-Entiendo que puedas matar a dos o tres hombres con gran precisión, Medel. Pero mataste a casi veinte militares.
-Maté a diecisiete. Tú mataste a cinco. Cada vez eres más lento amigo.
-Vete a la verga cabrón. Tomar vidas no es ninguna competencia.
La vampira continuaba lamiendo la sangre de los militares, aún cuando esta sangre tenía sabor a piso de bodega. No puedo negar que mientras Armenio y yo teníamos nuestra pequeña discusión profesional, mirábamos ansiosamente como se le movía el culo embarrado por su vestido rojo pegadito. Su culo era el péndulo de Foucault. Tenía el cabello largo, castaño claro. Sus ojos destellaron gris y enrojecieron al mirar sangre.
Mirando el culo de la vampira moverse de un lado a otro, me sentí lúcido. Olvidé los escorpiones, los rostros de colores y el abrazo de la muerte.
-Regálame un cigarrito Armenio.
Armenio se agachó y le robó una cajetilla a uno de los soldados muertos. Me entregó uno, y sacó otro para él. Ambos fumamos en silencio, todavía mirando las posaderas vampíricas frente a nosotros. Armenio y yo, experimentados en el arte de la guerra y el asesinato, mirábamos cumplirse frente a nosotros un sueño. Después de matar, el rabo de una vieja sólo para nosotros.
La vampira gemía de placer con cada gota y lamía el piso, como si fuera el falo de su hombre.
-Deja de pensar cochinadas Medel, tenemos que hacer planes.
-Yo no estoy pensando en cochinadas. Sólo pienso en el paraíso.
-El paraíso nos va a negar las puertas después de lo de hoy.
-Sólo los idiotas creen en el paraíso.
-Verdad.
Nos acabamos el cigarrito en silencio.
-¿Sabías que si marcas el 112 en tu celular, es el número de emergencias?
-No lo sabía Armenio. ¿Cómo lo supiste tú?
Armenio se agachó para recoger el celular de uno de los militares. Me lo enseñó. Decía 112 en un recuadro enorme. Abajo en el menú, el celular decía que estaba bloqueado. Sabía que el 112 se utilizaba en Europa, pero no imaginaba que también funcionara en México. Me encogí de hombros. Una de esas pequeñeces que se copian a los otros países. 911, ó 112. El 066, más otros 600, eran el número de la bestia. Nadie quiere llamar a Satanás para pedir ayuda.
No al principio, al menos.
La vampira se cansó de la sangre. Se levantó a vernos y sonrió. Después, pasó la cosa más rara que jamás había pasado en mi vida: La mujer se dividió en dos, o tres imágenes transparentes. Sus imágenes se movieron por toda la habitación. La sentí tarde a mis espaldas, y luego la sentí tarde a mi derecha. Miré a Armenio, quien estaba igual o más confundido que yo.
Vimos que la sonrisa de la mujer, presumía unos colmillos enormes. Para golpearla debía adelantarme a mis instintos. Sabía que todavía estaba jugando. No nos mataría todavía. Sólo esperaba que mis manos reaccionaran en el momento indicado. También, esperaba que mi golpe pudiera aturdirla lo suficiente.
Debo admitirlo. Tan pronto supe que era más rápida que yo, ya no quise cogérmela. Quería madrearla y después cogérmela.
-¿Ustedes, humanos… son familiares?
-No. Este pendejo y yo, nos conocemos desde antes de Singapur -le respondí a la vampira.
-Quítense las camisas y permítanme ver su espalda.
Estaba haciéndolo, cuando Armenio me interrumpió con su mano en mi espalda.
-No soy familiar. No pertenezco a ninguna casa. Somos detectives privados. Tienes mi palabra. Medel, dile a la vampira que no eres un familiar. Tal como lo hice yo.
-No soy familiar. No pertenezco a ninguna casa -dije.
-Eso es suficiente.
La vampira se paró frente a nosotros.
-No pensaba matarlos. Tengo una deuda con ustedes -la vampira sonrió, se lamió sus labios carmesí-. Si no es porque los militares lograron congelar mi sangre y despojarme de unos litros de ella, habría terminado con ellos yo solita. Debo admitir que estoy francamente sorprendida por su actuación. Son unos profesionales. Jóvenes y profesionales. Estoy en deuda. Me salvaron.
-¿Jóvenes?
-Yo soy más grande que ustedes chicos. Por un par de siglos.
-¿Y tú vives en la casa de Polanco, dónde están todas las otras vampiritas? -pregunté.
-No. Soy su rival -sonrió la vampira-. Por eso pregunté si eran sus familiares.
-¿Qué es un familiar?
Armenio respondió, con un leve aire a Nino Canún insoportable-: Los familiares son humanos que juran lealtad a los vampiros. Con ello buscan que los transformen. Aunque Medel, son pocos los elegidos.
-Sabes de lo que hablas. ¿No serás un cazador? -preguntó la vampiresa, aún con esa sonrisa seductora, amplia, de colmillos, e incluso enferma.
-No lo soy -respondió Armenio apresuradamente-. Honestamente, mi compañero y yo queríamos entrar a la casa para recuperar a una de las vampiras que tienen ahí. Su abuelita la busca, nos esta pagando para entregársela viva o muerta.
-¿Cómo se llama la vampiresa?
-Ana.
Jezabel carcajeó siniestramente. No sabía quien me estaba desesperando más, si Armenio o la culo rico y sangriento.
-Me parecen unos seres humanos muy interesantes. ¿Por qué no nos hacemos compañía, en lo que ustedes recuperan a su vampira y yo penetro la Casa Roja? Naturalmente, después de salvar sus vidas una sola vez a cada uno, nuestra deuda quedará saldada.
La velocidad de la vampira era indudable. Más rápida que yo, en mis años más jóvenes. Su sonrisa y carcajada lunática provocaron un temblor en mis huesos. Había tomado tanta sangre, que resbalaba de la comisura de sus labios. Seis como ella nos esperaban en la otra casa. Junto a los militares y los asesinos de los judíos. Un infierno. Nos esperaba un infierno.
-Puedo escuchar tu corazón. Tus latidos van demasiado rápido, ¿Ernesto eres?
-Sí. Soy Ernesto Medel. Mi corazón esta feliz. Hacía mucho que no participaba en una guerra.
Y como un niño, sonreí.








4 comentarios ↓
esto cada vez se pone mejor!!!!
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Estoy absolutamente de acuerdo!!!
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Que guerra en fronteras ni que su reputamadre…
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Impresionante
, cuando sale el libro
.
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