Entradas escritas en Marzo, 2008 ↓
Marzo 28, 2008 — Ernesto Medel.
Escrito por Agustin Fest.
No puedo contarles como llegar al reino de la Muerte. Es un secreto que tenemos los buenos asesinos. Y digo los buenos. Habemos al menos tres en el mundo. Nosotros tres, nos hemos visto frente a frente con el de la capucha negra, y también… no sé como explicarlo. Denme tiempo.
¿Cómo escapamos de la casa de los judíos? No escapamos. No. No se trataba que escaparamos, sino que no saliéramos a matarlos a todos. Entre la vampira y yo, fácilmente habríamos tomado la vida de todos los combatientes.
Nos desviamos para viajar al reino de la Muerte. Ese punto que parece tan lejano, pero tu sangre, sabe que no lo es tanto. Cargué el cuerpo de Armenius en el hombro. Jezabel me miró incrédula. Era tierna cuando lo hacía, porque el culo parecía apretársele y las tetas se le inflaban bajo el vestido ceñido.
-¿Mi señor, vamos por el humanito?
-¿De cuándo acá me dices, “Señor”?
-Desde que hiciste tu voluntad conmigo, señor.
-Quieres decir, que te la metí hasta la garganta y me vine en tu boca.
-Ciertamente, señor.
-No hay de qué, pinche mamona. Sí. Viajaremos al reino de los muertos a buscar a Armenius.
Jezabel continuaba sonriendo. O era una vampiresa muy distraída, o ignoraba de manera perfecta cualquier insulto. Con Armenius en el hombro, caminé a la habitación de los ataudes. El judío tenía su garganta rajada, y algo de sangre aún emanaba de su cuello. Aquí vi por última vez al señor de los muertos. Aquí podría encontrar una entrada.
No puedo contarles como llegar. No exáctamente. Sólo tres personas sabemos como hacerlo.
-¿Al reino de la muerte, señor? ¿Eso existe?
-¿Las vampiras existen?
Se quedó bien calladita la pendeja. Sonriendo, pero calladita. Después de algunos minutos de silencio, la mujer se acercó al judío y empezó a lamerle la sangre. Estaba todavía fresca. No tan calientita, pero fresca. Lamió antes de que se convirtiera en un guiñapo de costras y sangre seca. Verle la lengua casi me provocó otra erección. Hice una mueca. Debía concentrarme.
De reojo, cuando estás muy cansado, puedes mirar sombras. ¿Te ha pasado? O pasa cuando recién despiertas. ¿Si te has dado cuenta? No enfocas la mirada al frente, no ves nada, simplemente mantienes la mirada a tu lado. Te vuelves un vigilante. Un pilar metafísico del mundo. Ay güey, que palabrotas pinche Medel. Sí. Miras movimientos. Miras sombras. Miras pequeños insectos paseando en las paredes. Miras espíritus.
Atravesando las sombras, dejando de saltar por ellas y ausentándose más, sincroonizando la respiración con el río metafísico, encontrarás el Reino de la Muerte.
-Toma mi mano, Jezabel.
Nunca le pedí su mano a mi ex-esposa, y nunca fui al reino de los muertos por ella. Verán, hay muertos que deben quedarse muertos. Ella es uno de ellos. Desde que la mataron los narcos. Sentí la mano fría de la vampira en la mía y atravesé el umbral. Pronto estaríamos ahí.
-896 años escapando del reino de la muerte, mi señor, y tú me llevas como si fuera un paseo.
-Y bien bonito. Ya lo verás.
La vampiresa casi inexpresiva, si no fuera por la sonrisa de siempre. Las palabras de Jezabel parecían tener un efecto poderoso en sus pezones. El cuerpo de Armenius se sintió más pesado. Nuestros cuerpos vibraron y se separaron en átomos. El hombre que me enseñó artes marciales, Sensei Gorostiza, insistía que todo lo debíamos separar en partículas de polvo, y aún más allá. Hasta su precisa y mínima reducción. Era mamón el güey. Bien mamón.
Y me acordé de mi cuate, el Simón Dor. Uno de los tres.
-Cierra los ojos Jezabel.
Y cerramos los ojos.
-Abre los ojos Jezabel.
Y abrimos los ojos. Estábamos en la carretera. Un amplio campo de espigas de trigo estaba a los lados. En él, solté a Armenius.
Y Armenius adquirío consciencia. Su cuello recuperó su lugar. Sus ojos se abrieron, y cuando abrió la bocota, dijo lo siguiente-: Ahora si puedo hablarte de Singapur y no me vas a poder matar, hijo de tu pinche madre -y se carcajeó. Se levantó y se paró a un lado de la vampira, sorprendida por la resurrección de los muertos.
Jezabel parpadeó muchas veces. Se alejó un poco de Armenius, se borró su sonrisa y abrió los ojos como dos platotes de sopa ranchera. El alma de Armenius había regresado a su lugar. Cuando un alma regresa a su cuerpo, es tan poderoso y … bendito … que el cuerpo se arregla. Él ya estaba vivo, lo cual era sumamente fácil.
Lo difícil, era pedirle permiso al Señor de los Muertos para llevármelo.
-Sabía que vendrías por mi carnalito -dijo Armenius.
-Vete a la verga. Sólo porque ya me clavé en matar vampiras.
-Dirás lo que quieras, pero lo hiciste porque eres mi super cuate.
-Vete a la verga.
A lo lejos de la carretera, había un par de faroles prendidos. Si no me equivocaba, venía en camino el taxista Caronte. Nuestro puente al mundo. Si queríamos salir con vida de aquí, incluyendo la vampirita Jezabel, teníamos que tratarlo bien. Armenius miró hacia allá. Su breve estadía en el reino de los Muertos había rendido frutos, porque nos dijo-: No se preocupen, nos va a llevar directo con la Muerte. Hablé con él. Me dijo que le parecía sumamente divertido.
-¿Sumamente?
-Utilizó esa palabra, y sonrió mucho. Así que le creo.
-Le voy a sumir esta.
-Mi señor… -dijo Jezabel, un poco cachondilla y sonriendo de lado.
-Ya Medel, no viniste aquí para provocar desmadres.
-Esta bien, esta bien. Educación, lo sé, con mucha educación saldremos de aquí.
Armenius me tocó el hombro. Se acercó para decirme en voz baja-. Tu ex-esposa esta muy bien. Te esta esperando carnalito. Tu padre también te manda saludos. Pero muchos espíritus malos nos están esperando allá adelante. Muchos espíritus que te recuerdan, Medel. Tienen grabado en su aura tu nombre. Saben que vienes. Pueden sentirte. No me preocupa tanto el hombre de la capucha, como el circo que vamos a tener que pasar para salir de aquí.
-Matar muertos. Suena interesante -respondí.
-Si quieres te doy la dirección del Escritor y vete de aquí carnal. Mira. No es necesario que…
-…te callas en este mismo instante. Déjalo así. Te dije que “Matar Muertos Suena Interesante”. MMSI. Mmmmm Sí. Quiero matar muertos. Quiero ver si es posible separar el espíritu de todos los hijos de puta que ya maté en átomos incomprensibles. Irreconocibles. Quiero ver si es posible matarlos bien de una vez por todas a esos hijos de perra.
Mi corazón empezó a bombear sangre más rápido. Armenius se alejó de mí. A la vampiresa le crecieron las tetas. Mi sonrisa creció lentamente, enseñando todos los dientes como un perro. Todo ser humano en el mundo, tiene impulsos a los que debe ceder obligatoriamente, para llamarse humano.
Matar era el mío.
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Marzo 20, 2008 — Ernesto Medel.
Escrito por Agustin Fest.
Lo que empieza mal, acaba mal. Era uno de tantos dichos de mi profesor de literatura. Si hubiera estudiado bien su carrera, sabría que esa era una frase común. Las frases comunes en vez de enriquecer un texto, lo asesinan. Sabré yo bien de la muerte. No me miren extraño. Leo y leo mucho. La razón por la que leo mucho es que una de las maneras más fieles de representar la sangre, las cochinadas, las mamadas y los niños muertos, es la literatura.
Después que la vampirita terminara lo suyo, entró Armenius en chinga a la habitación. La miró levantarse. Me hizo cara “hijo de tu puta madre… igual que en Singapur”. Miró al familiar muerto. Sacó un cigarrillo y me ofreció uno.
-Yo tuve que matar a uno de esos.
-Seguramente. Habrá más en la casa, si la guerra allá arriba no ha terminado con ellos.
Para complementar mis palabras, se escuchó la explosión de una granada. La fragmentación golpeó dos pisos arriba de nosotros. Algo de polvo cayó de la habitación. Salir iba a estar cabrón.
-¿El pendejo que mataste no te dijo nada?
-No. Se me aventó en chinga y tuve que disparar.
-Igual que yo. ¿Sabías que llevaba una thompson?
-No mames. Esas son viejísimas.
-Te la traje. Sabía que la querrías -Armenius sacó la thompson por debajo de su abrigo. Tomé la thompson, la sopesé con mis manos. El trabajo bien valía la pena por obtener una de estas. Después de todo, cazar vampiras podía ofrecer varios tesoritos como este.
-¿Cómo vamos a salir? -preguntó Armenius.
La vampira, quien había estado callada y sonriente, se sintió útil al poder ofrecer una respuesta.
-Toda casa segura, como esta, ofrece varios pasadizos de salida. Ya había estado aquí antes. Si queremos escapar, tenemos que subir. No mucho.
-¿Ya ves Armenius? Qué pendejo eres -le dije para molestar.
-Sin embargo, humanitos, no tenemos como buscar a las vampiresas. Ellas son especialmente hábiles para esconder su rastro. No sólo eso. El desastre que ya hicieron los humanitos allá arriba, seguramente ya borró gran parte del rastro. Si no sabemos inmediatamente a donde fueron, podríamos estarlas persiguiendo eternamente. Y la eternidad, sólo aplica a una de nosotros.
-Sí. Ya veo -dijo Armenius, frunciendo el entrecejo-. Ya había previsto esto. Tendremos que hablar con él.
-¿Con quién?
-El Escritor.
-¿El qué?
-Me debe un favor. Sólo un favor. Me costó un chingo de trabajo. Es un tipo que lo sabe todo. Y si no lo sabe, lo investiga. Tiene información de todo y de todos. Es un hijo de puta. Me estuve guardando el favor y creo que es necesario para esta ocasión. Tenemos que salir de aquí, ahora.
Armenius chupó su cigarro un tanto furioso. Pero no tomó la delantera. La vampira caminó delante de nosotros. Armenius me miró de reojo. Le respondí encogiendo los hombros. Y seguimos a la vampira.
Abandonamos la habitación, a la pequeña antesala y luego subimos varios escalones.
-Esperen -dijo la vampira. Se veía confundida- Es una trampa. No puedo oler nada. Ajo. Mucho ajo. Hay alguien esperándonos.
Atrás de mí, apareció uno de los judíos. No sé cual letra del ABC, pero ahí estaba. Sacó la escopeta recortada que me robó y apuntó directo a mí. El cabrón no quería platicar. Empujé a Armenius para que se pegara a la pared y me agaché. El judío disparó poco después de eso. El disparo a quemarropa quemó la espalda de la vampira.
Delante de nosotros dos estaban los otros dos hermanos. Jezabel, seguramente encabronada por el daño a su vestido, se movió entre las sombras para atacarlos. Sin embargo no era tan rápida. Podía ser que el ajo la confundiera, o que la habilidad de dos judíos de las fuerzas especiales de Jerusalén eran demasiado para ella. Verlos pelear era como poesía.
Armenius sacó el revolver y disparó al judío, quien lo evitó con gracia y gentileza. Nomás se hizo a un lado el pendejo. Parecía adivinar a donde iban las balas y eso estaba cabrón. Armenius y yo habíamos recibido el mismo entrenamiento, y aunque no era tan hábil, o tan amante del oficio, ningún pendejo podía verle la cara tan fácil. Yo me adelanté mientras Armenius disparaba. Saqué la thompson y disparé al judío, quien saltó como gato para evitarlo.
-Armenius. Yo creo que ya estamos viejos -confesé. Corrí tras el judío quien se metió a una de las habitaciones. Gotitas de sangre. Alguna bala lo golpeó. Aunque no estaba lo suficientemente herido para que no pudiera esconderse.
Media carga en la thompson. Esto lo iba a disfrutar. Empujé la puerta donde estaban los ataudes. Apestaba a sangre judía. Escuché los gritos de la vampira a mi espalda, y varios balazos. Si terminaba pronto, tendría el placer para matar a los otros tres cabrones. Podía escuchar la tela de los pantalones finos rozando contra las paredes. Podía escuchar su respiración un tanto agitada. Sus rulos rozando contra los hombros de su saco.
Apunté al tercer ataud a la derecha y disparé. Solté toda la carga de la thompson. El judío saltó de su escondite. Le había pegado en una pierna, porque su salto fue incompleto. Giró en el piso, pero yo corrí hacia él. Cuando él apenas levantaba la escopeta recortada, yo ya tenía el cuchillo de cazador en su garganta. Alcanzó a sonreír antes de que le rajara el cuello. Las gotas de sangre cayeron como una cascada.
El Señor de los Muertos, quien estaba observando desde las sombras de la habitación, salió rápidamente. Una sombra felina que escapó. No me pareció tan extraño, puesto tenía trabajo en toda la casa.
Al judío le arrebaté la escopeta recortada, le escupí en la cara y salí del cuarto. En las escaleras, estaba Jezabel arrancándole el corazón a uno de los judíos. Caray. Si no fuera por mi ex-esposa, tal vez me habría enamorado de esa mujer. El otro judío, estaba agarrándose el pecho, tirado en el piso. Le faltaba una pierna. Sin embargo… Armenius…
Armenius estaba muerto. Tenía el cuello quebrado.
Y me enojé.
Porque… pues Armenius era mi amigo, y me enojé.
-Te guardé a ese, porque fue quien mató a tu amigo -dijo la vampira.
El judío, Benjamín, supuse, miraba con los ojos muy abiertos como Jezabel se comía el corazón de su hermano. Sus labios decían Ciro en silencio. Ciro. Ciro. Me acerqué a él.
-Hey, hey, hijito de la chingada -le troné los dedos-. Aquí estoy cabrón. Lo que está haciendo ella no es nada en comparación a lo que voy a hacer contigo.
El judío me miró. Si había terror en su cara, esta se intensificó cuando miró la mía. Se orinó en los pantalones. Alzó las manos para no verme. No era necesario que me viera. Puse la escopeta recortada entre sus piernas y terminé de aplicarle la circuncisión. Su grito rebotó en las paredes.
-¿Cómo estás cabrón? ¿Benjamín? Eres Benjamín, ¿verdad? ¿Qué tal se siente la vida sin tus huevitos hijo de puta?
La venganza no era una excusa. No suelo torturar a las personas. Sólo si matan a mis amigos. Y bueno, Armenius era mi único amigo. Podía ser un cobarde, un pendejo que escondía la información, un lento y un raro. Podía haberme abandonado en Singapur. Pero era mi amigo.
Y sabrán, alguien como yo, no se toma la amistad a la ligera.
-Ya… mátame ya, mátame YA, DUELE HIJO DE PUTA COMO DUELE.
-Hazme un favor Jezabel.
-Lo que quiera usted, mi señor.
-¿Puedes darle vida eterna a este cabrón para que sufra sin sus huevos y sin su pierna? -pregunté. Lo pensé un poco. Apunté mi escopeta recortada hacia su otra pierna y disparé otra vez. En el punto exacto, logré que su rodilla se partiera en dos. Si el cabrón intentaba algo, seguro se le caía la pata. Gritó, gimoteó, chilló y se quejó un poco más-. Sus piernas, quise decir.
La vampiresa sonrió tan ampliamente, que su rostro casi se partió en dos. Se lanzó sobre el judío y le mordió el cuello. Pensaba que los vampiros eran más selectivos para seleccionar a sus transformados. Tal vez, se sintió conmovida por mi petición tan honesta. El hijo de puta me recordaría toda la vida.
Me arrodillé ante Armenius, mientras Jezabel terminaba lo suyo. Lo miré, con los ojos abiertos, la lengua de fuera, el cuello doblado de manera innatural. No le acaricié la mejilla. Me vería muy puto y él no querría eso. Entre los dos, había una química perfecta. Yo podía apagar el cerebro, sólo para usar los músculos. Él olvidaba todo su entrenamiento, y prendía los cinco sentidos para la misión y el dinero.
Jezabel terminó con el judío.
-¿Qué vamos a hacer ahora, mi señor? -preguntó la vampira. Puso sus dedos sobre mi nuca. El judío jadeaba, como si le faltara el aire.
-¿Sí se va a transformar?
-Pronto será un vampiro, mi señor. Como tú lo pediste. ¿Qué vamos a hacer?
-Pues buscar al escritor ese… pero, necesitamos a este cabrón para saber donde hallarlo. Puta madre.
La muerte de Armenius… bueno. El Escritor le debía favores a Armenius. El Señor de los Muertos me debía favores a mí. La muerte de Armenius. Eso no me preocupaba, después de todo, sólo debía ir al reino de la muerte y recuperarlo. ¿Cómo se hacía eso? Caminando, con muchos huevos y habiéndolo perdido todo. Me angustiaba que tendría que morder la mano que me daba de comer.
-Acompáñame Jezabel. Vamos por mi compadre.
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Marzo 10, 2008 — Ernesto Medel.
Escrito por Agustin Fest.
La vampirita, Jezabel, tenía en su boca mi pene peladito peladito. Sus ojos, no eran los mismos que ayer cuando me retó con su velocidad. Hacía mucho que dejé de buscar hembras para que me chuparan la verga. Me di cuenta que… por más común que suene esto, ser yo mismo, funcionaba más que cualquier búsqueda desesperada por decirles-: ¿Me la mamas por fas? -La jeringa estaba contra su cuello. Sólo debía inyectar el mercurio para matarla.
Los ojos de Jezabel, como los de cualquier otra hembra -excepto los de mi ex-esposa-, estaban llenos de amargura y furia. Doscientos años, colmillotes y velocidad sobrehumana no cambian a una vieja.
Supongo que debería contar porque la vampira de cabello largo y castaño, de vestido rojo entallado y de colmillos afilados, muere de ganas por arrancarme el miembro de una mordida. Tengo que confesarlo: La verga, es un hecho circunstancial que me vale madre. Ella pierde más que yo si me la arranca. Doscientos años de vida que robó y peleó por extender. Eso pone a trabajar al ratoncito de la cabeza: hay motivos por los que una vampira tan buena se arrodilla ante un humano e intenta ganar algo con una mamada.
Es una apuesta. Y lamentablemente… yo no apuesto, sin saber que voy a ganar de antemano.
Ni modo. Armenio continuaba información en la habitación contigua y Polanco, bueno, Polanco era una zona de guerra. Los guaruras se agarraron a madrazos con los militares, y después entró el ejército judío. Ya hicieron la fachada de la casa pedazos. Las ambulancias y el tráfico están peor que si fueran las cuatro de la tarde, y eso que son las once de la noche. Los helicópteros de noticias, de mercenarios y del glorioso ejército sobrevuelan la casa como zancudos molestos. La vampira lame enojada y mama. Ah, si tan sólo pudiera disfrutarlo. Si tan sólo me gustara más el sexo que la muerte o que comer bien.
Robamos un jeep de la bodega militar. La bodega no estaba tan lejos de la casa. Ya se escuchaban los primeros disparos y explosiones. Los militares nunca fueron, lo que se llama, sutiles. Es lo único que me gustaba del ejército. El olvido de la sutileza y elegancia.
-Deberíamos pasar al departamento por las notas -dijo Armenio. Estaba en el asiento del copiloto. Miraba de vez en cuando por el espejo las tetas pálidas de la vampira.
-No. Deja de hacerte buey. Bien que las recuerdas con detalle. O nos madreamos ahorita o lo perdemos todo.
-Me gusta la actitud del humano gorilón. ¿Ernesto se llama? Me gusta, me gusta.
La vampira movió las tetas. Pronto tendría otras seis para saber si todas eran igual de putas.
-¿Llevamos el lanza cohetes Armenius?
-Con un sólo cohete. También llevamos dos ametralladoras automáticas, dos revólveres, siete granadas, un cuchillo de caza e inyecciones de mercurio. No sé para qué.
Miré el rostro de la vampira en ese momento. Un ligero cambio en su sonrisa… Era tan obvio. Con eso la habían dominado.
-Querían envenenarnos, supongo -Le dije a Armenio-. Una cuadra cabrón. Asómate con el puto lanzacohetes y dispara directito a la banqueta frente a la casa. Eso tendrá para entretenerlos.
Por las calles, miraba a los judíos civiles corriendo con sus rulos volando. Un grupo de militares disparaba a los guaruras que estaban frente a ellos. Por el flanco entraban los judíos de alguna división misteriosa y escondida, matando a guaruras y militares por igual. Sus gritos se intensificaron cuando Armenius asomó medio cuerpo por el jeep y disparó el cohete. Luego aventó el lanza cohetes. No necesitábamos comprobar que lo había logrado. Tan pronto hice el disparo doblé a la izquierda para entrar por detrás de la casa. No estaba desierto, no. Pero parecía más sencillo.
La vampira observaba con sus colmillos y su sonrisa, bastante emocionada, nuestra improvisada entrada. En la parte lateral de la casa había militares luchando contra judíos. Me dediqué a atropellar a cuanto más pude con el jeep y cuando nos lanzaron una granada que rompió una de nuestras ventanas, apenas pude notar los movimientos de la vampira. Agarró la granada y la aventó de vuelta, con una gran carcajada.
Dimos una vuelta más. Ya estábamos en la parte de atrás de la casa. Más guaruras que apenas estaban organizándose. En cuanto vieron nuestro jeep, apuntaron y dispararon con sus metralletas. Armenius y yo nos agachamos. Las balas pasaron por la cabeza de la vampira, la cual se regeneró inmediatamente después. Ella salió con una agilidad sobrehumana por la ventana del coche. Era una sombra que no aceptaba las leyes físicas y naturales.
Alcé mi cabeza para mirarla. Necesitaba mirarla. Sus imágenes translucidas moviéndose alrededor de los veintiocho guardaespaldas. Sus cuellos explotaban, o sus cabezas, o sus manos. Las uñas y los colmillos de la vampira eran destellos erráticos en la noche. Sonreí como un lunático, como un bebé de un año, como alguien que… por primera vez… reconoce un arte. Un gran arte. La mirada aterrorizada de Armenius lo confirmaba. Estábamos de vuelta a los buenos tiempos.
-Te prometí que aguantaría vara cabrón. Sólo porque cumplo mis promesas. Igual no sobrevivo.
-No te preocupes. Guárdate seis agujas de mercurio. Prepara otras seis para mí. Eso puede matarla. No te lo dije antes porque eres malísimo para mentir. Tan pronto tienes una ventaja, se te ve en la cara cabrón.
Armenius parpadeó un par de veces. Ahora entendía porque el mercurio. Estacionamos el jeep mientras la vampira desmembraba a uno, o tal vez dos, de los guardaespaldas. Era como un animal salvaje.
-Necesitas ser preciso si una te ataca. Necesitas despertar cabrón, o mueres. Guárdate las agujas en un lugar que puedas acceder rápidamente. Reparte las armas. Entremos por atrás, antes que los militares muevan su segundo escuadrón y los judíos los intercepten. No tenemos tiempo.
-Esta bien, Medel… esta bien. Gracias Medel.
-Otra cosa cabrón. ¿Te acuerdas que en Singapur te conté que La Santa Muerte me abrazó y me pidió que le trajera diversión?
-Sí.
-No es una broma. Tengo el recuerdo fresco como la herida que me hizo aquel escorpión. Existo para matar, Armenius. ¿Y sabes que aquellos que escapan de la muerte, son quienes mueren más facilmente? Una o seis vampiras no van a poder conmigo. Diez mil vampiras no podrán conmigo. Han escapado tanto de la muerte que están más cercanas a mis brazos. Te estoy dando las agujas para que puedas defenderte. Si no estas seguro que vas a poder matarlas, grita mi nombre cabrón y haz lo posible por sobrevivir.
-Somos compañeros después de todo, ¿ah?
-Sí. Ahora háblale a esa pendeja. Que ya me hartó su risa maniática y si continúa como licuadora, nos va a manchar la ropa.
Entramos a la casa por la parte de atrás cuando nuestra escort sobrenatural dejó de mordisquear el brazo de algún pendejo. Desde el jardín, podíamos ver como la casa estaba temblando. Saqué el cuchillo de caza. Esta vez lo quería bien cerquita. Entré corriendo y me encontré a un judío, chillando escondido. Le cercené el cuello. No podía permitir que llamara a sus amigos.
Entramos a un sótano. Estaba iluminado por velas. Estaban tan desorganizados los grupos, y estaba tan idiota su inteligencia, que continuaban peleando allá afuera. Probablemente me encontraría con Salgado. Lo dudaba mucho. A quienes si ansiaba encontrarme era a los hermanos. Bajamos el sotano, la vampira cuidándonos la espalda. Dos puertas aparecieron antre nosotros.
-Tú -le dijo la vampira a Armenio-, entra por ahí. Las vampiras ya no están en esta casa, pero si tenemos suerte, podremos encontrar rastros a donde fueron. Busca cartas, papel de piel ensangrentado, cualquier cosa que pueda decirnos donde se encuentran.
-¿Cómo sabes que ya no están aquí?
-Humanos. Demasiado ruidosos. Nosotros somos rápidas e inteligentes. Mucho más inteligentes -Jezabel sonrió.
-Tú, entra por esa puerta. Es el cuarto de los ataúdes. Probablemente dejaron a algún familiar para protegerlos. Somos crueles por naturaleza. Sí. Al familiar lo dejaron a morirse. Eso hicieron.
Entré como me lo ordenó y efectivamente, un hombre delgado con los ojos desorbitados se me aventó encima. Estaba vestido de traje. Su calva brilló con el movimiento del fuego. Antes de meterle el cuchillo al estómago y alzarlo hasta partir en dos sus pulmones, me pregunté cuántos años habría esperado para que lo convirtieran.
-Mucho tiempo espero. Pobre. Jamás lo iban a convertir. Pobres humanos. Tan débiles por las esperanzas -Jezabel se me acercó, sentí su aliento en mi cuello, sus labios lamiendo mis orejas, sus uñas en la hebilla de mi pantalón. Tan pronto pudo se arrodilló frente a mí y me miró con su sonrisa lunática. Se la correspondí lo mejor que pude.
-Puedo convertirte. Puedo convertirte ahora, si juras ser mi familiar -sacó el miembro de mis pantalones. Empezó a masturbarlo. No tuve de otra más que ponérselo duro para que lo metiera en su boca-. Necesitamos hombres como tú, que pueden matar. Te daré fuerza y velocidad. Te regresaré juventud. Jura unirte a mí.
Notaba el desagrado por hacer lo que debía hacer. Se lo metió enterito a la boca. Ya peladito, como dije allá arriba. Tal vez fue el encuentro con la Santa Muerte. Tal vez fueron mis ansias por siempre ganar la apuestas. Tal vez la vampira estaba demasiado distraída. Pero mis manos encontraron la jeringa y se la clavaron en el cuello. Después encontré mi respuesta: vi al hombre de capucha negra, de jeans y cigarrillo, escondido entre las sombras, disfrutándolo enormemente. Muerte me daba manos para la muerte, porque no le temía.
-Dime una cosa, pendejita. ¿Tú crees que me importa morir o vivir eternamente en este mundo? ¿Tú crees que soy tan bueno en lo que hago porque me detengo a reflexionar el miedo a esas respuestas?
Ella me miró a los ojos, con el miembro en su boca. Sus ojos cambiaron. Estaban furiosos y deseoso. Terminó por aceptar su realidad y negarlo. Le di una cachetada, nomás porque siempre le daba un efecto dramático a estas cosas.
-Me puedes arrancar la verga. Me puedes descuartizar. Puedes hacer lo que quieras. Pero siempre y cuando ese cabrón de enfrente -me refería a la Muerte-, esté aplaudiendo lo que hago no me importa nada. Llegará el momento en que se aburra de mí y me lleve. ¿No puedes sentirlo? ¿Te das cuenta porque tu velocidad te abandonó? ¿Porque tus colmillos se sienten tan frágiles ahora?
Deseo, deseo en sus ojos. La actitud cambió de un momento a otro. Me la mamó, y me la mamó sabroso. Aún con la jeringa metida en su cuello. Había perdido la apuesta, ya no estaba jugando a ganarla. Estaba arrodillada ante el único lacayo de la Muerte. A su servidor y amigo. A mí, por supuesto.
-Las otras seís, son igual que tú, ¿verdad putita? Por eso me quieres convertir en vampiro. Porque te da miedo que las mate a todas. Pero no te preocupes, mi contrato dice una cosa y la voy a cumplir. Más te vale que sigas mamando. Así puede que te disculpe.
Y después de unos minutos más, otro par de cachetadas, jalarle el pelo, ahogarla y mis huevos en su boca, qué les puedo decir… le di de beber a la vampirita, y no fue sangre precisamente.
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Marzo 3, 2008 — Ernesto Medel.
Escrito por Agustin Fest.
-Entiendo que puedas matar a dos o tres hombres con gran precisión, Medel. Pero mataste a casi veinte militares.
-Maté a diecisiete. Tú mataste a cinco. Cada vez eres más lento amigo.
-Vete a la verga cabrón. Tomar vidas no es ninguna competencia.
La vampira continuaba lamiendo la sangre de los militares, aún cuando esta sangre tenía sabor a piso de bodega. No puedo negar que mientras Armenio y yo teníamos nuestra pequeña discusión profesional, mirábamos ansiosamente como se le movía el culo embarrado por su vestido rojo pegadito. Su culo era el péndulo de Foucault. Tenía el cabello largo, castaño claro. Sus ojos destellaron gris y enrojecieron al mirar sangre.
Mirando el culo de la vampira moverse de un lado a otro, me sentí lúcido. Olvidé los escorpiones, los rostros de colores y el abrazo de la muerte.
-Regálame un cigarrito Armenio.
Armenio se agachó y le robó una cajetilla a uno de los soldados muertos. Me entregó uno, y sacó otro para él. Ambos fumamos en silencio, todavía mirando las posaderas vampíricas frente a nosotros. Armenio y yo, experimentados en el arte de la guerra y el asesinato, mirábamos cumplirse frente a nosotros un sueño. Después de matar, el rabo de una vieja sólo para nosotros.
La vampira gemía de placer con cada gota y lamía el piso, como si fuera el falo de su hombre.
-Deja de pensar cochinadas Medel, tenemos que hacer planes.
-Yo no estoy pensando en cochinadas. Sólo pienso en el paraíso.
-El paraíso nos va a negar las puertas después de lo de hoy.
-Sólo los idiotas creen en el paraíso.
-Verdad.
Nos acabamos el cigarrito en silencio.
-¿Sabías que si marcas el 112 en tu celular, es el número de emergencias?
-No lo sabía Armenio. ¿Cómo lo supiste tú?
Armenio se agachó para recoger el celular de uno de los militares. Me lo enseñó. Decía 112 en un recuadro enorme. Abajo en el menú, el celular decía que estaba bloqueado. Sabía que el 112 se utilizaba en Europa, pero no imaginaba que también funcionara en México. Me encogí de hombros. Una de esas pequeñeces que se copian a los otros países. 911, ó 112. El 066, más otros 600, eran el número de la bestia. Nadie quiere llamar a Satanás para pedir ayuda.
No al principio, al menos.
La vampira se cansó de la sangre. Se levantó a vernos y sonrió. Después, pasó la cosa más rara que jamás había pasado en mi vida: La mujer se dividió en dos, o tres imágenes transparentes. Sus imágenes se movieron por toda la habitación. La sentí tarde a mis espaldas, y luego la sentí tarde a mi derecha. Miré a Armenio, quien estaba igual o más confundido que yo.
Vimos que la sonrisa de la mujer, presumía unos colmillos enormes. Para golpearla debía adelantarme a mis instintos. Sabía que todavía estaba jugando. No nos mataría todavía. Sólo esperaba que mis manos reaccionaran en el momento indicado. También, esperaba que mi golpe pudiera aturdirla lo suficiente.
Debo admitirlo. Tan pronto supe que era más rápida que yo, ya no quise cogérmela. Quería madrearla y después cogérmela.
-¿Ustedes, humanos… son familiares?
-No. Este pendejo y yo, nos conocemos desde antes de Singapur -le respondí a la vampira.
-Quítense las camisas y permítanme ver su espalda.
Estaba haciéndolo, cuando Armenio me interrumpió con su mano en mi espalda.
-No soy familiar. No pertenezco a ninguna casa. Somos detectives privados. Tienes mi palabra. Medel, dile a la vampira que no eres un familiar. Tal como lo hice yo.
-No soy familiar. No pertenezco a ninguna casa -dije.
-Eso es suficiente.
La vampira se paró frente a nosotros.
-No pensaba matarlos. Tengo una deuda con ustedes -la vampira sonrió, se lamió sus labios carmesí-. Si no es porque los militares lograron congelar mi sangre y despojarme de unos litros de ella, habría terminado con ellos yo solita. Debo admitir que estoy francamente sorprendida por su actuación. Son unos profesionales. Jóvenes y profesionales. Estoy en deuda. Me salvaron.
-¿Jóvenes?
-Yo soy más grande que ustedes chicos. Por un par de siglos.
-¿Y tú vives en la casa de Polanco, dónde están todas las otras vampiritas? -pregunté.
-No. Soy su rival -sonrió la vampira-. Por eso pregunté si eran sus familiares.
-¿Qué es un familiar?
Armenio respondió, con un leve aire a Nino Canún insoportable-: Los familiares son humanos que juran lealtad a los vampiros. Con ello buscan que los transformen. Aunque Medel, son pocos los elegidos.
-Sabes de lo que hablas. ¿No serás un cazador? -preguntó la vampiresa, aún con esa sonrisa seductora, amplia, de colmillos, e incluso enferma.
-No lo soy -respondió Armenio apresuradamente-. Honestamente, mi compañero y yo queríamos entrar a la casa para recuperar a una de las vampiras que tienen ahí. Su abuelita la busca, nos esta pagando para entregársela viva o muerta.
-¿Cómo se llama la vampiresa?
-Ana.
Jezabel carcajeó siniestramente. No sabía quien me estaba desesperando más, si Armenio o la culo rico y sangriento.
-Me parecen unos seres humanos muy interesantes. ¿Por qué no nos hacemos compañía, en lo que ustedes recuperan a su vampira y yo penetro la Casa Roja? Naturalmente, después de salvar sus vidas una sola vez a cada uno, nuestra deuda quedará saldada.
La velocidad de la vampira era indudable. Más rápida que yo, en mis años más jóvenes. Su sonrisa y carcajada lunática provocaron un temblor en mis huesos. Había tomado tanta sangre, que resbalaba de la comisura de sus labios. Seis como ella nos esperaban en la otra casa. Junto a los militares y los asesinos de los judíos. Un infierno. Nos esperaba un infierno.
-Puedo escuchar tu corazón. Tus latidos van demasiado rápido, ¿Ernesto eres?
-Sí. Soy Ernesto Medel. Mi corazón esta feliz. Hacía mucho que no participaba en una guerra.
Y como un niño, sonreí.
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