-¿Por qué?

-Mera lógica. Son varios demonios controlando el destino de ciertos hombres. Si todos tienen el mismo poder, seguramente entran en conflicto o se anulan. Esos hombres tienen que firmar algún contrato para que el demonio controle su destino, entonces no hay problema. Te debe un favor. Hasta que no te diga que hay un trato de por medio, no debes temer Armenius…

-Mi señor… con todo respeto, el humanito no debe considerar acercarse más a ese monstruo, si no quieres sacarlo de nuevo de las garras de la muerte.

-Ya pues. Mi compadre es muy inteligente, no va a pasar y no mamen. Mi compadre seguramente ya entendió que no lo voy a ir a salvar de nuevo. A lo que nos truje: Vampiras. QUIERO MADREAR VAMPIRAS.

Los dos se callaron cuando caminé rápidamente hacia una caribe estacionada. Rompí el vidrio con mi brazo de Hör, ja. Me subí, le abrí a los demás las puertas y me puse a buscar los cablecitos de corriente.

-Además, todo este tiempo, he sido yo quien ha escrito esta historia.

Dijo Medel, y se chingan.

3584 campanas tintinean en mi corazón.

Este post es parte de una serie, llamada “Ernesto Medel y las vampiras de Polanco”. Anotación 10 de 12


Este es el momento para una confesión muy personal: Si no fuera tan buen asesino, viviría contento en mi madriguera leyendo anime y manga. Ernesto Medel, otaku. Es algo que no le digo a cualquiera. Por eso entenderán que cuando el Señor de los Muertos me llamó: Shinigami Medel, los ojitos se me hicieron como estrellas y escuché el sonido de las campanas doblar mi corazón. Por quien doblan las campanas soy yo.

Peleamos, y como peleamos todas las noches y todos los días. Todos los años. Hay tres personas que en su vida pueden contar como es el Señor de los Muertos sin la capucha negra: Armenius Anders, Ernesto Medel y Jezabel Jaramillo. ¿Saben cómo es? No voy a revelar todo el secreto. Si lo hago, cometería un pecado horrible. ¿Tenerle miedo al pecado? Siempre hay una primera vez.

Su pecho estaba lleno de cicatrices. Un tornillo de ocho pulgadas sobresalía de su clavícula. El hombre era la imagen viva del dolor. En su espalda, también cicatrizada, había dos muñones que indicaban que hubieron alas en algún momento. Los cuervos hicieron un círculo alrededor de nosotros y graznaron todos los nombres del mundo. Armenius y Jezabel, a mis espaldas, sólo podían mirar boquiabiertos un espectáculo que jamás habría de repetirse en su vida.

El señor de los muertos levantó sus manos y un ring circular de tierra se alzó en un mundo de tinieblas y reflectores espirituales. Nomás porque debía buscar a seis vampiras, que si no moría en ese momento. Moriría sonriendo y feliz. El Señor de los Muertos parecía estar de acuerdo conmigo porque lo miré sonreír. La muerte sonriendo debe ser el acto supremo de amor en el mundo.

El gran espectáculo. Ernesto Medel contra la Muerte.

Rugido de multitudes fantasmales hizo eco en la arena. Armenius se acercó para limpiarme el sudor, mientras un cuervo hizo lo propio con la Muerte. Y, Jezabel, Jezabel jamás se había visto tan sabrosa en ese vestido entallado rojo, que cuando pasó con un gran cartelón que decía: “Round 1” por todo el ring. Alguien tocó una campana. Muerte y yo hicimos una carrera para meternos el primer putazo de la noche. Un putazo tan potente que hizo mella en el ring de tierra.

Probablemente es que en ese mundo era más fuerte, probablemente es que estaba tan emocionado que mis niveles de adrenalina estaban al máximo, probablemente muchas cosas, pero mi derechazo golpeó su mejilla y dobló su rostro. Escupió saliva. Vomitó el desayuno. La Muerte cayó algunos metros por el poder de mi brazo, y no fue hasta verlo apoyándose para levantarse, que sentí que su puño había dañado severamente mis costillas, sobre todo la que tenía rota.

¡Medel! ¡Medel! ¡Medel!, gritaban la vampira y el cobarde, mientras los cuervos continuaban graznando en todos los idiomas todos los nombres del Señor de los Muertos. Se levantó un tanto sorprendido y se carcajeó. Alabó mis puños, no mucho tiempo, porque se acercó aplicando el dempsey roll y puta madre, que buen gancho metió directo en mi quijada. Ese, en cualquier otro espacio, en otro tiempo, habría matado al pobre cabrón que lo recibiera. Me alzó un metro, se los juro, y caí de pechito antes de girar múltiples veces en el aire.

Me levanté, no podía dejarlo así, me levanté y a huevo que me levanté. La muerte ya estaba en una de las esquinas del ring, mostrándose esplendoroso como era. Los brazos extendidos como Cristo Redentor. La Muerte se giró para retarme con abrazarme, con aventarse sobre mí. Yo lo llamé con la mirada. Cualquiera habría pensado que recuperó las alas cuando se aventó.

Lo recibí con mis brazos. Lo levanté desde abajo de los hombros y lo estrellé contra la tierra. El respondió pateándome el estómago. Mis piernas respondieron a mi necedad, obligándome a no caer de nuevo. Me lancé sobre la Muerte y golpeé su rostro. Mis nudillos se llenaron de su sangre. Mis nudillos se llenaron de su saliva y sus quejidos. Mis nudillos se llenaron de mi señor, el único señor al que he respondido toda la vida. Podía escuchar las alabanzas de Armenius y Jezabel, animándome a continuar golpeando.

Pero es el destino de nosotros, los pobres hombres, que estamos sujetos a su yugo. La Muerte, un ser divino, levantó su mano y sentí dolores agudos en cada articulación a mi cuerpo. Me levanté para alejarme de él y las piernas me dolieron como si tuviera gota. Quise decirle alguna grosería, pero el dolor no permitía abrir la quijada y mis dientes. Mis dedos se enchuecaron como los de un artrítico. Mi vientre se expandió como si tuviera un tumor cancerígeno.

Mi corazón campaneaba.

Con mis piernas hechas añicos, mis brazos rotos y mis dientes molidos, me acerqué una vez más a La Muerte y seguí golpeando. Los golpes debían dolerle, puesto las manos me dolían como si estuviera en el infierno. Golpeaba y golpeaba. Sin parar. El Señor de los Muertos detenía mis golpes con su antebrazo. Detenía mis patadas con sus propias piernas. Pero podía escucharlo, podía escuchar su respiración agitada. Es el mismo lugar, lo comprendí, al que llegan todos aquellos que tienen que caminar por su pasillo mientras están en la cama del hospital.

Mis oídos sangraban, mi nariz goteaba, mi boca enrojecida y mi lengua putrefacta. No tenía la sonrisa más bella, pero era la más sincera, porque seguíamos madreándonos como los compadres después de una noche de honestidad y de copas. De reojo miré que la vampirita estaba llorando y Armenius se frotaba la cara nerviosamente. La verdad es que nunca me habían visto perder. Ni yo mismo, me había visto tan humillado como ese día. En mis últimos trabajos había comprendido mi lentitud por la edad, pero había ganado.

La Muerte, delicada como una mujer, detuvo mis manos con las suyas y me sonrió de vuelta. Estaba sin un rasguño. Pobre humanito, como diría la vampira, que sintió podía alcanzar el sol sin quemarse. La Muerte me abrazó y acarició mi cabello cuando era joven. No soportaba el dolor en las piernas, ni en los brazos, ni en el pecho, ni la boca. Pero su abrazo bastó para sanarme. Nos encontramos carcajeándonos, humano y dios, en ese pequeño instante donde los planetas convergen y durante una fracción de segundo, todos somos uno y uno somos todos.

Yo soy Muerte, soy Medel y Muerte es Medel y Muerte.

Me dejó tirado en el ring de tierra, recogió su chamarra y se la puso. Se acomodó la chaqueta, buscó un cigarrillo en sus bolsillos y lo prendió. La vampirita ya se encontraba arrodillada acariciando mis heridas, como si de verdad me quisiera. Armenius continuaba frotándose la cara incrédulo.

Tal vez… no todos los dioses son dioses. Tal vez… ellos creían tanto en mi que pensaban podría ganar esta pelea. Después de todo, logré tirar a la Muerte y darle sus putazos en la cara. Pero el resultado, lo sabía desde mucho antes empezara esto. La Muerte quería enseñarme que aún a mi, me llegaría mi hora. Que si no me llevaba algún pinche narco, militar, ninja, dinosaurio mutante… Él vendría personalmente por mi a darme de catorrazos.

No se me quitaba la sonrisa de la pinche cara, aún cuando la sangre ya estuviera secándose en mi rostro y sintiera como los dientes se rompían, de tanto que los apretaba por el dolor. No se me quitaba la sonrisa. Todavía alcé mi rostro para ver como La Muerte se fumaba su cigarro y me contemplaba en silencio. Me respetaba. La necedad de pelear contra los dioses, pensaba mi cabeza furiosamente, la maldita necedad por desafiar a los dioses.

Alzó su mano para despedirse, y eso fue todo.

Tres diablos

Hoy soñe con tres diablos. Uno era gris. Uno era rojo (y además, era Steve Buscemi). Y el tercero, era negro (igual al Dark Defender en Dexter). Los tres, tenían poderes sobrenaturales asombrosos que no recuerdo. Durante el sueño me enteré que yo también era un diablo. Sin embargo era un diablo que deseaba ser humano. Cuando el sueño terminaba, Steve Buscemi, el rojo diablo, se acercó para decirme-. Los tres hicimos un pacto por tu humanidad. No lo entendía, hasta que pregunté lo que temía preguntar: ¿Ustedes tres, se sacrificaron por mi? -Steve Buscemi asintió.

Desperté arrepentido y apretando los dientes.

1792 muertitos que se acuerdan de mi.

Este post es parte de una serie, llamada “Ernesto Medel y las vampiras de Polanco”. Anotación 9 de 12


El reino metafísico de los muertos… perdón, es que me gusta la palabra: Metafísico. Ese reino, el que llaman el más allá, es un lugar complicado. Por eso, siempre que viajo en él, mejor lo hago con los ojos cerrados. El taxista Caronte, nos recogió en la carretera y nos levantó a los tres. La vampirita se fue conmigo, Armenius se fue en el asiento del copiloto. Tan pronto Carlos Monte nos miró, hizo una expresión de fastidio y mejor nos abandonó muy tranquilamente en su silencio, el camino, el kilometraje por hora y otras cuestiones que para nosotros, meros mortales, son inexistentes.

Yo cerré mis ojitos y me quedé dormido. Medio desperté para escuchar tres cosas durante todo el viaje:

-Esos pinches esqueletos y sus guadañas, me provocan escalofríos -dijo Armenius.

Me dormí.

-Esa niña y esa mujer con su violín, debajo del árbol, me parecen de una sangre fresca y deliciosa -dijo la vampira, agarrándome la entrepierna. Seguro se emocionó por la erección de la duermevela.

Pero preferí dormir.

-¡A la madre, son un chingo de cuervos! ¡No había visto tantos cuando llegué!

Me dormí otro rato.

Fue cuando Caronte, con la brusquedad de su apariencia, su piel ceniza y las arrugas de su rostro, su larga barba y su cabello graso, se volteó para decirnos amablemente-: Ya llegamos. Si hacen favor de bajarse para que yo regrese a trabajar con muertos de verdad…

-Tiene tiempo que no compartíamos palabras, Carlitos -le dije al señor de la gorra, mientras bajaba del taxi. Caronte bajó el vidrio de su taxi y me sonrió.

-Tenías trece años, la última vez que viniste. E hiciste lo mismo, te quedaste bien getón todo el camino. ¿Te da miedo la verdad universal? ¿La construcción metafísica -sonreí-, que teje tu mundo y el universo entero?

-No. La verdad es que no. Cuando no hay nada que hacer, prefiero dormir un ratito. Es mejor juntar las energías.

-La última vez que viniste Ernesto, no habían muertos que buscaran venganza.

-¿A poco no los trabajó todos ya el jefe?

Jezabel y Armenius compartían miradas. Parecían sorprendidos de saber que no era mi primera vez en este mundito tan especial. No los culpaba. Con Caronte debía ser especialmente buena onda, porque era quien nos iba a dar el ride de regreso.

Además, Singapur me parece mil veces más divertido. Si tienen oportunidad, mejor cómprense un boleto de avión a Singapur, en vez de buscar el reino del más allá. Un lugar como estos es para hippies, para rojillos, para militares jóvenes, románticos incurables, realistas mágicos, narcotraficantes arrepentidos, cobardes bien entrenados, vampiresas mamadoras y cactos parlanchines.

-La verdad no sé, Ernesto. Pero según los números que veo sobre tu cabeza, has matado a 1792 personas.

-Es que estoy enfermito. Es una condición médica. ¿Tú crees que me de chance de llevarme a este cabrón a cambio de mi cuenta?

Caronte se encogió de hombros.

-Más adelante, esta el laberinto de las imágenes. Atravesando ese lugar llegarás con el Señor de Todas las Respuestas. Él te puede responder esa pregunta. Yo no.

Carlos Monte prendió el motor de su carcachilla, hizo una sonrisa medio ogete y se largó por el mismo camino. Antes de que se fuera, alcancé a gritarle-: ¡No se te olvide pasar por nosotros! (hijo de tu pinche madre).

-Mi Señor, ¿puedo tomar su mano? -preguntó Jezabel bien asustada.

-Ni madres. Aquí si me ve mi ex-esposa si me madrea. Mejor al ratito me la mamas.

Frente a nosotros, se encontraba la puerta al pasillo de las imágenes. Una puerta hecha de humo, pero que era tan sólida como un hierro. Habían pasado tantos años que ya no me acordaba del camino, ni todo lo que había hecho para llegar hasta el final. Miré a Armenius, quien me miró de vuelta.

-No llegué hasta aquí, manito.

-No me digas manito.

-¿De verdad no puedo tomarle la mano, mi señor?

-Como chingas. Dije que no.

Jezabel y Armenius, temblaban de miedo. La vampiresa me miró un poco dolida por negarle la mano. Suspiré, y al ver su pucherito, se la regresé-: Sigue chingando y aquí te dejo. De ahora en adelante bien portada.

Armenius tragó saliva.

-¿Entramos o qué pedo?

-Pues, ¿no te podemos esperar aquí? Yo me quedo a vigilar a la vampira.

-Como serán cobardes. Debo llevarte pinche Armenius, para enseñarle a quien me voy a llevar y si dejo a la vampirita sola, van a venir los cuervos y se la van a coger. No hablo en el sentido placentero cabrona, ni vayas a sonreír.

Para no discutir más, empujé las puertas de humo, tan duras como el hierro, y entré al pasillo de las imágenes. El nombre de ese lugar no es nada original. Los muros están hechos de niebla, y la niebla forma imágenes de tiempos pasados. Unos dicen que son otros universos. Otros dicen que son historias de viejitas. Y algún pendejo, dijo carcajeándose, que eran cuentos demasiado verdaderos.

Había imágenes de la cabeza de un rottweiler montada sobre un esqueleto. Doblando una esquina, encontramos la imagen de una anciana cieguita, leyendo una carta. En otros tantos pasillos más, había un niño cortando la cabeza de una rata con una guillotina. Armenius y Jezabel seguían mis pasos rápidos y seguros. No se despegaban de mi por nada. Seguimos caminando varias horas, hasta que encontré una imagen que llamó mi interés.

Era el rostro de un narcotráficante que había matado mientras estábamos en el ejército. Chacho “Motitas” Argüelles. El mismo rostro redondo, el bigotito, la barbilla quebrada, esas cosas que le hacían parecer un bonachón cuando en realidad era un hijo de puta. Varias de las muertas de Juárez, no sé exactamente cuantas, se encuentran anotadas bajo su documento clasificado en el Archivo de la Nación. Glorioso él.

El rostro se asomó, adquirió forma y se convirtió en un cuerpo que empujó por salir del pasillo. Su rostro adquiría una enorme sonrisa conforme empujaba con las manos para sacar su cuerpo. La vampiresa, con la velocidad que le caracterizaba, alcanzó a rebanarle el cuello con las uñas y convertir al hombre en humo, antes que lograra salir por completo.

El problema es que no era el único.

En el pasillo, mientras el Motitas se disolvía en el olvido, otros rostros más asomaban su cara para mirarme a mi. Armenius metió la mano a uno de los muros de humo y sacó un puñado como si fuera una nube de algodón.

-Verga. Si funcionó.

-¿Qué funcionó?

-El humo del pasillo. Espera, deja… -Armenius se puso a trabajar con el humo del pasillo como si fuera arcilla. Jezabel, ignorándolo, atacó el cuello de los fantasmas que se asomaban por el pasillo. Yo me troné los huesitos de las manos y el cuello. Pensaba que sería divertido, hasta que vi la cara del Motitas asomándose de nuevo por otro de los pasillos. La pelea no sería nada fácil.

Si quieren saberlo: Sí, recuerdo cada uno de los mil setecientos noventa y dos nombres que iban apareciendo frente a mí. Incluso podría hacer una pequeña enciclopedia, acomodándolos primero por apellido y luego por nombre. Por ejemplo, podía ver a López Villaseñor Angel, López Triana Humberto, López Ugalde Ignacio, López Urbano Modesto, etcétera, etcétera. No quisiera decirles todos los nombres, o no habría otra cosa en el capítulo.

Me puse a romper cuellos como lo hacía la vampirita. Tan pronto un fantasma se me acercaba, lo tomaba directo del cuello y lo aventaba de nuevo al muro. O bien, lo alzaba del cuello y lo estrellaba al piso. O tomaba los cuellos de dos fantasmas y les estrellaba la cabeza. Cuando eran de a cinco o más, el impulso de sangre me obligaba a moverme más rápido, tan rápido como pudiera, para golpearles el estómago, las piernas, romperle las costillas de humito, pisarles los huevos de niebla, morderles el corazón de hielo.

-Ya mero acabo Medel, síguele peleando -me dijo Armenius.

La vampira cuidaba a Armenius, para que los fantasmas no se acercaran a él. Era como un torbellino de muerte que se tragaba a los fantasmas agresores. Por un momento pensé que podía dejarla en su batalla eterna y seguir el camino. Sabía, por la cantidad de fantasmas que había, que llegarían a mi límite. Pelear con el aire no era pesado. Pelear con la edad, sí. Tal vez podría rematar a cada uno de esos cabrones hasta tres o cuatro veces, pero en algún momento iba a morir y bueno, ya saben, la muerte es inexorable. Cuando te toca, te toca y ya.

Pero no lo iba a permitir. Primero debía cogerme a seis putitas colmilludas en algún lugar del mundo. Y para eso, debía llevarme al pendejo de Armenius conmigo.

Diez fantasmas sobre mi espalda. Sus manos heladas empujaron mi piel. Sus manos heladas querían tocarme la sangre para congelarme, parar mi circulación, ataque al corazón. Sin embargo, los que terminaban con las manos quemadas eran ellos por la velocidad en que mi sangre circulaba por mis venas. El impulso de sangre era demasiado para estos muertos que ya habían terminado en mis manos alguna vez.

Gerardo Ortiz, Aarón (el judío), Oswaldo Ibarra, Hernando Gómez, Pablo Montesinos, Ingrid Irigoyen, John Goldwin, Hamashi Ito, Hernesto de los Cisneros, Claudio Fernandes.

Jugaba con ellos. Mis manos los tomaban y los hacían uno solo. Mis manos atravesaban sus ojos, sus pechos, su sexo. Mis manos fuertes, en ocasiones, los dividían a su más mínima expresión y explotaban como granitos de arena cuando el napalm caía sobre las tierras del medio oriente. Más pequeños aún que granos de arena. Pequeños destellos. Estrellas irreconocibles. Puntos más pequeños que el punto final de una obra literaria. A huevo.

-Listo Ernesto, no te me desesperes cabrón -dijo Armenius. No sé que armó el cabrón que parecía un arma que se montaba sobre su espalda y con un arnés, pasaba frente a él para sostenerla con las dos manos. Un arma de humo, que no sé como iba a funcionar. Armenius levantó el arma y apretó los dos gatillos que unían a un sólo cañón.

Aunque la vampiresa y yo, no vimos nada, los fantasmas huyeron despavoridos. Donde apuntaba Armenius, fantasma desaparecía o se caía. Ninguno de estos fantasmas parecía regresar, porque ya no volví a ver el rostro bien reconocido del Motitas el cual cayó al instante cuando Armenius le apuntó al arma. El arma no hacía ningún sonido, pero podía ver un destello que se reflejaba en los ojos de Armenius. Un reflejo retorcido. Un brillo que no existía en el mismo plano que nosotros.

Por eso, odio el mundo de los muertos. Cuando quiere es demasiado perro y no se le entiende nada.

Fue cuando Armenius tomó la delantera y nosotros le seguimos. Era nuestra oportunidad para escapar. Corrimos por los pasillos, aprovechando la protección de Armenius. La vampiresa cuidaba la retaguardia, rasguñando jubilosamente a cualquier fantasma descuidado que no estuviera frente al compadre.

Y llegamos, a otra puerta como la del inicio. Empujamos la puerta, entramos y la cerramos tras nosotros. Tan pronto llegamos, la invención de Armenius se disolvió como si jamás hubiera existido. Aunque no había luz alguna, podíamos mirarnos unos a otros y lo que es más… a unos pasos, tal vez unos cien, un hombre de chamarra negra y jeans, sentado en una silla de madera, se fumaba un cigarrillo como burlándose de nosotros.

-Muy inteligente, usar el humo del pasillo.

-Gra-gra… gracias señor -respondió Armenius.

-Y tú, ¿deseas saber cuántos años te quedan de vida, vampiresa?

-No, no, para nada. Yo estoy muy bien acompañando al humanito y a mi señor. Mejor no me cuentes los años.

-Ernesto… mi querido Ernesto.

-Sí, señor. Dígame -No lo voy a negar, quería pedirle un autógrafo. Yo he matado solito a 1792 personas. ¿Pero se imaginan cuántos lleva él?

-No puedo permitirte que te lleves a tu compadre, sin antes pedirte un favor.

-Yo no puedo permitirte, con todo respeto señor, que no me permitas llevarme a mi compadre. Si el favor es sencillito lo haré con mucho gusto.

El Señor de los Muertos se levantó de su asiento. Uno de sus cuervos aterrizó gentilmente sobre su hombro.

-Quiero que nos rompamos la madre.