La vampirita, Jezabel, tenía en su boca mi pene peladito peladito. Sus ojos, no eran los mismos que ayer cuando me retó con su velocidad. Hacía mucho que dejé de buscar hembras para que me chuparan la verga. Me di cuenta que… por más común que suene esto, ser yo mismo, funcionaba más que cualquier búsqueda desesperada por decirles-: ¿Me la mamas por fas? -La jeringa estaba contra su cuello. Sólo debía inyectar el mercurio para matarla.
Los ojos de Jezabel, como los de cualquier otra hembra -excepto los de mi ex-esposa-, estaban llenos de amargura y furia. Doscientos años, colmillotes y velocidad sobrehumana no cambian a una vieja.
Supongo que debería contar porque la vampira de cabello largo y castaño, de vestido rojo entallado y de colmillos afilados, muere de ganas por arrancarme el miembro de una mordida. Tengo que confesarlo: La verga, es un hecho circunstancial que me vale madre. Ella pierde más que yo si me la arranca. Doscientos años de vida que robó y peleó por extender. Eso pone a trabajar al ratoncito de la cabeza: hay motivos por los que una vampira tan buena se arrodilla ante un humano e intenta ganar algo con una mamada.
Es una apuesta. Y lamentablemente… yo no apuesto, sin saber que voy a ganar de antemano.
Ni modo. Armenio continuaba información en la habitación contigua y Polanco, bueno, Polanco era una zona de guerra. Los guaruras se agarraron a madrazos con los militares, y después entró el ejército judío. Ya hicieron la fachada de la casa pedazos. Las ambulancias y el tráfico están peor que si fueran las cuatro de la tarde, y eso que son las once de la noche. Los helicópteros de noticias, de mercenarios y del glorioso ejército sobrevuelan la casa como zancudos molestos. La vampira lame enojada y mama. Ah, si tan sólo pudiera disfrutarlo. Si tan sólo me gustara más el sexo que la muerte o que comer bien.
Robamos un jeep de la bodega militar. La bodega no estaba tan lejos de la casa. Ya se escuchaban los primeros disparos y explosiones. Los militares nunca fueron, lo que se llama, sutiles. Es lo único que me gustaba del ejército. El olvido de la sutileza y elegancia.
-Deberíamos pasar al departamento por las notas -dijo Armenio. Estaba en el asiento del copiloto. Miraba de vez en cuando por el espejo las tetas pálidas de la vampira.
-No. Deja de hacerte buey. Bien que las recuerdas con detalle. O nos madreamos ahorita o lo perdemos todo.
-Me gusta la actitud del humano gorilón. ¿Ernesto se llama? Me gusta, me gusta.
La vampira movió las tetas. Pronto tendría otras seis para saber si todas eran igual de putas.
-¿Llevamos el lanza cohetes Armenius?
-Con un sólo cohete. También llevamos dos ametralladoras automáticas, dos revólveres, siete granadas, un cuchillo de caza e inyecciones de mercurio. No sé para qué.
Miré el rostro de la vampira en ese momento. Un ligero cambio en su sonrisa… Era tan obvio. Con eso la habían dominado.
-Querían envenenarnos, supongo -Le dije a Armenio-. Una cuadra cabrón. Asómate con el puto lanzacohetes y dispara directito a la banqueta frente a la casa. Eso tendrá para entretenerlos.
Por las calles, miraba a los judíos civiles corriendo con sus rulos volando. Un grupo de militares disparaba a los guaruras que estaban frente a ellos. Por el flanco entraban los judíos de alguna división misteriosa y escondida, matando a guaruras y militares por igual. Sus gritos se intensificaron cuando Armenius asomó medio cuerpo por el jeep y disparó el cohete. Luego aventó el lanza cohetes. No necesitábamos comprobar que lo había logrado. Tan pronto hice el disparo doblé a la izquierda para entrar por detrás de la casa. No estaba desierto, no. Pero parecía más sencillo.
La vampira observaba con sus colmillos y su sonrisa, bastante emocionada, nuestra improvisada entrada. En la parte lateral de la casa había militares luchando contra judíos. Me dediqué a atropellar a cuanto más pude con el jeep y cuando nos lanzaron una granada que rompió una de nuestras ventanas, apenas pude notar los movimientos de la vampira. Agarró la granada y la aventó de vuelta, con una gran carcajada.
Dimos una vuelta más. Ya estábamos en la parte de atrás de la casa. Más guaruras que apenas estaban organizándose. En cuanto vieron nuestro jeep, apuntaron y dispararon con sus metralletas. Armenius y yo nos agachamos. Las balas pasaron por la cabeza de la vampira, la cual se regeneró inmediatamente después. Ella salió con una agilidad sobrehumana por la ventana del coche. Era una sombra que no aceptaba las leyes físicas y naturales.
Alcé mi cabeza para mirarla. Necesitaba mirarla. Sus imágenes translucidas moviéndose alrededor de los veintiocho guardaespaldas. Sus cuellos explotaban, o sus cabezas, o sus manos. Las uñas y los colmillos de la vampira eran destellos erráticos en la noche. Sonreí como un lunático, como un bebé de un año, como alguien que… por primera vez… reconoce un arte. Un gran arte. La mirada aterrorizada de Armenius lo confirmaba. Estábamos de vuelta a los buenos tiempos.
-Te prometí que aguantaría vara cabrón. Sólo porque cumplo mis promesas. Igual no sobrevivo.
-No te preocupes. Guárdate seis agujas de mercurio. Prepara otras seis para mí. Eso puede matarla. No te lo dije antes porque eres malísimo para mentir. Tan pronto tienes una ventaja, se te ve en la cara cabrón.
Armenius parpadeó un par de veces. Ahora entendía porque el mercurio. Estacionamos el jeep mientras la vampira desmembraba a uno, o tal vez dos, de los guardaespaldas. Era como un animal salvaje.
-Necesitas ser preciso si una te ataca. Necesitas despertar cabrón, o mueres. Guárdate las agujas en un lugar que puedas acceder rápidamente. Reparte las armas. Entremos por atrás, antes que los militares muevan su segundo escuadrón y los judíos los intercepten. No tenemos tiempo.
-Esta bien, Medel… esta bien. Gracias Medel.
-Otra cosa cabrón. ¿Te acuerdas que en Singapur te conté que La Santa Muerte me abrazó y me pidió que le trajera diversión?
-Sí.
-No es una broma. Tengo el recuerdo fresco como la herida que me hizo aquel escorpión. Existo para matar, Armenius. ¿Y sabes que aquellos que escapan de la muerte, son quienes mueren más facilmente? Una o seis vampiras no van a poder conmigo. Diez mil vampiras no podrán conmigo. Han escapado tanto de la muerte que están más cercanas a mis brazos. Te estoy dando las agujas para que puedas defenderte. Si no estas seguro que vas a poder matarlas, grita mi nombre cabrón y haz lo posible por sobrevivir.
-Somos compañeros después de todo, ¿ah?
-Sí. Ahora háblale a esa pendeja. Que ya me hartó su risa maniática y si continúa como licuadora, nos va a manchar la ropa.
Entramos a la casa por la parte de atrás cuando nuestra escort sobrenatural dejó de mordisquear el brazo de algún pendejo. Desde el jardín, podíamos ver como la casa estaba temblando. Saqué el cuchillo de caza. Esta vez lo quería bien cerquita. Entré corriendo y me encontré a un judío, chillando escondido. Le cercené el cuello. No podía permitir que llamara a sus amigos.
Entramos a un sótano. Estaba iluminado por velas. Estaban tan desorganizados los grupos, y estaba tan idiota su inteligencia, que continuaban peleando allá afuera. Probablemente me encontraría con Salgado. Lo dudaba mucho. A quienes si ansiaba encontrarme era a los hermanos. Bajamos el sotano, la vampira cuidándonos la espalda. Dos puertas aparecieron antre nosotros.
-Tú -le dijo la vampira a Armenio-, entra por ahí. Las vampiras ya no están en esta casa, pero si tenemos suerte, podremos encontrar rastros a donde fueron. Busca cartas, papel de piel ensangrentado, cualquier cosa que pueda decirnos donde se encuentran.
-¿Cómo sabes que ya no están aquí?
-Humanos. Demasiado ruidosos. Nosotros somos rápidas e inteligentes. Mucho más inteligentes -Jezabel sonrió.
-Tú, entra por esa puerta. Es el cuarto de los ataúdes. Probablemente dejaron a algún familiar para protegerlos. Somos crueles por naturaleza. Sí. Al familiar lo dejaron a morirse. Eso hicieron.
Entré como me lo ordenó y efectivamente, un hombre delgado con los ojos desorbitados se me aventó encima. Estaba vestido de traje. Su calva brilló con el movimiento del fuego. Antes de meterle el cuchillo al estómago y alzarlo hasta partir en dos sus pulmones, me pregunté cuántos años habría esperado para que lo convirtieran.
-Mucho tiempo espero. Pobre. Jamás lo iban a convertir. Pobres humanos. Tan débiles por las esperanzas -Jezabel se me acercó, sentí su aliento en mi cuello, sus labios lamiendo mis orejas, sus uñas en la hebilla de mi pantalón. Tan pronto pudo se arrodilló frente a mí y me miró con su sonrisa lunática. Se la correspondí lo mejor que pude.
-Puedo convertirte. Puedo convertirte ahora, si juras ser mi familiar -sacó el miembro de mis pantalones. Empezó a masturbarlo. No tuve de otra más que ponérselo duro para que lo metiera en su boca-. Necesitamos hombres como tú, que pueden matar. Te daré fuerza y velocidad. Te regresaré juventud. Jura unirte a mí.
Notaba el desagrado por hacer lo que debía hacer. Se lo metió enterito a la boca. Ya peladito, como dije allá arriba. Tal vez fue el encuentro con la Santa Muerte. Tal vez fueron mis ansias por siempre ganar la apuestas. Tal vez la vampira estaba demasiado distraída. Pero mis manos encontraron la jeringa y se la clavaron en el cuello. Después encontré mi respuesta: vi al hombre de capucha negra, de jeans y cigarrillo, escondido entre las sombras, disfrutándolo enormemente. Muerte me daba manos para la muerte, porque no le temía.
-Dime una cosa, pendejita. ¿Tú crees que me importa morir o vivir eternamente en este mundo? ¿Tú crees que soy tan bueno en lo que hago porque me detengo a reflexionar el miedo a esas respuestas?
Ella me miró a los ojos, con el miembro en su boca. Sus ojos cambiaron. Estaban furiosos y deseoso. Terminó por aceptar su realidad y negarlo. Le di una cachetada, nomás porque siempre le daba un efecto dramático a estas cosas.
-Me puedes arrancar la verga. Me puedes descuartizar. Puedes hacer lo que quieras. Pero siempre y cuando ese cabrón de enfrente -me refería a la Muerte-, esté aplaudiendo lo que hago no me importa nada. Llegará el momento en que se aburra de mí y me lleve. ¿No puedes sentirlo? ¿Te das cuenta porque tu velocidad te abandonó? ¿Porque tus colmillos se sienten tan frágiles ahora?
Deseo, deseo en sus ojos. La actitud cambió de un momento a otro. Me la mamó, y me la mamó sabroso. Aún con la jeringa metida en su cuello. Había perdido la apuesta, ya no estaba jugando a ganarla. Estaba arrodillada ante el único lacayo de la Muerte. A su servidor y amigo. A mí, por supuesto.
-Las otras seís, son igual que tú, ¿verdad putita? Por eso me quieres convertir en vampiro. Porque te da miedo que las mate a todas. Pero no te preocupes, mi contrato dice una cosa y la voy a cumplir. Más te vale que sigas mamando. Así puede que te disculpe.
Y después de unos minutos más, otro par de cachetadas, jalarle el pelo, ahogarla y mis huevos en su boca, qué les puedo decir… le di de beber a la vampirita, y no fue sangre precisamente.








5 comentarios ↓
Aplausos!!!! Soy fan del pinche Medel!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
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Ándale, yo soy fan también.
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aguant arbol
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Jajajaajaajajajjajajajaja. Che historia ya ha hecho que me bote de la risa incontables veces.
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qué cabrón es Medel.
Sigue así y un día de estos hasta compro el libro, jajaja
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