Lo que empieza mal, acaba mal. Era uno de tantos dichos de mi profesor de literatura. Si hubiera estudiado bien su carrera, sabría que esa era una frase común. Las frases comunes en vez de enriquecer un texto, lo asesinan. Sabré yo bien de la muerte. No me miren extraño. Leo y leo mucho. La razón por la que leo mucho es que una de las maneras más fieles de representar la sangre, las cochinadas, las mamadas y los niños muertos, es la literatura.
Después que la vampirita terminara lo suyo, entró Armenius en chinga a la habitación. La miró levantarse. Me hizo cara “hijo de tu puta madre… igual que en Singapur”. Miró al familiar muerto. Sacó un cigarrillo y me ofreció uno.
-Yo tuve que matar a uno de esos.
-Seguramente. Habrá más en la casa, si la guerra allá arriba no ha terminado con ellos.
Para complementar mis palabras, se escuchó la explosión de una granada. La fragmentación golpeó dos pisos arriba de nosotros. Algo de polvo cayó de la habitación. Salir iba a estar cabrón.
-¿El pendejo que mataste no te dijo nada?
-No. Se me aventó en chinga y tuve que disparar.
-Igual que yo. ¿Sabías que llevaba una thompson?
-No mames. Esas son viejísimas.
-Te la traje. Sabía que la querrías -Armenius sacó la thompson por debajo de su abrigo. Tomé la thompson, la sopesé con mis manos. El trabajo bien valía la pena por obtener una de estas. Después de todo, cazar vampiras podía ofrecer varios tesoritos como este.
-¿Cómo vamos a salir? -preguntó Armenius.
La vampira, quien había estado callada y sonriente, se sintió útil al poder ofrecer una respuesta.
-Toda casa segura, como esta, ofrece varios pasadizos de salida. Ya había estado aquí antes. Si queremos escapar, tenemos que subir. No mucho.
-¿Ya ves Armenius? Qué pendejo eres -le dije para molestar.
-Sin embargo, humanitos, no tenemos como buscar a las vampiresas. Ellas son especialmente hábiles para esconder su rastro. No sólo eso. El desastre que ya hicieron los humanitos allá arriba, seguramente ya borró gran parte del rastro. Si no sabemos inmediatamente a donde fueron, podríamos estarlas persiguiendo eternamente. Y la eternidad, sólo aplica a una de nosotros.
-Sí. Ya veo -dijo Armenius, frunciendo el entrecejo-. Ya había previsto esto. Tendremos que hablar con él.
-¿Con quién?
-El Escritor.
-¿El qué?
-Me debe un favor. Sólo un favor. Me costó un chingo de trabajo. Es un tipo que lo sabe todo. Y si no lo sabe, lo investiga. Tiene información de todo y de todos. Es un hijo de puta. Me estuve guardando el favor y creo que es necesario para esta ocasión. Tenemos que salir de aquí, ahora.
Armenius chupó su cigarro un tanto furioso. Pero no tomó la delantera. La vampira caminó delante de nosotros. Armenius me miró de reojo. Le respondí encogiendo los hombros. Y seguimos a la vampira.
Abandonamos la habitación, a la pequeña antesala y luego subimos varios escalones.
-Esperen -dijo la vampira. Se veía confundida- Es una trampa. No puedo oler nada. Ajo. Mucho ajo. Hay alguien esperándonos.
Atrás de mí, apareció uno de los judíos. No sé cual letra del ABC, pero ahí estaba. Sacó la escopeta recortada que me robó y apuntó directo a mí. El cabrón no quería platicar. Empujé a Armenius para que se pegara a la pared y me agaché. El judío disparó poco después de eso. El disparo a quemarropa quemó la espalda de la vampira.
Delante de nosotros dos estaban los otros dos hermanos. Jezabel, seguramente encabronada por el daño a su vestido, se movió entre las sombras para atacarlos. Sin embargo no era tan rápida. Podía ser que el ajo la confundiera, o que la habilidad de dos judíos de las fuerzas especiales de Jerusalén eran demasiado para ella. Verlos pelear era como poesía.
Armenius sacó el revolver y disparó al judío, quien lo evitó con gracia y gentileza. Nomás se hizo a un lado el pendejo. Parecía adivinar a donde iban las balas y eso estaba cabrón. Armenius y yo habíamos recibido el mismo entrenamiento, y aunque no era tan hábil, o tan amante del oficio, ningún pendejo podía verle la cara tan fácil. Yo me adelanté mientras Armenius disparaba. Saqué la thompson y disparé al judío, quien saltó como gato para evitarlo.
-Armenius. Yo creo que ya estamos viejos -confesé. Corrí tras el judío quien se metió a una de las habitaciones. Gotitas de sangre. Alguna bala lo golpeó. Aunque no estaba lo suficientemente herido para que no pudiera esconderse.
Media carga en la thompson. Esto lo iba a disfrutar. Empujé la puerta donde estaban los ataudes. Apestaba a sangre judía. Escuché los gritos de la vampira a mi espalda, y varios balazos. Si terminaba pronto, tendría el placer para matar a los otros tres cabrones. Podía escuchar la tela de los pantalones finos rozando contra las paredes. Podía escuchar su respiración un tanto agitada. Sus rulos rozando contra los hombros de su saco.
Apunté al tercer ataud a la derecha y disparé. Solté toda la carga de la thompson. El judío saltó de su escondite. Le había pegado en una pierna, porque su salto fue incompleto. Giró en el piso, pero yo corrí hacia él. Cuando él apenas levantaba la escopeta recortada, yo ya tenía el cuchillo de cazador en su garganta. Alcanzó a sonreír antes de que le rajara el cuello. Las gotas de sangre cayeron como una cascada.
El Señor de los Muertos, quien estaba observando desde las sombras de la habitación, salió rápidamente. Una sombra felina que escapó. No me pareció tan extraño, puesto tenía trabajo en toda la casa.
Al judío le arrebaté la escopeta recortada, le escupí en la cara y salí del cuarto. En las escaleras, estaba Jezabel arrancándole el corazón a uno de los judíos. Caray. Si no fuera por mi ex-esposa, tal vez me habría enamorado de esa mujer. El otro judío, estaba agarrándose el pecho, tirado en el piso. Le faltaba una pierna. Sin embargo… Armenius…
Armenius estaba muerto. Tenía el cuello quebrado.
Y me enojé.
Porque… pues Armenius era mi amigo, y me enojé.
-Te guardé a ese, porque fue quien mató a tu amigo -dijo la vampira.
El judío, Benjamín, supuse, miraba con los ojos muy abiertos como Jezabel se comía el corazón de su hermano. Sus labios decían Ciro en silencio. Ciro. Ciro. Me acerqué a él.
-Hey, hey, hijito de la chingada -le troné los dedos-. Aquí estoy cabrón. Lo que está haciendo ella no es nada en comparación a lo que voy a hacer contigo.
El judío me miró. Si había terror en su cara, esta se intensificó cuando miró la mía. Se orinó en los pantalones. Alzó las manos para no verme. No era necesario que me viera. Puse la escopeta recortada entre sus piernas y terminé de aplicarle la circuncisión. Su grito rebotó en las paredes.
-¿Cómo estás cabrón? ¿Benjamín? Eres Benjamín, ¿verdad? ¿Qué tal se siente la vida sin tus huevitos hijo de puta?
La venganza no era una excusa. No suelo torturar a las personas. Sólo si matan a mis amigos. Y bueno, Armenius era mi único amigo. Podía ser un cobarde, un pendejo que escondía la información, un lento y un raro. Podía haberme abandonado en Singapur. Pero era mi amigo.
Y sabrán, alguien como yo, no se toma la amistad a la ligera.
-Ya… mátame ya, mátame YA, DUELE HIJO DE PUTA COMO DUELE.
-Hazme un favor Jezabel.
-Lo que quiera usted, mi señor.
-¿Puedes darle vida eterna a este cabrón para que sufra sin sus huevos y sin su pierna? -pregunté. Lo pensé un poco. Apunté mi escopeta recortada hacia su otra pierna y disparé otra vez. En el punto exacto, logré que su rodilla se partiera en dos. Si el cabrón intentaba algo, seguro se le caía la pata. Gritó, gimoteó, chilló y se quejó un poco más-. Sus piernas, quise decir.
La vampiresa sonrió tan ampliamente, que su rostro casi se partió en dos. Se lanzó sobre el judío y le mordió el cuello. Pensaba que los vampiros eran más selectivos para seleccionar a sus transformados. Tal vez, se sintió conmovida por mi petición tan honesta. El hijo de puta me recordaría toda la vida.
Me arrodillé ante Armenius, mientras Jezabel terminaba lo suyo. Lo miré, con los ojos abiertos, la lengua de fuera, el cuello doblado de manera innatural. No le acaricié la mejilla. Me vería muy puto y él no querría eso. Entre los dos, había una química perfecta. Yo podía apagar el cerebro, sólo para usar los músculos. Él olvidaba todo su entrenamiento, y prendía los cinco sentidos para la misión y el dinero.
Jezabel terminó con el judío.
-¿Qué vamos a hacer ahora, mi señor? -preguntó la vampira. Puso sus dedos sobre mi nuca. El judío jadeaba, como si le faltara el aire.
-¿Sí se va a transformar?
-Pronto será un vampiro, mi señor. Como tú lo pediste. ¿Qué vamos a hacer?
-Pues buscar al escritor ese… pero, necesitamos a este cabrón para saber donde hallarlo. Puta madre.
La muerte de Armenius… bueno. El Escritor le debía favores a Armenius. El Señor de los Muertos me debía favores a mí. La muerte de Armenius. Eso no me preocupaba, después de todo, sólo debía ir al reino de la muerte y recuperarlo. ¿Cómo se hacía eso? Caminando, con muchos huevos y habiéndolo perdido todo. Me angustiaba que tendría que morder la mano que me daba de comer.
-Acompáñame Jezabel. Vamos por mi compadre.








3 comentarios ↓
Eres un gra hijo de puta… Ha sido el mejor capítulo hasta ahora.
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Yeah! Se pone más interesante cada vez!
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